Contra punto de la otra edad

Escrito por  Heberto Arduz Ruiz Nov 05, 2017

Le obsequio un libro de mi autoría y se inicia nuestra relación. Al cabo de unos diez días, en otra cita la hechicera de mis sueños comenta algo sobre la obra. Pregunta va y respuesta viene, de ambas partes, ella apenas musita: “Creo que me estás enamorando?” Así empezó lo nuestro con una llamita de esperanza que se agiganta cada día y nos estrecha mucho más.

Estoy solo en mi departamento trabajando, tan solitario que hasta mi alma ya no me pertenece, si no a ti mi lucero. Pero me siento feliz por esa pertenencia. Te tengo a ti todo el tiempo, Circe, en la mente y el corazón.
En la caminata que a diario realizo, una mujer, de mediana edad, increpa a su pareja por no cumplir sus obligaciones pecuniarias como progenitor de tres hijos. Él pone cara adusta y responde: “no me achaques por algo que quiero y no puedo hacerlo, debido a que estoy cesante”. Arrancan los sollozos y la promesa, dicha en un abrazo, de que todo pronto cambiará. Que habrá trabajo y paz, que el amor retornará y juntos verán crecer a los hijos.
Bajo la publicidad multiforme de luces y colores, las vidrieras muestran ofertas de rebajas de 50, 60 y 70 por ciento en los precios de las mercaderías. La calle 21 no recibe el espasmo del bullicio de otros tiempos, en los que había mayor fluidez de visitantes en las galerías comerciales. Un gesto de preocupación y miedo se dibuja, de modo claro, en el rostro de los propietarios del comercio de la zona.
Una cálida luz emerge de “Fair Play” con sus extensas salas de oferta de artículos deportivos. A unas cuadras el Café Alexander y el Vainilla, codo a codo, se disputan la preferencia de la clientela que colma bote a bote el espacio de sus grandes vitrinas envolventes y proyectan los perfiles de sus parroquianos que discurren, vivaces, unos, y otros en callada soledad escriben en sus tablets y laptops. La vida transcurre en completo sosiego, en tanto la procesión va por dentro.
El movimiento de automotores, en viernes por la noche, en las calles de San Miguel se intensifica y el caos se torna evidente. Todos salen a pasear en sus coches. Es preciso tomar un respiro tras una ajetreada semana laboral, en la que la convulsión del centro paceño, pan y ceniza de todos los días, provoca estrés en la gente que trabaja y se mueve en el corazón de la urbe inmisericorde. Y al caer de la tarde todos pugnan por encontrar algún automotor que los devuelva cerca a sus lejanos hogares, en los que la familia espera agobiada por la inseguridad ciudadana y la demora en el reencuentro del núcleo familiar.
En una banca emplazada delante de “Casaideas”, una soleada mañana cierta dama extranjera de tez rosada y cabello rubio casi ladrillado, provista de atuendo llamativo, muy colorido, interpreta en acordeón bella música, colorida también, de la inefable Italia. Una fiesta inolvidable para los sentidos. Aplaudo y levanto el pulgar derecho en señal de complacencia. Ella sonríe. Volví al siguiente día y, cual figura fantasmal, migró seguramente a otros escenarios a divulgar su armonioso arte.
A primeras horas de la mañana recibo un correo en el cual mi amada me dice: “Buenos días amor, ya estoy subiendo a la oficina”, lugar céntrico donde presta servicios. Le respondo: “Buen día mi amorcito, que te vaya muy bien. Nos vemos al medio día. Te quiero cada momento más y más”. Llega la hora esperada y almorzamos juntos, haciendo planes y proyectos de vida. Así nos damos modos para disfrutar del romance que en mi caso llegó en un momento difícil, de viudez y soledad. Hoy he vuelto a vivir y alternar con mi compañera. He aprendido a rozar las alas de la felicidad compartida, ave preciosa, perseguida por todos, y pocas veces alcanzada en la tercera edad. El paso del tiempo reafirmará los lazos, mi hechicera.