Incomodidades políticas de “Black Phanter”

Escrito por  Fernando Molina, periodista Mar 26, 2018

Corría 1966 y los guionistas de la editorial especializada en cómics Marvel estaban impregnados de los efluvios políticos de la coyuntura estadounidense: la radicalización de la juventud como resultado indeseado de la prosperidad de sus padres después de la Segunda Guerra Mundial, el movimiento hippie y la protesta de los afroamericanos contra el sistema de segregación imperante en los Estados de la Unión que habían luchado del lado perdedor en el conflicto civil por la esclavitud.

Stan Lee y Jack Kirby crearon entonces un nuevo superhéroe que recoge algunos de los tópicos que estaban flotando en el ambiente. Es el primer superhéroe negro, recupera y simboliza los mitos de los afroamericanos sobre una África egregia y maravillosa de la cual fueron apartados, sobre su nobleza de sangre, sobre la relación íntima entre las culturas de las que vienen y la naturaleza, así como un mito muy próximo a nosotros: el del poder salvífico de los recursos naturales.
Inventaron así a Black Phanter. La prueba de que estaban sintonizados con el espíritu de los tiempos fue que, pocos meses después de aparecer el primer cómic con este personaje, el ala radical del movimiento de las libertades civiles fundó el controvertido partido Pantera Negra. Unos y otros querían extraer y proyectar la fortaleza, la flexibilidad y la belleza de un animal que simboliza muy bien a las naciones africanas.
A la muerte de su padre, el rey T’Chaca, su hijo T’Challa debe asumir el puesto de gobernante y protector de Wakanda, reino imaginario del África. Wakanda es una sociedad avanzadísima y próspera, gracias al “vibranium”, un metal alienígena que cayó encima de Wakanda en un meteorito. Para poder aprovechar este recurso en paz, Wakanda se mantiene escondida: la principal tarea del protector es evitar que los foráneos se enteren de su existencia y la ataquen para robar el vibranium. Para ello usa poderes que provienen del culto de la pantera negra y la aplicación de la tecnología adquirida por su pueblo a su equipo y sus habilidades de superhéroe. En el reino existe una disidencia relativamente marginal, la de quienes siguen el culto del gorila blanco. Pantera Negra gobierna porque da su merecido a los enemigos blancos que ambicionan la riqueza de su pueblo, aunque ocasionalmente luche contra otros africanos y contra miembros de su propia corte, y también colabore con algunos extranjeros pálidos: los Avengers, por un lado, y un agente de la CIA, en otros casos.
Resuenan en este relato los motivos típicos del nacionalismo de la nación oprimida: la ilusión de un reino perdido que se tuvo y al que algún día se volverá; el deseo de un refugio –un oasis invisible para todos los que no pertenecen al grupo– en el que desaparecer, escapando así de la acechanza de los enemigos; la busca de un “rey” (el Mesias israelita) que enfrente y venza a estos enemigos, tanto si son humanos como si son sobrenaturales… En fin, todo esto que comprueba una vez más el papel del cómic –es decir, de la historieta de superhéroes– como versión contemporánea (eso sí, llena de recovecos y confusión) de la vieja mitología o relato sobre los orígenes del mundo.
La película “Black Phanter”, que todavía se exhibe en nuestras salas y que ha merecido el impulso crítico, tiene cierto interés porque trasluce estos motivos políticos. Ver a los africanos como portadores de una cultura antigua y exótica –que es el estereotipo–, a la vez que como dueños de una civilización genial, resulta llamativo. También la encarnación de los clichés del cine de aventuras en personajes raros desde el punto de vista del etnocentrismo anglosajón, que está debilitado pero sigue imperando Hollywood, y que configura nuestra percepción regional sobre el mundo.
Sin embargo, la plasmación políticamente correcta de los mencionados motivos termina aguándolos hasta hacerlos, en algunos casos, irreconocibles. Por ejemplo, se sugiere, pero con enormes reticencias, que el villano quiere usar el vibranium para armar y sublevar a todos los negros del mundo en una guerra racial como la que constituía el sueño del partido del mismo nombre que la película. Los aspectos ideológicos de este sueño y de la oposición de Pantera Negra al mismo no solo no se explotan, sino que se esconden detrás de los habituales conflictos psico-biográficos de los personajes. No cabía esperar otra cosa.
Incluso se da el efecto contrario: Marvel, igual que Disney en el “Rey León”, parece incapaz de abordar la cuestión política más que desde la perspectiva de los filósofos políticos del absolutismo y su defensa del derecho del rey y sus parientes a hacer lo que se les antoje.
Queda lo que al final se quería que quede: una típica película de superhéroes, con una puesta en escena preciosa, con unos actores negros que se desplazan como verdaderos felinos sobre el escenario, y con las acostumbradas y reiteradas debilidades narrativas, que se resumen en la presentación de un villano inicialmente magnífico que luego no pone la resistencia que se esperaba.
Una palabra final sobre el mito del vibranium, pues nos atinge directamente. A este respecto la película ratifica dos creencias que abundan en el pensamiento de los bolivianos sobre los recursos naturales: a) que su posesión puede asegurar la riqueza y el desarrollo: si Wakanda ha llegado al nivel civilizatorio que ostenta es por haber recibido “del cielo” la riqueza inesperada del vibranium; b) que la gran tarea política de los poseedores de recursos naturales es organizarse en torno a un “protector” que evite el saqueo de los recursos naturales. Estas creencias también componen, como se recordará, el discurso de “Avatar”.
La discusión de “b” tiene tales implicaciones políticas que hacerla nos sacaría de las páginas de cultura en las cuales se publica esta reseña.
Sobre “a”, dejo sentado, así sea de forma dogmática, sin poder justificarlo por falta de espacio, que en realidad es exactamente al revés: la posesión de recursos no salva, sino que desvía y estanca a los pueblos (como muestra el África real). Si esta fuera una historia real, los habitantes de Wakanda terminarían vendiendo vibranium al mundo a pingües precios, lo que los “salvaría” del esfuerzo que exigiría su industrialización, pero al mismo tiempo estarían condenados a vivir una bonanza artificial, “caída del cielo” y con fecha de caducidad.