Novela ambientada en el sur

Escrito por  Ene 29, 2017

Heberto Arduz Ruiz

El escritor chuquisaqueño Oscar Zamora Dorado es el autor de Lazos de sangre, novela cuyo argumento tiene como telón decorativo el sur de Bolivia: Sucre, Yotala, Tarija y Cinti. La edición estuvo a cargo de LATINPEL, La Paz, 2004; lo que significa, a nuestro juicio, que nunca es tarde para comentar una obra que debe ser difundida hacia el interior de nuestras fronteras y más allá de éstas.
La trama se va desarrollando entre los personajes, manejada hábilmente –como hilos que teje el destino, enhebrando situaciones conflictivas y aventuras furtivas-, hasta confluir en un desenlace sorprendente, digno de un buen final novelesco.
Dos hermanas gemelas que nacieron y vivieron en la primera mitad del siglo XX, en la entonces apacible ciudad de Sucre, capital republicana, son las protagonistas principales. El abuelo paterno se hizo millonario con la explotación de un fundo minero que recibió en calidad de indemnización por los servicios prestados como mitayo y, posteriormente, a título de administrador empresarial. Las malas lenguas comentaban, cuando no, que había hecho pacto con el “tío”; de ahí la cuantiosa fortuna a ojos vista y lagrimeo de envidia por parte de vecinos y amigos.

El “patrón” Faustino Peredo, padre de las dos Marías, una María de los Remedios y María de los Ángeles, la otra, que de ángel no tenía ningún rastro ni seña visible, heredó una casa señorial en Sucre, propiedades en Yotala y Cinti; posteriormente adquirió inmuebles en el exterior, gracias a sus diversificados y crecientes negocios, aun durante la época de la guerra del Chaco, transformado en hábil proveedor de mercaderías.
Ni física ni espiritualmente se parecían las gemelas, a pesar de lo que se afirma en sentido de que por lo general son idénticas en las reacciones psíquicas y parámetros de comportamiento. Una bien dotada, rubia muy atractiva, María de los Remedios gustaba pasar sus días en forma tranquila, sin sobresaltos que luego entrarían en juego para alterar su ánimo. De la hermana la servidumbre solía decir que durante algunas noches su alma se desprendía de su cuerpo y viajaba a visitar las tumbas del cementerio, donde pululan las almas en pena.
María de los Remedios recomienda que al minero Inocencio Palza, de la empresa de su progenitor, lo transfieran al cañadón de Cinti para el trabajo agrícola; joven de músculos bien formados, carismático y cantor, pasa a constituirse en uno de los personajes junto a las nombradas.
Lo demás, queridos lectores, lo sabrán internándose en las páginas del libro de Zamora Dorado, interesante por cierto. El consagrado pintor Nanet Zamora, hermano del autor, como ya sucediera con un anterior libro de cuentos, ilustró la obra mediante cuadros a carboncillo sobre trazos arquitectónicos de calidad.
Respecto a la ciudad de Sucre el autor describe: “Calles estrechas bordeadas de señoriales casonas con balcones de fierro forjado, colgando macetas de claveles que esparcen su aroma”. Y en cuanto a la ciudad del Guadalquivir apunta: “Si el Chaco era el infierno verde, Tarija era el purgatorio en esos tiempos de la guerra. Antes una apacible y tranquila ciudad de vida lenta y segura, ahora había quintuplicado su población, ambulancias, camiones, suministros de guerra, militares de alto y bajo rango, toda la tropa uniformada, con su logística de celestinas y comerciantes”.
Un recurso simpático constituye la plática que Inocencio de continuo sostiene con su amigo Sabino, ya fallecido, a quien le comenta sus preocupaciones, o a Margarita, también ya muerta, cuando evoca el romance que tuvieron. Fantasmas abrazados en el recuerdo, diría el poeta Julio Barriga, “y gira mi atención en el vacío que dejaste, / mi sentimiento no deja de manar porque hayas partido”, pareciera confesar Inocencio a cada uno de los ausentes.
En síntesis, una novela bien elaborada que página tras página concita la atención y merece ser divulgada. El autor, cuentista y novelista, no cesa un solo instante en las arduas labores de crear, evocar sucesos, perfilar vidas, buscar y rebuscar ¡zas! los motivos centrales para escribir un libro, imaginar ambientes, dibujar rostros, acopiar datos, meditar, forjar mundos. ¡Qué grande y noble misión trae entre manos!