Fernando Arduz interpreta Munasquechay Fernando Arduz interpreta Munasquechay El País TV

"Un café con Fernando Arduz", cinco minutos para el arte

Escrito por  Redacción Digital Oct 13, 2016

Desde este jueves 13 de octubre, El País TV y Fernando Arduz lanzan la iniciativa conjunta "Un Café con Arduz", cinco minutos de música del más alto nivel recogiendo la esencia de la tradición musical boliviana e interpretada por una de las guitarras más brillantes del país, como es la del maestro Fernando Arduz. Un músico integral virtuoso de la Guitarra Clásica.

Cada jueves a las 15.00 horas a través de las redes sociales se lanzará un nuevo video, rodado en exclusiva en el Teatro de la Casa de la Cultura de Tarija, probablemente el Teatro con mejor acústica del país. El video también se quedará en YouTube, donde el profesor irrumpe tras manifestar su interés por llevar su talento también a este formato.

Cada obra viene precedida de una pequeña explicación técnica del maestro Arduz, un estudioso dedicado y destacado por su faceta de arreglista, capaz de adaptar las obras más complejas al instrumento de cuerdas.

"Arduz es un maestro muy reconocido, quizá el músico más valorado de Tarija en el entorno internacional cualificado. Su labor como profesor ha inspirado a muchos jóvenes, su faceta como compositor y arreglista es de prestigio internacional, pero le faltaba llegar a la red. Ahí nos hemos puesto de acuerdo para hacer algo bonito y con llegada para todos los públicos. Quienes lo conocen saben que su discrección es su esencia, pero tiene mucho que enseñar. Ojalá los más jóvenes se interesen y puedan conocer esta faceta de la cultura tarijeña y boliviana quizá menos popular pero con una enorme dosis de virtuosismo - señaló Jesús Cantín, coordinador General de Boquerón Multimedia - Ojalá cada jueves todos los tarijeños estén pendientes a cual será el nuevo tema de don Fernando".

El primer video en el que Fernando interpreta la versión arreglada para guitarra de Munasquechay, interpretada por de Los Kjarkas y que fue presentado ayer fue reproducido por más de mil personas por lo que los objetivos empiezan a cumplirse.

Las cuerdas de Fernando Arduz

Por Edwin Guzmán Ortiz, Poeta y comunicador 

"Hombre de pocas palabras, acaso las esenciales para expresar lo necesario, con la convicción de que su pleno decir se halla en la música”.

Terminado el concierto, aspiré profundamente, como buscando eternizar el espíritu de esa guitarra que, en su mágico aliento, no cesaba de transmitir esa efusión de melodías inspiradas en este país que también está hecho de música, de nuestra música.

La audición de algo más de una hora en el Teatro de la Cultura de Tarija, a principios de este año, fue gratificante, al disfrutar de ese viaje colmado de paisajes, atmósferas y sentimientos desprendiéndose de las cuerdas que, estremecidas, vibraban a contrapunto del semblante reconcentrado de Fernando Arduz Ruiz, guitarrista tarijeño, quien en la oportunidad desgranaba temas de su última obra, Paisajes (2013).
Luego del concierto, me vino a la memoria aquel Fernando que conocí en Tarija, todavía muy joven, allá, a mediados de la década de los años  70, cuando en su habitación, abrazado a la guitarra y la mirada intermitente en la partitura, pasaba largas horas a diario, entre escalas y pentagramas, en ejercicio piadoso por develar el misterio oculto que late detrás de las cuerdas.
Aunque ese ejercicio le era primordial e irrenunciable, también se prodigaba espacios para escuchar e interpretar música de su tiempo; lo recuerdo en conciertos como lead guitar del grupo Barro, emprendiendo maravillosamente TheSage de EdvardGrieg (adaptación de Gregg Lake), o parafraseando impecablemente los riffs de Carlos Santana, temas que exigen cualidades especiales para ser interpretados.
Bajo la orientación del maestro La Faye, además de la guitarra hizo suyos el fagot y la flauta dulce, instrumentos que le permitieron abrir con mayor amplitud su horizonte de comprensión y ejecución musical. 
Después vendrían seminarios latinoamericanos, estudios de guitarra en el Conservatorio Nacional de Música en La Paz, cuatro años de estudio en el Conservatorio Superior de Música de Madrid, España, con el maestro José Luis Rodrigo, con lo que obtuvo en 1987 el título de Profesor Superior de Guitarra.
Por supuesto no fue suficiente estudiar a Francisco Tárrega, Isaac Albéniz y otros clásicos mayores del instrumento. Fuera de interpretarlos con excepcional virtuosismo, Fernando creyó que era imprescindible recuperar y proyectar, desde ese lenguaje que había cultivado con verdadera dedicación, la música boliviana. 
Para ello, era imperativo leerse en el pentagrama de la propia identidad, abrir ese universo melódico y rítmico de lo nuestro a ese registro iniciático de la guitarra culta.
Al escuchar detenidamente sus transcripciones para guitarra,Música Boliviana para Guitarra (2000) y su último CD Paisajes (2013) se confirma una vez más que Fernando es un verdadero maestro del arreglo. En sus manos las melodías, sin dejar de ser ellas, adquieren una nueva tesitura, una otra dignidad que alternativamente vindica su origen y su versión renovada. "Hacer arreglos me apasiona”, confiesa.
Por supuesto que la interpretación musical es también una actividad creadora; en los temas elegidos, recreación misma de aquello que recupera, versión que convoca la conversión, siendo -dicho en tono borgiano- el otro y el mismo.
De la diversidad de formas musicales del país y los diferentes compositores elegidos en su trabajo -Nilo Soruco, Eduardo Farfán, Gilberto Rojas, Adrián Patiño, César Espada, entre otros- se revela con mayor nitidez esa cumbre de la guitarra boliviana: Alfredo Domínguez.
Sin duda, Fernando es el músico boliviano que más viene haciendo por rescatar del olvido, y dar el lugar que merece, a la obra de este notable maestro del folklore boliviano. 
Además de haber asumido la difícil tarea de transcribir buena parte de sus composiciones, en sus discos reinterpreta a Domínguez e incluso lo hace con sutiles arreglos que vivifican y exaltan la exquisitez creativa de ese gran artista tupiceño.
Dentro del desarrollo de la guitarra folklórica boliviana, el aporte de Domínguez es fundamental. Sus delicados recursos técnicos contrastan con cierto ensordecedor folklorismo que, cacofónico, pulula en el país. 
Si Alfredo Domínguez discurrió de lo popular a formas más elaboradas de la guitarra, Arduz viene por el camino inverso: de las formas cultas a lo popular y es, precisamente, en esa encrucijada donde se anudan ambos ajayus, siendo esta confluencia un hito en el desarrollo de la guitarra en Bolivia.
Arduz hace, con Domínguez, que este instrumento se exprese a través de un lenguaje renovado. Un lenguaje que funda una poética tejida de trémolos, arpegios, pizzicatos, rasgueos y tabalets, ahora, en clave boliviana aludiendo a lo nuestro: valles soledosos, coloridas fiestas, al universo de la fe popular, nuestras tradiciones, también a ese cúmulo de sentimientos, ora melancólicos, ora diáfanos, de las gentes alejadas del trepidar de las urbes.
La guitarra, en mutante apetito, se torna charango, caja, erque, bombo; juega con nuestros ritmos haciendo eco de los murmullos y resonancias de la naturaleza. Extrema su condición, para abrazar en plenitud polifónica ese entorno exuberante que le rodea.
Posadas las pisadas de pronto levantan vuelo, para volverse a posar en ese espacio de prodigios y sorpresas que son los trastes de la guitarra. Las manos de Fernando hablan entre sí a través del cordaje que, poseído, vibra y canta; los dedos -hábiles artífices- arman los tiempos, tejen los acordes, modulando la intensidad de esa escenificación armónica, a través de unas cuerdas vehementes. 
En fin, se trata de un guitarrista que viene enriqueciendo el folklore tarijeño y también boliviano, con una obra donde el arreglo es la clave de su trabajo, donde junto a la guitarra está la composición y la Dirección de la Orquesta de Cámara de Tarija, donde  no cesan los proyectos y los haceres en su notación cotidiana. 
La discreción siempre fue un rasgo esencial en la personalidad de Fernando Arduz;  hombre de pocas palabras, acaso las esenciales para expresar lo necesario, con la convicción de que su pleno decir se halla en la música. 
Conocerlo es sobre todo escuchar su obra, ahí se halla de cuerpo entero: su pasión y perseverancia, su intensidad y su espíritu de perfección;  también su amor a nuestra cultura y las múltiples cosas que representa.