TERPSÍCORE Y SUS HERMANAS

Escrito por  Sep 29, 2013

María Teresa Rivera de Stahlie

Desde muy niña, Ámbar había escuchado elogios a su talento y su habilidad para la danza, pero aquella vez que oyó a la maestra de ballet decir que era la reencarnación de Terpsícore, realmente se preocupó.

Había oído decir a su madre y a su tía eso de “estos niños son la reencarnación del diablo”, pero eso de “Terpsícore” –palabra impronunciable- ¡debía ser peor!
Ya adolescente y a cargo de roles de solista en la prestigiosa academia donde estudiaba, volvió a escuchar aquel comentario: “es la reencarnación de Terpsícore”. Entonces supo que era un elogio. Había aprendido que “Terpsícore” era la diosa griega de la danza y de la música y se sintió halagada con aquel cumplido tan extraordinario, fuera de serie. Pero justamente cuando se encontraba disfrutando del significado de aquellas palabras, cuando empezaba a sentir su efecto positivo en lo más íntimo de su ser, vino su compañera y riendo le dijo: “Seguramente te comparó con Terpsícore ¡por las 8 hermanas que tienes!”
Ámbar se quedó de una pieza. Las frases hirientes la dejaban paralizada, sin habla. Nunca encontraba las palabras o gestos para devolver estocada por estocada. Le era imposible reaccionar y esto la frustraba enormemente.
Ella tenía en realidad cuatro hermanas y cuatro primas hermanas que por circunstancias familiares y una historia muy larga de contar, compartían un mismo techo. La mayoría de la gente creía que todas eran hermanas…sí, nueve chicas, una multitud de féminas donde no siempre reinaba la calma pero donde a veces, cuando ponían de su parte y combinaban talento e ingenio armaban veladas literario-musicales que hacían las delicias de familiares y amigos.
En realidad, pensándolo bien, el comentario de la amiga celosa tenía su verdad y fundamento. ¿Serían ella y sus hermanas hijas de Zeus?
Era disparatado pero cómico imaginar a su padre portando un rayo en la mano derecha levantada, como signo de autoridad. El vozarrón sí que lo tenía y seguramente se creía un dios por el hecho de haber tenido muchos hijos en lugares que había visitado a lo largo de su vida. Entonces, ¿habría comparación entre su madre y la diosa Mnamósine, esposa de Zeus? Bueno, la verdad es que su madre tenía excelente memoria, pero sobre todo en lo referente a los castigos que prometía a lo largo de la semana y que los hacía cumplir los fines de semana.
Ámbar se desquitaba en los sueños. Tenía la capacidad de soñar y manipular sus sueños. A menudo se veía en el Olimpo con todas sus hermanas reales y postizas sentadas a su alrededor obedeciendo sus órdenes. Ella era la que repartía títulos y honores o castigos. Ponía a todo el cuerpo de baile siguiendo al pie de la letra sus dictámenes. Oh!, cuánto gozaba de aquel ordenamiento hecho a su medida. Escuchaba la música que ella había elegido para cada danza y era la coreógrafa, directora y primera bailarina.
Por las mañanas, todavía aletargada, se vestía con desgano y le costaba afrontar la realidad. Amaba el ballet, sí, pero cuanto más en serio se planteaba el convertirse en profesional de la danza, más le costaba convivir con egoísmos, “primadorismos” y con dolores físicos y emocionales. A veces tenía que bailar con los pies destrozados, algún esguince que era prontamente atendido para que ella –nunca mejor dicho- no perdiera el paso perjudicando las puestas en escena.
Poco a poco, su carácter jovial, optimista y alegre fue tornándose agrio. Si quería lograr estar entre las primeras, no quedarse en el montón, tendría que ser más agresiva, menos condescendiente.
Las dulces y sumisas estaban en los personajes de La Bella Durmiente o la buena de Giselle, pero en la clase y en los ensayos tenía que ser la luchadora, la Juana de Arco, la que defienda su espacio y su territorio.
Poco a poco aprendió a acortar caminos, utilizar los codos, hablar fuerte y hacer valer sus opiniones. Ella era consciente de los cambios que se iban operando en ella pero también observaba que la gente a su alrededor mudaba de aires, escuchaba con mayor atención sus argumentos y advertían su presencia.
Sus sueños se estaban convirtiendo en realidad. Definitivamente, iba por buen camino.
Llegando a la academia un buen día se encontró con que en las noticias colgadas en la pizarra había una referente a las audiciones para el papel principal del ballet Romeo y Julieta de Tchaikovsky, un rol apasionante, romántico que exigía fuerza dramática y técnica depurada. Se apuntó enseguida para la audición de la siguiente semana segura de que no tendría rival.
Era difícil descansar y tener tranquilidad en casa con tanto barullo y con la venia de sus padres se mudó a una buhardilla en el edificio mismo de la academia. Comía poco y dormía menos. Toda su concentración estaba en el rol que sería suyo. ¿Quién sería su Romeo? Se imaginaba a dos o tres candidatos. Con uno de ellos había salido algunas veces y aunque no hubo nada serio tuvieron un corto romance. Sí, ¡él sería el Romeo ideal!
Cavilando, haciendo conjeturas llegó al estudio el día señalado. En los pasillos escuchó a dos profesoras de la academia comentar las pruebas que comenzarían enseguida y para las que serían jurados. Una le decía a la otra: “es que su baile hace honor a Terpsícore”. Ámbar se sonrojó. Estaba segura que hablaban de ella pero cuál no sería su sorpresa al escuchar el nombre de su rival, la que se burlaba de ella.
No puede ser, pensó, no puede haber dos Terpsícores. Es imposible.
La furia y el sentimiento de rencor que la hostigaban dieron más fuego a su baile, más dramatismo.
El resultado fue muy justo. El jurado no pudo decidir y pidieron una nueva prueba para una fecha posterior, lo que significaba alargar la agonía y la desesperanza.
Esa noche soñó urdiendo maleficios, creando situaciones de peligro para su rival. Cuán lejos estaban aquellos sueños apacibles, con melodías provenientes de lo más sublime de su repertorio dancístico.
Cuando se levantó, no se sentía descansada. Le costó cubrir sus ojeras. No tenía apetito pero se forzó en comer algo y beberse un buen café. Necesitaba estar bien despierta para llevar a cabo su plan. No sería difícil. Era sólo cuestión de despejar el camino, apartar a su rival temporalmente. En realidad sería muy sencillo.
Se maquilló acentuando la sombra de sus ojos. Mirándose nuevamente al espejo tuvo que admitir que su aire inocente había desaparecido. ¿No era que el fin justifica los medios? Había que actuar. Con paso decidido cogió su bolsa de ballet con todo preparado y salió de su buhardilla bajando a toda prisa las escaleras. Sí, sería bastante sencillo. Una sonrisa dibujó su rostro maquillado para la que sería su especial actuación.