Crónica de la tercera edad Estoy aprendiendo

Escrito por  Heberto Arduz Ruiz Jun 04, 2017

…a vivir la vida con más calma, ahora que el correr de los días se hace patente y, para decirlo de algún modo, la visita del calor del sol a mi ventana va acortándose. En este caso particular, cuando es tarde ya no hay que apresurarse…
…a evocar los momentos gratos que se aferran en la memoria, antes que ésta pueda esfumarse y no dejar vestigios de lo vivido. Es preciso, pues, tocar con la planta de los pies tierra firme y proyectar mentalmente la cinta de los recuerdos de ayer, hoy y mañana.

…a afianzar la fe, porque si ella no existe nada es sustentable para el humano. Viviría apesadumbrado en un mundo vacilante que roba ilusiones y lacera espíritus en vigilia. Fe en la fe misma, diría Unamuno.
…a gozar de la vida, ya que es una sola y debemos otear horizontes que varían con la edad y el vuelo de las hojas del calendario. Gozar de la existencia y disfrutar de cuanto nos place hacer, solazándonos, paladeando sensaciones.
…a viajar a fin de encontrarme a mí mismo, arrancado del entorno y alejado del paisaje habitual que desbroza penas y alegrías. Viajar en empleo de pupilas intrusas, impregnadas de admiración, a objeto de observar, meditar y –¿por qué no?- divagar y recoger aspectos dignos de análisis o situaciones curiosas.
…a templar el ánimo, en descarte de tristezas, jugando en compañía de los nietos o reviviendo, junto a los hijos, episodios importantes de nuestras vidas; o quizás, en otras situaciones, internándonos en la lectura o haciendo planes que tal vez no podamos realizarlos, por cuanto todo se difumina como la lluvia tras las montañas y las nubes, cargadas de recuerdos, que oscurecen y pronto en mutación admirable toman nuevas formas y surgen, cuando menos se espera, en atardeceres resplandecientes.
…a despreciar la fatiga que acompañó mi existencia, en años presurosos –viéndolos bajo la lupa del detenimiento- que quizás contribuyeron a ensanchar el alma para que entre al grueso cuerpo y elevar la mirada al cielo, en pos de sueños que aún sobrevuelan.
…a olvidar viejos agravios que no conducen a parte alguna, a no ser camino hacia el desconsuelo y la insatisfacción que no llegarán ni al umbral del más allá. No llevaremos nada, entonces ¿para qué la valija de rencores y desamores?
…a vivir y experimentar día a día más profundidad de sentimiento familiar, a la par que mantener continuamente la evocación de los seres queridos que se adelantaron en la partida y están más próximos que nunca al corazón. La vida y la muerte constituyen dos hitos importantes, de primer orden en la existencia humana. Ya lo dijo el admirable escritor Romain Rolland: A pesar de todo reverenciar la vida. Y reverenciar la memoria de los muertos, habría que acotar. La muerte de algunos de los nuestros acongoja el alma, no cabe dudSa; pero en similar o mayor medida se acrecienta la intensidad de amor por los que viven y nos acompañan dentro del cúmulo de hechos positivos y negativos que se intercalan y forman la cadena indisoluble del diario vivir.
…a despertar y esbozar una sonrisa, aunque nadie la vea, servirá de augurio en el nuevo día y permitirá enfrentar con optimismo los quehaceres cotidianos. La idea es cargar el ánimo, no perder la fe y tener pensamientos optimistas rumbo a una buena jornada, activando la mente y el espíritu.
...a cubrir mi cuerpo de abajo hacia arriba y a dormir de espalda, en actitud de bienvenida al sueño que sobrevendrá, sin encorvar la espina dorsal ni ante la propia muerte. Y quizás mi alma en fuga revolotee en otra dimensión, ¿sabrá alguien?
…a decir adiós callada y resignadamente, ausente de despedidas tediosas, arrepentimientos callados o promesas incumplidas. Simplemente hasta pronto.