Expertos: el “caos climático” no parece tener un final cercano

Escrito por  ALEJANDRO ZEGADA/EL PAÍS EN Nov 28, 2016

Bolivia está padeciendo una de sus peores sequías, agudizada por el cambio climático y por los descuidos del gobierno en la gestión del agua. ¿Qué se puede esperar a futuro, qué acciones se debe tomar para enfrentar la situación, y qué se ha hecho hasta ahora?

En lo referido al cambio climático, Bolivia está en gran medida a la merced de los avances y retrocesos en las emisiones de gases de efecto invernadero (particularmente el dióxido de carbono o CO2), cuyo impacto es a nivel global y es generado principalmente por los países desarrollados (EEUU y Unión Europea, cuyas emisiones van en bajada) y en vías de desarrollo (China, India, etc., cuyas emisiones van en aumento).
El informe de Prospectiva Mundial Energética 2016 de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), presentada el 16 de noviembre, es un punto de partida para responder estas interrogantes. Este informe, que tiene una actualización de los escenarios esperados hacia el 2040, no trae buenas noticias.
En él, la AIE estima que el consumo de energía crecerá en un 30% entre este año 2016 y el 2040, y que a pesar del esperado incremento en el uso de fuentes renovables, el petróleo, el gas natural y el carbón seguirán siendo las principales fuentes energéticas.
Este aumento del consumo se verá principalmente en países de creciente industrialización y urbanización como la India, el Sudeste Asiático, China, América Latina y Oriente Medio, mientras que los países de la OCDE (EEUU, la Unión Europea y otros países desarrollados) el consumo va en descenso.
Según el informe, las emisiones de gases derivadas de la energía se estabilizaron en el año 2015 debido a una mejora de 1,8% en la intensidad energética de la economía mundial y el avance de las fuentes renovables.
La inversión en estas fuentes energéticas se vio favorecida por el descenso en la exploración y producción de gas y petróleo, y por los recortes a los subsidios a los combustibles fósiles globales, que cayeron de 500 mil millones de dólares en 2014 a 325 mil millones en 2015.
Sin embargo, la propia AIE advierte que en el futuro  cercano se espera un aumento en la producción de hidrocarburos no convencionales que mantendrá a los combustibles fósiles como la mayor fuente de energía a nivel global, y que además este aumento en inversión y producción debe comenzar a hacerse de inmediato, ante el riesgo de una crisis de abastecimiento hacia el 2020.
Estas y otras proyecciones de la AIE incorporan las promesas que los países presentaron a la 21 Conferencia de las Partes (COP21) de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC),  a través de sus Contribuciones Nacionales Determinadas, y que desembocó en el ya conocido Acuerdo de París de la COP 21.

Proyecciones
poco optimistas
El pasado 4 de noviembre entró en vigencia el Acuerdo de París COP 21 sobre cambio climático, que aunque fue muy promocionado por las naciones firmantes, ha sido criticado por expertos y activistas debido a  la presencia de los principales causantes del cambio climático –empresas petroleras, agronegocios y otras–entre las delegaciones oficiales del evento, y porque un importante porcentaje del presupuesto de la cumbre haya sido financiado por empresas privadas del sector eléctrico, aerolíneas, compañías automovilísticas, bancos y aseguradoras.
El analista del Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES), Gerardo Honty, enfatiza que el resultado del Acuerdo ya es “bastante conocido” y que las promesas en que recoge “no alcanzan para evitar que la temperatura aumente más de 2 grados centígrados (°C) en el futuro”.
Según el informe de la AIE, e incremento constante de las emisiones de CO2 (dióxido de carbono) relacionadas con la energía –hasta 36 gigatoneladas en 2040– significa que no se cumplirá con el objetivo del Acuerdo de París de alcanzar un punto máximo de emisiones ‘‘lo antes posible’’.
Para alcanzarlo la demanda de petróleo debería reducirse hasta los niveles de la década de 1990 (por debajo de los 75 millones de barriles de petróleo) y el consumo de carbón debería retroceder a los niveles registrados en la década de 1980, por debajo de los 3.000 millones de toneladas anuales. La AIE considera que las oportunidades de reducir emisiones se encuentran en el sector eléctrico, a través del desarrollo de las energías renovables y de la eficiencia energética. Pero también por la vía de dos tecnologías que, según Honty, son “bastante cuestionadas a nivel global”: la energía nuclear y la captura y almacenamiento de CO2.
La electricidad tiene una proporción cada vez mayor del crecimiento del consumo final en 2040 alcanzando el 40%. Y si bien aún para esa fecha los vehículos eléctricos serán un factor pequeño en la demanda total de electricidad, el  incremento previsto de su utilización en el transporte por carretera es importante.
Según el informe, el número de coches eléctricos en el mundo alcanzó los 1,3 millones en 2015, casi el doble del nivel registrado en 2014, y esta cifra ascenderá a más de 30 millones en 2025 y sobrepasa los 150 millones en 2040. Sin embargo, para alcanzar los objetivos de París, el número de autos eléctricos en las calles debería aumentar hasta 715 millones, dice la AIE.
Asimismo, la Prospectiva Mundial calcula que entre 2016 y 2040 el mundo invertirá 44 billones (millones de millones) de dólares para el abastecimiento de energía, de los cuales el 60% se destinará a la extracción y suministro de combustibles fósiles.
Honty observa que el principal estímulo para la inversión en exploración y producción de petróleo y gas “es el descenso de producción de los yacimientos existentes y la necesidad de la explotación de los llamados hidrocarburos no convencionales como el gas y petróleo de esquisto (shale)”.

El limitado Acuerdo de París
Una crítica del Acuerdo de París es la directora para América Latina del Grupo ETC (Erosión, Tecnología y Concentración), Silvia Ribeiro, quien advierte que “abundan afirmaciones engañosas de fuentes oficiales y empresariales para desviar la atención de la gravedad del caos climático, dando así coartada y protección a quienes lo han causado: transnacionales de energía (petróleo, gas, carbón), agronegocios, construcción, automotrices; y el 10 por ciento de la población mundial más rica que con su sobreconsumo es responsable del 50% de las emisiones de gases de efecto invernadero”.
 Y es que mientras el primer objetivo del Acuerdo es “mantener el aumento de la temperatura media mundial [para el año 2100], muy por debajo de 2°C con respecto a los niveles preindustriales y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5°C (…)”, la misma semana que el Acuerdo entró en vigor, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente publicó el informe “Brecha de emisiones 2016”, donde señala que con el actual curso de emisiones, habrá un aumento de 1,5 °C ya en 2030 o antes.
El informe de las Naciones Unidas agrega que sumando los “compromisos” oficiales que han declarado los gobiernos a la Convención sobre Cambio Climático (COP 21), “estamos en camino” a que la temperatura aumente en 3,4 °C hasta fin de siglo.
 ¿Por qué dos organismos de Naciones Unidas dan mensajes tan contradictorios? Ribeiro señala que, “para empezar, el Acuerdo de París pone una meta ‘ideal’ –que se propagandea y festeja como si fuera real– pero permite que cada país haga contribuciones voluntarias de reducción de emisiones, llamadas Contribuciones Previstas Determinadas a nivel Nacional”.  Además, el problema es que ni siquiera son vinculantes, o sea que no obligan a tomar medidas para cambiar el curso de la crisis climática “y peor aún, lo que declaran ni siquiera son necesariamente reducciones reales (en sus fuentes y por parte de quienes se benefician con el consumo), porque la ‘contribución’ de muchos de los principales países emisores no es tal: se basa en gran parte en mecanismos fallidos como mercados de carbono y tecnologías no probadas ni viables”.
Asimismo, el artículo 4.1 del Acuerdo de París agrega que para cumplir los objetivos, se propone que “las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero alcancen su punto máximo lo antes posible, (…) y a partir de ese momento reducir rápidamente las emisiones de gases de efecto invernadero, (…) para alcanzar un equilibrio entre las emisiones antropógenas por las fuentes y la absorción antropógena por los sumideros en la segunda mitad del siglo (...)”.
Ribeiro considera que estas metas son teóricas, y que por tanto “la forma de llegar a ellas que establece el Acuerdo es surrealista: primero se puede seguir emitiendo –hasta alcanzar un punto máximo o ‘pico’ que no se define cuánto es- y luego hay que reducir rápidamente (lo cual no se podía hacer antes, pero al alcanzar el pico mágicamente sí se podrá) y luego, continúa sin hacer reducciones, sino que se trata de ‘alcanzar un equilibrio’ entre emisiones y absorción ‘antropógena’, o sea, por medios tecnológicos, no naturales”.
La experta advierte que esta última parte “es particularmente perniciosa”, porque justifica el concepto “fraudulento” de “cero emisiones netas” o hasta negativas. “No son reducciones sino compensaciones, es decir, contabilidad no realidad. Presupone que se puede seguir aumentando la emisión de gases de efecto invernadero porque se ‘compensarán’ con tecnologías de ‘emisiones negativas’”, explica.
Estas tecnologías mencionadas son fundamentalmente la captura y almacenamiento de carbono en fondos geológicos, y la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (CCS y BECCS por sus siglas en inglés).
La directora del ETC considera que estas tecnologías en sí mismas ya conllevan riesgos importantes, pues “todos los estudios recientes sobre BECCS muestran que las plantaciones para bioenergía en la escala requerida tendrán un impacto devastador en suelos, agua, ecosistemas y producción de alimentos”.
Mientras, la CCS es una “vieja técnica de la industria petrolera que no se usa porque es cara e ineficiente”. Antes se llamaba Recuperación Mejorada de Petróleo, pero cambiaron el nombre para venderla como tecnología para el cambio climático.
“Se trata de inyectar CO2 (a la tierra) para empujar a la superficie reservas profundas de petróleo y dejar el carbono en el suelo. No es técnica ni económicamente viable –tampoco sirve para el cambio climático porque aumenta el consumo de petróleo– pero si se paga con subsidios públicos, es un jugoso negocio para las empresas que causaron el problema. Cuando en unos años sigan sin dar ‘emisiones negativas’ y el planeta se siga calentando, dirán que para enfriarlo sólo quedan otras formas aún más riesgosas de geoingeniería”, advierte la experta.