“La globalización hegemónica se va profundizando”

Escrito por  ALEJANDRO ZEGADA/EL PAÍS eN Ene 14, 2018

Algunos académicos y muchos medios de comunicación a nivel mundial han estado diagnosticando un proceso de “desglobalización”, a raíz de acontecimientos como el Brexit, el proteccionismo de Donald Trump, así como dinámicas subancionales que cuestionan las fronteras nacionales.

Entre los procesos subnacionales destacan, por ejemplo, la fragmentación de los Balcanes o la división de Sudán (ya consolidados), otros latentes como Quebec, Escocia, Cachemira, y algunos que han explotado en las últimas semanas y meses, como los referéndums en Cataluña, el Kurdistán iraquí y Camerún.
Sin embargo, el reconocido académico portugués, Boaventura de Sousa Santos, discrepa de esta interpretación, y afirma que “la globalización hegemónica se profundiza usando, entre muchas otras máscaras, la de la soberanía dominante, que académicos desprevenidos y medios de comunicación cómplices toman por desglobalización”.
Bajo criterio del experto, “estos fenómenos, lejos de configurar procesos de desglobalización, constituyen manifestaciones, como siempre contradictorias, de una nueva fase de la globalización más dramática, más excluyente y más peligrosa para la convivencia democrática, si es que no implican su fin”.
La realidad: más globalización
La proliferación de tratados de libre comercio (TLC) son síntoma de que la globalización sigue, y con predominio de las potencias económicas y financieras del mundo.
La Unión Europea acaba de acordar con Canadá un TLC que, entre otras cosas, “expondrá la alimentación de los europeos a productos tóxicos prohibidos en Europa pero permitidos en Canadá, un tratado cuyo principal objetivo es presionar a Estados Unidos para que forme parte”.
También se aprobó la conformación de la Alianza Transpacífica (TPP), liderada por Estados Unidos, además de toda una nueva generación de TLC en proceso (como el que casi firman Mercosur y la Unión Europea y que por ahora está en pausa), negociados fuera de la Organización Mundial del Comercio. Este tipo de TLC incluyen la liberalización y la privatización de servicios que en muchos países hoy son públicos, como la salud y la educación.
Y cuando se observa el sistema financiero, queda en evidencia que ese es el sector “más globalizado del capital y más inmune a las regulaciones nacionales”, agrega de Sousa Santos.
Los datos, que son de conocimiento público, no dejan lugar a dudas: 28 empresas del sector financiero controlan 50 trillones de dólares, lo que equivale a tres cuartas partes de la riqueza mundial contabilizada (el PIB mundial es de 80 trillones y además se estima otros 20 trillones en paraísos fiscales).
La gran mayoría de esas instituciones está registrada en América del Norte y en Europa. Su poder tiene también otra fuente: mientras la rentabilidad de la inversión productiva (industrial) a nivel mundial es, como máximo, del 2,5 %, la rentabilidad de la inversión financiera puede llegar al 7 %.
El académico observa que esto muestra “un sistema para el cual la soberanía de 200 potenciales reguladores nacionales es irrelevante”.

El fenómeno de la globalización
Boaventura de Sousa Santos ha estudiado y escrito sobre la globalización desde hace más de 20 años, y ha logrado dar luces sobre la complejidad e incluso el carácter contradictorio de este fenómeno.
En primer lugar, mucho de lo que se consideraba global había sido originalmente local o nacional. Incluso la democracia como régimen político globalmente legítimo, “ya que el tipo de democracia globalizada fue la democracia liberal de matriz europea y norteamericana en su versión neoliberal, más norteamericana que europea”.
En segundo lugar, la globalización no elimina las desigualdades sociales y las jerarquías entre los diferentes países o regiones del mundo. “Por el contrario, tiende a fortalecerlas”.
En tercer lugar, la globalización produce víctimas “,normalmente ausentes en los discursos de los promotores de la globalización, que tendrían ahora menor protección del Estado, ya fueran trabajadores industriales, campesinos, culturas nacionales o locales, etc.”.
En cuarto lugar, a causa de la dinámica de la globalización, estas víctimas “quedan más sujetas a sus localidades y en la mayoría de casos solo salían de ellas forzadas (refugiados, desplazados internos y transfronterizos) o falsamente por voluntad propia (emigrantes). Llamé a estos procesos contradictorios globalismos localizados y localismos globalizados”.
En quinto lugar, la resistencia de las víctimas se beneficiaba a veces de las nuevas condiciones tecnológicas ofrecidas por la globalización hegemónica (transportes más baratos, facilidades de circulación, internet, derechos humanos) y se organizaba en movimientos y organizaciones sociales transnacionales.
El académico llama a estos procesos “globalización contrahegemónica” y en ella distingue “el cosmopolitismo subalterno y el patrimonio común de la humanidad”.
Hoy no ocurre ningún proceso que revierta estas características, sino que se están profundizando, con diferentes matices y velocidades, y con efectos que aún están por conocerse en su verdadera magnitud.
La “globalización hegemónica” continúa, renovada, pero también continúa la globalización contrahegemónica. La cuestión no es oponerse a la globalización, algo inevitable, sino fortalecer la contrahegemónica, buscar equilibrios para que los poderosos no se coman el mundo.