Si el río suena...

Jun 17, 2017

En las últimas semanas, particularmente en los últimos días, el Banco Central de Bolivia (BCB) ha sido foco de atención mediática, pero sin que haya un suceso noticioso propiamente dicho.

Así, ha sido el BCB quien ha llamado la atención sobre sí mismo: A tiempo de presentar su Informe de Estabilidad Financiera (IEF) en La Paz, ante los representantes del sistema de intermediación financiera, el BCB se empeñó al asegurar que los indicadores de desempeño del sistema financiero son sólidos.
En su presentación, representantes del BCB señalaron que el Coeficiente de Adecuación Patrimonial (CAP) está en 13,3%, cuando la norma exige como mínimo el 10%. Y que las previsiones a la cartera en mora sobre el patrimonio “presentan un adecuado índice”.
De la misma manera, el índice de morosidad fue el más bajo de la región, ya que a diciembre de 2016 fue de 1,6%, afirmaron.
Estos y varios otros índices presentados “demuestran altos niveles de solvencia y rentabilidad que garantizan la estabilidad del sistema financiero”, apunta el Banco Central de Bolivia.
 La nueva andanada de cifras y estadísticas positivas, esta vez sin que haya ningún evento relativamente extraordinario que lo justifique, es algo que, en algunos casos, ha generado el efecto contrario al de tranquilizar.
En este sentido, el analista económico Mauricio Ríos García, señaló que “por lo general”, este tipo de declaraciones y presentaciones injustificadas son “como un descargo anticipado de culpa”. De ser así, ¿acaso el BCB sabe algo que el resto de la sociedad no?
De cualquier manera, Ríos García es escéptico cuando de lluvias de cifras se trata. “¿Qué sentido tiene que el índice de morosidad sea el más bajo de la región si su incremento sostenido y sistemático no denota un problema aislado y pasajero, sino un problema estructural que rápidamente se agrava?”, pregunta.
Y cuestiona también qué sentido tiene si el Coeficiente de Adecuación Patrimonial se encuentra por encima de la norma, cuando “la norma no identifica las causas, sino los síntomas del problema”.
El tema de fondo es que ninguno de estos criterios –índices, coeficientes, cifras, etc.- realmente han ayudado a identificar ni evitar episodios como los de Stearns, Lehman Brothers, y otros, a quienes las agencias calificadoras –que definen el valor de la deuda y patrimonio de los países, bancos y empresas-  otorgaban la máxima nota posible muy pocos meses antes de su colapso.
En otras palabras, la historia y la realidad misma han mostrado que cifras positivas en estos y otros indicadores (como el PIB, la calificación de riesgo, etc.) no garantizan que la economía esté yendo por buen derrotero.
Lo que se ha preferido hasta ahora desde las esferas oficiales es optar por negar los errores cometidos durante la época del auge, justificarlos, y seguir inflando la burbuja.
Una burbuja que parece tal porque por ejemplo, cuando los precios suben en la canasta de bienes del Índice de Precios al Consumidor (IPC), se le llama inflación, pero cuando suben los precios inmobiliarios le llaman auge.
Un auge, a su vez, inducido por los créditos inmobiliarios y de consumo en los últimos años, antes que por la inversión bien dirigida y la creación de una estructura que favorezca la creación y consolidación de emprendimientos privados productivos.

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