Anécdotas de Willy Arduz Ruiz

Escrito por  Feb 26, 2017

Heberto Arduz Ruiz

DE MODAS Y PEINADOS
A la llegada del mediodía la familia se congregaba en el comedor, en una época en que aún no habían nacido los dos hermanos menores, Marcelo y Fernando; pero ya éramos tres y sumados a nuestro padre, madre y la segunda mamá, Rosenda la abuela, la familia alcanzaba a la media docena. Extrañamente Willy, el tercero en edad cronológica, en algún momento de aquellos fue el último en tomar asiento y suelto de lengua comentó que pasó por la avenida Domingo Paz y en el edificio de la Universidad observó la fotografía de un señor que lucía el mismo peinado que él; tratándose nada menos que del mismísimo Juan Misael Saracho, cuyo nombre lleva la casa superior de estudios de Tarija en justo homenaje a tan ilustre servidor de la instrucción pública en Bolivia.

El estilo de la extraña moda no fue otro que abundante cabello aplanado hacia atrás por la gomina, en dosis que presionaba los sorprendidos ojos grandes de Willy. Él definitivamente quedó feliz con el hallazgo de la fotografía del famoso Juan Misael. Ya eran dos.
Chiquillos aún, bautizamos al peinado de tan importante personaje y de Willy Arduz Ruiz como lamidos de vaca golosa. ¡Para qué contaría Willy!

QUESO PARA EL RATÓN
Por paseo o simple entretenimiento, mejor dicho porque no contábamos en casa con un refrigerador, situación común en ese tiempo en Tarija, mi madre solía ir de compras al mercado cada dos días acompañada de una empleada doméstica, que por entonces –sin entes corporativos ni politización excesiva, hasta en la sopa- permanecían media vida integrando la familia.
Al retorno de mamá a casa, situada a media cuadra de la plaza principal y a tres del mercado central, Willy, aguzando el sentido del olfato, le pedía que le invitara el queso fresco que portaba la criada en la canasta. Nunca fallaba. En cambio en otras ocasiones no podía soportar el olor a las chirimoyas que provenía de los productos adquiridos. ¡Nada detestaba tanto!
UN EXCELENTE JINETE Y CORREDOR
En los dos periodos de vacación estudiantil, en la finca Willy tenía asignado un caballo llamado Alazán, de porte distinguido, mucha energía y mansedumbre. Entre los nueve y diez años de edad, mi hermano con sólo jalar de modo brusco la rienda y propinarle un pequeño latigazo hacía que el animal se parara sobre sus dos patas traseras, previo relincho, al estilo típico de las películas mejicanas que durante la infancia admiramos mucho.
Cuando de retorno a la ciudad aparecíamos en el barrio montando cada uno su caballo, los amigos se agolpaban para ver la llegada y Willy, con un timbre de orgullo de por medio, desplegaba la demostración gracias al dominio y complementación de su fiel compañero Alazán.
Aparte de ello y antes de que el arrendero volviera a la propiedad llevándose los caballos, íbamos con los amigos y vecinos del barrio Las Panosas (los hermanos Suárez, Soruco, Pino, Kohlberg y otros) a la avenida costanera a jinetear y hacer carreras, cruzando para dicho efecto por la propia plaza Luis de Fuentes. ¡Qué tiempos aquellos!
Pasados unos años, Willy cambió el caballo por la motocicleta y tanto en Tarija como en Sucre fue un corredor imbatible. Contados reporteros radiales tras cada victoria lo asediaban con preguntas; debido a una marcada timidez, que lo acompañó hasta su mayoría de edad, rehuía el contacto y se marchaba aprisa. Lo importante significaba la victoria, no lo que pudiera decir a la prensa.
Siguió corriendo hasta que muy jovenzuelo se casó, tuvo su primer hijo y nuestros padres le prohibieron que siga compitiendo, debido al riesgo que entrañan estas pruebas. Largo tiempo fue todo un campeón. Después de aquella determinación paterna, Willy continuó manejando moto y lo admirable estriba en la cantidad de amigos que a su paso por las calles lo saludaban efusivamente. Él bajaba y subía la cabeza, levantando al propio tiempo una mano, para contestar las expresiones de amistad. Ya hubiese querido cualesquier político acumular semejante grado de popularidad, vaya donde vaya. La innata sencillez y verdadero carisma constituían el imán que atrajo a tanta gente que hoy lo recuerda.
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Willy, querido hermano, ofreciste el último adiós a esta escarpada viña del Señor, de la que partiste hace poco más de mes y medio; refugio terrestre en el que algunos seres apuran el viaje de retorno ausentándose antes que otros, quizás para no continuar recibiendo el rigor de inevitables padecimientos que dañan el organismo y laceran el alma. Adiós.