LOS DUENDECILLOS TRAVIESOS

Escrito por  Sep 24, 2017

En casa de Christian, hijo único de los esposos Sánchez Cueto, se reunían, con frecuencia Pablo, Kevin, Raulito, Daniel y Carlitos, amiguitos y compañeros de colegio Y de clase. Frisaban la misma edad, más o menos; entre nueve y unos meses, próximos a cumplir los diez años. Cursaban el quinto grado de primaria.

A la salida de clases, algunas tardes, en lugar de irse a sus hogares, se dirigían a la casa de Christian aprovechando la ausencia de los padres de éste, quienes regresaban muy larde debido a sus ocupaciones de trabajo, muchas veces llegaban cuando el niño ya estaba dormido, cansado de esperarlos. Por tanto la casa estaba siempre a su disposición para dar rienda suelta a sus travesuras.
Claro que el niño no quedaba solito en casa, pues el abuelo paterno, don Josué, vivía con la familia desde que había quedado viudo. Él tenía por encargo cuidar del nieto, pero era como el personaje invisible; raras ocasiones le tomaban en cuenta, incluso el niño; lo quería, sí, pero no le obedecía, generalmente lo ignoraba; Así que para él la soledad y sus pensamientos eran su compañía.
Don Josué era un viejecito tierno, cariñoso y solidario, dispuesto a ayudar a quien lo necesite; precisamente por su noble corazón aceptó vivir con su hijo y su familia con la intención de sentirse útil.
Cuando Christian llegaba a casa con sus amiguitos, el pobre anciano tenía que aguantar el griterío ensordecedor e insoportable. Las correteadas por todos los ambientes, pues entraban y salían sin control causando desorden a su paso. Parecía como si el curso completo se hubiese trasladado a casa y en hora de recreo.
Los juegos a las escondidas y pistolitas o guerritas eran de su preferencia porque les permitía arrasar con todo sin respetar nada, para ellos no había reglas. Hacer rabiar al perro y espantar al gato eran otras de sus máximas diversiones.
Un día el abuelo, cansado de tanto bullicio y destrozos que causaban los más traviesos, a los que no podía controlar pese a su admirable paciencia, les propuso relatarles cuentos con el fin de tranquilizarlos por lo menos un momento.
-¿Qué nos vas a contar, abue? -preguntó Christian.
- Lo que quieran, sé muchísimos.
Los abuelos siempre complacen a sus nietos, así sea con relatos inventados por ellos mismos. Él estaba dispuesto a ser parte de los pequeños y calmar tanta excitación y adrenalina acumulada que les brotaba hasta por los poros, pues nunca se cansaban de correr, saltar, gritar ni de armar barullo.
-Yo quiero cuentos de duendes y del Chuki. -dijo Pablo, el más pícaro del grupo.
-Yo quiero de fantasmas -pidió Cariños.
Así cada quien solicitaba cuentos de su preferencia: De brujas, de dragones, de dinosaurios, de magos, de gigantes, de Casa fantasmas, de power ranger, Maple Story, Spiderman, etc.
Danielito, en un rincón miraba y escuchaba a sus compañeros; de pronto exclamó:
-¡Bah!, los viejos solo saben contar cuentos tontos, aburridos, historias antiguas, historias de la guerra que repiten y repitan; a mí no me interesan, mejor juguemos play station, vídeojuegos, o veamos los Teletuvis, los Simpson, o mejor las aventuras de Comando Force; esos son ¡power!, con ellos te emocionas, te encienden la sangre... ¿qué les parece?, ¡Son alucinantes!
-Esos juegos no sé ni conozco, pero los cuentos que les voy a narrar les divertirá mucho- insistió don Josué, les gustará tanto que siempre que vengan me pedirán uno y otro, aprenderán maravillosas aventuras, las bellezas naturales; conocerán personajes increíbles, mundos desconocidos y se divertirán.
-¿En tus tiempos habían cuentos? - pregunta Kevin.
-Tantos que cada día aprendía uno o más. Eran otros tiempos. Nosotros no teníamos los juegos y distracciones que ahora tienen ustedes, pero algo les puedo asegurar ¡éramos muy felices!
-¿Todavía te acuerdas, abue?
-Como si recién los hubiera leído ayer, incluso recuerdo los que narraba mamá para que duerma y tenga felices sueños; me los aprendí muy bien. Les puedo contar de Pulgarcito, El gato con botas, Hansel y Cretel, La cenicienta, el castillo embrujado, la Caperucita roja, La casa encantada, La bella durmiente, de la antigua princesa Manca Nieves cuidada por los siete enanos, Las hadas madrinas... y corren los títulos de más cuentos.
-Entonces cuéntanos de los duendes traviesos, esos son interesantes, son como de los zombis.
El abuelo Josué les invitó sentarse a todos formando un círculo. La bulla había cesado. (Obedientes los niños prestaron atención, sus miradas dirigidas solo al cuentacuentos, quien con voz suave, calmada y cariñosa empezó el relato sobre los duendes con gran animación:
Hace muchos siglos los hombres eran ingenuos, pero muy buenos, tan buenos como ustedes por eso estaban protegidos por su Ángel de la Guarda. A veces burlaban a su Ángel e iban en busca del peligro, de algo que les cause miedo...
-¿Buscaban duendes? -interrumpe Raulito.
-Sí, les intrigaba conocer duendes, encontrarse con esos personajes de sombrero ancho y grande metido hasta las narices, con barba en punta y sentados en posición fetal.
-¡Huy, qué feos! Comenta Christian.- ¿Dónde viven los duendes?
El abuelo prosigue:
-Dicen que hay muchos tipos de duendes en el mundo. Unos viven dentro de los hornos construidos de barro o ladrillo que aún hoy conservan en algunas regiones aimaras y quechuas; otros habitan en los desvanes; también en habitaciones oscuras que están abandonadas; en túneles, en habitaciones llenas de cachivaches (trastes viejos); algunos, los duendes rojos que son los malos se apoderan de las casonas antiguas., también “dicen” que tienen su guarida en los socavones y en los pozos de agua. Los duendes salen solo en las noches, la oscuridad es su aliada para no dejarse ver, caminan en las sombras, recorren los bosques. Su presencia no asusta a ninguna criatura porque no hacen daño.
Ellos descubren los secretos de los árboles y de las flores y hacen travesuras sin alterar ni dañar la naturaleza. Los días de luna se bañan en las cristalinas aguas de los ríos; luego ayudan a las mariposas para que alisten sus alas y brillar sobre las corolas.
Pero quiero decirles que no todos los duendes son buenos ni todos malos; muchos piensan que son mansos y buenos, que protegen y cuidan e incluso inspiran a los
intelectuales y artistas; otros creen que son seres malignos que están aliados con el diablo.
Yo tuve una experiencia con ellos...
-No seas mentiroso los duendes no son buenos, son malos, roban chicos y les hacen desaparecer, -interviene Raulito, que es el más perspicaz.
-¡Cállate Raúl! -le ordenan en coro los niños.
-No le hagan callar; ser curioso y preguntón es muy bueno para aprender -interviene don Josué. -Eres un niño inteligente y curioso. Tus ojos están llenos de preguntas -le dice a Raulito para estimularlo.
-Cuéntanos, cuéntanos, por favor... -corearon todos.
Continúa el relato el abuelo Josué:
-Los duendes son como las hadas, son bondadosos como ellas...
-¿Hacen regalos y conceden favores utilizando su varita mágica? -pregunta Pablo.
-Déjenme continuar niños, estamos hablando de los nomos fantásticos ¿verdad?
-Bueno. Cuando yo era pequeño como ustedes- porque yo también fui niño, no nací viejo, una noche vi volar algo horrible entre las luces pálidas de la noche; entre las sombras vi varios duendes rojos. Sentí mucho miedo, temblé como hoja en otoño. Mi mamá siempre me decía: -Si te portas mal te llevaré a la casa abandonada donde habitan los duendes, con ellos te quedarás a vivir para siempre.
-¡Qué mala tu mamá!, y ¿te quedaste alguna vez? -pregunta Christian.
-No, nunca, solo me amenazaba, claro que entonces yo creía y para que no me lleve, me portaba bien.
Sin embargo, despertó en mí la curiosidad de saber más sobre los duendes. Entonces, una noche de luna, esperé que mis papas estén profundamente dormidos y mis hermanos también, yo permanecí despierto esperando inquieto e impaciente. Cuando todas las luces se apagaron salí de puntillas, evitando hacer ruido y me dirigí al cuarto donde dejaban todo lo que no servía, era una habitación vieja y fea, nunca la arreglaban, solo el gato entraba y salía de ahí buscando ratones. Recordé que alguna vez escuché voces de niños por ahí cerca. Temblando me acerqué más y más. Sudaba de miedo, el temor me quitaba la respiración. La noche era mi aliada, nadie podría descubrirme. Torvo, nuestro perro dormía en la cama de mi hermano mayor y ese no se levantaba aunque se cayera la casa; sin embargo, a minutos de tensión escuché a remota distancia un ladrido que despertó a Torvo; éste contestó con débil ladrido, con seguridad echado.
Las sombras parecían fantasmas y yo solito ahí afuera. De pronto, escuché unos ruidos extrañamente misteriosos que provenían de esa habitación. Era evidente que rondaban los espíritus porque el gato no estaba en esa habitación. Quise moverme, andar, acercarme un poco más, pero quedé paralizado, con esa escasa luz observé levantarse un hombrecillo pequeño de ojos feos y brillosos, se puso su sombrero alón. Luego escuché voces, pero no entendía el lenguaje que hablaban, eran muchos. Salieron uno detrás de otro. Me estremecí al punto de desmayar.
A lo lejos hendió el aire, su sonido era lóbrego invitando a la danza de los espíritus.
El miedo me petrificó, las piernas no me respondían. Eso sí, logré ver que no eran rojos, sino de color parecido al color café. Pensé inmediatamente: no son los malos, si me ven no me harán daño, pero, por si acaso, me oculté para no ser descubierto. Todos se dirigieron hacia la calle, no abrieron puertas solo desaparecían traspasando paredes como si fuesen invisibles.
Traté de calmarme y me animé entrar al cuarto de cachivaches. No había nadie. Regresé a mi dormitorio. Esa noche no pude dormir.
Como ya los había visto, otras noches repetí las salidas nocturnas; no todas las noches se dejaban ver, pero yo estaba decidido enfrentarme a ellos, me volví valiente y perdí el miedo, me creía muy hombrecito hasta contaba a todos mi encuentro con esos nomos fantásticos.
Un día visité a mi abuela Rosa, su casa era antigua y había un horno donde hacía unos exquisitos panes, según decía ella, esos eran panes de verdad porque el horno de adobe le daba un sabor espacial al paladar. Este horno estaba en un sector del patio, cerca a un árbol.
-Abue, ¡en tu horno hay duendes? -le pregunté.
Ella para asustarme me respondió que sí, que a los niños curiosos como yo se los metían al horno y los quemaban. De verdad sentí miedo, nadie me había dicho semejante cosa.
-Ni te acerques, hijo, no se juega con esos seres espirituales.
Fui desobediente, mi curiosidad por saber si también en los hornos habitaban esos enanos de sombrero grande era verdad o inventos de abuelitos.
Aquella noche me quedé a dormir en casa de la abuela Rosa. Esperé se durmiera y salí portando una pequeña linterna, por si acaso fui preparado. De pronto, cuando me encontraba cerca al horno ¡lo vi!, ¡lo vi!, y era rojo, el duende malo; estaba sentado con los pies cruzados y la cara oculta en la puerta del horno. Lancé la linterna y corrí como loco hasta entrarme a la cama de la abuela buscando protección; mi respiración se entrecortaba, estuve a punto de desmayarme o quizás morir.
Desde aquel día nunca más me atreví desafiarlos, porque los duendes existen y no hay que jugar con ellos.
Un día, le conté a papá mi encuentro con los duendes y él me explicó que los duendes no existen, son espíritus, seres fantásticos creados por nuestra mente y que la gente supersticiosa cree que habitan en algunas casas, -me dijo tan tranquilo que no le dio importancia al hecho, ni me preguntó más nada; pero si no les hubiera visto, creería que los papás los utilizan para asustar a sus hijos... Más yo, sí creo en su existencia y son de verdad. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
Los niños que en completo silencio habían escuchado absortos e intrigados despertaron de su máxima concentración: Unos asustados, otros exigiendo más.
-¡Otro, otro!, cuéntanos otro más.
-Cuéntanos de la viuda negra y el diablo, tú sabes, yo te escuché hablar con mi papá, siempre le contabas, -sugiere su nieto.
-Otro día, por hoy basta.
-jPrometido?
-Prometido, aunque ese cuento es muy fuerte para ustedes, van a temblar de miedo.
-Nos gustan los cuentos fuertes-contestan alborozados.
Las tardes, desde aquella ocasión del relato sobre duendes, el griterío ensordecedor y las correteadas habían quedado atrás. Los niños gustaron tanto de los cuentos del abuelo que esperaban con ansias llegar a la casa de Christian. Pero don Josué les puso una condición: Primero las tareas y como premio, más cuentos de su época.

FIN