Del Libro “Huellas del Chaco”

Escrito por  Dic 18, 2016

Roberto R. Ávila Castellanos
TARAIRI
Y SUS MILAGROS

Giuseppe Giannelli de Lucca fue el misionero fundador de la misión de Tarairí en septiembre de 1854, dedicando esta fundación a la inmaculada concepción de la virgen María, bautizando a este emplazamiento como “Misión de la purísima concepción de Tarairi”. En su tiempo el coraje de este fraile fue tomado como una locura y un atrevimiento, pues se instalaba en pleno chaco boreal y en el corazón de los bárbaros del sud, enemigos declarados de los colonos y misioneros. Un grupo de familias de la nación Chiriguana decidió ser parte de esta misión, a lo que los Tobas y también Chiriguanos, de lugares aledaños, juraron exterminar a todos, incluido el misionero, si se hacía realidad esa fundación.
A los taraireños que querían convertirse al catolicismo, el padre Giannelli los llevó a la Misión de Aguayrenda para liberarlos de sus feroces enemigos, después de tenerlos un año, los traslado a Tarairí, acompañado por militares y colonos de Caiza, para tener defensa y ayuda para edificar un amurallamiento, con el nombre de fortín.   Al principio se sentían seguros, sin embargo uno a uno los militares fueron volviendo a Caiza dejando solos al fraile y los Chiriguanos convertidos.

Temerosos de los ataques anunciados, los que formaban parte de la misión anunciaron al padre Giannelli que iban a abandonar el lugar porque se sentían indefensos de un ataque masivo y además que querían evitar la muerte del misionero. Ante esta petición de los componentes de la Misión, el fraile Giannelli, sacando fuerzas de su fe en Dios, les señaló que en esa tierra se habían posesionado en nombre de Dios, y aunque se vayan todos, él con su vida y su sangre, defendería la cruz allí plantada. Ante esta actitud surgió espontáneamente una promesa  de luchar y nunca abandonarlo. A partir de ese entonces Tarairí fue como un batallón, se construyeron trincheras de protección y todos tenían obligaciones con la defensa del lugar, por lo que aprendieron a manejar armas y hacían constante vigilancia.
Las tribus enemigas atacaron y empezó la contienda, que fue dura, larga y terrible, hasta cuando uno de los atacantes, luego de subir a una trinchera, fue alcanzado por una bala y cayó. Ante este hecho, y de pronto, los atacantes perdieron valor; más aún cuando vieron en el cielo a un franciscano, que lanza en mano y airado, les intimaba a retroceder (así lo refirieron, años después los mismos enemigos que luego se habían convertido). Con esta visión y la huida de los atacantes, terminó la batalla y a partir de ese entonces la misión empezó a crecer con aquellos que incluso la atacaron. Benditas nubes que consolidaron esta misión.
Construyeron una bella iglesia de 31 metros de longitud, en 14 años y empleando trescientos mil, setecientos, setenta y cinco adobes, quién diseño y construyó la iglesia fue el misionero Nazareno Dimeco, los obreros fueron los mismos chiriguanos de la misión que se convirtieron en hábiles albañiles y carpinteros. Sus tres altares, así como la bóveda del techo son de madera de cedro, muy bien trabajada.
En el año 1880, más precisamente en el mes de junio, se manifestó una peste de viruela en la Misión de Tarairí, con tanta furia que en poco más de cuarenta días se contaron doscientas veintitrés víctimas; los padres Nazareno Dimeco y Leonardo Stazi, manifestaron su caridad apostólica cuidando, curando y asistiendo espiritualmente a los enfermos, de las víctimas fatales, ciento siete lograron la gracia del bautismo.
La epidemia fue una dura prueba para la creencia en Dios o en la brujería, algunos Chiriguanos aún dudaban y recorrían buscando a los brujos de pueblos vecinos; sin embargo, ante la crudeza de la enfermedad y la escasa efectividad de las brujerías, muchos quisieron bautizarse.
En 1885, los taraireños se han especializado en hacer tejas y ladrillos, fabricando en este año diez mil tejas y siete mil setecientos ladrillos.
El célebre explorador Arthur Thouar llegó a Tarairí a fines de mayo de 1886 y escribió lo siguiente al padre guardián: “ Al llegar a Tarairí, pueblo que edificó usted con tan lindas apariencias, debo confesarle que experimento una verdadera satisfacción. Todo es obra de sus manos, de su inteligencia, de su constancia y de su energía. De un monte tupido y salvaje, donde reinaban los tigres, se ha edificado lindas casitas y un monumento de líneas elegantes se destaca en el fondo azul del cielo. Felicitaciones pues, al arquitecto y al misionero transformado en ingeniero. Admiré el trabajo de la carpintería de la iglesia. Ya me estoy convenciendo que si Bolivia quiere hacer algo del Chaco, tiene que aumentar el número de misioneros. Hacer historia es relatar paso a paso los esfuerzos y sacrificios de los apóstoles eclesiásticos que son ustedes, y también el padre Doroteo”(refiriéndose a Giannechinni, a quien propuso un reconocimiento del gobierno de Francia).
En el año 1887, se ha concluido y estrenado el templo de Nuestra Señora la purísima de Tarairí; ese mismo año se construyó un cementerio con paredes de adobe, con  dimensiones de 64 metros de largo por 45 de ancho.
Durante la guerra del Chaco, Tarairí fue tomada por el ejército del Paraguay en 1935, durante la ofensiva que realizaron en ese año; al estar por las cercanías de la Misión de Tarairí, contemplaron el templo de Tarairí, los paraguayos se quedaron admirados por las construcciones, y temerosos que se albergaran allí gran cantidad de tropas bolivianas; dirigieron sus morteros que apuntaban a la iglesia de Tarairí, siendo acompañados por ataques aéreos. Dispararon varias veces hasta que destrozaron todo el techo y averiaron gran parte de la construcción, absortos constataron que no era refugio de tropas, ni tampoco arsenal donde guardar armas; por vez primera constataron que se trataba de un templo de esa magnitud. Igual se acercaron temerosos a las ruinas de la iglesia, donde ardían las estructuras de madera en el interior, entraron y allí se consternaron al encontrar en el altar mayor un Cristo crucificado que se mantenía erguido y sin daño alguno, ni un rasguño, pese al bombardeo propinado y al derrumbe de toda la estructura del techo
Los soldados paraguayos  ingresaron con fusiles en sus manos, y al ver esta escena del Cristo crucificado, soltaron sus armas e hicieron la señal de la cruz. Ocurrió el milagro de Tarairí, aunque ese signo o señal, no impidió la prosecución de la guerra, después de la oración dejada en estas ruinas.
El orgullo de los taraireños por su templo, que era considerado la catedral del Chaco fue herido; sin embargo siguió siendo un templo donde, en ese entonces, los paraguayos se encomendaban por su vida y su salud, más tarde volverían a orar los bolivianos en ese templo misional, hoy lo siguen haciendo.
En su historia Tarairí mostró, en los cielos, a un fraile franciscano en actitud de ataque. En la tierra un Cristo crucificado dio muestras del poder de la fe, ambos mostraron la protección divina a ese territorio.

EMANA PETRÓLEO
EN EL CHACO
En la obra “Tarija, su progreso y porvenir” escrita por el historiador Julio Gutiérrez Pinilla en 1919 el autor hace referencia a concesiones petrolíferas otorgadas en la provincia Gran Chaco, a visionarios tarijeños que trabajaban en la industria y el comercio.
Las noticias del inicio de la utilización del petróleo en el mundo, así como sus características no pasaron desapercibidas para algunos tarijeños, como testimonio existen historias que merecen ser contadas, como la rescatada por el Ingeniero Mario Lea Plaza Torri, en su artículo titulado “Arsenio Ortiz Mealla” y publicado en “Presencia Literaria” el 18 de octubre de 1992.
Candelaria Castellanos de Bluske, mujer de porte erguido, elevada estatura, garbo inigualable y simpatía a flor de piel; parecía desafiar al paso del tiempo, porque su verticalidad y dinamismo fueron la envidia de su pueblo natal, la bella ciudad de Tarija. Ella fue la alquimia entre un chapaco y una chaqueña. El pelo cano era una huella del paso del tiempo; sin embargo hasta los jóvenes admiraban su energía. Su apellido “gringo” lo llevaba con orgullo por su esposo William Bluske, el diminuto estadounidense, fumador de pipa, que había quedado encantado y enamorado de la presencia de “Candy”. Su carácter jovial puede retratarse perfectamente en su filosofía de vida y su apego a la naturaleza; por ello tenía propiedades en Cuyambuyo (Bolivia) y Montebello y Caraguatay (Argentina) en terrenos que otrora eran de nuestra patria y tuvieron que sacrificarse “diplomáticamente”, para que Yacuiba quede en nuestro territorio.
Junto a su esposo, fueron pioneros en la industrialización de jugos de cítricos en la ciudad de Tarija, y adoptaron la marca “Montebello”, lamentablemente esta industria fue descontinuada hasta la actualidad.    
Ya en los años postreros de Candelaria, viuda de muchos años, recordaba su vida ante la acuciosidad de algunos amigos diciendo: “En el año 1904, cuando era una niña, fui al Chaco en compañía de mi madre Guadalupe Mealla de Castellanos y mis hermanos Cesar y Luis. En esos días llegaron del Chaco mi tío Arsenio Ortiz Mealla y mi tía Primitiva y nos invitaron a ir a Caiza, donde vivían en una propiedad que mi madre también era heredera. Aprovechando esa ocasión para vender su parte partimos rumbo al Chaco.
El viaje fue a caballo por senderos estrechos, caminos de herradura. El paisaje cambiaba todos los días de la aridez de inicio, hasta un verde tupido; después de cabalgar varios días quedamos admirados de la llanura chaqueña, porque pensábamos que en todas partes debían existir cerros, hicimos pascana, o sea acampar para descansar y pasar la noche.
Recuerdo perfectamente que buscaron agua para beber y cocinar; de un pozo hondo sacaron una olla de agua y de ahí me dieron a tomar, era agua amarga y con aceite por lo que me indispuse.
Al ver mi reacción, el tío Arsenio bajo al pozo y saco el líquido en una botella, de la parte más aceitosa. Indicando que posteriormente esa muestra la llevaría a Buenos Aires, para que la analicen.
Yo, como chica inquieta  y traviesa, me subí a un morro de tierra y me perdí hasta la cintura, dando gritos. Había escalado en un hormiguero y mi peso fue superior a su resistencia. Todos se movilizaron, me sacaron y me dieron un baño caliente con esa misma agua, de la que no se aguantaba el olor.
Posteriormente, por cartas de los tíos Arsenio y Primitiva, nos enteramos que se fueron a Buenos Aires y realizado el análisis respectivo, resultó que esa substancia era petróleo.
A su vuelta, ya en nuestra ciudad de Tarija, el tío Arsenio Ortiz Mealla solicitó concesiones petrolíferas al Gobierno, adjudicándose las primeras cuatro concesiones del Departamento de Tarija y lo llamaron el descubridor del petróleo.
Años más tarde, cuando venía a la ciudad de Tarija se paseaba en hermosos caballos de raza y los dejaba en la puerta del Club Social en la Plaza principal.
Ante la percepción que el petróleo se hubiera descubierto en Bermejo entre 1924 y 1925, el hijo de Arsenio Ortiz Mealla; nos referimos al Dr. Oriel Ortiz Cardozo, se dedicó a investigar y en la sección minera de la Prefectura, encontró un testimonio del Notario de Hacienda don Miguel M. y Mealla, quien certifica la existencia de cuatro concesiones petrolíferas solicitadas por don Arsenio Ortiz Mealla entre 1906 y 1907; tres de ellas en Aguayrenda y una en Itaara.
Casi 20 años antes que la Estándar Oil, ya habían descubierto petróleo en el Chaco y se vislumbraba que esa riqueza sería apetecida por nuestros vecinos.

HÉROE DESDE GUAYABILLAS
Discurre la vida campestre en el área rural del sur boliviano, más precisamente en la localidad de “Guayabillas”, Provincia Arce, ubicada en la vera de un camino de herradura, que une a la ciudad de Tarija con  la frontera Argentina. Pocas son las familias que viven en esa comunidad y entre ellos la familia de Esteban Tejerina y Lorenza Alcoba. En pleno descenso a la comunidad y el río, llamados, a su vez, “Campanario”. Prácticamente en medio del cerro Guayabillas, se observan pequeñas parcelas, llamadas chacras, donde siembran el maíz en la época de lluvias. En huertos colindantes a las humildes casas de adobe y techos de barro, se yerguen durazneros y los tradicionales sauces y molles. Por supuesto las flores siempre acompañan al poblador rural y, por su fragancia, los jazmines son preferidos. Las propiedades son protegidas por paredes de piedras, de mediana altura, llamadas tradicionalmente “Pircas”, las mismas que son fijadas con barro para que mantengan su verticalidad.
En ese ambiente, un 27 de marzo de 1907 nace el segundo hijo de la familia Tejerina Alcoba, a los tres días es llevado, por sus padres, al pueblo de Padcaya y en la parroquia es bautizado con el nombre de Froilán.
Las escuelas aún no llegaron a ese remoto lugar y por tanto los niños se dedicaban a la  agricultura y a la cría de animales domésticos, esta realidad de la época impidió que aprendieran a leer y escribir, Froilán era uno de ellos.
Cuando tenía diez años de edad fallecen sus padres y queda a cargo de su tía Liberata Farfán, quien le brindó protección y cariño. Al tener quince (15) años, sintiéndose un trabajador completo, fue por primera vez al norte argentino a trabajar en las zafras de caña de azúcar y se recuerda que, en su primer año, como fruto de ese trabajo trajo un hermoso caballo para mejorar sus condiciones de vida. El año siguiente pudo ahorrar un poco más y retornó con dos caballos. Lo que se podría considerar como un aliciente por su trabajo, era en realidad el fruto de un esfuerzo sin límites, debido a las altísimas temperaturas y humedades que rodeaban ese ambiente laboral en el norte argentino. Si bien obtenían algunos réditos en estas incursiones y había tentaciones para quedarse, siempre retornaban a la frescura de su cerro Guayabillas, donde los manantiales tenían aguas claras y sabrosas.
El amor por la patria quedaría consolidado al presentarse al Servicio Militar, y aunque sus familiares le retrasaron esta decisión, a sus 18 años se presenta en el pueblo de Padcaya al llamamiento militar. Incluso sin tener la edad requerida.
En su natal Guayabillas poco o nada conocían del aspecto político nacional y es por eso, que cuando le indicaron que su destino sería el Chaco, por los conflictos territoriales, los reclutas se prometieron ser buenos soldados, por la patria amada.
Su primera caminata la realizan desde Padcaya hasta Tarija, bajaron a Chaguaya hasta encontrar el río Camacho, para seguir por un camino, de herradura, que serpenteaba el cauce de este río, pasan el caserío de Juntas del Rosario y llegan en primera instancia al pueblo del Valle de Concepción; desde allí suben un pequeño cerro y desde la punta aprecian el valle del río Guadalquivir, aunque antes pasan por las cristalinas aguas del río Tolomosa. Se imaginan recorrer el camino de los famosos “Montoneros de Méndez”, pues circulan por los campos de La Tablada, donde en el pasado, sucedió la Batalla de la Tablada. Llegaron a la ciudad, exhaustos por la caminata y ávidos de conocer a la capital del Departamento.
 Quedan fascinados por la “Maisón de Or”, más conocida como Casa Dorada y de las iglesias distribuidas cerca de la Plaza Central, Catedral y San Francisco, y en las colinas de San Juan y San Roque. Apenas les dieron tiempo de conocer “La Recova” y degustar de un buen plato de saice, comida típica de la ciudad.
Froilán Tejerina Alcoba, Juan Pacheco Cardozo y Aníbal Cardozo fueron incorporados al Regimiento “Campos” 6 de infantería que estaba acantonado en el Gran Chaco, partieron a los cuatro días de haber recibido su destino.
Después de un largo viaje hasta Villa Montes, tuvieron que caminar Chaco adentro para llegar a los fortines militares que cuidaban la soberanía patria.
Las carahuatas, multiplicadas por millones, de hojas verdes con matices rojos y amarillos, extendían su maraña de espinas y desgarraban la vestimenta,  los toborochis mostraban sus gruesos troncos, mientras los quebrachos mostraban su firmeza y gran sombra. Entre la vegetación que consistía en un manto verde, se extendía la fauna con alacranes, arañas, hormigas que parecían gigantes, tábanos y mosquitos por doquier. De igual manera víboras yarará, cascabel, lampalagua y la coral o mullutuma, garrapatas y polvorín, los mosquitos y zancudos hacían temibles las faenas militares. Allí donde los tigres, antas, cuchis jabalíes, pumas, urinas, iguanas, tatús, osos hormigueros y ñandúes, eran los dueños de esas tierras.
Ahí estaba el Chaco y se debía compartirlo todo, porque era la patria.
En el lugar donde llegaron, se había dado una competencia de establecer fortines entre paraguayos y bolivianos, es así que, del lado boliviano, establecen el fortín “Sorpresa” en el paralelo 24 de latitud sur, en las proximidades del río Pilcomayo. La bandera tricolor boliviana flameaba desde rústicos mástiles y las construcciones de “palo a pique” –palizadas con alma de barro- eran el símbolo de la soberanía nacional. Ahí se encontraba el soldado Froilán Tejerina Alcoba y una veintena de efectivos, al mando del comandante capitán Antonio Gonzales, el origen de los soldados era de Tarija y de nor y sur Chichas de  Potosí.
Mientras transcurría la vida en el fortín “Sorpresa”, con vigilancia permanente, exploraciones a lugares aledaños e instrucción militar, un 24 de febrero del año 1924, llegó al fortín el teniente paraguayo Adolfo Rojas Silva, con tres soldados y un guía que era de los matacos del lugar. Al mataco se lo vio cuando aparecieron en el fortín y antes de cualquier contacto desapareció en el monte. El teniente paraguayo era el hijo de un ex presidente de ese país, don Liberato Rojas.
Una vez que el comandante se percató del hecho les solicito que permanezcan en el sitio, como unos huéspedes, aunque los consideraba sus prisioneros, dada la circunstancia el teniente paraguayo observaba todo y preguntaba de otras fortificaciones, no tenía restricciones, e incluso andaba con su revólver, era buen conversador y se alimentaba junto a los soldados bolivianos y dormía en una carpa que le prestaron.
Cuando se enteró de la próxima llegada del comandante principal el Mayor José Galleguillos, que se encontraba a treinta y cinco kilómetros en el fortín Tinfunqué, eran las cuatro de la tarde del día 26 de febrero de 1824; fue cuando el teniente paraguayo Rojas Silva indicó de improviso: “me voy”, e inmediatamente ordenó a sus soldados que le siguieran, a tiempo de amenazar al centinela con matarlo, si se oponía a su partida. Reaccionó el comandante boliviano, sujetándole de su vestimenta; sin embargo, el teniente Rojas Silva vociferaba con mucha alteración y amenazaba con hacer uso del revólver, por lo que se hizo soltar y corriendo se internó en el monte, junto a uno de sus soldados de apellido Araya. Los otros dos soldados paraguayos quedaron en el fortín  como verdaderos prisioneros y con estricta vigilancia.
“Se van los presos, ármense, formen cuadros…”- gritaba el capitán Gonzales, cuando en esa hora y en pleno verano chaqueño, sus efectivos se encontraban en actitud de reposo o adormilados por semejante calor. El soldado Froilán Tejerina tomó su carabina y salió corriendo; también lo hicieron los soldados Luna y Cardozo. La frenética carrera tenía un destino que era un “claro” en el Chaco, llamado Campo Largo, donde necesariamente debían pasar los paraguayos para retornar a sus fortines. Llegaron al lugar y se escondieron en un matorral.
Alrededor de las cinco de la tarde, aparecieron en el lugar el teniente Rojas Silva con el soldado Araya, sentándose un momento al creer que estaban libres de persecución. Después de unos minutos se aprestaron a reiniciar la marcha; entonces el soldado Tejerina le pide a su compañero Luna que vayan a agarrarlos, para que el enfrentamiento sea uno a uno. De inmediato se dirige a su encuentro y lo hace como si estuviera cazando palomas, se percata que su compañero lo había abandonado y esta frente al teniente paraguayo que le mira fijamente y sabe que se trata de un soldado boliviano.
“Atrás, obedezca o disparo” increpó el paraguayo, y soltó un tiro al aire.
“Entréguese mi teniente” alcanzó a decir el soldado Tejerina y recibió un disparo de Araya, realizado desde dos metros de distancia. Logró herirlo en el parietal derecho, de donde se deslizó la sangre de este valiente. De un salto le tomo la mano al teniente y logró que los tres tiros, que restaban del revólver, salgan por sobre su cabeza.
Mientras forcejeaba Froilán con el teniente, el soldado Araya le “chusquió” la carabina y con la culata le “machuco” la espalda. El teniente le gritaba a su soldado: “Tírelo, ¿No oye? ¡Dispare!…”, a tiempo de reiniciar su fuga al constatar que su arma ya no tenía balas y el boliviano se encontraba herido y tendido en el suelo.
Ni el mismo soldado Tejerina supo de donde le salían fuerzas, ya que, de un salto nuevamente se paro y empezó a correr detrás de ellos.
Al saber los paraguayos que su perseguidor no tenía armas, se pararon y dándose la vuelta le dijeron: “ven guapito, acércate si quieres morir, ven bolivianito”. De inmediato el oficial arrancó un machete de una de sus botas y furiosamente se abalanzó sobre Tejerina; asestando duros golpes que le tajearon por dos veces en el parietal izquierdo y también en la frente. “La sangre chorreaba de lo lindo”, según narraba posteriormente el boliviano, aun así siguió corriendo y se abalanzo sobre el soldado Araya, porque se llevaba su carabina. Se trenzó a golpes con sus dos contrincantes y logró propinar una gran patada en las partes bajas del soldado, tumbándolo al suelo y al oficial casi lo domina agarrándolo de la cabeza; sin embargo el teniente tenía recursos y apareció con un puñal pequeño y, por suerte, falló una puñalada en su hombro derecho; al separarse del forcejeo, a la carrera, nuevamente se dio a la fuga.
En el momento se escuchó un grito del soldado Araya, sin saber si era por dolor o por mirar la cara, totalmente ensangrentada del boliviano. Sin pensarlo dos veces se abalanzó Tejerina, para recuperar su carabina, así lo hizo ante los gritos de su oponente.
El teniente Rojas que había logrado alejarse unos metros, al escuchar el lastimero grito de su soldado, volvió sobre sus pasos para socorrerlo. Grande fue su sorpresa al ver al boliviano en posesión de su arma; aun así le increpo diciendo: “Tire si es hombre, veremos quién muere primero”. Sin pensarlo siquiera, el soldado Froilán Tejerina Alcoba apretó el gatillo, dándole en el lacrimal derecho, el oficial paraguayo cayó al suelo y se quedó, de bruces, sin movimiento alguno.
El protegido de Liberata Farfán estaba de pie, con el rostro ensangrentado; mientras el hijo del Ex presidente paraguayo Liberato Rojas, yacía en suelo boliviano por su soberbia ante un soldado de la patria.
El soldado Araya se quedó igualmente quieto y de inmediato el caño de la carabina se asentó sobre su pecho, con una voz que le decía: “levántese”. Con las manos arriba el soldado paraguayo alcanzo a decir “No me mate, yo nada le he hecho”. Bastaron esas palabras para respetar su vida, considerando que un soldado no mata de gana.
Cuando todo había concluido aparecieron los soldados bolivianos a auxiliar a Froilán Tejerina, que, de pronto, cayó desmayado por las heridas recibidas.
Llegó, en esos instantes, un bello atardecer en el Chaco, era el preludio de un estallido bélico. Nadie sabía cuánto más podía tardar el inicio de la guerra.
En el fortín “Sorpresa”, Froilán Tejerina Alcoba recobro el conocimiento y sus primeras palabras fueron: “No había sido de Dios que me liquiden… Por mi patria, me’y desgraciau”.
Allí, a tres kilómetros del fortín, yacía el cuerpo, sin vida, del Teniente paraguayo, como besando el suelo boliviano. La noche chaqueña fue testigo de esta imagen.
Al día siguiente, cinco soldados bolivianos recogieron el cadáver del oficial paraguayo para darle humana y cristiana sepultura, encontraron anotaciones sobre el fortín y sus efectivos, además de anotaciones sobre otros fortines, que el oficial paraguayo logró averiguar en las conversaciones amables realizadas en los dos días de permanencia como huésped prisionero. Trasladaron su cuerpo en una frazada, brevemente lo velaron y sepultaron en un algarrobal cercano al fortín. Una cruz de maderos de algarrobo fue colocada en la última morada del teniente paraguayo Adolfo Rojas Silva. Los soldados del fortín “Sorpresa” le rezaron con honda pena en el instante de su entierro.
Transcurrieron cuatro meses del incidente en el fortín “Sorpresa” y el Gobierno nacional declaró oficialmente a Froilán Tejerina Alcoba como Héroe Nacional, ascendiéndole a los grados de Dragoneante, Cabo y Sargento Segundo. Le trasladaron a Tarija y viajó por todo el país recibiendo los más variados homenajes. Era el mimado de toda la sociedad boliviana y personaje importante para la prensa del país.
El héroe del fortín Sorpresa, aún daría más que hablar en la guerra del Chaco

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