LA HUERTA

Escrito por  Oct 13, 2013

El lento transcurso de los años en la apacible vida de la Villa mudaba poco a poco pero inexorablemente, a sus gentes. Los muchachos de la barra entraban en la pubertad, vigorosos y sanos, avanzaban en sus estudios y sofisticaban sus picardías en razón de su mayor malicia.
Don Julio seguía en la rutina del colegio, siempre bueno, amable y digno; la secuencia de sus desilusiones indudablemente lo afectaba en lo más profundo de su ser, pero no cambiaba su carácter ni su dedicación a la enseñanza: era como un enhiesto arrecife que las olas empapaban con salobre amargor sin mellar su contextura. Los muchachos lo querían cada vez más por comprenderlo mejor, así en su traza de maestro como en la de hombre; sin muchas pero atinadas deducciones llegaron a descubrir en el personaje a un idealista en lucha con la incomprensión y la miseria, lucha silenciosa, sin quejas ni posturas, librada con tanto más valor cuanto mayores eran su debilitamiento físico con el paso del tiempo y su pobreza con el reiterado fracaso de sus empresas.

Concluidos los estudios de Zoología y Botánica, se ingresó al de Anatomía Humana. Los misterios internos del cuerpo los ponía de manifiesto en una forma clara, amena, sencilla, haciendo de sus conferencias en el aula verdaderas vivisecciones orales que don Julio sabía matizar con dichos agudos y chanzas impactantes en sus inolvidables clases, como aquella en la cual explicaba el aparato digestivo, y para mejor comprensión de las funciones del colon, agregaba a su descripción el comentario de las enfermedades que podían afectarlo, y hablando de las oclusiones intestinales, del íleo y otros terribles males casi siempre mortales en la Villa cuyos recursos médicos eran limitadísimos, explicaba las obstrucciones mecánicas y dinámicas, sus causas, sus efectos y los tratamientos médicos indicados para los diferentes casos.
— Si se logra dominar la obstrucción operando exitosamente la hernia, los cálculos, el tumor o los abcesos que pueden provocarla, o vencer los estados espasmódicos o paralíticos, arreciando la tripa, el enfermo sanará soltando unos pedos kilométricos......
Los muchachos reían con el exabrupto, pero no olvidaban la lección.
Por pura afición y con el solo deseo de servir, don Julio se encargó de cultivar un pequeño jardín en una de las esquinas del gran patio del colegio. Se enmarcó con ladrillos la forma de una estrella en el terreno y en su centro plantaba el profesor rosales seleccionados traídos de su casa, mientras adornaba las puntas de la estrella con violetas, pensamientos, alhelíes y otras pequeñas plantas que no quitaban vista a las rosas.
Este trabajo lo hacía en los recreos —intervalos entre clase y clase— y a él se dedicaba con verdadero afán: vistiendo su pantalón de tela barata, en mangas de camisa, encorvado para poder escarbar y desmenuzar los terrones con sus propias manos, se abstraía en el cuidado de sus plantas con todo el fervor que requerían esos sus ritos panteístas.
Una mañana estaba dedicado a su labor, inclinado sobre sus flores, mientras los alumnos jugaban en el resto del patio produciendo la natural confusión causada por sus gritos, carreras, volar de pelotas, empujones. saltos y lo demás. Uno de los muchachos de la barra, a quien se conocía como "Petit", vio el trasero de un individuo encorvado destacándose en el lugar del jardín en cierne, y creyendo que se trataba de un compañero de voluminosa humanidad a quien apodaban "cuchi" encontró llegada la oportunidad de cobrar algún agravio pasado y, tomando impulso, corrió a propinarle un tremendo rodillazo en las nalgas, mientras gritaba:
— Cuchi carajo, aprende a no ponerme zancadillas!
El pobre don Julio dio una voltereta sobre la blanda tierra y con dificultad pudo levantarse cubierto de polvo, con las espaldas y los brazos machucados, mientras el equivocado agresor se perdía entre la chiquillería en desorden. El bueno del profesor, sufriendo más por sus aplastadas plantitas que por su traumatismo felizmente leve, refunfuñaba a media voz contra los hotentotes, criminales, cretinos, autores de tamaños desafueros, y se dirigió a la pila para efectuar un prolijo aseo de su persona y de su vestido; luego se retiró a descansar sin pedir castigo alguno para su agresor. Cualquier otro profesor se habría quejado a la Dirección del Colegio y habría pedido una notificación al culpable para aplicarle graves penalidades disciplinarias, pero él comprendió por la exclamación del rapaz, la confusión engañosa y prefirió callar y perdonar. Tan benévolo y noble proceder emocionó a los muchachos del curso quienes fueron en corporación —incluyendo el culpable— a presentar excusas y explicar el error cometido por el autor del desafortunado rodillazo.
Y ahora hablemos de "Petit" ya que no hay un Mark Twain que de él se ocupe como habría sido de justicia en un mundo mejor ordenado, para narrar las aventuras de este pilluelo cuya personalidad intrépida, graciosa e ingenuamente maliciosa, le determinaba un proceder en veces atrevido y curioso, en otras despreocupado y holgazán, pero siempre infantilmente sencillo, honesto y valiente.
Petit era el menor de los hijos varones de un señor francés, serio, barbudo y trabajador, radicado en la Villa hacía ya mucho tiempo. La familia del muchacho habitaba una enorme y cómoda casa situada en las afueras de la ciudad, en el barrio de la loma de San Juan, próxima a las playas del río. Una huerta inmensa completaba la propiedad cercada por una tapia de adobes, baja y lo suficientemente deteriorada como para permitir el robo de frutas en la época propicia, saqueo en veces realizado por la barra capitaneada al efecto por el propio "Petit".
La guerra europea transformó en "Aliado" el apodo de "Petit", lo que complació extraordinariamente a nuestro personaje ya algo cansado del apelativo que lo ataba a una infancia más larga de lo soportable. "Aliado" era por entonces un mozuelo robusto, rechoncho y risueño, de facha simpática, ademanes bruscos, genio tímido y vergonzoso. Naturaleza montaraz, acomodaba su vida a la búsqueda de aventuras y sorpresas en el río y campos aledaños a su hogar, con una curiosidad valerosa y solitaria que lo complacía cuando alcanzaba una temeraria victoria sobre la corriente fluvial, los espinosos matorrales o las culebras. Para él, su reino no tenía secretos: conocía las conejeras y los caminitos irradiando de ellas en los que colocaba las trampas para atrapar a los asustadizos y sabrosos roedores; sabía en qué árbol anidaban las "chulupías" y en que otros lo hacían los jilgueros y los tordos; discriminaba los charcos en los que se zambullían los sapos oscuros y feos y aquellos donde saltaban las verdes y graciosas ranitas patilargas, todos ellos tan diferentes de la poza de los patos donde las blancas y pesadas aves nadaban sin ruido, hundían en el lodo sus picos espatulados y se apareaban con movimientos torpes que le provocaban prolongadas risas.
Aparentemente no le interesaban las mujeres, cuyo trato requería de lenguaje y modales ajenos a su gusto y costumbre. El permanente descuido de su atavío y las continuas muestras cárdenas de contusiones y cortes en su cara, manos y canillas —productos de sus correrías— lo tenían siempre impresentable ante la posible enamorada que no le interesaba conseguir por el momento.
Su maestría en el manejo de la honda de goma elástica apropiada para cazar y su habilidad para elevar cometas y voladores contra los vientos de la playa, eran ya proverbiales: superaba a "Canario" en aquello de abatir pajarillos al primer hondazo, y a los Iñiguez —celebrados fabricantes y vendedores de voladores— en. dar mayor cantidad de hilo y ganar mayores alturas. Se bañaba en la corriente del Guadalquivir a cualquier hora, aprovechando todo su tiempo libre, ignorando de propósito las condiciones atmosféricas: cuando caían torrenciales lluvias en las tardes de verano, presagiando impetuosas avenidas, "Aliado" se mantenía nadando en medio río en espera del furioso y turbio oleaje que venía de las cabeceras; si no estaba en el río, deambulaba por la sauceda, los pastizales, las orillas de las acequias. Estos eran sus entretenimientos preferidos, introcables, cuyo conjunto formaba el pequeño mundo de su predilección donde gozaba la preciosa compañía de su soledad.
Fuera de este mundo existía la aburrida realidad del colegio. Pero en él contrajo una nueva y dominante pasión: el fútbol, que jugaba con impetuosa fogosidad. Su puesto era de back; irremplazable e indiscutido zaguero de todos los equipos infantiles de primera categoría, por la fuerza de sus puntapiés de rechazo y por el miedo que infundía a los delanteros adversarios el peligro de romperse una canilla al chocar contra los ubicuos bototos de "Aliado".
Gandul tranquilo y alegre, insensible a la severidad paterna inútilmente empeñada en inducirlo al cumplimiento de sus deberes escolares y sociales, ajeno a toda vanidad e indiferente al concepto que de él tuvieran profesores y compañeros, hacía su vida a su gusto estudiando lo estrictamente necesario para pasar en los exámenes, y si en alguno de ellos era reprobado, resignadamente esperaba la época del desquite.
Las cátedras de Física y Química las dictaba en el colegio "San Luis" un competente profesor de nacionalidad alemana, cuyos muchos años de residencia en la Villa no habían pulido su áspero acento teutón. "Aliado" tenía —lógicamente— un conflicto racial, político y heroico con don Godofredo y se burlaba de su dificultosa pronunciación tantas veces como se lo permitía la distancia entre maestro y alumno. Con grandes letras escribía en el pizarrón de la clase, momentos antes del ingreso del profesor, este refrán: "loro viejo no aprende a hablar".
Cuando los muchachos del curso terminaban sus exámenes y le correspondía a don Godofredo leer las calificaciones de los examinados en su materia. "Aliado" esperaba su nota con picara impaciencia, preparada ya la revancha del aplazamiento seguro. Y al oír el ominoso promedio que le correspondía:
— Sénior Enrique...... trentaseis.... doce....malo........
Estallaba en carcajadas y salía del aula imitando el tono del alemán:
— trentaseis...... doce...... malo.....
En un carnaval la barra consiguió convencer a "Aliado" para ingresar a la comparsa infantil organizada e inscrita para desfilar en la entrada del domingo de carnestolendas. Los integrantes de la comparsa, vestidos de payasos, iniciarían el desfile en alegre cabalgata cuyas monturas consiguieron en las fincas propias o en las de parientes o amigos que cedían con mil recomendaciones las bestias más mansas, viejas y cansadas que poseían. "Aliado", incapaz de pedir un favor a persona alguna, ya que con nadie mantenía trato de amistad y confianza, excepción hecha de los compañeros de curso, solo pude proveerse de un burro que le confió un campesino de su vecindad. Y en esa cabalgadura se presentó a las dos de la tarde del domingo de carnaval en la plaza de San Roque, parte alta de la ciudad, de donde bajarían las comparsas pedestres, ecuestres y "carretonestres" hacia la plaza principal para dar en ella la vuelta de rúbrica.
Los balcones y ventanas de la calle Gral. Trigo, por donde debía pasar el cortejo del jocundo Momo, estaban llenos de mujerío provisto de serpentinas y confeti, mientras en las puertas entreabiertas de las casas se agazapaba la servidumbre, clandestinamente armada da de "cascarones" para reventarlos en el cuerpo de alguna grotesca y burlona mascarita que no diera importancia al pequeño remojón propinado por el proyectil sui géneris.
"Aliado" no Imaginó la dificultad de manejar su chúcara cabalgadura sino cuando esta principió a inquietarse con un nerviosismo de mal cariz al sentir la proximidad de tantos seres extraños en la aglomeración de la plaza de San Roque donde brillaban todos los colores del iris en el satén de los disfraces y se escuchaban asustadores ruidos, cuya gama abarcaba desde la desafinada canción báquica hasta el estallido intempestivo de cohetes y buscapiques.
— Chita burro...... chita burro......
Repetía "Aliado", molesto y temeroso, tirando despiadadamente de las riendas; pero no amainaba la inquietud del jumento, antes bien se intensificó hasta alcanzar su clímax cuando la banda de música municipal rompió a tocar un estruendoso paso doble como señal para dar comienzo a la entrada; entonces el asno salió disparado calle abajo llevando a su jinete en un agitado y peligroso bamboleo hasta la plaza principal. Y no fue lo peor resistir esa furiosa carrera que lo descuajeringó íntegramente y lo apartó en definitiva de la comparsa que pausada y ordenadamente encabezaba la entrada. Sino soportar las risas de damas y damitas, insufrible escarnio afrentando su absurda y ridícula situación de jinete vestido de payaso encaramado en un horrible y endemoniado burro.
— "Petit" escapa...... "Petit" se corre......
Gritaban desde ventanas y balcones voces mezcladas? risotadas humillantes para el cuidado que, de poste, recibió una lluvia de cascarones descargada por la plebe como entusiasta demostración de aprecio al improvisado heraldo del carnaval.
Nuestro héroe no apareció en ningún otro acto de las fiestas y durante ocho días faltó al colegio para evitar las hirientes pullas de los condiscípulos. Con el pasar de los días se fue humanizando y volvió al trato de gentes, mientras se perdía en el olvido esa regocijante aventura del carnaval "chapaco", digna de eterno recuerdo.
Las aventuras tarzanescas de "Aliado" culminaron con la caza de un puma en el Rincón de Vitoria.
Entre los muchos parajes de soberana belleza con que cuenta el valle tarijeño hay uno de especial nombradía por el inefable encanto de su boscaje fragante. por el rumoroso y fresco cristal de una cascada que adorna con el encaje de sus aguas las inmensas rocas que, como un telón de fondo, conforman un rincón edénico, y por la suave y serena placidez que su lejanía y soledad cuidan, como ángeles guardianes, de los peligros de! vandalismo humano.
Es el Rincón de la Vitoria. Allí la vegetación es una pintura divina. Las avecillas canoras anidan confiadas y alegres en sus frondas. No es raro encontrar un mono travieso haciendo acrobacias en las ramas de un árbol corpulento. Alguna vez se escucha el rugir de una pequeña fiera que deambula en el umbrío bosque en procura de una presa.
Allí se encaminó "Aliado" una mañana calurosa y aburrida para recrear su tedio ciudadano y abrir cancha a su comezón de aventuras campestres. Iba armado con su honda elástica y sus proyectiles, hasta una docena de piedrecillas redondas elegidas cuidadosamente en las orillas del río. Su provisión alimenticia se reducía a un "ancuco", especie de turrón muy dulce elaborado con chancaca chaqueña.
Si había alguien que supiera gustar de la paradisíaca hermosura del Rincón, si existía una voluntad ansiosa de sumergirse en el misterio del encanto telúrico y empaparse de su influencia embriagadora, si había un deseo idílico de entregarse a la admiración silenciosa y profunda de la Vitoria, era el alma simple y sensitiva de "Aliado". Y así fue que después de su recorrido de la ciudad al Rincón, un tirón de más de 16 kilómetros, el muchacho se adentró en la floresta y procuró el muelle y florido tapiz que la buena tierra le ofrecía al pie de un árbol coposo. Se recostó para descansar de la larga caminata por senderos en veces ásperos y en otras lisos y fáciles y respiró a un tiempo aire puro y felicidad completa.
Estuvo bastante tiempo gozando de ese ocio dichoso y reparador, cuando de pronto escuchó el rugido de un felino que le llegaba débil pero claramente. En menos de un segundo se puso de pie, alerta y decidido. Sabía que los pequeños pumas que ocasionalmente aparecían por la región huían ante la presencia del hombre, salvo cuando estaban comiendo o se sentían atacados. Las fierecillas feroces, poco corpulentas pero fuertes y muy ágiles eran un enemigo de cuidado en una lucha, armadas como estaban con colmillos y garras temibles. Una mirada circular e instantánea le permitió ubicar una rama seca de la que se apoderó de inmediato, la trozó hábilmente formando un robusto garrote con que atacar al felino, pues fue fulminante su decisión de cazar al animal si ello era posible.
Y fue. "Aliado" se lanzó al ataque sorprendiendo al felino con su audacia y rapidez y le aplicó un tremendo garrotazo en el hocico e inmediatamente un segundo no menos enérgico en el espinazo. Contraatacó la fiera desgarrando de un zarpazo el pantalón y la piel de la pierna izquierda del chiquillo, produciéndole una herida de consideración. Pero el valiente, sin tomar en cuenta ni la herida ni el peligro, siguió tundiendo a palos al furioso bicho leonado que no atinaba a hincar uñas y dientes en eficaz y eficiente acción victoriosa. Ganó el muchacho.
Desde la Loma se dominaba un horizonte de ensueño. Al otro lado del río el cielo era de un rojo anaranjado de inefable esplendor que lentamente se esfumaba mientras caía la tarde en una agonía de sombras, y se encendían en la Villa las primeras luminarias eléctricas. "Aliado" apareció en las proximidades de su casa cargando en sus hombros el cuerpo del puma muerto. No se notaba ufanía ni vanidad en su continente tranquilo y plácido: para él, su aventura no tenía nada de heroico ni extraordinario, solo era eso: una aventura. La sonrisa de satisfacción que se dibujaba en su boca no se debía a otra cosa que al dulzor producido por la disolución en su paladar del último pedazo de ancucu.
La fachada principal de una linda y amplia casa de dos pisos se erguía sobre la calle La Madrid, en la esquina formada con la calle Campero, frente al atrio de la Matriz; en la planta baja la casa tenía algunas salas, con puerta a la calle, alquiladas para tiendas y talleres. Una de ellas era la pulpería de doña María donde se compraba —incluso a crédito— las masitas, las tablillas de almendra y leche y los ancucus de mayor demanda en la Villa, categoría comercial ésta que daba un empaque de especial importancia a la pulpera, vieja seca y malhumorada disimulando siempre su agror con la cortesía aconsejada por su sentido mercantil. Otra de las salas estaba ocupada por la mentada sastrería del dignísimo maestro don Pedro Sánchez, cuyo establecimiento artesanal tenía un doble prestigio artístico y político: a su bien amada reputación por las confecciones elegantes y de fino material que lucieron varias generaciones de petimetres, unía la de ser su propietario un connotado republicano, dirigente de modistos, sastres y ramas anexas en la Villa y, además, presidente vitalicio de la Junta de Vecinos de su barrio. Nótese la calidad de los dos locatarios nombrados y se tendrá una idea de la importancia de la casa cuyos propietarios gozaban de una elevada categoría social y económica.
A la casa se ingresaba por un amplio zaguán, perpendicular a un corredor en cuyo extremo izquierdo estaban las escaleras que comunicaban con el piso superior; a seguir se abría un gran patio enlozado limitado por un segundo corredor paralelo al primero; ambos pasillos tenían en toda su amplitud airosos y decorativos arcos sostenidos por pilares que daban al patio un sello de distinción y holgura. Un segundo zaguán, simétrico y opuesto al ya indicado, daba entrada a la huerta cuya descripción —siquiera sucinta— es conveniente y necesaria.
Era un sitio de considerable superficie cuya parte delantera estaba adornada con una pileta de cal y piedra rodeada por durazneros y parrales plantados en grato desorden; más al fondo tenía unos arriates de flores, descuidados, invadidos por tupida y fragante maleza, acogedora para los jugadores al escondite. En el costado izquierdo de la huerta estaba el corral con un viejo y maltrecho cobertizo cubierto de cañas y tejas; este cobertizo era el retrete general para todos los habitantes de la casa y podía verse en toda su amplitud desde el huerto cuando la vieja y desvencijada puerta del corral estaba abierta. Uno de los más queridos y simpáticos compañeros de la barra, al que llamaban "Canario", era el tercero de los siete hijos de los señores de la casa. La familia tenía la distinción, cordialidad y tono frecuentes en los hogares tarijeños, cuya nobleza debía procurarse en la patente calidad de las personas antes que en fementidos blasones o en olvidados pergaminos. Los amigos del muchacho hallaban siempre amable acogida de parte de sus padres y hermanos, aún cuando invadían el patio y la huerta para dedicarse a bulliciosos y agitados juegos, a los baños en la pileta cuyo contenido se derramaba formando un barrial en derredor, o al saqueo de la fruta en agraz.
Canario era un niño rubio y ñato, de cara graciosa y cuerpo fuerte y bien formado; su reír fácil y sincero, la mirada viva y clara y los ademanes gentiles si bien naturales, eran un agradable conjunto de atributos apreciados por la barra que le prodigaba general afecto. Con Uveja y el mocoso Alfredo formaba un trío de íntima y sentida amistad mantenida siempre sin sombra de celos, rivalidades o envidias.
Los duraznos pintones de la huerta, a punto de alcanzar su madurez, eran una irresistible tentación para Canario y sus amigos, impacientes por ser los primeros en gustar la fruta agridulce, prohibida como dañina por la maternal autoridad, expediente en la atención anual de cólicos conseguidos por la pillería con el consumo de la fruta verde. Cayeron en la tentación sin mayor resistencia y subiendo a los árboles corpulentos. desgajando las ramas cargadas que se inclinaban al peso de los frutos, o apaleando con una caña las más altas, dieron gusto a su glotonería pasando todo límite de mesura en el consumo de duraznos no llegados aún a la sazón.
Canario fue el primero en sentir los efectos del atracón y a poco corría al cobertizo aflojándose los pantalones sin cuidarse de cerrar la puerta del corral. Por la huerta deambulaban sus hermanitas menores, tres angelitos rubios que no alcanzaban al metro de estatura, criaturas llenas de curiosidad y viveza, semejantes a duendecillos burlones, graciosos e indiscretos. Una de ellas, mirando hacia el corral, sorprendió a Canario en cuclillas, presa de una diarrea fenomenal, disparando un chisguete líquido, amarillo y maloliente, y se quedó sorprendida y asustada por tan insólito espectáculo: al punto reaccionó de su sorpresa y salió corriendo hacia el patio, mientras gritaba a voz en cuello:
— Mamita, mamita, el Canario está meando por el poto!
Formando compañías con soldaditos de plomo en estratégicas posiciones, jugaban en un corredor el mocoso Alfredo y Canario haciendo guerrear a sus diminutos héroes con dispares de bolitas de vidrio cuyos ocasionales aciertos eran festejados con exclamaciones triunfales y alegres. Era una plácida tarde, tibia y luminosa, en la que la vida parecía discurrir ajena a toda preocupación, a todo duelo. Ya próxima la hora del crepúsculo los niños seguían dando voces de mando a las respectivas tropas cuando apareció Rosalía, la vieja sirvienta de la casa, y tomando a Canario por un brazo, le dijo:
— Deja de jugar y sube a tu dormitorio. Tu mamá está muy enferma.
Canario pidió una explicación que no consiguió, y deseando seguir en compañía de Alfredo, ambos se encaminaron a la pieza indicada del piso superior, silenciosos, extrañados por la conducta de la gente mayor moviéndose en apresurado y quedo desplazamiento al interior o exterior de la casa sin decir palabra, con el ceño adusto, el aspecto triste y preocupado. En llegando al piso alto los niños oyeron el sollozar estridente de mujeres en el dormitorio grande; se miraron angustiados y Alfredo dejó correr su lloro primero que su amigo, convencido de que lo peor se había producido: el mocoso era huérfano de madre y sintiendo su orfandad sufría, comprensivo, la muerte de la dama amiga y buena, en el convencimiento que Canario iba a sumirse un minuto después en la más profunda desesperación.
Pasaron esas horas de aflicción y vinieron otras alegres y soleadas, y otras con trabajos y pesares, y otras más.... La amistad subrayada con lágrimas en la niñez, perdura.
La huerta de Canario fue teatro de mil juegos y mil riñas, laberinto, escondite, refugio, palenque, rincón de paz, paraje de descanso. Huerto encantado, mundo de recuerdos!
La caterva de muchachos que invadían la pileta en los días de calor, cuando por una u otra razón no eran posibles los baños en el río, corrían y jugaban en la huerta, se zambullían en el agua del estanque y devastaban los frutales, totalmente desnudos. El inocente y naturalísimo impudor de los chiquillos no se turbaba con la esporádica presencia de mujeres mayores que entraban ocasionalmente en la huerta de paso al corral o para cualquier otro menester; había sí, un ademán general de cuidado consistente en llevar apresuradamente una de las manos a tapar los pequeños colgandijos: gesto de cortés y respetuoso miramiento al sexo opuesto.
Las niñas amigas de las hermanitas de Canario, parientes de los mozos del grupo, se bañaban en la pileta cuando ellos estaban ausentes o ya vestidos y a punto de abandonar la huerta. En esos tiempos no se conocían las mallas de baño y las chiquillas usaban unas batas amplias, especie de saco talar, que sólo dejaba al descubierto brazos y cuello. Cuando se lanzaban al agua desde el pretil de la pileta, las batas se levantaban un tanto por la resistencia del aire y los chicos podían ver pies y pantorrillas; muchos de ellos no habían llegado aún a la edad en la que de propósito se buscan ese tipo de observaciones, solo admiraban en las bañistas la altura de los saltos, indiferentes a la belleza de las curvas apenas insinuadas, por lo que Carmela, Inés, Elsa, Amalia, Blanca, Elena y otras más, ni suponían indiscreción en las miradas que sólo circunstancialmente las acompañaban. Pero no en vano pasaban los días: algunos de los hombrecitos ya tenían arrobamientos embobecedores cuando cruzaban sus miradas con la polola que sonreía coqueta antes de brincar a la fuente, y más de uno era buen apreciador de las gracias femeninas mostrándose temprano en las futuras bellezas. Motete era uno de ellos y fijaba una ansiosa atención en los movimientos de las bañistas procurando sorprender alguna excitante desnudez, sonreía socarronamente cuando cualquiera de las chicas puesta de pie en el pretil mostraba los contornos estatuarios de su cuerpo al que la bata de baño mojada se adhería fuertemente en las curvas incipientes de los senos y en las ya rotundas de las nalgas. En veces se perdía entre los arriates buscando el más umbrío rincón de la huerta donde se sumergía en lúbricas imaginaciones.

Del libro “La Esperanza Rediviva” de Alfredo Estensoro Romecín