Melvin Ibáñez, el profesor inolvidable

Escrito por  Roberto Barja Sep 10, 2017

“Educar no es dar Carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”.
Pitágoras

La cita del pensador griego refiriéndose al verdadero educador nos da el marco humano justo y adecuado para situar la personalidad y el trabajo del Profesor Melvin Ibáñez que, por algo más de 40 años, desplegó una labor educadora ejemplar y sin desmayos en beneficio de una multitud de jóvenes tarijeños, preparándolos y orientándolos para enfrentar las dificultades de la vida.

El próximo 5 de noviembre se cumplirá ya 3 años de su partida, y desde estas líneas, sin un orden cronológico, intentamos recordar, como homenaje de amistad, algunos rasgos de su rica personalidad.
Melvin Ibáñez era un conversador brillante, ameno, divertido en todo momento y sobre cualquier tema. Esta habilidad verbal, fue utilizada en sus largas y apasionadas conversaciones con amigos con los que se encontraba a cada paso, o en el desarrollo de sus clases, frente a sus alumnos. Que yo sepa, no dejó relatos o estudios escritos, lo que es una lástima.
Llegaba al aula, recuerdan sus innumerables alumnos, y tomaba asiento, no en la silla que le era asignada, sino en la mesita de sus materiales, frente a toda la clase, dando inicio al tema del día con alguna anécdota y la sonrisa llena de simpatía por los jóvenes que escuchaban con fascinación a su “profesor favorito”.
Fue permanente su empeño en promover en sus alumnos los altos valores de la honestidad, la solidaridad, la responsabilidad social y el esfuerzo constante que debe animar a todo ser humano para alcanzar niveles superiores de vida. Era sorprendente su memoria de educador, guardando almacenados los nombres de sus alumnos. Acogió a jóvenes estudiantes venidos de provincias y zonas rurales, con deseos de superación y esforzados por lograr una profesión u oficio, sin los medios suficientes. Melvin aprovechaba sus contactos para conseguir el apoyo o empleo oportuno que les permitiera su sustento y la continuidad de sus estudios. Su propia casa y hogar acogió a varios de estos jóvenes, y continúa haciéndolo hoy, después de su muerte. Naturalmente, este gesto desprendido era plenamente compartido por su esposa Mirna, generosa y bondadosa educadora que apoyaba estas iniciativas y que hoy continúa con esta obra.
Tenía dominio de la lengua quechua y podía recitar poemas enteros en esta lengua o relatos que había escuchado de los campesinos de la comunidad de Villa Charcas; él me expresó que de niño el quechua era su lengua preferida por su fonética, dulce y expresiva para comunicar sus alegrías y sus sentimientos íntimos. Grande fue su alegría cuando le obsequié el voluminoso “Diccionario Quechua-Español” de Monseñor Adalberto Rossat, Obispo de Aiquile, trabajado con erudición por muchos años.
Melvin era un “caminador” incansable; jamás lo vieron en una bicicleta y rara vez en un taxi. No importaba la distancia o la hora desde su casa al colegio o a la universidad; él siempre caminaba con agilidad y en buena postura. Su permanente costumbre a vestir formalmente: Traje y corbata, podía ser una dificultad a su apariencia cuidada, dada la condición de nuestras calles poco limpias, pero eso tenía una solución: de alguna parte él sacaba un pequeño paño para dejar relucientes sus zapatos y presentarse impecable frente a sus estudiantes. Una de sus proezas como caminador “fue cubrir más de 200 kilómetros desde Villa Charcas hasta Potosí a pie por las desoladas llanuras altiplánicas debido a un prolongado bloqueo de caminos que le impedían viajar en bus o camión para cumplir con su calendario de clases en el colegio secundario, terminada la vacación escolar. Resulta inimaginable para un joven de nuestros días realizar semejante caminata para cumplir con un compromiso de estudiante, hoy, con todos los medios y facilidades que nos brinda la sociedad para educarnos.
Siempre admiré su inagotable energía que lo mantenía en permanente actividad física e intelectual. Construyó sus propias viviendas (más de una) en las que quedaron jardines y huertos cultivados por sus propias manos. A casi 3 años de su partida, emociona observar su último huerto en el que una treintena de nogales y vides ostentan ya sus primeros frutos.
Sobre el tema religioso, Melvin se declaraba no creyente. Le pregunté si esta actitud era el resultado de la fuerte influencia marxista que ejercieron algunos de nuestros catedráticos de la época (años 60-70), particularmente turbulentos en ambientes estudiantiles: la guerrilla del Che a menos de 200 kilómetros de Sucre, ciudad en la que estudiábamos en ese momento; las violentas revueltas de Conn Bendit en Francia, 1968, etc. Él me expresó que escuchó y asimiló lo que consideraba positivo de tales influencias. Estuvimos de acuerdo que las categorías marxistas de análisis para los hechos sociales e históricos eran valiosas y constituían un aporte que no podemos ignorar, pero que sus expresiones prácticas en el liderazgo político y de gobierno en países totalitarios eran muy criticables por los privilegios y el autoritarismo de sus gobernantes. Compartimos la opinión de que la expresión democrática y su ejercicio era la forma deseable y menos imperfecta de gobierno para toda nación que aspire a la práctica de las libertades ciudadanas y al ejercicio de los derechos fundamentales de una sociedad.
Su nombre está grabado en la portada de todos los colegios de Tarija en los que trabajó, el salón de lectura de la biblioteca de la “Universidad Domingo Savio” lleva hoy también su nombre. Pero de un modo definitivo está grabado en el corazón de sus alumnos que sonríen de inmediato al evocar su imagen, como testimonio de gratitud.
Querido Melvin, entrañable amigo, profesor inolvidable, tu caminata continúa en el recuerdo, hacia el misterio de la Divinidad en la que tú decías no creer, pero que sin duda existe como paraje de paz eterna para los hombres de buena voluntad como tú.
Tarija, septiembre de 2017

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