Del libro: III Jornadas Misionales “Tarixa” En los 400 años del hallazgo de la “Santa Cruz” III.- La Santa Cruz de La Cueva En el Convento Franciscano de Tarija

Escrito por  Jul 02, 2017

En 1609 los chiriguanos “de la cordillera de Tarija” pidieron a la Audiencia de charcas sacerdote, ante este pedido, la Audiencia encomienda la labor a los franciscanos. Los Frailes delegaron al P. Agustín Sabio y el lego Fray Francisco Gonzáles y, por insistencia de los indígenas, se sumó el presbítero portugués Simón Sampayo, ya que él estuvo 4 años con los “indios” y conocía la lengua. El 2 de noviembre de 1609 llegaron a Potosí, allí bautizaron al capitán y a dos indígenas, el 22 de diciembre de ese año llegan a la región de Salinas y allí bautizan a más de 200 almas (l)
En 1616 Juan Porcel de Padilla era nombrado corregidor de la villa de Tarija, en ese año fundaba el pueblo Torres en el valle de Las Salinas, donde atendieron los religiosos franciscanos Observantes(2) Porcel de Padilla dejó al mando al Maese de Campo Don Lope Ruiz de Gamboa, con el fin de hacer frente a los chiriguanos. Es interesante resaltar que allí se llevó, por primera vez, un grupo de “negros”, que luego hicieron las funciones de soldados.

Ese año un indígena encontró en una “cueva” la “milagrosa cruz”, que fue llevada a Torres en procesión, donde fue venerada desde aquellos años por los milagros que se le atribuyeron y fue reverenciada por ser, según la tradición, reliquia de algún apóstol. En 1631, para su resguardo, fue donada por la Audiencia de Charcas al Convento Franciscano de Tarija, donde en la actualidad se conserva y, desde entonces, se ha convertido en un lugar de peregrinación de los devotos.
El hecho del hallazgo y los primeros datos de la Santa Cruz está registrado en la “Chrónica de la Provincia de San Antonio de los Charcas, del Orden de Nuestro Seráfico Padre San Francisco en Las Indias Occidentales en este Reino del Perú -1665-”, escrita por el P. Diego de Mendoza; en el documento se presenta un capítulo sobre el hallazgo milagroso de la “Santa Cruz” en el Valle de Salinas- Tarija, titulado: “Cómo se halló en tierra de infieles la milagrosa Cruz, que está en el Convento de nuestro Padre San Francisco de Tarija”.
La descripción se conecta con otras similares del siglo XVII: los relatos de la Cruz de Carabuco, de la crónica de Alonso Ramos Gavilán en su “Historia del célebre santuario de Nuestra Señora de Copacabana, y sus milagros, é invención de la Cruz de Carabuco: A don Alonso Bravo de Sarabia y Sotomayor, del abito de Santiago, del consejo de Su Magestad, consultor del Santo Oficio, y oydor de México”, publicada en Lima en 1621; y los relatos sobre Santo Tomás en la crónica de las misiones jesuíticas del Paraguay del P. Antonio Ruíz de Montoya “Conquista Espiritual Hecha por los Religiosos de la Compañía de Jesús en las Provincias del Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape”, escrita en 1639.
El P. Ruiz de Montoya habla de la tradición de la presencia de Santo Tomas en Brasil y Paraguay y del recuerdo de esa presencia en la memoria de los indios.
“De manera que ya queda conocido por Tomé en Brasil, Paraguay y Perú que este sagrado Apóstol haya pasado por el Brasil a, Paraguay y Perú, dícelo el P. Pedro de Ribadeneira, de nuestra Compañía, por estas palabras: ‘Y no solamente predicó el santo Apóstol a todas estas provincias y naciones, pero en el Brasil, escribe el P. Manuel Nobrega, Provincial de la Compañía de Jesús, que fué en aquella provincia, que los naturales de ella tienen notica de Santoa Tomé y de haber pasado por aquella tierra, y que muestran algunos rastros y señales de ellos, las cuales el mismo Padre había visto por su ojos”(3).
Como se leyó, desde la primera época colonial existía la tradición de que el apóstol Santo Tomás predicó en Brasil, Paraguay y pasó a Perú. Santo Tomás es el pescador de Galilea que dudó de la Resurrección del Señor y la tradición cristiana le atribuye la evangelización a las regiones orientales al Imperio Romano, como Siria, Persia e India. Sobre esta tradición había en el siglo XVI una recepción de que S. Tomás predicó el Evangelio entre a los nativos del Nuevo Mundo mucho antes del descubrimiento de América por Colón. Es así como se alimentó el “mito” del origen del “Profeta y de la Cruz” que se trasmitió de manera oral en las diversas generaciones.
Esta tradición se extendió por diversas regiones en los siglos XVI y XVII y tuvo diversas recepciones locales. Una en Carabuco a orillas del Lago Titicaca y otra en el Valle de Salinas.
Primero, Ramos Gavilán anotó que el Profeta fue reconocido como sabio por los indígenas del lago Titicaca y por eso lo llamaron “Tunupa”, él estuvo en las orillas de Lago predicando y a causa de esto fue martirizado por los indígenas, quienes atándole le echaron en una balsa al lago, pero milagrosamente junto a él apareció una Señora (la Virgen de Copacabana) que guio el bote y fue abriendo el actual Río desaguadero. Cuentan que donde quedó la balsa crecía una palma como símbolo de su martirio.
Sobre la cruz nos dice que los indígenas deseaban extinguirla de diversas formas, primero la enterraron y ella volvió, intentaron quemarla y ella fue incorruptible, luego de estos fallidos intentos se la colocó en la capilla de Carabuco y fue venerada como reliquia por ser milagrosa.
Por su parte, el P. Diego de Mendoza en el relato del hallazgo de la “Santa Cruz” en Salinas hace un paralelo a estos relatos de la época. Dice que un domingo de 1616 cuando un “indio” que salió a cazar, persiguiendo un venado, se internó en el bosque hasta llegar a una cueva en la cual encontró una cruz:
“Quedó el Indio con novedad tan extraña, cuanto ajena de paraje tan desierto, casi inmóbil de admirado, la sangre helada en las venas, turbada con tan rara visión la vista, inquieto de temeroso el espíritu, en pie el cabello y embelesado el discurso; hasta que socorrido de christianos afectos pudo cobrarse, para rendir las rodillas y postrar el rostro en tierra con reverencial respeto, vuelto algo en sí, del mucho aliento perdido, prorrumpiendo en lágrimas su alborozo, con devotas demostraciones y tiernas señas, llegó de rodillas a la Santa Cruz, y puso en ella con toda humildad y reverencia los labios, y con rendimiento los ojos, en señal de obediencia, y vasallaje, que con profunda adoración le rendía, como a Real bandera y estandarte de nuestra redención, armas de Christo Señor Nuestro, y universal defensa de todo el christianismo”
La Cruz, según el relato del P. de Mendoza, es de quinaquina (madera que se encuentra en la región de gran dureza y peso), con dimensiones de 15 pies (4,57 m) de largo y de dos tercias (0,56 m) de ancho, es descrita de la siguiente manera:
“una Cruz de un grueso madero de árbol de quinaquina, de los muchos que crían aquellas montañas, era de hasta quince pies de largo, y de dos tercias en redondo de grueso, vestido de su natural corteza, y con tres clavos de la misma madera, ochavadas las cabezas, dispuestos en forma en los brazos y pie, en prueba que estuvo en algún tiempo enarbolada aquella Santa Cruz, en la tierra, mostrábase algo ajado de la humedad el extremo del pie, casi una bara”
Luego de hallazgo el indio fue a dar noticia a los demás y trasladaron en solemne procesión la Santa Cruz al pueblo (fuerte) de Torres. La tradición cuenta que el dueño de la Santa Cruz fue un Profeta que portaba este santo madero y lo describe como un hombre de rostro blanco, barba larga y cabellos dilatados vestidura larga y túnica:
“... por antiquísimas tradiciones de aquellos Infieles, heredada de padres a hijos y de abuelos a nietos, conservada en sus memorias, fue que un hombre de alta disposición, blanco de rostro, de barba larga, dilatado el cabello, que usaba de vestiduras largas hasta casi los pies, la túnica y la capa o manto en cuadro, como le usan los indios, andaba con aquel madero, predicándoles que Dios había venido al mundo y que había muerto en otro madero como aquél, y viendo que no le querían creer ni admitir su doctrina, había recogídose en aquella cueva, donde estuvo mucho tiempo y se había ido más adelante y dejado aquel madero en aquella cueva; y no tenían más noticias de sus antiguos ni sabían más que sus pasados les decían, cómo aquel hombre, que no sabían de donde había venido, había dejado allí sus armas, que era aquella cruz, y se había desaparecido...”
Otro aspecto importante es el relato de los milagros que se atribuyeron a la Cruz:
La curación de un soldado herido por una estocada, que fue sanado con el aserrín de la Santa Cruz que se le puso en la herida.
Otro milagro fue que la cruz no se quemó cuando los “indios” chiriguanos asaltaron e incendiaron la capilla y fue sacada de la iglesia en llamas por un hombre devoto que la llevó en hombros, sin sufrir quemaduras, a pesar que era imposible para un solo hombre.
En la ciudad de Tarixa se le atribuían diversos milagros curativos y en tiempo de sequía se sacaba la Santa Cruz en procesión para las “rogativas”.
En 1631 la Santa Cruz fue donada por la Audiencia de Charcas al Convento Franciscano de Santa María de Los Ángeles de la Villa de Tarixa, cuando estaba de Guardián el Padre Predicador Fray Estevan de Masquiran. Los motivos de la donación fueron: primero, la imposibilidad de la atención religiosa que podían hacer los frailes de Tarija por la alejada ubicación del pueblo de Torres; y segundo, el temor de la pérdida de la reliquia sagrada, ya que los “negros” del fuerte militar varias veces la “habían llevado al monte”.
Desde ese año la milagrosa Cruz está custodiada en el Convento San Franciscano de Tarija, que desde entonces es un centro de peregrinación tanto de los pobladores del Valle de Salinas como de todos los devotos del sur. Esta Cruz es una de las reliquias más antiguas de la región que la devoción popular y la vida devota de los franciscanos pudieron conservar como símbolo de fe.
El contenido del relato del hallazgo de la “Cruz de la Cueva” pertenece a la narrativa religiosa de la primera época de evangelización, por eso es posible su relación narrativa con los textos de Ramos Gavilán y Ruiz de Montoya y se puede, por medio de ellos, conocer la vertiente catequética post-tridentina.
Actualmente la Santa Cruz se encuentra en la capilla de confesiones, en la nave izquierda de la Basílica de San Francisco de Tarija. Para su conservación está en una custodia de madera y vidrio. Allí recibe a todos los fieles devotos que elevan sus oraciones al Salvador
VI.-1616. CÓMO SE HALLÓ EN TIERRA DE INFIELES LA MILAGROSA CRUZ, QUE ESTÁ EN EL CONVENTO DE NUESTRO PADRE SAN FRANCISCO DE TARIJA

(*) en Mendoza D. de, Chrónica de la Provincia de San Antonio de los Charcas, del Orden de Nuestro Seráfico Padre San Francisco en Las Indias Occidentales en este Reino del Perú -1665-, La Paz, 1976, págs. 120-124.

No menos milagrosa fue la invención y conocimiento de la Santa Cruz de Tarija, tan venerada por sus continuos milagros, como reverenciada por reliquia de algún Apóstol o Discípulo del Señor (según tradición antigua de los indios infieles de aquel partido), donde se halló después de tantos años oculta. El año de mil y seiscientos y diez y seis, siendo el Capitán Juan Pórcel de Padilla, Corregidor de la villa de Tarija, por capitulaciones, que con su Majestad hizo, cuando fundó a su costa un pueblo en el valle de las Salinas, entre los Indios de guerra Chiriguanaes, a quien llamó el pueblo de las Torres, por haberle murado a su defensa de muchas torres, habiendo dividido aquel partido por sus quiebras y valles, entre los Capitanes Españoles que llevó consigo, porque de sus negros esclavos, que eran en cantidad, hizo presidio de el fuerte; y fueron después tan diestros en las armas de fuego, que por sí solos sustentaron la guerra muchos años con los indios enemigos. En el término del valle de Salinas y pueblo de las Torres, que cupo por repartimiento al Capitán Roa, vecino de la villa de Tarija, a quien puso por nombre San Antonio de Padua, por el afecto y devoción que al glorioso Santo tuvo, siendo Maesse de Campo de aquel breve, si bien formado escuadrón, Don Lope Ruiz de Gamboa; un Indio de los nuestros, christiano (que vivió hasta la traslación de la Santa Cruz del pueblo de las Torres a nuestro Convento de Tarija), de quien por extenso supimos en forma el caso, concordante con lo escrito auténtico. Saliendo el contenido un domingo de mañana con otros indios del Capitán Roa, a cortar madera para la labor de aquellas nuevas campiñas, que pretendían cultivar a su sustento; este indio se adelantó media legua del valle entre un áspero bosque, con arco y flecha, a cazar algunos venados, de los muchos que habitan aquellas selvas; y siguiendo a uno de gentil disposición y no menos ligereza, que manifestó al ruido del cazador, informado antes del oído que de la vista, a determinar la fuga; siguiéndole el Indio, codicioso de la presa, rompía dificultades de ramas, saltaba tropiezos de troncos, trepando estorvos de riscos y fijando en él la mira como blanco de sus diligencias, a breve espacio, le vio ocultarse en una gruta de dos rajados peñascos, donde juzgando ser su propia madriguera, llegó atento, cuidadoso de algún emboscado peligro de considerable riesgo, por los muchos tigres, ossos y onzas de que abundan aquella espesura (hasta entonces, al parecer, no hollada de humanas plantas, por lo agrio de su aspereza y desierta habitación). Apenas se hizo dueño de la rotura del peñasco, por donde el gamo halló entrada a su refugio, cuando descubrió por entrañas de aquel risco una obscura cueva (que sin duda fue albergue de algún Apóstol o discípulo suyo, según manifestaron las señas y despojos, que ocupaban sus espacios). A la puerta de la cueva hacía apacible somvra una gruesa y hermosa palma silvestre, y por encima del peñasco se arrojava al suelo un arroyuelo de agua en pocos hilos deshebrado, suficiente a la sed del que habitó aquel desierto; y al riego, sus vertientes de muchas plantas de su contorno; entro de la cueva, sobre tres pirámides de medianas piedras, descansaba una Cruz de un grueso madero de árbol de quinaquina, de los muchos que crían aquellas montañas, era de hasta quince pies de largo, y de dos tercias en redondo de grueso, vestido de su natural corteza, y con tres clavos de la misma madera, ochavadas las cabezas, dispuestos en forma en los brazos y pie, en prueba que estuvo en algún tiempo enarbolada aquella Santa Cruz, en la tierra, mostrábase algo ajado de la humedad el extremo del pie, casi una bara. Todo el suelo de la cueva estava trillado de varias huellas de diversos animales de aquellos bosques (que según tradición antigua de aquellos bárbaros), en las tempestades y tormentas de aquel clima, se recogían a aquel refugio (por disposición divina, que les previno el reparo a sus peligros, en la sombra y compañía de aquel Santo Madero), porque a él sólo recurría el venado fugitivo, pudiendo librar más seguro, de manos del cazador, en las cumbres de los montes o en quiebras de aquellos riscos; mas, suele de sacro amparo en la cueva la inmunidad de la Santa Cruz, que le valió por entonces, al reparo de su vida.
Quedó el Indio con novedad tan extraña, cuanto ajena de paraje tan desierto, casi inmóbil de admirado, la sangre elada en las venas, turbada con tan rara visión la vista, inquieto de temeroso el espíritu, en pie el cabello y embelesado el discurso; hasta que socorrido de christianos afectos pudo cobrarse, para rendir las rodillas y postrar el rostro en tierra con reverencial respeto, buelto algo en sí, del mucho aliento perdido, prorrumpiendo en lágrimas su alborozo, con devotas demostraciones y tiernas señas, llegó de rodillas a la Santa Cruz, y puso en ella con toda humildad y reverencia los labios, y con rendimiento los ojos, en señal de obediencia, y vasallaje, que con profunda adoración le rendía, como a Real bandera y estandarte de nuestra redención, armas de Christo Señor Nuestro, y universal defensa de todo el christianismo. Al peso que ante su turbación, fue después el alborozado esfuerzo con que salió de la cueva, con más alegría que pudiera manifestar la codicia humana, si en ella huviesse hallado el más rico temporal tesoro; pues pareciéndole corta la mayor distancia, salió de la cueva más veloz que había venido, corrió ligero a dar parte de aquel celestial prodigio a la gente que había dexado cortando madera, en la vecina montaña; y no cabiéndole de inquieto el corazón en el pecho, pasó adelante a dar cuenta de aquel tan extraño caso a los Españoles del pueblo de las Torres y a todos los que encontrava en el camino y moraban en aquel distrito. Otro día el Maesse de Campo Don Lope Ruiz de Gamboa, con todos los soldados y gente que se halló en aquel partido, fueron a la cueva donde la Santa Cruz estaba, guiándolos el Indio descubridor, y con mucha reverencia, devoción y lágrimas, habiéndola adorado, la llevaron en procesión al pueblo de las Torres, en el Valle de las Salinas, en hombros de doce hombres, por ser de muchísimo peso. Depositáronla en la Iglesia Parroquial, haciendo todos de mancomún, donación de aquella santa reliquia, al Convento de nuestro Padre San Francisco, que allí se fundase, habiendo señalado el Maesse de Campo sitio y lugar para su fundación Luego, manifestó Dios ser aquella reliquia milagrosa; porque habiendo reñido unos soldados sobre algunas diferencias (que nunca faltavan porfías, antes siempre sobraban contiendas en la milicia), salió uno de ellos, llamado Francisco del Cerro, atravesado el cuerpo de una estocada mortal, que apagava una hacha por la herida y se desatava en sangre, sin poderle hacer cura de importancia, así por falta de cirujano y medicinas, como por el riesgo grande de la herida, hasta que a falta de los remedios humanos, acordaron de recurrir al Divino, para o cogerle la sangre o repararle la vida diéronle en agua unos polvos de aserradura de la Santa Cruz; y fue tan milagroso remedio, que luego, no sólo se le restañó la sangre, más estuvo bueno, y dentro de cuatro días se halló sano de la herida, sin otra humana diligencia, y vive en la villa de Tarija, pregonero de esta maravilla en su persona. Con tan evidente milagro, creció la devoción en los fieles, que reconocidos a tan soberano beneficio fueron todos a dar gracias a Dios a la iglesia, adorando con mayor reverencia aquella preciosa reliquia, como aprecio de algún Apóstol o discípulo suyo, hasta entonces oculta en aquel desierto, a mayor confirmación de nuestra santa fe y milagroso reparo de aquella tierra, en sus necesidades y peligros, como cada día experimentan. Sucedió poco después, que dando un improviso asalto los Indios Chiriguanaes al pueblo de las Torres, en una noche lóbrega y lluviosa, como tan vecinos y declarados enemigos, pusieron fuego a la iglesia, por las cuatro partes en cuadro, (como menos defendida) y acudiendo la gente christiana a apagar el incendio, viendo ya toda la iglesia abrasada, un soldado lleno de viva fe y devoción a la Santa Cruz, se arrojó por enmedio de las llamas, cuando más voraces ardían, con resolución de librar de aquel fuego la santa reliquia, y abrazándose con ella (siendo tan pesada, que fueron menester doce hombres para traerla) la sacó por medio de las llamas, tan ligeramente, como si no tuviese peso alguno; y menos padeció lesión alguna, sólo la Santa Cruz, sacó la señal del fuego, por memoria del prodigio en un lado, sin haber prendido en ella el fuego, tan voraz, que hasta el cáliz, que estaba encima de el altar, quedó hecho una plancha de plata, derretido y las paredes de la iglesia, más ceniza, que tierra. Muchas diligencias se hicieron, así por el Maesse de Campo Don Lope Ruiz de Gamboa, como por el Corregidor de la villa de Tarija y nuestros indios cristianos con los de guerra, entre los más antiguos de los que salen a Tarija en el tiempo de seca, a sus rescates, en razón de averiguar el origen de esta Santa Cruz, y quien fuese su autor y habitador de aquella cueva donde se había hallado; y lo más que pudo averiguarse por antiquísimas tradiciones de aquellos Infieles, heredada de padres a hijos y de abuelos a nietos, conservada en sus memorias, fue que un hombre de alta disposición, blanco de rostro, de barba larga, dilatado el cabello, que usaba de vestiduras largas hasta casi los pies, la túnica y la capa o manto en cuadro, como le usan los indios, andaba con aquel madero, predicándoles que Dios había venido al mundo y que había muerto en otro madero como aquél, y viendo que no le querían creer ni admitir su doctrina, había recogídose en aquella cueva, donde estuvo mucho tiempo y se había ido más adelante y dejado aquel madero en aquella cueva; y no tenían más noticias de sus antiguos ni sabían más que sus pasados les decían, cómo aquel hombre, que no sabían de donde había venido, había dejado allí sus armas, que era aquella cruz, y se había desaparecido; mas, no obstante de no haberle creído, conservaban allí aquel madero, por memoria de la venida de aquel hombre tan peregrino, y fuera de el uso de ellos, sin atreverse ninguno a llegar a él, porque así se lo habían mandado sus padres y mayores. Esto fue lo más que de aquellos infieles pudo averiguarse, entre los más antiguos de ellos y que mejor observaban las memorias de sus pasados, sin que por diligencia alguna de las muchas, que por los españoles y nuestros Religiosos se hicieron (que fueron los que más familiarmente trataron a aquellos infieles), se pudiese descubrir más luz, ni que hubiesen visto a español alguno, en sus regiones, antes de la población de El Valle de Tarija y la de las Salinas; siendo así, que nuestros Religiosos les sirvieron de Curas, en la fundación del pueblo de las Torres; y desde el de Tarija iban todos los años al de las Torres a confesar su gente y administrarles los sacramentos.
El año de mil y seiscientos y treinta y uno, viendo nuestros Religiosos de la villa de Tarija, cuán imposibilitada estaba de poder ir adelante la fundación del pueblo de las Torres en el valle de las Salinas, por estar su fundador en edad decrépita y ciego, y que cada día se iba despoblando aquella fundación, sin haber quedado en ella más que los negros del fundador, hubieron de recurrir a la Real Audiencia de los Charcas, con la donación de la Santa Cruz, hecha a nuestro Convento y Orden y con auténtico informe de la imposibilidad de aquella fundación y del conocido riesgo de perderse entre aquellos infieles, aquella santa reliquia; ganamos provisión de la Real Audiencia, para traer al convento de nuestro Padre San Francisco de la villa de Tarija la Santa Cruz; que con no pequeña dificultad, sí, grande devoción, lo pudo conseguir con buen efecto el Padre Predicador Fray Estevan de Masquiran, Guardián de aquel Convento; porque los negros del pueblo de las Torres, por no perder aquella reliquia, la habían escondido en el monte, mas en fin se halló y trajo con grandísima veneración, regocijo espiritual y festivas demostraciones de devoción, con que salió a recibirla y se colocó en la iglesia de nuestro convento, con mucha reverencia, en el altar mayor, hasta que se trasladó a la iglesia nueva, en una capilla del crucero, al lado del Evangelio, el año de mil y seiscientos y cuarenta y cinco, donde está con toda decencia y veneración; y cada día obra Dios, por esta Santa Reliquia, muchas maravillas, así con enfermos dándoles salud, como con toda la tierra, en las secas del tiempo, que en sacando la Santa Cruz en procesión, luego se entolda el cielo y llueve con abundancia a los sembrados y viñas de aquellos valles, con que crece más su devoción, y se tiene a mucha dicha, a ver en las manos alguna raja de esta Santa Reliquia.


(1)     Cfr. Mingo, Historia, T. I, p. 173-174.
(2)     Ibíd., p. 176.
(3)     Ruíz de Montoya, P. Antonio, Conquista Espiritual Hecha por los Religiosos de la Compañía de esús en las Provincias del Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape, Bilbao: Imprenta del Corazón de Jesús, 1892,105.