14 años de dolor, ausencia e injusticia

Escrito por  Antonio Gutiérrez/La Palabra del Beni Jun 24, 2016

El poeta peruano César Vallejos escribió una vez “hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé”. Y es que hay momentos que parecieran detener nuestra existencia, tan fuertes, tan dolorosos que pareciera que el alma nunca se recupera, se detiene y desde ese instante  y para el resto de los días, no se mueve.

Miriam Greminger Cortez, hoy de 60 años de edad, con una vida de penumbras sobre sus hombros, camina impávida, su rostro oculta las cientos de noches en vela, las miles de lágrimas derramadas. Las marcas de su cara son las marcas de años de lucha, de peregrinación, de pelea, de sufrimiento. Para ella, esa madre de luto que camina con la mirada perdida, el momento en el que el mundo se detuvo, fue un 22 de junio de 2002.

Una madrugada de invierno, como ella misma relata, le llegó la noticia que ninguna madre, ningún padre debería recibir jamás, su hijo había muerto. Ese niño que ella vio crecer, del que conocía cada gesto, cada sonrisa, ese hijo del que aún guarda cientos de anécdotas que cuenta con los ojos enrojecidos, yacía a un lado de la calle, junto  a un frío poste de luz, en una calle oscura sobre el camino que lleva al aeropuerto de  Trinidad.

Durante 14 años Miriam Greminger, peregrinó por juzgados, por cortes, por procesos, sola la mayoría del tiempo. Su marido, el compañero de vida partió hace 9 años dejándola a ella con esa carga que no se cansa de llevar, pues en sus palabras, esas que dice con la apacibilidad que sólo el dolor genera, “ni odio, ni deseo de venganza, solo quiero justicia”.

 “Era un día viernes 21 de junio, en la casa se hacía pan. Él (Alan) era el encargado de ir a traer al trabajador que faltase. Fue así que faltó uno de ellos y él se encargó de ir a traerlo - aquí lo dejo ya vuelvo- me dijo. Fue lo último que me dijo, ya no lo vi más”, relata Miriam.

“Lo encontramos en la avenida del aeropuerto, ya montado en su moto, muerto. Esa noche hacía frío, estaba llegando el invierno y todos estábamos acostados, cuando alguien tocó insistentemente la puerta. Salí, era un muchacho amigo de Alan. Era moreno, crespo, y se golpeaba contra el pilar del corredor -a usted no, a usted no- me dijo al verme, entonces salió mi esposo atrás y ahí fue cuando dijo -Deybi está muerto, él está cerca de la casa de los chaperos, yo lo llevo” recuerda la madre con la voz entrecortada y los ojos aguados en esas lágrimas que de tanto caer,  parecen haberse secado.

La escena no podría ser más desgarradora, su hijo estaba casi montado sobre una moto deportiva, caído de lado junto a un poste de luz, que queda precisamente a pocos pasos de la circunvalación de Trinidad, sobre el camino que lleva hasta el aeropuerto.

Al llegar, la escena generó dudas entre sus familiares y curiosos que ya estaban apareciendo –no puede ser dijo mi hermano, que a esa velocidad él hubiera quedado en la posición que quedó- recuerda la mujer.

“Llegó la policía, y mi hermano llevó un fotógrafo profesional para que tomara fotos de la escena, al principio los policías no lo dejaron hacerlo, pero mi hermano se impuso y logró tomar imágenes del cuerpo de mi hijo”, declara Miriam.

Las fotos sin duda alguna generarían mas polémica durante la reconstrucción de los hechos llevada adelante por la Policía Nacional, tiempo después.

“Yo llegué –al lugar del accidente-  y no entendía nada, veía el flash de la cámara a todos lados, la policía estaba acordonando el lugar, yo sólo quería el cuerpo de mi hijo para traerlo a mi casa, pero se lo llevaron a la morgue del hospital Trinidad para hacer la autopsia, yo no quería que lo toquen, parece que lo examinaron y después me lo entregaron. Empezó a llegar la gente (al velorio)  y (yo) pensaba que se accidentó, yo acepté que fue un accidente de tránsito, que él se chocó contra ese poste de luz” declara Greminger.

“Fueron otras personas que notaron otras que había sangre más allá del lugar del accidente,  había sangre en la esquina que da la vuelta para entrar a la circunvalación, había sangre por todo ese trayecto hasta el lugar donde el estaba. Entonces el sábado llegó mi tío de Santa Cruz, y me dijo -mi hija usted va a aceptar que le hagan  la autopsia, porque a su hijo lo mataron”.

Que madre sobre la faz de la tierra está preparada para unas palabras como esas, palabras que en sí mismas son una ofensa al género humano, palabras tan negras y tan dolorosas que ningún hombre o mujer  debiera repetir, “a su hijo, lo mataron”.

“Mi hermana me dijo,  ahora vos como madre vas a permitir la autopsia. Ese domingo antes de llevarlo a enterrar lo sacaron y lo llevaron a hacer la autopsia, el médico forense fue  Héctor Basinelo Salazar,  era el médico forense del distrito de Trinidad”, recordó Miriam.

La autopsia concluyó, lo que la policía se había apresurado a concluir “accidente de tránsito con choque a objeto fijo y muerte”. Pero días después, varios testigos empezaron a contactar a Miriam, para contar entre susurros y amenazas -según lo que la misma madre relata- versiones  que apuntaban a la muerte de Alan como asesinato y no accidente.

 “La gente empezó a decirme que había testigos de lo que había pasado, (…) primero fue la llamada de Blanca Guzmán, que vivía en las inmediaciones del lugar donde se produjo el supuesto accidente, (…) fui a hablar con ella, estaba en estado de shock, ella temblaba y me decía que me iba a contar lo que pasó (…) le agarré las manos, yo le daba ánimos para que ella me narrara lo sucedido”, recuerda la madre de Alan.

La declaración que esa mujer le dio aquella noche, según cuenta Miriam, concuerda con la versión de la segunda testigo que apreció días después. Blanca Guzmán, volvió a repetir  la declaración que le dio a Miriam una vez más, pero durante el juicio entablado un año después, cambio su versión diciendo que lo que había dicho, lo dijo por presión.

En lo que relató esta mujer, Miriam supo que a su hijo lo habían matado y que la escena del accidente fue montada para parecer precisamente eso, un accidente.

“La señora estaba fuera de sí, me decía -perdóneme por no haber podido ayudar a su hijo, pero él viene todas las noches, me toca la puerta y no me deja dormir- la señora lloraba así entre cortada me hablaba”, rememora con pesar Greminger.

Un día, una llamada anónima le dio a Miriam el dato de una mujer, cuya declaración cambiaría completamente el curso del caso.

El dato, la llevó a encontrarse con Gerania Velazco Cucuy, quien en aquella tenía 25 años y era estudiante universitaria.

“Si me ven con usted me matan- me dijo Gerania,  yo empecé a llorar y le dije que me ayudara, que  yo era la mamá del muchacho que mataron. Ella se quedó mirándome, me dijo si podíamos ir a mi casa (…) nos venimos a la casa de mi madre y ella me empezó a contar todo lo que vio”, recordó Mirian,

“Después ella se fue, eran más o menos las dos de la tarde (…) y a las 5 o 6 de la tarde, volvió -¿usted me mandó buscar?, me preguntó, no sé tu nombre no sé donde vivís, si pero ya fueron a mi casa a buscarme me dijo, quiero declarar”, recuerda Greminger.

Pero la reacción de la policía y la fiscalía fueron nulas, pese a las constantes llamadas, nunca se parecieron para tomar la declaración de Gerania.

Al no tener respuesta alguna, ambas mujeres optaron por llamar a la prensa, y de esa forma, el video grabado por periodistas de Trinidad se constituyó en la chispa que desencadenó el clamor popular, y permitió que las autoridades sintieran la obligación de intervenir en el caso.

La declaración afirmaba que 4 personas en una movilidad de color azul arrastraron el cuerpo sin vida de Alan Deybi Vaca hasta el lugar donde se lo encontró la madrugada del 22 de junio.

Los hechos desde ese momento sucedieron muy rápido, las protestas en Trinidad crecieron hasta extremos violentos porque los fiscales no daban curso a las investigaciones. La motocicleta, una de las pruebas del crimen, fue alterada, como se pudo comprobar durante reconstrucción de los hechos, para dar credibilidad a la hipótesis del accidente.

“En las fotografías que mandó tomar mi hermano, se puede ver la llanta de la motocicleta intacta, pero en la reconstrucción de los hechos se ve la llanta delantera ya mallugada”, recuerda Greminger.

La aparente apatía de las autoridades degeneraron en violentas protestas de la población que concluyeron con ataques a propiedades privadas y oficinas de la policía en la capital del Beni, hechos que apresuraron el cambio de autoridades dentro de la fiscalía y la policía.

El caso llegó a juicio gracias al esfuerzo del fiscal Eduardo Marañon, fiscal de narcóticos a quien tuvieron que designar, debido a que los anteriores fueron cambiados o recusados.

En el juicio se imputó a dos presuntos cómplices del homicidio, Harold Maicol Arias Durán, en aquella época de 21 años, y a Escarlet Pinto Sejas, de 16 años.

Luego de meses de litigio, se logró una condena por complicidad de 15 años contra los dos implicados, Escarlet Pinto cumplió menos de 6 años de presidio –recuerda Miriam- Harold Arias, nunca entró a la cárcel, precisamente por un recurso de Habeas Corpus.

Al final, ambos acusados lograron detener el proceso, y de esta manera, empezó para Miriam un segundo calvario, el de la peregrinación entre juzgados y cortes.

Los juicios, los amparos, los recursos siempre fueron ganados por Miriam, pero a pesar de ello –afirma la mujer- sólo fueron victorias en papel, en la realidad, el caso después de 14 años, recusaciones y cientos de acciones legales, el crimen sigue irresuelto.

14 años de una lucha que siempre estuvo en contra, 14 años de soledad acompañada por la fuerza del pueblo, vecinos, amigos, que aún hoy siguen al pendiente del caso, 14 años en los que la fuerza de esta madre de luto no desfallecen, a pesar de todo.

“Una vez soñé con él, a los días que murió. Recuerdo que me agarró las dos manos y me sacudió con esa fuerza de oso que él tenía, como diciéndome -madre te doy mi fuerza para que no desmayes- he pensado al final si esto no se resuelve, acudir a las instancias internacionales, a la Corte Interamericana de los Derechos Humanos”, declara Miriam.

“Hay una cita bíblica que dice, muchos son los llamados y pocos los elegidos, pienso que Dios me trajo a este mundo con un propósito, terminar con el reino de la injusticia y la impunidad. Lamento de sobremanera que el instrumento de esta tarea hubiera sido la vida de mi hijo”, declara enfáticamente Miriam Greminger, que hasta el día de hoy continúa sin recibir la justicia que merece.

“Unas manos asesinas cegaron mi vida una fría mañana de invierno, lo sabe la policía y también la fiscalía por eso mi pueblo enaltecido clama justicia” recitó al final Miriam, un poema anónimo compuesto a los meses de haber muerto su hijo.

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