Retorno a Tarija

Escrito por  Ene 12, 2013

Presionado por la impaciencia, llamado por la familia de su esposa, atraído por la tierra que a él y a los suyos cobijó en la proscripción y que se apropió de su voluntad y le subyugó desde un primer momento, Paulino Paz, a poco más de un año de su vuelta a la Córdoba natal, resolvió su retorno a la ciudad de Tarija. Púsose el habla con su hermano Severo, y no pudiendo ninguno de ellos abandonar Córdoba de inmediato, convinieron despachar por delante a sus esposas. Las seguirían dos meses después.

En mayo de 1854 Paulino y Severo Paz dejaban la ciudad de Córdoba, camino a Tarija. Los viajeros traían la prisa de las alas. Amaban apasionadamente a su patria, pero estaban fervorosamente enamorados de la villa que fundara don Luis de Fuentes y Vargas.

El hogar de Severo Paz, en Tarija fue enteramente feliz. Tenía dos hijos y una mujer, doña Mercedes Ibáñez Aguirre, que miraba con ojos límpidos. 

El hombre podía decir que halló reposo para su inquietud viajera y para sus luengos años de combate civil y político.

En 1856, esa familia trasladosé de nuevo a Córdoba y allí enriquecióse con dos hijos más, y siguió siendo "modelo de honradez y virtud", según cabal apreciación de un escritor coetáneo.

En 1866, murió Severo Paz en su ciudad natal.

A menos de tres meses del retorno de don Paulino a la villa de Tarija, nacía en ella su primogénito: Luis Paz. Era el 19 de agosto de 1854. Vino al mundo un hombre que, con inteligencia y pujanza, cubriría buena parte de la historia boliviana. Al año siguiente, el 31 de agosto de 1855, el hogar de don Paulino y de doña Genoveva alegrábase con el advenimiento de otro hijo: Domingo Paz, digno depositario de las virtudes y el destino de su padre. Luego nacerían María Rosalía Paz (17 de abril de 1860), José Manuel Paz (5 de febrero de 1862), María Mercedes Paz (19 de septiembre de 1863), María Flavia Paz ("Glacia", se lee en la partida de bautismo, y agrégase el nombre de "Domitila", n. el 11 de mayo de 1865), y Paulino (28 de marzo de 1871). De los siete hermanos, sobrevivieron cinco, que bien podría decirse representaban, cada uno, un atributo, como los símbolos del Etam: Luis, el carácter; Domingo, el talento; José Manuel, la poesía; María Mercedes, la belleza; María Flavia, la virtud.

En la Tarija de la época, como en cualquier otro tiempo y lugar de la tierra, el nacimiento de un hijo, era motivo de regocijo para los padres, porque el vástago da goces y esperanzas. La llegada de los hijos era todo eso y quizá mucho más para don Paulino y doña Genoveva. Ellos sabían que la vida está hecha de cosas graves, pro-fundas, y que apenas si se nos permite el derecho de matizarla de risas y pasajeras alegrías, aunque siempre de esperanzas. Y viniendo al mundo sus hijos, don Paulino sentía que su vida se inundaba de júbilo y de ilusiones que hacíanle olvidar infortunios, incomprensiones, dolores y fracasos. Y rodeado de sus retoños, y al lado de su esposa —mujer bella e inteligente— sentíase un hombre feliz. Sus esperanzas veríanse colmadas con la vocación manifiesta de Luis, de Domingo y de José Manuel, vocación decidida en la misma dirección que la del padre, y, andando el tiempo, con el acervo de vasta cultura que revelaron los muchachos desde el momento mismo que cursaron estudios generales.

Horas integras dedicaba don Paulino a su hijos. Les contemplaba, y diríase que quería adivinar lo que a ellos les esperaba en la vida, prevenirles de los peligros, adelantarse en la perspectiva. ¡Pero todavía eran tan chiquitines! Viéndoles jugar, y jugando él con ellos, acariciándoles, quedábase horas enteras. Y sólo a su esposa traducía sus emociones, sus planes, su confianza, su fe.

Y con el pensamiento puesto en los hijos, don Paulino no apartaba la mirada de la juventud tarijeña. Sentíase mayormente obligado con ella, por sus descendientes, por su deber de hombre de ideas, por su hogar de linaje y por su propósito —que cumplió— de permanecer en Tarija toda su vida. 

La estimación de los jóvenes era invariable para el caballero cordobés. Y él sabía atraer a la gente moza. Su casa era para la juventud como un hogar pleno de luz, de calor, de lumbre, de amor, donde pasábase momentos inolvidables. Allí se discurría libremente, en un plano de respeto y dignidad. Por algo la casa de don Pau-lino era el hogar de la serenidad, como si el batallador magnífico, que era su dueño, se hubiese empeñado en impregnarlo de sosiego, de calma. Parecía que estaba identificado con la gloria. Los muros de la vivienda —que otrora cobijaron a don Juan Casimiro de Paz— encerraban una fuerza inmaterial que imponía reverencia. Allí hablaba don Paulino con los jóvenes del lugar. Inculcábales el desinterés personal en servicio de la cosa pública, del pueblo. Instábales a abrir campaña para marchar sin trabas por los caminos del porvenir. Nada de dudas. 

Lejos el desaliento. La vida es lucha. Y había que luchar con esperanza, con fe, con amor, como lo hicieron los hombres de la Independencia. Igual que los ciudadanos de la Asociación de Mayo. Así pensaba don Paulino y así lo expresaba en sus pláticas con la juventud tarijeña, encendiendo, de esta suerte, los espíritus que conformaron la Asociación de Voluntarios del Pueblo. No había duda que en la palabra pausada, pero fogosa, que de sus labios oíase brotar, cobraba un estremecimiento viviente el Dogma Socialista.

Y lógico era que las reuniones en casa del doctor Paz fuesen todo entusiasmo, ánimo, ardor, alegría y fe.
Luis y Domingo Paz ya balbuceaban, en la cartilla, las primeras letras. Una tarde, burlando el cuidado de la madre, escurriéronse hasta la sala donde estaban reunidos su padre y muchos otros caballeros. Sin hacer notar su presencia, observaban que don Paulino leía y comentaba temas que de inmediato despertaron su inocente curiosidad: patria, libertad, progreso, derechos humanos, justicia, religión. Claro está que los niños no percibieron el cabal sentido de aquellas palabras del padre, pero no será aventurado decir que allí comenzaron a tomar ejemplo de la conducta del doctor Paz, de la conducta política que orientaría más tarde sus vidas. Con el rostro lleno de vago asombro, los párvulos volvieron a la alcoba.

Los hijos de Paulino Paz críaronse sanos y fuertes. El aire dulce, patricio, que se respiraba en el hogar, nutrió en sus espíritus el amor a la patria, a la libertad, al bien. Los padres eran arquetipos vitales que rebasando el campo de la enseñanza, formaron en los niños principios para el cultivo de la voluntad y de la inteligencia, para pensar y obrar.

En el hogar de don Paulino no abundaban las riquezas económicas, pero sus necesidades eran satisfechas sin apremios. El doctor Paz ejercía su profesión de abogado, y trabajaba en el comercio de importación y en la agricultura. El gobierno argentino le nombró cónsul en Tarija, el año 1874, cargo que ejerció hasta el día de su muerte. Hay que insistir que todo eso no le alejó de sus generosas actividades en servicios de la juventud. Paz no buscó el favor político. Fue pródigo en el bien y en la caridad. Hombre sensible y generoso, no escatimaba nada en servicio de sus semejantes. A su inteligencia, a su cultura y a su ingenio agregábase la fertilidad en el trabajo.

Crecían los hijos. Luis y Domingo alcanzaban la edad escolar e ingresaban a la escuela del "Maestro Abel", célebre en Tarija. Era aquel tiempo atroz de la educación elemental que proclamaba: "La letra entra con sangre". In-tolerable. Don Paulino había hecho consultas a Sucre, y, con las respuestas satisfactorias, resolvió que sus dos hijos mayores viajasen a la capital de la república a proseguir estudios en la escuela del profesor Francisco d'Avis, educador de más de una generación de gente brillante en el historial boliviano. Al escuchar la decisión del padre, los muchachos quedáronse un tanto azorados. Guardaron silencio. Con la mirada dirigiéronse a la madre como interrogándola, quizá insinuándole que se opusiera a que se los alejara de Tarija, del hogar. Doña Genoveva habría querido retenerles a su lado; pero consciente de que lo decidido por su esposo era lo bueno, lo conveniente para la educación de sus hijos, superó su dolor y su egoísmo maternos, expresó a los muchachos, cuán provechoso les sería el viaje y prometióles un pronto retorno. Completados que fueron los preparativos (monturas, aparejos, alforjas), entre lágrimas, besos, sonrisas y bendiciones partieron los viajeros. Luis tenía diez años de edad y Domingo nueve.

La ciudad de Sucre ofrecióles su clásica hospitalidad. Allí estaban amigos y parientes de su madre. Y nada de frívolos pasatiempos. A estudiar. Ingresaron a la escuela del profesor d'Avis, en la que permanecieron hasta concluir sus estudios elementales. Luego pasaron al Seminario Conciliar de La Plata, dirigido por el padre Francisco Murga. Estudiantes aprovechados supieron distinguirse. Con notas sobresalientes vencieron los exámenes de fin de año. De salud estaban buenos. Así lo decían las cartas que de Sucre llegaban a Tarija. La familia encontrábase satisfecha. Pero eso no bastaba para la buena madre, doña Genoveva, que día a día evocaba a sus hijos ausentes, y cuyo recuerdo golpeábale el corazón. Todas las noches presidia, en el salón, el rezo del rosario en ruego de protección para Luis y Domingo. A fines de 1867, obtuvo que don Paulino aceptara que ambos muchachos volviesen al hogar, en goce de vacaciones y como premio a la contracción demostrada en sus estudios.

Retornaron, pues, los hermanos Paz, en vacación de dos meses. La época era deliciosa en la villa. Usando pantalón largo y chaqueta ajustada, traían aire de hombres maduros, y averiguaban y querían verlo todo. Buceaban por la biblioteca del padre y escogían algunos libros, tarea en la que fingía asistirles don Paulino con el buen gusto literario que él tenía. Agradábales, además, codearse con personas serias, mayores.

A lado de la madre, pasaban horas inolvidables. Ella mirábales mucho más niños de que eran. A sus hermanos hacían reflexiones de hombres graves. Doña Genoveva tenía que disimular, y en eso y en lo demás experimentaba un goce muy grande. Al fin goce de madre.

Sabedores de que al promediar la mañana del dos de diciembre de aquel año (1867) el pueblo despediría en la Loma de San Juan a los "Montoneros de Varela", que, nimbados de una aureola roja, eran hombres como de leyenda, que un mes atrás se internaron a Tarija escapando desde Salta, Luis y Domingo Paz pidieron, rogaron y exigieron a su padre que allí les llevase. Y allí marcharon.

En "La Loma", la multitud expectante era crecida. Los tarijeños habíanse congregado en un ambiente de fiesta, olvidados que fueron los sustos vividos cuando se supo que "los Varela" —cuyo solo nombre hacía temblar a la gente— se acercaban a la ciudad de Tarija, y hubo que armar a los hombres y salir a la defensa.

Los niños Luis y Domingo agarráronse de las manos del padre. Y entre la multitud alargaban la cabeza, poniéndose en puntas de pies, ansiosos de verlo todo, de no perder detalle.

Eran la nueve de la mañana, y el sol de diciembre quemaba. Los "Montoneros de Varela" iban a partir. Estaban desarmados, pero conservaban sus insignias, sus cabalgaduras y su organización militar.

Don Pedro Gaspar del Diego, gallego avecindado en Tarija, pronunció el discurso de despedida, en nombre del pueblo. El jefe de los "montoneros" respondióle con palabras que trasuntaban profunda emoción y sincero agradecimiento para el vecindario. El hombre ostentaba la divisa punzó, que llamó la atención de los hijos de don Paulino. El padre concretóse a decirles:

—¡Es la divisa de los valientes! .. .

En la frase don Paulino reducía todo cuanto hubiera podido expresar en muchas palabras de recuerdo a la patria nativa, a sus luchas contra el despotismo, en elogio de virtudes de quienes combatieron y vencieron al rosismo.

Luis y Domingo Paz debieron sentirse descubridores de un nuevo filón de afinidad entre ellos y su padre.

Próximo a reiniciarse el año lectivo en el Seminario conciliar de La Plata, los hermanos Paz retornaban a Sucre, a proseguir sus estudios. La despedida fue tanto o más efusiva que la anterior. Los viajeros no regresarían a Tarija hasta obtener sus títulos profesionales. La sensación de lejanía se proyectaba, de esa suerte, inmensa en el tiempo; y también en el espacio, por el poco dominio que entonces ejercía el hombre sobre la geografía, siendo el viaje de Tarija a Sucre una peligrosa aventura, a lo largo de muchas leguas y de muchos días, en medios de transporte incómodos, con posadas inmundas.

En 1870, Luis y Domingo Paz titulábanse de bachilleres en humanidades, en el Seminario Conciliar de La Plata. Inmediatamente después, ingresaban a la Facultad de Derecho de la Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca, y allí destacáronse por su contracción y por su claro talento. En septiembre de 1874 rindieron sus exámenes de Licenciatura en Derecho, siendo aprobados con la más alta calificación. Con un día de diferencia, Luis y Domingo se recibieron de abogados, en la Corte Superior de Chuquisaca. El primero, el día 22, y el segundo, el día 23 de octubre de 1874. Ambos fueron "plenamente aprobados", tomándoseles el juramento de ley "sobre tablas". Luis tenía 20 años de edad y Domingo sólo 19.

Desde temprano los hermanos Paz manifestaron extraordinaria afición por las letras. Don Paulino, que recreábase con selectas lecturas, estimulaba esa inclinación de los hijos. Nadie les impelía a leer, y, sin embargo, ellos lo hacían con avidez y deleite. No era extraño, pues, que en la culta Charcas se les reconociese como jóvenes capaces y estudiosos, que alternaran en conversaciones con gente mayor y participaran en actos literarios memorables.

En Tarija, los padres de Luis y Domingo estaban orgullosos de sus vástagos. No ocultaban sus ansias de verles pronto, de tenerles nuevamente a su lado, de abrazar a los flamantes togados.

Y esperándoles estaban en la villa, en una paz dormida, como de siglos, que allí se vivía ...

Del libro Los Paz y el dogma socialista, de Heriberto Trigo Paz (2ª edición)
Talleres del Banco Central de Bolivia.
La Paz – Bolivia. 1992