Balzac, novelista del siglo

Escrito por  Heberto Arduz Ruiz Ene 12, 2013

En el panorama literario del novecientos, quien guste de la novela encontrará un cultor cuyo nombre por sí solo, tendrá la virtud de transportarlo a un mundo, el de la Comedia Humana. Trátase, pues, nada menos que de Balzac, elegido por Stefan Zweig, como el más representativo del siglo XIX junto a Dickens y Dostoiewski, en el género novelístico (l). Del hombre, de su vida prieta de triunfos y fracasos, nos contará la legión de biógrafos que va de Hipólito Taine a Carlos Pujol. Intérpretes habrá, en todo tiempo y en lugares diversos, que de existencias tan luminosas y únicas tejerán frases e hilvanarán anécdotas para referir que hicieron y que no pudieron hacer los héroes de la historia. De Balzac tenemos testimonio de su sobrehumana fuerza, de su afán por desbrozar en páginas de novela el tesoro de sus sueños, quimeras que lindan en el fracaso cuando pretende plasmarlas a la realidad.

El escritor francés pareciera haber vivido nutriendo su mente de lo inalcanzable. Tal vez por ello para el hombre no hubo proyecto que encontrara tierra fértil, sino en la literatura, en la veleidosidad  de sus ansias de grandeza. “Fuera de su vocación, fracasa en todo cuanto emprende –escribe Artemio Moreno, lúcido biógrafo. No pudo ser editor, ni comerciante, ni floricultor, llegar al parlamento ni a la academia. La concesión de una mina en Cerdeña terminó en una novela” (2).

Ahí queda el hombre, que conoció de renunciamientos, de castillos en el aire que se desploman al pretender realizarlos comercialmente, de roces amorosos, de aprietos económicos y gastos dispendiosos.

Honorato de Balzac habitó dos mundos, el de la ambivalente humanidad y el que emerge de la imaginación, fuente inagotable. ¿Un idealista? ¿Un alucinado? ¿Un ingenuo? ¡Quién sabe! Quizás eso y mucho más hubo en la genialidad que lo acompañó en sus días de plenitud creadora.
Juan o Pedro pudo ser el personaje de la reciente novela, de la que toda Francia comenta con entusiasmo, y en el espíritu del autor…el desengaño de haber sido otro tan solo por un momento. El poder imaginativo es tal que infunde vida a los ensueños. Con razón se ha sostenido que las escenas de la Comedia Humana están inspiradas en una realidad imaginativa, o una fantasía tan real, habría que añadir, que la propia existencia del autor se fusiona y confunde con la de sus personajes novelísticos. A tal extremo llega esta confusión que el propio Balzac, antes de exhalar el último suspiro, pide la asistencia profesional de Horacio Bianchon, el médico que forjara en sus obras…

De las debilidades balzacianas –humano, al cabo- Zweig critica el propósito de especular en negocios irrealizables y aparentar, ante el mundo, una vida regalona. Pero dejemos de lado este aspecto, para ocuparnos más bien de su producción. 
Firma con seudónimo sus primeras novelas, hecho con el que pone al descubierto la desconfianza que le inspiró su incursión en las letras. La crítica recibe sin batir palmas al intruso, cual sucede casi siempre, en mustia campaña que hunde talentos y levanta mediocridades; pero no es el caso del joven Balzac, que tras ejercer de secretario en una notaría de fe pública y editar novelas folletinescas, retoma el estilete. Esta vez para diseccionar a la sociedad de su tiempo, por medio de la caracterización de personas representativas de los estratos que la conforman y sin descuidar al ambiente en que aquella se desenvuelve.

Nace, entonces, la primera muestra de lo que constituiría la más afamada serie novelística de todos los tiempos, la Comedia Humana. El título adoptado sugiere que en la vida en sociedad hay un representar, un ponerse y sacarse caretas de acuerdo a la ocasión. Si el florentino Alighieri compuso la Divina Comedia, ¿por qué él no sería el autor de la Comedia Humana?
La fecundidad de su obra no tiene parangón en los anales de la literatura. La novela fue sin duda su género favorito, aunque también debemos a su pluma obras de teatro, artículos, cuentos y correspondencia. De estilo poco atildado, ubícase al extremo de Flaubert, por ejemplo; de quien un pensador asegura que revolvía bibliotecas enteras para escribir un libro más delgado que un dedo. Honorato de Balzac, en cambio, poseído de febril impaciencia redacta hasta tres novelas simultáneamente, circunstancia que le obliga a efectuar numerosas correcciones de imprenta. La obra César Birotteau la escribe en 25 noches, acuciado por problemas económicos.

Personajes estereotipados, se suceden con frecuencia, como Nucingen, Bianchon y Rastignac, reapareciendo en diferentes edades según la época en que la trama se desarrolla. Hace un derroche de conocimientos en las más diversas disciplinas y describe ambientes con minuciosidad extrema al punto que enumera muebles, alfombras, cuadros y aún refiere el color de los empapelados que visten las paredes.

El mérito de la obra balzaquiana descansa en que nadie como el autor francés supo otorgar al género novelístico una dimensión social, de la que antes carecía, al menos en el grado en que le confiere, trocándose en espejo de la vida colectiva. Tendrá que pasar mucho tiempo para que se repita el caso Balzac, que legó a la humanidad una obra descomunal, difícil de ser abarcada por un solo hombre.

La historia de los hombres célebres llega a ser de dominio público y no deja resquicio destinado a la intimidad o la reserva. No es exagerado afirmar que de Balzac no hay faceta de su personalidad ni pasaje biográfico, que no hubiese merecido la atención de los estudiosos.
Existen muchos Balzacs: el admirado, el calumniado, el parlanchín, el soñador, en fin, el que de pronto recibe cientos de cartas de sus admiradoras o el desprecio de algún personaje herido por sus apreciaciones. Es preciso convenir, sin embargo, en que únicamente los espíritus superiores provocan reacciones tan disímiles. No obstante el tiempo transcurrido –más de 15 décadas desde su muerte-, la nube de polvo que levantó la crítica no puede ser batida por el remolino del viento.

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(1) Tres Maestros, Editorial TOR, 1941, ver prefacio.
(2) Balzac, Editorial Claridad, 1941, p.61.