Argentina, Bolivia y el gas como caballo de batalla

Escrito por  Jesús Cantín/La Mano del Moto May 07, 2017

El conflicto por la provisión de gas entre Bolivia y Argentina no ha hecho más que empezar. Y eso que este será el segundo invierno en el que se tense la cuerda en base a declaraciones de unos y otros.

El escenario es complejo. Peor si los números no cuadran. Lo que parecería un mero acuerdo comercial tiene altas dosis de política gruesa e intereses debajo de la mesa. En ese contexto, Bolivia tiene un problema y Argentina una oportunidad.
Hasta la llegada de Mauricio Macri a la Casa Rosada todo funcionó relativamente bien en la provisión de gas. Dos gobiernos en sintonía política se complementaban, Argentina evitaba un colapso energético en las ya de por sí castigadas provincias del norte y Bolivia ganaba unos buenos ingresos. No entraremos en este análisis, aunque pudiéramos, en cómo se fueron modificando las negociaciones iniciales que prohibían aumentar los volúmenes de exportación hasta que se construyera la planta Separadora de Líquidos del Gran Chaco con financiación argentina o en el consiguiente y lucrativo negocio de los líquidos exportados gratuitamente hacia Campo Durán.
Lo cierto es que lo primero que hizo el Gobierno Macri para con Bolivia poco después de asumir el cargo fue insistir en que mantendría los compromisos de importación al tiempo de deshacerse en halagos sobre la buena sintonía. Primera mala señal. No habían transcurrido ni seis meses en el cargo y el superministro de Energía Juan José Aranguren, halcón de Shell en el cono sur, aprovechó el primer bajón para justificar una importación de GNL desde Chile, a precios astronómicos, que acabó en los tribunales por el beneficio que le suponía a la ex empresa.
La operación por parte de Aranguren se justificó con una hondonada de críticas y puestas en tela de juicio de la capacidad de Bolivia para cumplir sus compromisos, argumento que sigue siendo recurrente a la luz de los acontecimientos. Inmediatamente después Argentina publicitó por todos los medios la sanción económica impuesta a YPFB por el incumplimiento de la provisión de gas en el mes de julio de 2016 por unos problemas en Margarita. Fueron 2,1 millones de dólares, una cantidad no muy relevante en el millonario negocio petrolero pero que tuvo mucho de lo simbólico. Este año se repite la estrategia.
En paralelo al nuevo escenario de desconfianza generado en Argentina, Brasil ha recortado, sin hacer mucho ruido, las nominaciones de gas a los mínimos exigidos por contrato y ha dejado la renovación del acuerdo de exportación en segundo plano, asegurando que no es prioridad pese a que expira en 2019.
El escenario de restauración
La relación Bolivia – Argentina se lee en clave interna y externa. Para el presidente Evo Morales y su equipo, Macri es un enemigo político más con quien hacer negocios con el gas. Hay divergencias pero nadie lo va a declarar el enemigo número uno a pesar de representar el perfecto régimen liberal y ser la inspiración para la oposición boliviana, tanto en el fin como en el método empleado.
Para el Gobierno argentino, sin embargo, el gobierno boliviano, por no decir Bolivia misma, representa el mal en su conjunto, por extensión del kirchnerismo y por todos los votos que le ha dado mezclar migración, delincuencia y drogas.  
En agosto la Argentina renueva las cámaras y Mauricio Macri no puede consentir una derrota, pues pondría en tela de juicio su plan de reformas ya aplicadas en el país que no contarían con el aval del pueblo. En ese contexto, cualquier previsión que evite el escándalo es bienvenida. Macri y su equipo, después de haber triplicado tarifas, no pueden arriesgarse a una crisis energética en el norte por la mala provisión de Bolivia. El escándalo sería mayúsculo y se trasladaría rápidamente a los votos.
En clave externa y en lo que toca a la política internacional, Mauricio Macri llegó a Casa Rosada con la intención de demostrar al imperio del norte su buen quehacer a la hora de enfrentar la “amenaza” nacionalista que se “cernía” sobre el conteniente para disgusto de los amantes del libre comercio inclinado a su favor.
Macri y su buen amigo Michel Temer, que tomó el poder en Brasil tras derrocar a Dilma Rousseff,  ven en Bolivia un enemigo con quien pelear para ganar puntos en el camino de la subordinación.
Bolivia, pese a los discursos de diversificación, sigue teniendo todos los huevos en el cesto de los hidrocarburos y no ha tomado los recaudos necesarios para hacer frente a la situación. Con todas las fuentes de financiación copadas y con una década de retrasos en la industrialización, el país entero se resfría ante la caída de ingresos por el precio del petróleo, que no llega a ser el augurado por los expertos para este 2017. Si al problema del precio se le suma un sistemático recorte de compras por parte de Brasil y un continuo martilleo a la credibilidad por parte de Argentina, que de momento no tiene previsto tomar la iniciativa para cortar un contrato con el que todavía ganan, pero que molesta en inversiones y mercados, el resultado es previsible: Guerra económica hasta que el MAS se rinda. O al menos Evo Morales.
No conviene, por lo tanto, empezar incumpliendo la elevación de provisión a la Argentina en mayo, prevista de 19,9 millones de metros cúbicos y enviados en el orden de 16. Esto no ha hecho sino comenzar.

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