Cuentos y remembranzas

Escrito por  Juan Ticlla Siles Jul 16, 2017

MI ENCUENTRO CON EL SEÑOR
Por: Juan Ticlla Siles
A Mary Ticlla Siles

He caminado por montañas y llanos, navegué por ríos, lagos y mares en busca del maestro divino.
Una fría tarde llegué hasta una lejana casita ubicada en medio de una extensa planicie árida. Fatigado de tanto caminar decidí pasar la noche allí, pues poco faltaba para la puesta de sol. Llamé y de un momento después salió una mujer a la puerta. Al parecer estaba enferma y tenía tres hijos famélicos. Uno de ellos no paraba de llorar. Le pedí hospedaje y aunque noté mucha desconfianza me ofreció un pequeño espacio. Poco conversamos. No hacía mucho había fallecido su esposo. Las cosas desde entonces andaban mal. La sequía de aquel año apenas había permitido obtener una efímera cosecha con la que a duras penas subsistía. No tenía dinero para las necesidades vitales y mucho menos para comprar medicamentos. Noté su desesperación.

Durante la noche hacía mucho frío. Compartí con ellos el alimento que me quedaba. Y por el cansancio dormí profundamente.
Una voz atraviesa las tinieblas desde la eternidad. El infinito absorbe la oscuridad y de a poco se esparce la luz sobre un remoto lugar.
Es una tarde hermosa en la lejana tierra de Samaria. Desde lo alto de una colina me llama una voz melancólica y dulce. Es la voz de Jesús, quién al verme extiende los brazos para recibirme. Sin pérdida de tiempo voy a él y le pregunto:  
–Maestro, por todas partes te he buscado, ¿dónde estabas?
Con una sonrisa tan sencilla pero que sale desde lo más profundo del alma, me reprocha la falta de confianza:  
–Yo todo el tiempo estuve contigo en cada persona que sufre. Si diste de comer al hambriento, a mí me dabas de comer; si diste de beber al sediento, a mí me dabas de beber; cuando recibiste al forastero, a mí me recibías; cuando consolabas al enfermo o al que está en la cárcel, ten por cierto que era a mí a quién consolabas.
De pronto desperté sobresaltado y durante largo rato permanecí absorto meditando hasta el amanecer. Recordé que Jesús alguna vez dijo: “hacer la voluntad del que Me envió, ese es mi alimento”. Tenía un deseo vehemente de probar de ese alimento. Entonces pedí perdón a Dios y tracé la nueva ruta que debía seguir. Sabía que sin la ayuda de Jesús nada podía hacer, así que pedí en adelante condujera mi vida. A partir de entonces sentí una paz tan intensa que jamás conocí.
Cuando la luz dorada se esparcía sobre las montañas grises, alisté mi pequeño equipaje y marché al pueblo más próximo para comprar todo el alimento que durante el invierno fuera necesario en este humilde hogar y pagué al médico que debía atender a mis enfermos.  
Aquella mujer tenía tanta gratitud que por sus mejillas pálidas caían lágrimas. En cuanto a mí debo decir que por fin conocí la felicidad de servir a los demás. Enseguida emprendí el largo viaje de retorno.
Dios tenga piedad de mí y me acompañe siempre.
Tarija, junio 9 de 2017

EL AMOR SEGÚN UNA
EXTRAÑA VISITANTE
Por: Juan Ticlla Siles

Como de costumbre leía un libro. Justo cuando me encontraba en el punto crítico de la trama, apareció de repente una mujer bellísima con una indumentaria de remotas épocas. Llevaba en la mano una rosa púrpura. Tomó asiento y me contó una serie de historias novelescas de un mundo completamente extraño. Tomamos vino oscuro y conversamos ignorando el tiempo. Hablaba haciendo ademanes con una gracia tan fascinante; sin embargo, tenía siempre una respuesta categórica para cada pregunta que formulé. Era evidente su sabiduría. Así que no dejé pasar esta oportunidad sin preguntar algo que desde mucho tiempo atrás inquietaba mi mente:
–Y, ¿qué es el amor?
Tomó un sorbo de vino y con la mirada fija contestó:
–¿Has leído mucho y hasta ahora no lo sabes? ¿Quieres que te diga la verdad? Pues bien, te lo diré: El amor es una trampa que la mujer tiende al individuo para la procreación de la especie.
Confieso que jamás esperé aquella respuesta, y mucho menos de una mujer tan encantadora como ella; así que en total desconcierto proseguí:
–Entonces, ¿toda la literatura es un canto de vanas y quiméricas ilusiones?
–Por fin lo entiendes.
Ya los rayos de luna blanqueaban las ramas de los árboles y fuera de casa se alborotaban los pajarillos por alguna presencia extraña.
Ella dejó el asiento y anotó algunas palabras en un libro que tomó del estante, separando la página con la flor. Enseguida caminó hacia la puerta y en una carroza dorada marchó ascendiendo por el cielo y dejando a su paso una estela de brillantes luces. Jamás logré saber quién era, pero cada palabra suya permanece en mi memoria. Recordé más tarde la anotación y leí: “El amor no es como una joya que permanece para siempre. El amor es como una flor que nace, crece, pero que también muere. Si sería como una joya, sería cualquier otra cosa, menos amor”.
Tarija, junio 8 de 2017

EL POETA OSCAR RAÚL MONTERO
Por: Juan Ticlla Siles

Si para muchos es un perfecto desconocido, para quienes le conocimos era una de las personas más interesantes que encontrarse podía en la población de Mairana. Pocos, sin duda, sabían que era poeta; y lo era por su prolífica producción publicada en la prensa escrita de Sucre, La Paz, Tarija y Santa Cruz. Para otros, en cambio, era el profesor jubilado o el propietario de la itinerante Farmacia «Tricolor».
Fue su antepasado el ilustre héroe de Ingavi, coronel Marceliano Montero, de quién toma el nombre la capital de la provincia Santisteban; y su tío-abuelo el poeta Marceliano Montero Villa, autor del famoso poema pastoril: Paquito de las salves. A quién tenga en cuenta esta circunstancia no le ha de extrañar que de esta familia surgiera saltando una generación nada menos que tres poetas: Gustavo Diescher Montero (+), Alcides Villarroel Montero y Oscar Raúl Montero; y tal vez un cuarto, de quien no he logrado establecer la afinidad: Hugo Montero Añez.
Nació en Lagunillas, capital de la provincia Cordillera. Siendo niño sintió en el alma el llamado de las musas. Según recordaba de aquella lejana edad, habiendo con pulcritud peinado la melena y con el atuendo acorde con sus precoces aficiones literarias, tomaba asiento y cuando se encontraba en pleno ejercicio literario hilvanando algunas notas o apuntando otros tantos versos, de pronto por detrás una de sus hermanas sigilosamente se aproximaba, y a la voz atronadora de: «¡El poeta de mentira!», agitaba la cabellera dejándola en completo desorden. Una y otra vez tenía que ser víctima de esta singular travesura.
Habiendo logrado el bachillerato marchó a la lejana capital de la República para continuar estudiando en la Normal «Mariscal Sucre», de la que salió con el título de profesor. Enseguida comenzó a peregrinar por distintas poblaciones bolivianas. Pasó por La Paz, donde conoció al poeta de la revolución Walter Fernández Calvimontes, luego de un programa radial en el que recitaba su poesía. Desde entonces sellaron la amistad. En una de mis últimas visitas en Mairana, todavía recordaba sus versos, no sin expresar alguna frase de viva admiración por el ausente poeta potosino.  
Más tarde se encontró en Tarija, donde también dejó huella. Recuerdo dos de sus poemas dedicados a esta bella tierra que recitaba en algunas ocasiones; uno comenzaba así:

Ahora la chapaca no canta tan sólo
alegres tonadas,
la chapaca ama a un colla mitrado
de rostro tostado
por el crudo frío.
Antes amó a un lindo camba
que con sus taquiraris…

Hay un desliz en el tercer verso y así le dije cuándo un día terminaba de recitarlo. El incauto poeta admitió que aquel fue fruto de un inocente descuido, inocente pero que a su musa costó caro. La ‘mitra’ es el báculo que usan los obispos, de ahí: mitrado; y es El kolla mitrado (La Paz, 1942) nada menos que la biografía novelada de fray Bernardino de Cárdenas (paceño, obispo del Paraguay), escrita por Augusto Guzmán. Podrá advertirse por este incidente que nuestro poeta no era el de la erudición por excelencia, no forjaba su temple entre libros ni mucho menos. El peso de la biblioteca no se deja sentir en su poesía. La inspiración fluye cristalina y espontánea como el agua de los manantiales, y por eso se nota a través de su obra tanta naturalidad.
Transcurrido el tiempo un día fue a dar en una de las más pintorescas poblaciones de los valles cruceños, decimos que se estableció en Mairana, donde ejerció la docencia en el colegio «Pdte. René Barrientos Ortuño» hasta jubilarse. Pronto su espíritu inquieto promovió además una serie de adelantos, como el de dotar al pueblo con una pista de aterrizaje, obra ejecutada por la alcaldía municipal; o la de junto a otros colegas, entre ellos el Prof. Santiago Núñez Pimentel (+), fundar el primer periódico local con el rubro: El Progreso de Mairana, modesto bisemanario del que salió sólo dos entregas con artículos de interés general (historia, política, economía, entretenimiento, etc., etc.), cada página bien ilustrada. Fundó también junto a otros notables la «Casa de la Cultura de Mairana», institución de corta vida, pero con una trayectoria importante.
Allá por el año 1992 sorprendió a la población con el anuncio de preparar una edición de gala de la revista cruceña: Valles del Oriente, una edición dedicada a Mairana y por tanto solicitaba cuanto material gráfico como documental fuera posible. No tardó el pueblo en acudir a su puerta ofreciendo fotografías antiguas, artículos históricos, geográficos, económicos, notas biográficas y en fin todo tipo de curiosidades enciclopédicas para la anhelada revista. Acaso uno de los colaboradores más entusiastas era un colegial que sin pensarlo y por pura curiosidad terminó haciendo causa común en la obra y recibiendo hasta el nombramiento de “Auxiliar de Redacción”; es del caso mencionar que tuvo incluso su primera incursión literaria con una escueta nota biográfica sobre el ilustre Rvdo. P. Adrián Melgar i Montaño (1891-1966), autor de la Historia de Valle Grande (Santa Cruz, [1955-1959]. [I]-II) y vice-párroco de Mairana durante 27 años. Ya contando en el arsenal con abundantísimo material, dos o tres veces anunció la pronta aparición de la revista, más por razones no muy claras fue postergándose tanto que por la imprenta pasó jamás.
Tampoco llegó a publicar ningún libro. Tomaba en ocasiones un archivador en el que coleccionaba su poesía publicada en la prensa, la mayor parte formada por recortes de periódicos amarillentos. Se puede asegurar que en buena medida su obra está dispersa en los siguientes periódicos y revistas: de La Paz: Presencia Literaria; de Santa Cruz: El Deber, El Mundo y Valles del Oriente; de Sucre: Página 20; y de Tarija (ignoramos los títulos, aunque sabemos positivamente que también aquí publicó poesías). Toda esa obra espera pacientemente la mano diligente del investigador para ser recopilada y editada en un sólo volumen. En cuanto a obras inéditas, alguna vez mencionó un libro titulado: «El Alquilino [sic]» (¿teatro?). También Orestes Harnés Ardaya, en la segunda edición de su libro: Poetas cruceños, además de reproducir el poema: “¿Cómo te llevo en mí?”, menciona otro trabajo inédito: «La extraña muerte de Cándido Yapecúa». En honor de la verdad, hay que decir que no llegó hasta la imprenta ningún libro suyo por la sencilla razón de carecer de los medios económicos a la hora de financiar la edición. ¿Cuánta obra por esa razón ha desaparecido de la faz de la tierra para siempre?
Cuando en una de mis visitas a la tierra natal pregunté por él para visitarlo, supe que se había mudado a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Desde entonces no he logrado saber si hasta el presente día continúa aún peregrinando por este mundo o si ya fue al encuentro del Padre celestial. Sea como fuere sean las líneas presentes el postrer homenaje al poeta cordillerano que un día contribuyó también con su granito de arena al progreso de la bella y encantadora tierra de Mairana.
Tarija, junio 20 de 2017
EL ESCRITOR MIGUEL
DOMINGO SAUCEDO
HOMENAJE PÓSTUMO
Por: Juan Ticlla Siles

No pocas veces radicando en Sucre llegué hasta una casa de una sola planta en el barrio de Lima Pampa, calle España. Cruzando la puerta principal me adentraba por un corredor de una construcción interior hasta alcanzar la primera puerta de la izquierda. Allí tenía su morada uno de los benianos más notables que residía en la ciudad de los cuatro nombres: el escritor Miguel Domingo Saucedo.
Vivía entre sus libros como un rey entre los súbditos. Aparte de un ropero que separaba la habitación, frente a la puerta se situaba su mesa que a la vez oficiaba de escritorio, y apoyado en la pared de la izquierda un armazón. Hacia el fondo se encontraba su dormitorio. Y por todas partes una hilera de libros apretujados entre los estantes y hasta sobre la mesa donde tenía habilitado un par de anaqueles. No eran pocos los que a falta de espacio debían permanecer bien apilados sobre el suelo. Más tarde pude constatar que la parte mayor de su importante biblioteca se encontraba en alguna otra habitación cerrada casi siempre. El olor a papeles antiguos trascendía por todas partes.  
Habiendo nacido en Magdalena (Beni) en el seno de una familia humilde, más tarde fue su maestro nada menos que al ilustre historiador José Chávez Suárez, quien le fomentaría la lectura facilitándole libros. En su juventud sobrevino la guerra contra el Paraguay (1932-1935), debiendo marchar al frente de batalla. A su retorno pasó por Santa Cruz y se estableció en Trinidad, donde se dedicó al periodismo llegando a dirigir: La Patria. Con la revolución del 52 y a causa de las desavenencias suscitadas por el ejercicio periodístico fue exiliado a Brasil. Más tarde se encontró en Sucre donde se tituló abogado por la Universidad de San Francisco Xavier, y donde ocupó funciones sucesivamente en el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia y en la Corte Suprema de Justicia.
Aunque nos conocimos por casualidad, tuvo que pasar tiempo para que descubriéramos la común afinidad literaria. Desde entonces con alguna frecuencia le visité en la casa de la calle España. Y era allí donde como el soberano entre sus libros refería tal o cual pasaje histórico o relataba alguna anécdota que involucraba a algún personaje notable, con aquel inconfundible acento beniano que a pesar de su larga permanencia en Sucre jamás perdió. Era de palabra franca, lo que contrastaba notoriamente con el común de los habitantes de la ilustre ciudad.   
De su paso por el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia recordaba cuando bajo la atenta mirada de su ilustre director clasificaba expedientes antiguos. Pero no todo eran gratos recuerdos, a decir verdad, pues surgieron incidentes que en más de una ocasión motivaron su protesta contra las determinaciones que llegaban desde la dirección. En cierto momento, a la solicitud de algún investigador tomó del estante un paquete de expedientes. Por alguna razón aquel bloque de papeles fue a dar a la mesa del director, quién, descubriendo alguna pieza fuera de orden, lo hizo llamar inmediatamente. Al presentarse y ante la interpelación furibunda, respondió que aquello bien podía haberle sucedido a cualquiera. Bastó aquella respuesta para que perdiera la paciencia su ilustre jefe, quien tomó el paquete de marras y se lo lanzó, pero como el destinatario diera un paso al costado en vez de recibirlo, fue a dar contra el suelo ante la mirada atónita del irascible director del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia. Por toda respuesta se limitó a sonreír, retirándose luego para continuar cumpliendo los deberes. Más tarde sobrevendrían otros inconvenientes que mejor será pasarlos por alto. Mucho después, cuando la sociedad sucrense rendía homenajes a su antiguo jefe, también estuvo presente en alguno de los actos. Y como al ser visto entre los presentes fuera preguntado con extrañeza por el ilustre homenajeado: “¿Usted también aquí?”, no se dejó esperar con la respuesta noble: “Y por qué no, si usted se lo merece”.
Pasó el tiempo hasta que un día abandonó literalmente aquella función para cumplir otra en la Corte Suprema de Justicia, gracias al Dr. Leonor Rivera Arteaga, quién había llegado a Sucre para trabajar en el ramo judicial. Allí permaneció sin mayores contratiempos hasta el día de la jubilación. Más para entonces la etapa de la producción prolífica había pasado a segundo plano, pues, contra todo lo previsto, apenas se contentó con mejorar los trabajos inéditos, colaborar con otros autores en proyectos colectivos y escribir eventualmente para la prensa. Era por aquel tiempo que de vez en cuando se le veía con el traje impecable, empuñando el bastón y muy bien escoltado por una o dos bellas acompañantes, ya discurriendo por los escaparates de alguna librería, ya asistiendo a algún acto académico o en fin participando de la célebre bohemia chuquisaqueña. Casi siempre al retornar al domicilio llevaba consigo algún nuevo ejemplar para su biblioteca. Un día en que por casualidad al de las presentes líneas se le ocurrió comprar de regalo un libro para el amigo, al entregarle el obsequio terminó por enterarse que aquel era precisamente el día de su cumpleaños. ¡Curiosa coincidencia!
Cuando el peso de la edad terminara por quebrantarle la salud, apenas podía movilizarse en una silla de ruedas y permanecía casi el resto del tiempo recostado. Poco después falleció.
No es mucho lo que dejó impreso. Puede decirse que lo más relevante es fruto de su labor periodística desempeñada durante la juventud en el Beni. Ahí debe buscarse, en esos periódicos rarísimos, el legado mayor de su trabajo intelectual. En cuanto a publicaciones, hay que destacar su biografía: Facetas de la vida del general don José Ballivián y Segurola, fundador del Departamento del Beni (Trinidad: 1977). También es coautor del libro: Aquí nació Bolivia. Historia de la Casa de la Libertad (Sucre: 1998 [1999]); y colaborador, con una serie de artículos sobre temática beniana, del Diccionario Histórico de Bolivia (Sucre: 2002. I-II), editado bajo la dirección del Dr. Josep M. Barnadas por el Grupo de Estudios Históricos. El resto de su obra permanece dispersa en periódicos y revistas: de La Paz (El Diario, Presencia Literaria); de Monteagudo (Timboi); de Sucre (Correo del Sur, Boletín de la Sociedad Geográfica y de Historia «Sucre»); de Santa Cruz (El Deber); y de Trinidad (La Patria). En cuanto a su obra inédita ha dejado las siguientes: [Diario de campaña de la guerra del Chaco], «Diccionario geográfico del Beni», «Magdalena en la historia y el recuerdo», «Páginas benianas» y «Voces de otros tiempos» (poesía). A su muerte y como homenaje póstumo el infrascrito leyó en una de las sesiones ordinarias de la Sociedad Geográfica y de Historia «Sucre» el trabajo titulado: «Miguel Domingo Saucedo. Bibliografía preliminar» (Sucre: sep. 9, 2007).
De su biblioteca puede estimarse que sobrepasaban las siete mis piezas sin contar la folletería y la colección hemerográfica. Comenzó a reunirla en el Beni, formándola en su mayor parte mientras radicaba en Sucre, cuando sus relaciones con otros escritores contemporáneos se extendieran. Era una biblioteca eminentemente boliviana, aunque se podía destacar su predilección por la bibliografía potosina, pero más fundamentalmente por la beniana. A su muerte fue despachada a Trinidad por algún familiar y es allí donde continúa prestando utilidad a la tierra que a pesar de la distancia siempre llevó en el recuerdo.  
Tarija, julio 4 de 2017