Wilson y Rogelia, el amor que creció entre zapatos rotos

Escrito por  ARTURO FERNÁNDEZ C/EL PAÍS EN Ene 11, 2017

El ser zapatero es uno de los oficios más antiguos del mundo y si bien no es uno de los más reconocidos en la sociedad, éste sirve a la mayor parte de ella. ¿Quién no ha llevado un par de zapatos o zapatillas para arreglar?

Si bien hay distintas zapaterías y lugares en donde se pueden arreglar los zapatos, hay una zona de la ciudad en particular donde los zapateros son parte del paisaje. A esta zona acuden infinidad de personas que viven en la capital tarijeña. Una suela rota, una tapilla desgastada o una costura que cedió son los problemas más comunes.
Mocasines, zapatos de trabajo, tenis, botas, botines, sandalias, ojotas, en fin, todo tipo de calzados pueden ser arreglados en La Loma, lugar donde más de siete zapateros, están listos para remendar las fallas.

Wilson el zapatero
Al comenzar la bajada de La Loma, sobre la calle Cochabamba, se encuentra un puesto de trabajo que desde 1989  no cierra. Ahí está uno de los zapateros más antiguos del lugar, Wilson Mamani.
Él es oriundo de La Paz, tiene 45 años y llegó a la ciudad de Tarija cuando tenía 18 años. Vino  para cumplir con el servicio militar en el regimiento Padilla, por lo que al salir del cuartel y al percatarse de que en esta ciudad no había muchos zapateros, decidió quedarse. Así, se convirtió en uno de los primeros zapateros que se instaló en la parte alta de la ciudad.
“Recuerdo que éramos seis, los únicos en La Loma, porque en el centro habían otros zapateros, los más antiguos como Espíndola y otros”, cuenta. En ese entonces, él empezó su negocio casi sin nada, pues sólo tenía un martillo, suelas, clefa y una horma.
Ahora, él es propietario de la zapatería “La Rápida”, el negocio que levantó hace 27 años, sin embargo, ahora está en la acera de enfrente, en un pequeño pasillo de tres metros de largo por un metro de ancho. Ahí un esmeril, una máquina de coser y un pequeño estante con docenas de zapatos arreglados, develan que en el lugar se componen calzados.
Cuenta que el oficio lo aprendió de su padre, pues desde niño él iba a su taller y le ayudaba. A los 17 años ya incursionó por su cuenta en la actividad, ubicándose en un puesto sobre la avenida Buenos Aires en la ciudad de La Paz. Empero, ese mismo año, partió rumbo a Tarija, donde sentó raíces, consolidó su negocio y formó una familia.

Pasa el tiempo,
llega la crisis
Recuerda que cuando empezó con su zapatería en Tarija, durante casi un año trabajó con casi nada de herramientas, pero aun así tenía trabajo y pudo ahorrarse algo de dinero, lo que le permitió comprarse los equipos necesarios para este oficio. “Había nomás trabajo esas veces, creo que porque no había muchos zapateros, pues sólo seis estábamos en La Loma”, detalla.
En cambio ahora la situación cambió para Wilson. Afirma que las ganancias bajaron en casi un 50 por ciento. Dice que la crisis también le afectó. Recuerda que antes debía trabajar tres días para pagar el alquiler valuado en 100 dólares en cambio ahora debe trabajar dos semanas para juntar el mismo monto de dinero.
De pronto, levanta la cabeza y muestra su estante, donde hay varios pares de zapatos. Dice que todos esos son arreglados pero que sus dueños no los vinieron a recoger. Cuenta que ése es otro indicador de la crisis, pues relata que cuando alguien viene a recoger su zapato muy retrasado, le dice a modo de explicación: “No tenía plata me vas a disculpar”.
En un día normal, él solía arreglar hasta doce pares de zapatos, un día así era considerado como una jornada favorable y con buenas ganancias. En cambio en un día bajo y con pocas ganancias arreglaba sólo cinco pares de zapatos, lo que arregla ahora diariamente.

La familia
A su lado está su compañera de trabajo y concubina, Rogelia Quisbert, con quien tuvo cinco hijos. Cuenta que vive con ella desde el año 1992.
Dos de sus hijas ya son profesionales y trabajan, una es licenciada en enfermería y la otra es administradora de empresas. Otro de sus hijos está en la universidad y los otros dos, aún en colegio.
Rogelia, quien también nació en La Paz, pero fue criada en Tarija, se dedicó a las tareas del hogar durante el tiempo que sus hijos estaban pequeños, pero cuando crecieron y hacía falta ayudaba en el taller de calzados. Dice que ella no lo pensó dos veces y fue a ayudar a su pareja.
Sin saber nada decidió aprender el oficio y es ahora una zapatera más, con tareas asignadas y una reputación ya ganada, por el empeño y puntualidad demostrada a la hora de hacer sus trabajos.
“Aquí es bien nomas, yo no sabía nada, él me enseño y lo más difícil fue aprender a usar la máquina. Ahora yo tengo mis tareas asignadas y entre ellas debo costurar toda la vuelta y pegar”, dice orgullosa.
La pareja cuenta que trabajar en este oficio es difícil, pues abren el negocio de lunes a sábado, desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche. Cierran sólo una hora, de 1 a 2 de la tarde para poder ir a almorzar y vuelven inmediatamente al taller, ya que la mayoría de sus clientes pasan a dejar o a recoger sus zapatos antes de irse al trabajo.
Consultados sobre cómo hacen para distraerse o relajarse al tener tanto trabajo, Wilson dice que su distracción es coquear y charlar mientras recobra energías para seguir trabajando. A eso añade que como vivieron en el concubinato desde el 92, uno de sus sueños es casarse para el año, para lo cual se encuentran ahorrando.
“Ahora nosotros estamos ahorrando, porque siempre se gasta. Si uno quiere casarse bien, siempre se invierte, pero si quiere hacerlo privado, no se gasta nada”, dice.

Cambio de aire
El poco trabajo y la reducción de las ganancias afectaron a Wilson y a su familia, tanto que ya piensan en dejar el oficio que empezaron hace 27 años y cambiarlo por uno que piensan “es más rentable”. Se trata del negocio de la comida, puntualmente una pensión familiar.
La decisión aún no está tomada, pero es una idea que no se les va de la cabeza, ya que de ganar anteriormente un promedio de 300 bolivianos por día, bajaron a ganar 120 ó 150 bolivianos en el mejor de los casos.
“Tengo aquí mis amigos comerciantes que venden zapatos en La Loma y me cuentan que antes hacían mil bolivianos por día, pero ahora venden apenas un parcito, dos parcitos y tienen que sacar del bolsillo para pagar el alquiler, por eso ahora se quejan. Todo ha cambiado y para nosotros lo mismo es”, finaliza.

El oficio de zapatero para Wilson y Rogelia

Rogelia Quisbert
Rogelia Quisbert nació en La Paz pero se crió en Tarija. vive en concubinato desde 1992 con Wilson y desde ese entonces hasta el 2010 ella se encargó de las tareas del hogar. A partir de ese año, en el afán de ayudar a su marido y llevar más dinero al hogar, aprendió el oficio de zapatero.

Wilson Mamani
Wilson Mamani es un zapatero que aprendió el oficio de su padre. Desde los 17 años se dedica a esta labor y es gracias a ella que pudo sacar adelante a su familia, pero ante la crisis que golpea al departamento y la baja en las ganancias del negocio, piensa cambiar de actividad a sus 45 años.

Zapatos de mujeres
Los clientes más frecuentes de la zapatería La Rápida son de personas del centro de la ciudad, aunque también de barrios alejados. Ahí se hacen todo tipo de trabajos, desde costurar hasta el cambiado completo la suela, o planta. Las mujeres son las que más zapatos llevan a arreglar.