El viaje

Escrito por  Juan Ticlla Siles Nov 05, 2017

A Lucila Álvarez Siles

“Anoche, estando solo y ya medio dormido,
Mis sueños de otras épocas se me han aparecido.
Los sueños de esperanzas, de glorias, de alegrías
Y de felicidades que nunca han sido mías”.
(José Asunción Silva)

1
La noche en que debía encontrarme con Adriana llovía torrencialmente. Aunque no tenía amigos, sentí necesidad de contar a alguien, sin importar que fuera un extraño, mi secreto, y de estrechar su mano por última vez al despedirme. Era modesta la habitación que alquilaba. Miré por última vez los cuadros amarillentos de las paredes. Aquellos cuadros de paisajes áridos e inhóspitos y el retrato de un poeta. Sentí como si el rostro grabado en el cuadro me observara y recordé su muerte hace más de un siglo. Los libros y otras pocas pertenencias se las regalé a una señora que solía pasar por las tardes. Me apresuré un poco, pues ya era hora.
Cuando llegué Adriana me esperaba bajo el corredor de una casa vieja. La lluvia había cesado y a poca distancia se oían los ladridos de los perros y el chillido de las ranas. A esa hora no quedaba más persona que nosotros en la calle. Ella lloró al verme y yo la abracé con fuerza como cuando uno se despide por última vez de la persona más querida, pero nuestro abrazo sellaba más bien el compromiso de nuestra unión eterna (ya que ella decía que debíamos permanecer juntos aún después de la muerte).
Caminamos hasta poco menos de medio kilómetro fuera del pueblo por temor a que nos sorprendieran, y esperamos por más de una hora la llegada del colectivo que nos llevaría hasta la ciudad. Permanecimos en silencio, hacía frío y Adriana se apoyaba en mí.
El colectivo llegó media hora antes de comenzar a llover nuevamente. Ella me preguntó al reiniciarse la marcha:
–¿Dónde vamos? –y enseguida añadió– No importa, donde sea está bien.
El viento y las gotas de lluvia golpeaban las ventanillas. Le pedí que se aproximara y juntos recordamos algunos versos de un poeta:
¡Adriana! ¡Adriana! De tan dulces horas
guardarán el secreto
tu estancia, el rayo de la luna, el vago
ruido de tus besos,
la noche silenciosa,
¡y en mi alma el recuerdo!…
Poco después la lluvia se intensificó y el vehículo quedó detenido por una roca que se encontraba justo en medio del camino. Enseguida el viaje continuó y ella quedó dormida con la cabeza apoyada a mi hombro izquierdo.
Recuerdo cuando la conocí. Era una noche, luego de la misa. Un año después murió su padre y su madre volvió a casarse con otro hombre más joven. Cómo este individuo tuviese un amor tan ardiente, también quiso ofrecerlo a la hija y pronto comenzó sus diligencias. Por temor que su madre la echara de casa, Adriana soportaba en silencio sus permanentes arremetidas. Pero una tarde, al verla conmigo, con el asentimiento materno la castigó y la dejó encerrada dentro de casa por buen tiempo; no obstante, me di los modos para enviarle un mensaje y ella me respondió de la misma forma, pidiéndome que me la llevara lejos de aquel infierno, tan lejos como fuera posible.
El viaje continuó sin ningún contratiempo hasta dos horas después de calmada la lluvia. De pronto, casi dormido, sentí mi cuerpo desplomarse…

2
–He notado que desde hace rato no le quita la vista a esta tumba. Por lo visto, hasta los propios familiares se han olvidado de quien aquí está sepultado, ya que el descuido es notorio.
–Ha transcurrido tres años desde su muerte. Aquí permanece como muchos otros a quienes jamás se los recuerda. Tal vez no tenía familiares ni amigos. Murió al estrellarse su colectivo en un precipicio. Era de noche y la lluvia era intensa. La joven que con él viajaba se llamaba Adriana. También murió. La madre de ella, cuando supo la mala noticia, se enfermó y a punto estuvo de morir. Su esposo la abandonó poco después, según dicen, por otra mujer.

– Y, ¿su nombre?
– ¿Te refieres a quién descansa en esta sepultura? La verdad lo olvidé.
Luego de un breve silencio, continuó:
– Un día le pregunté por qué venía tan seguido al cementerio. Su respuesta me dejó perplejo, pues dijo: “A envidiar a los muertos”.
– Entonces …ahora debe estar feliz.
– Sólo Dios sabe, Herman, sólo Dios sabe… Pero ya vamos que es tarde y a los muertos dejemos descansar en paz.