LAS CUERDAS DE FERNANDO ARDUZ

Escrito por  Edwin Guzmán Ortiz* Ene 19, 2014

Terminado el concierto, aspiré profundamente, como buscando eternizar el espíritu de esa guitarra que en su mágico aliento no cesaba de transmitir esa efusión de melodías inspiradas en este país que también está hecho de música, de nuestra música.

Algo más de una hora en el Teatro de la Cultura de Tarija, a principios de este año, fue memorable al disfrutar de ese viaje colmado de paisajes, atmósferas y sentimientos desprendiéndose de las cuerdas que, estremecidas, vibraban a contrapunto del semblante reconcentrado de Fernando Arduz Ruiz, guitarrista tarijeño, quién en la oportunidad desgranaba temas de su última obra, “Paisajes” (2013).
Luego del concierto, me vino a la memoria aquel Fernando que conocí en Tarija, todavía muy joven, allá, a mediados de la década de los setenta, cuando en su habitación, abrazado a la guitarra y la mirada intermitente en la partitura, pasaba largas horas diarias entre escalas y pentagramas, en ejercicio piadoso por develar el misterio oculto que late detrás de las cuerdas.
Aunque ese ejercicio le era primordial e irrenunciable, también se prodigaba espacios para escuchar e interpretar música de su tiempo, lo recuerdo en conciertos como lead guitar del grupo Barro, emprendiendo virtuosamente “The Sage” de Edvard Grieg –adaptación de Gregg Lake, o parafraseando impecablemente los riffs de Carlos Santana, temas que exigían cualidades especiales para ser interpretados.
Bajo la orientación del maestro La Faye, además de la guitarra hizo suyos el fagot y la flauta dulce, instrumentos que le permitieron abrir con mayor amplitud su horizonte de comprensión y ejecución musical. Después vendrían seminarios latinoamericanos, estudios de guitarra en el Conservatorio Nacional de Música en La Paz, cuatro años de estudio en el Conservatorio Superior de Música de Madrid–España con el maestro José Luis Rodrigo, obteniendo en 1987 el título de Profesor Superior de Guitarra.
Por supuesto, no fue suficiente estudiar a Francisco Tárrega, Isaac Albéniz y otros clásicos mayores del instrumento. Fuera de interpretarlos con excepcional virtuosismo, Fernando creyó que era imprescindible recuperar y proyectar, desde ese lenguaje que había cultivado, la música boliviana. Para ello, era imperativo leerse en el pentagrama de la propia identidad, abrir ese universo melódico y rítmico de lo nuestro a ese registro iniciático de la guitarra culta.
Al escuchar detenidamente sus transcripciones para guitarra, “Música Boliviana para Guitarra” (2000) y su último CD “Paisajes” (2013), se confirma una vez más que Fernando es un verdadero maestro del arreglo, en sus manos las melodías sin dejar de ser ellas adquieren una nueva tesitura, una otra dignidad que alternativamente vindica su origen y su versión renovada. “Hacer arreglos me apasiona”, confiesa.
Por supuesto que la interpretación musical es también una actividad creadora; en su guitarra, recreación misma de aquello que recupera, versión que convoca la conversión, ser –dicho en tono borgiano- la otra y la misma.
De entre la diversidad de formas musicales del país y los diferentes compositores elegidos en su trabajo –Nilo Soruco, Eduardo Farfán, Gilberto Rojas, Adrián Patiño, César Espada, entre otros- se revela con mayor nitidez esa cumbre de la guitarra boliviana: Alfredo Domínguez.
Sin duda, Fernando es el músico boliviano que más viene haciendo por rescatar del olvido y darle el lugar que merece a la obra de este notable maestro de la guitarra. Además de haberse embarcado en la difícil tarea de transcribir buena parte de sus composiciones, en sus discos reinterpreta a Domínguez, e incluso lo hace con sutiles arreglos que vivifican y exaltan la exquisitez creativa de ese gran artista tupiceño.
Dentro el desarrollo de la guitarra folklórica boliviana, el aporte de Domínguez es fundamental. Sus delicados recursos técnicos contrastan con cierto ensordecedor folklorismo cacofónico que pulula en el país. Si Alfredo Domínguez discurrió de lo popular a formas más elaboradas de la guitarra, Arduz viene por el camino inverso: de las formas cultas a lo popular y es, precisamente, en esa encrucijada donde se anudan ambos ajayus, y donde esta confluencia marca un hito en el desarrollo la guitarra folklórica en Bolivia.
Arduz hace, con Domínguez, que la guitarra boliviana hable un lenguaje renovado. Un lenguaje que funda una poética tejida de trémolos, arpegios, pizzicatos, rasgueos y tabalets, ahora, en clave boliviana aludiendo a lo nuestro: valles soledosos, nuestras coloridas fiestas, al universo de la fe popular, nuestras tradiciones, también a ese sentimiento diáfano de las gentes alejadas del trepidar de las urbes.
La guitarra, en mutante apetito, se torna charango, caja, erque, bombo, juega con nuestros ritmos haciendo eco de los murmullos y resonancias de la naturaleza. Extrema su condición, para abrazar en plenitud polifónica ese entorno exuberante que le rodea.
Posadas las pisadas de pronto levantan vuelo, para volverse a posar en ese espacio de prodigios y sorpresas que son los trastes de la guitarra. Las manos de Fernando hablan entre sí a través del cordaje que poseído, vibra y canta; los dedos –hábiles artífices- arman los tiempos, tejen los acordes, modulando la intensidad de esa escenificación armónica, a través de unas cuerdas vehementes.
En fin, se trata de un guitarrista que viene enriqueciendo el folklore tarijeño y también boliviano, con una obra donde el arreglo es la clave de su trabajo, donde junto a la guitarra está la composición y la Dirección de la Orquesta de Cámara de Tarija, donde no cesan los proyectos y los haceres en su notación cotidiana.
La discreción siempre fue un rasgo esencial en la personalidad de Fernando Arduz, hombre de pocas palabras, acaso las esenciales para expresar lo necesario, con la convicción que su pleno decir se halla en la música. Conocerlo es sobre todo escuchar su obra, ahí se halla de cuerpo entero: su pasión y perseverancia, su intensidad y su espíritu de perfección, también su amor a nuestra cultura y las múltiples cosas que representa.

*Edwin Guzmán Ortiz, poeta y escritor