Del Libro “Cabildos y Revoluciones” de Alejandro Ubaldo Pojasi Capítulo 3 La Revolución de la Audiencia de Charcas

Escrito por  Ene 29, 2017

Historiadores y sociólogos autorizados están conformes en admitir las razones económicas como determinantes del fenómeno de la búsqueda de la independencia de la América hispana. No obstante que la presencia de la casa de Borbón en el trono de España se caracterizó por un cambio fundamental en la orientación precisamente de la política económica de la Península con relación a las colonias. Modificando así, el tráfico marítimo, que antes se hacía exclusivamente por Panamá, abriendo nuevas rutas de comercio interior en todo el ámbito suramericano e implantando medidas liberales para limitar el contrabando. En la realidad no se abolió el monopolio ni tampoco se permitió el intercambio con las demás potencias. Las reformas finalmente se limitaron a autorizar esta actividad comercial entre América y los doce principales puertos de España. En cuanto a la parte meridional del Nuevo Mundo, se libró el trannsito con restricciones por la vía del Río de la Plata. La producción minera altoperuano tuvo, desde entonces, salida por el puerto de Buenos Aires.

Pero el anhelo del comercio libre seguía preocupando a los espíritus, movidos por el interés de las naciones europeas, especialmente Inglaterra. En todos los ámbitos de la América española surgían al mismo tiempo iniciativas a favor de las franquicias comerciales Los sucesos políticos de Europa habían de favorecer muy pronto esas aspiraciones. Aunque España fue unas de las primeras naciones que combatió a la Francia revolucionaria, no tardó en cambiar de orientación y en volverse contra los principios de la legitimidad de la monarquía, haciéndose aliada de la república y enemiga de Inglaterra. Esa conducta siguió el gobierno de Carlos IV, poniéndose al lado de Napoleón, al extremo de que la flota española fue deshecha en la batalla de Trafalgar.
Desde 1793, Inglaterra amenazaba lanzarse sobre las colonias españolas del Río de la Plata. Los planes de independencia fermentaban en el corazón de algunos espíritus americanos como Francisco de Miranda el “Precursor”, que en 1790 ya gestionaba el apoyo de algunos gobiernos europeos estimulado por el ejemplo de la emancipación del año 1776 de Estados Unidos. Es reiterado, como sabido, del descontento de los colonos y de los movimientos esporádicos que, de vez en cuando, sacudían a los pueblos oprimidos por las imposiciones y las gabelas. Bajo el ministerio de Pitt, Inglaterra tomó la decisión de atacar las colonias españolas y, en 1806, hallándose en guerra con España, desembarcó una expedición en Buenos Aires, en el supuesto de que la población no ofrecería resistencia. La proclama del jefe de las escasas tropas invasoras decía que el propósito de Su Majestad Británica era el de “abrir el comercio libre”.
Un año antes, en el año 1805, se descubría y debelaba, en la ciudad de La Paz, una revolución preparada por criollos. Entre ellos, Pedro Domingo Murillo, que habría de actuar poco después.
Tiempo atrás, en el mismo sentido, hacia los años de 1782 y 1785, esta capital del distrito de la audiencia se había visto agitada por disturbios ocasionados por la confrontación entre criollos y mestizos y la soldadesca española que guarnecían aquella ciudad. Juan R. Muñoz Cabrera13, analista histórico chileno, oportunamente apuntó que (...) “estos reiterados sucesos de discrepancia motivada ya una finalidad inspirada en propósitos autonomistas”. situación que el pre citado escritor boliviano, Gabriel René Moreno rectifica. En todo caso se trataba de manifestaciones del descontento popular contra las autoridades españolas, y eran expresiones de ese desasosiego que a través de la parición de los “pasquines” clandestinos se atacaban a dichas autoridades. Pasquines que reflejaban una hostilidad que buscaba pretextos para estallar.
Son bien tratadas en abundantes textos, las peripecias de las dos invasiones inglesas al Río de la Plata, que traían como programa aparente la idea de independizar las colonias hispanoamericanas, bajo la protección de las armas británicas, “para abrirse nuevos mercados”. Aunque fracasadas las invasiones, es indudable que en la mente del gobierno inglés persistió esa finalidad, que entraba francamente en sus conveniencias. Y aunque los criollos se unieron a los españoles para rechazar la tentativa inglesa sobre Buenos Aires, no puede negarse que aquellos sucesos dieron lugar a que se abriera paso en la capital del virreinato la idea del gobierno propio, que en las provincias altas hacía tiempo germinaba, porque allí eran más agudos los problemas económicos y sociales.
Debemos insistir, por lo tanto, que en las necesidades comerciales presidieron la agitación revolucionaria que dio origen a la guerra de la independencia en toda Suramérica. Un destacado profesor de la universidad de Londres, C. K. Webster14, sobre este momento dice:
(...) ‘‘La América española había estado sujeta a una fiscalización mucho más estricta por parte de Europa que la ejercida jamás por Gran Bretaña sobre sus colonias de Norteamérica. Su comercio estaba confinado dentro de límites muchos más rígidos y, en verdad, a menudo se veía obligado a seguir rutas reñidas con la geografía como con el sentido común”.
Y, si bien es cierto, que el impulso de la emancipación no tuvo arranque inmediato en planes de la Gran Bretaña, como anota acertadamente el mismo autor lo tuvo en la revolución de América del Norte y en los sucesos políticos de Europa, que pusieron a Inglaterra en contra de España.
Mucho se ha hablado de la influencia de las ideas de la revolución francesa y de las doctrinas de los enciclopedistas, en la preparación del espíritu revolucionario. A mi juicio también se ha exagerado excesivamente.
Pero el destacado escritor boliviano Enrique Finot15 en el texto ya señalado con anterioridad, muy bien observa:
(...) “Esa influencia que, si existió, fue en pequeñas escalas a través de quienes, excepcionalmente, alcanzaron a informarse de las corrientes filosóficas que imperaban en la Europa del siglo XVIII. Esa influencia pudo operarse sobre muy contados espíritus, pero nunca encontrar eco en la masa ignorante, ya que faltaban los medios de difusión y el recurso de los “pasquines ”, manuscritos, era muy limitado como elemento de propaganda. Más lógico sería atribuir a descontento general contra las malas autoridades y contra los privilegios, la mayor proporción del fermento sedicioso que se formaba entre la población criolla y mestiza. El clero especialmente, que quizá era el único elemento que alcanzaba cierto grado de cultura, veía con disgusto que las mitras y las prebendas recaían preferentemente en los peninsulares. Esto explica el hecho que, entre los prominentes revolucionarios, existiera una fuerte proporción de clérigos, tanto en el Alto Perú como en el resto de las colonias. Los intereses y las pasiones serán siempre los móviles que impulsen a los hombres a las más arriesgadas empresas; y si a ellos se agregan los ideales, aunque solo alienten en el pecho de contados seres superiores, se tendrá una idea de la raíz psicológica de las grandes transformaciones sociales, que se operan a poco que se presenten circunstancias que las favorezcan. El grado de degradación a que había llegado la monarquía española, por otra parte, contribuía no poco a que la corona perdiera su prestigio en estas geografías y a que aflojaran los vínculos de sujeción a la metrópoli”.
Por ello, es necesario destacar, que las opiniones más autorizadas coinciden en reconocer que, desde el momento en que la corte de España se adhirió a la de Francia, para reconocer, en 1778, la independencia de los Estados Unidos, adquirió la enemistad de Inglaterra que empezó a vigilar la marcha de las colonias españolas, con tanto mayor interés cuanto que el monopolio perjudicaba su comercio. Estas fueron las causas determinantes. Un testimonio altoperuano insospechable es el que registra el ya referenciado Muñoz Cabrera, al transcribir una carta de don Manuel Medina, ilustre procer chuquisaqueño, testigo presencial en los sucesos de la independencia, escrita en 1863:
(...) ‘‘El nacimiento de las ideas y sentimientos por la independencia ha tenido su cuna también en Buenos Aires, desde la Reconquista y victoria contra los ingleses que, como sabe Ud., dejaron prisionero a Beresford, que escapó con don Aniceto Padilla (cochabambino), dejando ya una pequeña asociación establecida o iniciada por difundir este alto interés... El general ingles derrotado, por lo tanto, que se libró del cautiverio en 1806, dejó establecido un núcleo destinado a trabajar por la emancipación” finaliza.
En este mismo sentido, el investigador madrileño Carlos Pereyra16 en su obra “Historia de la América Española” cita:
(...) ‘‘El siglo XVIII fue una clara lucha sostenida entre Inglaterra y Francia para disputarse la supremacía naval y consiguientemente los puertos. Esa guerra tenía que extenderse a todas partes del globo y resultar vencedora en ella la potencia que englobara dentro de su sistema el vasto régimen de las provincias americanas. España no supo aprovechar debidamente la experiencia de la revolución norteamericana, que terminó en 1783, cuyas causas fueron esencialmente económicas: creación de impuestos reputados ilegales, medidas fiscales contra el desarrollo de la industria y otras de mismo tenor. Inútiles fueron los esfuerzos de algunos estadistas españoles como el conde de Aranda, ministro de Carlos III, que presentía la insurrección y sugería los medios de conjurarla, anticipando reformas prácticas, de carácter políticas y económicas”.
Un hecho notable a considerar, es la invasión de la Península por las tropas de Napoleón. Éste fue el acontecimiento decisivo que señaló el destino de las colonias de América. La anarquía interna que sobrevino con la prisión de Femando VII, impulsó al Consejo de Regencia a tratar liberalmente a las colonias en su proclama del año 1810:
(...) “Desde este momento, españoles americanos, os veis elevados a la dignidad de hombres libres; no sois ya los mismos que antes, encorvados bajo un yugo mucho más duro mientras más distantes estábais del centro del poder; mirados con indiferencia, vejados por la codicia y destruidos por la ignorancia”.
Pero todo ya era tarde. El Consejo de Regencia de Cádiz iba a ser disuelto bien pronto por el emperador de los franceses y las colonias ya habían sido sacudidas por algunos estallidos que, si bien tuvieron como pretexto la adhesión del monarca legítimo, fueron los primeros pasos hacia la conquista de la soberanía popular.
En 1808 se habían organizado en España juntas de resistencia contra la dominación francesa; la junta de Sevilla, con el nombre de Central, asumía la representación del rey cautivo. Al mismo tiempo Carlota Joaquina, hermana de Femando VII, casada con el príncipe regente de Brasil, pretendía el gobierno de las colonias alegando “en exclusividad el Derecho de Vientres” y derechos dinásticos. A su vez, el nuevo rey impuesto de España, José I (Bonaparte), representaba un naciente partido español -afrancesado entre quienes pugnaban también por obtener la obediencia de las Américas Tal era la situación cuyos reflejos y reverberaciones se dejaban sentir en el virreinato de Buenos Aires, del que formaba parte el Alto Perú.
En este marco, a las principales urbes de Suramérica continuaba llegando por distintos puertos las noticias de las endebles circunstancias políticas del reino de España. Así se supo del avance napoleónico en casi toda Europa, la ocupación de algunas ciudades por parte del ejército francés con el pretexto de castigar a Portugal por violación del bloqueo comercial contra Inglaterra. Se instituyó las Juntas Populares que darían tanto que hablar a partir de la primera de ellas como la de Oviedo en Asturias y muchas otras tras la represión y fusilamientos del 2 de mayo de 1808, igualmente la gran resistencia hispánica desplegada. También se conoció la interesada querella entre miembros de la familia real española de Carlos IV contra su hijo Femando VII culminando con la abdicación de ambos,  coronándose en este nuevo contexto José de Bonaparte, hermano de Napoleón como ungido soberano. Aunque la princesa Carlota Joaquina de Borbón, esposa del hijo del rey de Portugal, hizo de su parte todo lo posible porque las colonias reconocieran su subrogancia y también su soberanía. En Europa y particularmente el reino Español vivían una situación caótica, la guerra era atroz y heroica , lodos los pueblos se habían levantado contra el usurpador. El estado de desatención era total hacia sus colonias, sin recursos y anarquizadas las ideas y los arbitrios la revolución separatista estaba nutrida de predicas nobles de diferente cuño para constituir una nueva nación.
Como se sabe, en toda esta parte de las colonias se produjo también un movimiento de opinión “juntista” semejante al de España. Formalmente se pretendía asumir el nombre en nombre de Femando VII, cautivo, contra las pretensiones francesas de absorber tanto las metrópolis como las posiciones de ultramar. Pero, en esencia estos acontecimientos políticos obedecían a causas más profundas: en las colonias se forjaba en aquellos momentos una tentativa de nueva nacionalidad, que desde hacía medio siglo en la insistencia de los criollos por llamarse americanos, a fin de distinguirse de los españoles peninsulares despectivamente denominados “godos” o “chapetones” (Alto Perú).
Tiempos de discriminación social y política como las restricciones comerciales y la consideración de los elementos criollos como ciudadanos hispanos de segunda contribuyeron, sin dudas, a acelerar la aparición de una nueva conciencia y fuerte tendencia anticolonialista al menos, hacia las principales ciudades españolas.
“El precedente subversivo de Montevideo “. Bajo este subtítulo el recientemente fallecido historiador cruceño José Luis Roca17, en su texto, 1809, La Revolución de la Audiencia de Charcas en Chuquisaca y La Paz claramente menciona comparativamente la Junta Montevideana. Sin necesidad de remontamos a épocas muy distantes y dejando de lado, por ahora, el hilo del pensamiento universal, se hace necesario relacionar la revolución de Charcas, en sus versiones chuquisaqueña y paceña, con lo ocurrido coetáneamente en otras ciudades y en la propia sede del virreinato platense. Como se señaló antes, el movimiento llamado “Juntista” que era la formación de gobiernos provisionales durante la prisión de Fernando VII Dice Roca:
(...) “No fue un fenómeno exclusivamente peninsular pues se produjo también en América. El día 21 de setiembre de 1808, el gobernador de Montevideo Javier de Elío, ante las primeras noticias de lo ocurrido en España, desconoció la autoridad del virrey Santiago de Liniers de Buenos Aires, sospechoso de su lealtad al rey cautivo por el hecho de ser francés, y se puso a la cabeza de una Junta Gubernativa. Consumada su acción, de Elío, fue conminado a trasladarse a la península a rendir cuenta de sus actos, y allí estuvo vinculado a los sectores más absolutistas y reaccionarios de la monarquía y aunque sus motivos fueron bien distintos a los invocados por los paceños, sus consecuencias fueron de análogo carácter; desconocimiento de la autoridad peninsular, y a la vez, rebeldía contra la metrópolis bonaerense. Elío arguyó que su acción estuvo inspirada en el impulso patriótico de precautelar los derechos del rey cautivo. Es lo mismo que poco tiempo después se diría tanto en Chuquisaca como en La Paz”.
También el destacado escritor boliviano Gabriel René Moreno18, precedente en sus escritos y opiniones al doctor Roca y a quien se cita tanto en este tema, en su texto “Últimos días coloniales en el Alto Perú” advierte:
(...) “la Junta Gubernativa de setiembre del año 1808 en Montevideo es un precedente de los gobiernos de Chuquisaca y La Paz. Y los Oidores de la Real Audiencia tendrán luego al punto por aliados naturales a los peninsulares reaccionarios de aquella rebelión de Montevideo. El gobernador de Elío se había separado el 21 de setiembre de la obediencia del superior gobierno de la capital, formando en Montevideo bajo su presidencia y mando militar, junta de gobierno como las juntas provinciales de la metrópoli española. Data de motivos por tan grave determinación ser francés el Virrey, franceses los ejércitos que a estas horas conculcaban a la madre patria, y sospecharse de estar aquél en relaciones secretas con Napoleón para entregarles las provincias del virreinato. Exigían el Cabildo de Montevideo y Elío la inmediata separación del alto magistrado, separación no sólo de la silla sino del territorio de su mando. Peligro de la tierra, independencia territorial, autonomía gubernativa, representación soberana en ausencia del monarca y por delegación popular: todo esto se divisaba más o menos claramente desde el primer instante. Y ¿no eran éstos los caracteres más adecuados para que el hecho de Montevideo cayera como un golpe subitáneo de luz, aún más vivida que la de las juntas provinciales españolas, sobre la mente del personaje político en Chuquisaca, los Doctores? ”.
En otro orden reflexiona:
“Hoy, la posteridad, con pleno y sabio conocimiento de causa a podido figurarse un concepto cabal sobre aquel movimiento oriental.
Este concepto previene el que es debido sobre el carácter de la revolución altoperuana de 1809, movimiento adelantado. Y que de consumo hicieron sofocar rápidamente ambos virreyes de Lima y Buenos Aires.
Dado sus móviles, espíritus y tendencias, la rebelión de Montevideo no contenía en sí misma, ni con mucho, el germen revolucionario de la independencia (hoy argentina). Alguien ha sostenido lo contrario en nuestros días, pero mediante una paralogización formada con palabras. Antes al contrario, el espíritu español de dominación colonial aspiró a una reaccionaria posesión del poder mediante aquel movimiento. Ambicionaba el mando sin contrapeso pero mientras durara la subyugación e impotencia ultramarina de la metrópoli.
También el ya citado doctor Roca y sobre el mismo tema alude:
(...) “que los miembros de la Junta Tuitiva en extenso memorial dirigido a la Audiencia, justifican su actitud en base a los acontecimientos de la fiel y leal ciudad de Montevideo, cuyos hechos se han aprobado en todas sus partes por la Suprema Junta Gubernativa de España e Indias. Han llenado de gracias y encomios a aquel señor intendente -Elío- y distinguiéndolo con el honroso título de Inspector General de Armas de todo este virreinato y a todos los demás que tuvieron parte en esta junta provisional. Los acontecimientos de este pueblo -ciudad de La Paz, 16 de julio de 1809- ¿no han tenido idénticos motivos que los de la noble ciudad de Montevideo?”.
Los sucesos de la Banda Oriental embargaron la atención de los paceños. El día 7 de agosto de 1808, en el diario de “Un Observabador” atribuido al español Tomás Cotera, se lee: “A las 11 de este día se hizo saber al pueblo por bando la llegada del señor virrey con cuyo motivo habría cesado la Junta de Montevideo”. Más adelante, cuando Goyeneche somete a juicio sumario a los miembros de la Junta Tuitiva de La Paz, los letrados nombrados para la defensa y protección de los reos, Ramón Mariaca e Ignacio Zegarra, alegan que:
(...) “el fin del movimiento del día 16 de julio, fue resguardar los derechos del soberano, a lo que se agregaron los sucesos de Montevideo bajo las disposiciones de Elío, los de Buenos Aires con el alcalde Álzaga y los de la ciudad de La Plata”.
Los paceños y los orientales -entiéndase geografía santacruceña- tenían querellas similares con el virrey de Buenos Aires. Este representaba una autoridad centralista y despótica con respecto a la legiones subalternas del virreinato (tanto Charcas como del río de la Plata) cada una de ellas con su propia fisonomía histórica y cultural y con intereses económicos en colisión permanentemente e irresuelta con la metrópoli bonaerense. José Antonio Medina al prestar su confesión en el proceso abierto por Goyeneche, dijo “que le comprobaron e influyeron a tomar parte en los sucesos de esta ciudad -de La Paz- los acontecimientos de Montevideo ”,
La Junta que se forma en La Paz el 16 de julio de 1809, construye una instancia histórica aunque va a tener una duración efímera. Concluimos, que su conducción a veces sin carácter, se mostró sinuosa y ésta será su propio escarmiento.

Chuquisaca. Jueves 25 de mayo de 1809
Así no tardaron en arribar a las capitales portuarias suramericanas “representantes comprometidos” con las distintas expresiones reales. Llegaron “fernandistas”, “carlistas” y “carlotistas” sin olvidar los leales al monarca francés apropiado del trono, iniciándose un juego turbulento de divisiones que afectaba también el naciente movimiento libertario suramericano. Bajo estas delicadas circunstancias llega el 19 de agosto de 1808 al puerto de Montevideo un personaje oscuro, intrincado y sagaz empeñado en alimentar todas estas líneas monárquicas a la vez: el arequipeño y brigadier realista José Manuel de Goyeneche. Señala Antonio Díaz de Villamil en su tomo II de Historia de Bolivia19
(...) “que venía precedido de este importante rango y mandato otorgado “intempestivamente” por la Junta Central de Sevilla para esta misión. Pues si algo caracterizaba a Goyeneche era su falta total de escrúpulos y falsedad de compromiso. Había asumido a la vez, representar al gobierno francés para que las colonias de América reconocieran a José de Bonaparte. Y al pasar por Río de Janeiro se había entrevistado con la Infanta Carlota de Borbón esposa del Príncipe Regente de Brasil y hermana de Carlos IV, aceptando similar obligación”.
Cuatro días después del 23 de agosto de 1808 se entrevistó también con el virrey Liniers, pero dábase cuenta de la situación adversa que transitaba por lo que esperó un tiempo y optó por otra salida, la de las tierras altas (o altoperuanas). De Buenos Aires se trasladó a Chuquisaca llegando a fines de febrero de 1809. Y continúa Díaz Villamil sobre él:
(...) “que el arzobispo Benito María de Moxó y Fráncoli, que ya tenían noticias de su llegada, lanzó una pastoral invitando a los feligreses a recibir con demostración de júbilo al enviado. La recepción fue pomposa hasta con la colaboración del presidente de la Audiencia de Charcas don Ramón García León y Pizarro -el mismo que fundará Orán en el chacosalteño en agosto de 1794- quien ya contaba con casi Ochenta años. Reunidos con asiduidad los tres personajes de manera secreta primera y luego pública, Goyeneche complicó de sobremanera a éstos, consiguiéndoles el mote político de “carlotistas”, pues su postura política era anexar “temporalmente” estas extensas y ricos territorios al reinado portugués hasta que se dilucidara quien legítimamente era heredero del trono español. Pero poco tiempo pasó hasta que esta pretensión hallara resistencia entre funcionarios y los Oidores, principalmente en Joaquín Boeto presidente de la Academia Carolina. Circunstancialmente éste increpó con dureza al llegado expresando su descontento”.
Y prosiguiendo, el referido historiador sostiene:
“que estos incidentes provocados por el conspirador Goyeneche fueron conocidos por el pueblo de Chuquisaca. Decanos y universitarios se pusieron inmediatamente al lado de los oidores de la Audiencia. Las gentes aún resistía la cultura de siglos a favor del rey acostumbrada a obedecer y considerarlo dueño de sus destinos, por ello ahora preso y víctima reaccionó a favor de los instigados, distinguiéndose los oidores Uzón, Ballesteros, los hermanos Jaime y Manuel Zudáñez y José Manuel Mercado quienes hallaron la ocasión para predicar sus ideas libertarias. Lo que se inició en tempranas horas con vivas al rey Fernando VII terminó horas después en un movimiento social-político que clamaba por la libertad de estas colonias, influenciados por el sector patriota que se había esparcido entre la sociedad.
El descontento era creciente y en la tarde del día jueves 25 de mayo de 1809, el presidente de la Audiencia resolvió reprimir tal propaganda, ordenando apresar a los revoltosos, muy especialmente a los doctores Zudáñez. Llegada la guardia a casa de estos sólo se encontraba Jaime Zudáñez, quien preso al ser conducido por las calles continuaba expresándose en contra de la princesa Carlota promoviendo aún más al vecindario hasta que la gente acompañó al reo resistiendo las órdenes de las milicias; de pronto los vecinos tocaron arrebato en los campanarios y encendieron hogueras clamando libertad para los oidores de la Audiencia”
Culmina así, el mencionado escritor. Evidentemente Pizarro no sospechaba que su orden iba a causar tanta adversidad y movilización por lo que dispuso que los pocos soldados que tenía amedrentaran y dispersaran la gente, equivocándose nuevamente, pues el pueblo permaneció hostil y luego armados atacaron el Palacio de la Audiencia tomando preso al Presidente; se vivían horas históricas y decisivas. El pueblo Chuquisaqueño permaneció rebelde hasta el día siguiente. Siendo uno de los hombres más confiables el coronel con asiento en lo subdelegación de Yamparáez don Juan Antonio Álvarez de Arenales, quien era español de nacimiento.
Sobre esta circunstancia el presidente de la Academia Boliviana de la Historia Valentín Abecia Valdivieso20 transcribe sus crónicas:
(...) “que los principales autores del movimiento resolvieron darle la trascendencia que necesitaba. Y dispuestos a propagar la rebelión así decidida se lanzaron como apóstoles de las nuevas ideas y libertad a las principales ciudades de la audiencía. Marcharon con destino a la Paz los doctores Mariano Michel y Mercado, a Cochabamba Alzérreca y Pulido, hacia Santa Cruz de la Sierra, Joaquín Lemoine, a Potosí, Tupiza y Jujuy marchó Bernardo de Monteagudo y a Buenos Aires el doctor Mariano Moreno, la obra estaba iniciada sólo faltaba que hombres más resueltos le dieran su sangre para hacerla sagrada y digna del triunfo”.
Otro notable escritor de preclara visión que incursionó sobre los orígenes de la enigmática y vieja nación altoperuana, fue Charles W. Arnade, quien con su original versión escrita en inglés y luego traducida al castellano como “La dramática insurgencia de Bolivia”21, sobre este intrincado punto que se relaciona con los legítimos intereses de la princesa Carlota en su aspiración al trono, luego de la abdicación de Carlos IV y Fernando VII, entre sus páginas escribe:
(...) “Cuando la Audiencia de Charcas rehusó reconocer a la Junta de Sevilla se complicó todo, pero asimismo acusó a García León y Pizarro y Benito de Moxó y Francolí de violaciones graves a las leyes españolas. Ello en virtud que el Presidente y el Arzobispo decidieron contestar las cartas de Carlota en un sentido que pudo ser fácilmente interpretado como favorable a sus derechos dinásticos. La Audiencia entonces acusó a ambos de traición. El mejor medio para contener la ambición del “carlotismo ” y la princesa Carlota propiamente en Charcas, fue explotar con energía el cargo de aquellos que favorecían sus derechos de entrega a un país extranjero de estas colonias, eran traidores. Los grupos defensores usaron esta especie diligentemente para alborotar a las masas y forzar a la Audiencia a adoptar una posición firme contra los derechos de Carlota. En diciembre de 1808 fue iniciada una campaña de rumores, acusando a Moxó y Pizarro de desear la entrega de Charcas a los portugueses. La Audiencia concurrió, acusando al Arzobispo de haberse convertido en una víctima de “las palabras seductoras’’ de Carlota, intentando “separar estas colonias de su monarca ”, y diciendo que el Presidente “estaba manejado ” por el Arzobispo. Esta fue una campaña de subversión. En realidad, los supuestos derechos de Carlota pudieron haber sido discutidos por más honestos medios.
Se dijo también que Carlota estaba realmente descartada de cualquier derecho al trono español, por la Ley Sálica de Felipe V de 1713, la cual descalificaba a las mujeres para el gobierno de España. La abrogación de la Ley por Carlos IV en 1789, guardada en secreto por la real familia debido a la posible oposición que podría suscitar, era conocida por un reducido número de favoritos de la Corona. El arzobispo Moxó era uno de esos pocos, desde que él fue un amigo personal del poderoso Manuel Godoy, gran Ministro de Carlos IV y amante de la reina. Naturalmente, la procedencia era de las fuerzas anticarlotista, Moxó insistió que la Ley Sálica era nula, pero su única prueba era que él había sido favorecido en la revelación de este secreto cuidadosamente guardado. Pero todo era insuficiente, guardaba el cargo de traidor”.
En vista de estas graves contingencias y transcurridos no pocos hechos, Pizarro, finalmente el 23 de mayo de ese año 1809 decidió pedir al Intendente de Potosí, Francisco de Paula Sanz, el envío de tropas a la ciudad. Esto vino a ser conocido por la oposición el 24 de mayo y fue considerado de una naturaleza seria. Por tanto, aquella noche, los revolucionarios constituidos por la Audiencia, parte del claustro universitario y el Cabildo, convocaron a una reunión urgente en la casa del Regente, José de la Iglesia. Se decidió que las fuerzas unidas de la Audiencia, Cabildo, y claustro se armaran a sí mismas y patrullarían la ciudad. Se determinó también que la Audiencia, en Real Acuerdo depondría al presidente al día siguiente.
En la mañana del 25 de mayo Pizarro fue informado de la abierta insurrección de la Audiencia y sus aliados. Ordenó el arresto del personal Ejecutivo de la Audiencia, oidores, regentes y el fiscal, más el abogado para los pobres, Jaime Zudañez. Aparentemente Pizarro estaba advertido que Zudáñez era uno de los espíritus gestores de la revolución. Pizarro basó su acción en la acusación de que la Audiencia había violado una cierta sección de las Leyes de Indias (Recopilaciones) la cual prohibía a la Audiencia investigar al Virrey y al Presidente. La oposición fue informada de los inminentes arrestos, y fue a esconderse. Hacia las siete de la noche sólo Jaime Zudáñez fue localizado y arrestado.
El citado escritor Arnade, señala en su referenciado texto:
(...) “Fue conducido por seis soldados y un oficial a través de las calles a un cuartel en el centro de la ciudad. A lo largo del camino Zudáñez fue gritando a grandes voces de modo que en las calles próximas pudieran oírle: “ciudadanos, me están llevando para ahorcarme”. Aunque Zudáñez no había sufrido abusos de los soldados, esta gritería estaba calculada para incitar al pueblo y produjo un efecto sorprendente. Pronto las calles de la pequeña ciudad de Chuquisaca se animaron de gente: la luna llena estaba tan brillante como si fuera de día. En vista de la agitación, Zudáñez fue introducido en la casa del Presidente. El populacho gritando, incontrolado, algunos disparando al aire sus armas de fuego, comenzó a marchar lentamente a la casa del Presidente. El grito ¡Viva Fernando! ¡Viva Fernando!, resonó en muchas partes. Bruscamente, los ocultos miembros de la Audiencia, Cabildo y claustros se encontraron en las calles. Habíase iniciado la revolución. Y el 25 de mayo de 1809 marca el principio de la Guerra de la Independencia en Charcas. Pero pocos de los que tomaron parte en el drama de aquel día, lo comprendieron así”.
Y prosigue el referenciado doctor Arnade:
(...) “El populacho vociferó frente a la casa de Pizarro y furioso el pueblo forzó la pesada puerta, saqueó el lugar y aprehendió al viejo Presidente quien fue conducido a una habitación de la Universidad siendo puesto bajo arresto. El Arzobispo Moxó corrió igual suerte horas después. Tras deponer al Presidente, la Audiencia asumió todos los poderes en nombre de Fernando VII, a las cuatro de la mañana del día 26 de mayo de 1809 era solo nominalmente responsable ante el Virrey de Buenos Aires y directamente ante el rey prisionero. Inmediatamente, el nuevo gobierno colonial de la Audiencia tomó varias importantes medidas. Designó al coronel Arenales como Comandante General de Charcas y le pidió organice una fuerte milicia. Arenales estaba perplejo. Era peninsular pero comprendió que la Guerra de la Independencia había comenzado. Creía que esta guerra era inevitable. Las autoridades de la Audiencia ignoraban que estaba en manos de revolucionarios y decididos hombres. Nombraron así delegados hacia distintos. Monteagudo partió a Potosí y Tupiza, Joaquín Lemoíne a Santa Cruz de la Sierra, un tal Manuel Arce fue a Oruro, y Tomás Alcérreca, en compañía de cierto Pulido, cuyo primer nombre se desconoce, lo hicieron a Cochabamba, la misión repetir lo sucedido en Chuquisaca bajo la apariencia o careta de: ¡Viva Fernando Séptimo, la Audiencia es nuestra Junta y no Sevilla; abajo Carlota y sus traidores!”.
Cada instante que transcurría se acrecentaba el ideario libertario en el Virreinato del Perú y del Río de la Plata, comarcas, pueblos urbes enteras se preguntaban: ¿a dónde conduciría la libertad?

13     Muñoz Cabrera, Juan R. “La Guerra de los Quince años”. Imp. Independiente, Santiago de chile. Año 1867.
14     Webster, C. K. “Gran Bretaña y la Independencia de América”. Bs. As. Año 1944. Tomo I
15     Finot, Enrique. Ob. cit
16     Pereyra, Carlos. “Historia de la América Española”. Ed. Calleja. Madrid. Año 1924. Tomo II.
17      Roca, José Luis. “1809 La revolución de la Audiencia de Charcas en Chuquisaca y La Paz”. Plural ediciones. La Paz -Bolivia
18     Moreno, Rene Gabriel. “Últimos días coloniales en el Alto Perú”. La Paz. Librería  editorial GUM. La Paz. Bolivia. Año 1940.
19     Díaz Villamil, Antonio. “Historia de Bolivia”. Tomo II. Editorial Popular. Año1986. La Paz. Bolivia
20     Abecia Valdivieso, Valentín. “Introducción a la Historia de Bolivia”. Editorial La Paz. Año 1946.
21     Arnade, Charles W. “La dramática insurgencia de Bolivia”. Lib. Juventud. La Pazaño 2004.