La Poesía De Eduardo Farfán (*)

Escrito por  Heberto Arduz Ruiz Mar 25, 2018

En la obra de este cultor de la poesía se perfila un entrañable amor a la tierra que lo vio nacer, junto a evocaciones del pasado que brotan esporádica y espontáneamente. La campiña y el entorno citadino, con atisbos de una cruda realidad provocada por la disminución del caudal del río Guadalquivir y la erosión de la tierra, incita a su mente a enviar lo que él denomina Señales, poemario editado en noviembre de 2012.

El vate, sumido en el recuerdo del río de su infancia, testigo presencial de las horas doradas, al soplo de aires de reclamo y un dejo de tristeza se pregunta:
¿Qué río es aquel
que baña la niñez
con su ternura
murmulla su canto
alegre y fragante
en noches estrelladas
y luego nos abandona?
Tu embravecido cauce
–señal de tormentas–
se ha ido sin presagios
ni despedida.

Acerca de la erosión, problema casi insoluble no obstante las acciones adoptadas desde hace años y que asola los alrededores de la ciudad, sin poder ser utilizadas extensas zonas de suelo y subsuelo, el poeta eleva su voz y registra:
Páramo
soledad
sin retoños
ni sombras
tierra herida
en grietas
ávidas de agua
y vida.
¡No escucharás
el clamor
de las hojas
batidas
por el viento!
Sólo el canto
cercenado
en la muerte
de los árboles.

Antes de esta temática que pone en descubierto situaciones que todos los habitantes de esta patria chica conocen y sufren de cerca, en 1999 Eduardo Farfán Mealla escribió Adrián, dedicado a la memoria del hijo que en ímpetu de combate por sus ideales juveniles entregó su vida en holocausto el 13 de septiembre de 1970 tras la búsqueda de justicia social y mejores días para los necesitados. Una cruz más, al cabo, signo de luto y dolor, en el panteón del sacrificio patrio escrito en episodios varios a lo largo de la historia. Eduardo concluyó:
No quiero
nunca más
castigar mi camino
con el recuerdo
de tu vida.
Revivir
tu sonrisa
tu valor
tu justicia.
Sólo eso
para encontrar
la paz.

En el poemario titulado Tiempo y alma, editado ese mismo año, fecundo para el poeta, sorprendido se retrata de cuerpo entero en su vocación musical:
Pincel vivo
de mi corazón
me enseñaste
a brotar
en canciones

Según tenemos información, Eduardo Farfán continúa escribiendo poesía, bajo diversa temática, que al decir de David Salinger “el verdadero poeta no elige los materiales y el material claramente lo elige”.
Desde muy joven hizo apostolado de su profesión de médico, en años disputados al tiempo y a la disciplina, volcando sus quehaceres tanto a la composición musical propia, así como al trabajo de poner música a la poesía de Octavio Campero Echazú y Oscar Alfaro, altos exponentes tarijeños del parnaso. Chapaco alza’o es el trabajo más trascendente, difundido en todas partes, que le dio renombre y popularidad en las diferentes clases sociales de Tarija y en el país entero.
Eduardo a finales de los años ‘90, cual ave que migra a otro cielo por cambio de estación, debió ausentarse del pago a fin de someterse, en la ciudad de La Paz, a una delicada intervención quirúrgica, de la cual él presentía que no regresaría con vida a su ciudad natal. He aquí la génesis de Renacer (zamba-canción), en cuya letra expresa:
Un día te dejé,
sin saber si volvería,
te dejé mi juventud,
mi alma te dejé,
mi pasión y mi historia
te dejé.
Sin saber si volvería,
Sin saber si volvería.

El eco de la nostalgia por el terruño recibe la voz de su tierra que añoraba y ahora, en descarte de los temores, al desandar el camino recobra la alegría:
He vuelto Tarija
con el corazón.
He vuelto tierra mía
con el alma.
He vuelto y nunca más
podré dejar de ver
tu río, tu cielo.

Así queda cumplida, en grácil ejecutoria, la promesa del retorno que parecía imposible y que –a Dios gracias- se materializa como por encanto.
En El trovador/ cantor me hice, al ritmo de cueca esgrime los motivos para plasmar su anhelo:
Cantor me hice,
porque quiero
cantarle a mi tierra
cantarle al río
de mis amores
y su cauce los lleve.

Entre las numerosas composiciones que firma Eduardo Farfán, otro tema digno de mención es la cueca Mi lecherita, en cuyo texto invoca a una lugareña de Tablada:
Bríndame tu cariño,
dame tu corazón,
déjame un ramo
de albacas
como seña de tu amor.

Por último estas palabras profetizan los anhelos íntimos del poeta compositor, doblemente artista:
Quiero que el cielo y el río
sigan siendo simiente
de mi vida, de mi cielo
de mi río y de mi canto.

Así será por siempre, Eduardo, notable cultor de las artes, fundidas en un solo corazón vibrante de inquietudes y sueños que cobran altura por la apasionada entrega que perenniza tus creaciones.

(*) Del libro de reciente publicación “La patria del corazón” de la autoría de Heberto Arduz Ruiz