Del libro: “El Cuento Boliviano 1900-1937 Selección y presentación por Armando Soriano Badani En las montañas

Escrito por  Ricardo Jaimes Freyre Dic 17, 2017

Ricardo Jaimes Freyre (1868- 1933)

Poeta, historiador y diplomático boliviano. Nació en el consulado de Bolivia en Tacna, cuando su padre ejercía funciones de cónsul en aquella localidad.
Sus obras principales son: Castalia bárbara, expresión poética notable del modernismo; Leyes de la versificación castellana, que plantea toda una teoría de la versificación castellana, considerada como la única verdaderamente científica; Los conquistadores, Poesías completas.
Augusto Guzmán escribe sobre su obra: “Su estro es más musical que plástico y por lo general poco descriptivo, aunque lleno de sugestiones e intuiciones que flotan en el curso indeciso de sus fantasías penumbrosas y nocturnas. Su fina sensibilidad de artista corre pareja con su audacia innovadora y rebelde”.
Como cuentista, poca o casi ninguna es su obra. Sin embargo, de haber cultivado este género, hubiese ciertamente alcanzado notoriedad, considerando las notables virtudes del narrador de estirpe.

Los dos viajeros bebían el último trago de vino, de pie al lado de la hoguera. La brisa fría de la mañana hacía temblar ligeramente las alas de sus anchos sombreros de fieltro. El fuego palidecía ya bajo la luz indecisa y blanca de la aurora, y se veían los extremos del ancho patio.
Atados a las columnas del patio, dos caballos esperaban con la cabeza baja, comiendo la hierba. Al lado del muro, un indio joven en cuclillas con una bolsa llena de maíz en una mano, hacía saltar hasta su boca los granos amarillentos.
Cuando los viajeros se disponían a partir, otros dos indios penetraron en el vasto patio. Su aspecto era humilde y miserable y más miserables y humildes aún las chaquetas desgarradas, las camisas abiertas sobre el pecho y las sandalias rotas.
Se aproximaron lentamente a los viajeros que saltaban ya sobre sus caballos, mientras el guía ajustaba a su cintura la bolsa de maíz y anudaba fuertemente en torno de sus piernas los lazos de sus sandalias.
Los viajeros eran jóvenes aún; alto el uno, muy blanco, de mirada fría y dura; el otro, pequeño, moreno, de aspecto alegre.
—Señor... —murmuró uno de los indios. El viajero blanco se volvió a él.
—¿Hola, qué hay, Tomás?
—Señor... Déjame mi caballo...
— ¡Otra vez, imbécil! ¿Quieres que viaje a pie? Te he dado en cambio el mío, ya es bastante.
—Pero tu caballo está muerto.
—Sin duda, está muerto; pero es porque lo he hecho correr quince horas seguidas. ¡Ha sido un gran caballo! El tuyo no vale nada. ¿Crees tú que soportará muchas horas?
—Yo vendí mis llamas para comprar ese caballo, para la fiesta de San Juan... Además, tú has quemado mi choza.
—Cierto, porque viniste a incomodarme con tus quejas. Yo te arrojé un tizón a la cabeza para que te marcharas y tú desviaste la cara y el tizón fue a caer en un montón de paja. No tengo la culpa. Debiste recibir con respeto mi tizón. Y tú, ¿qué quieres Pedro? —preguntó dirigiéndose al otro indio.
—Vengo a suplicarte señor, que no me quites mis tierras. Son mías. Yo las he sembrado.
—Éste es asunto tuyo, Córdova —dijo el caballero, dirigiéndose a su compañero.
—No por cierto, éste no es asunto mío. Yo he hecho lo que me mandaron. Tú, Pedro Quispe, no eres dueño de esas tierras. ¿Dónde están tus títulos? Es decir, ¿dónde están tus papeles?
—Yo no tengo papeles, señor. Mi padre tampoco tenía papeles, y el padre de mi padre no los conocía. Y naide ha querido quitarnos las tierras. Tú quieres darlas a otro. Yo no te he hecho ningún mal.
—¿Tienes guardada en alguna parte una bolsa llena de monedas? Dame la bolsa y te dejo las tierras.
Pedro dirigió a Córdova una mirada de angustia.
—Yo no tengo monedas, ni podría juntar tanto dinero.
—Entonces no hay nada más que decir. Déjame en paz.
—Págame, pues, lo que me debes.
—¡Pero no vamos a concluir nunca! ¿Me crees bastante idiota para pagarte una oveja y algunas gallinas que me has dado? ¿Imaginaste que íbamos a morir de hambre?
El viajero blanco, que empezaba a impacientarse, exclamó:
—Si seguimos escuchando a estos dos imbéciles, nos quedamos aquí eternamente...
La cima de la montaña comenzaba a brillar herida por los primeros rayos de sol. La aridez se iluminaba lentamente y el paisaje desierto, limitado de cerca por las sierras negras, se destacaba bajo el azul del cielo.
Córdova hizo una señal al guía, que se dirigió hacia el portón. Detrás de él salieron los dos caballeros.
Pedro Quispe se precipitó hacia ellos y asió las riendas de uno de los caballos. Un latigazo en el rostro lo hizo retroceder. Entonces los dos indios salieron al patio, corriendo velozmente hacia una colina próxima, treparon por ella con la rapidez y la seguridad de las vicuñas, y al llegar a la cumbre Pedro Quispe aproximó a sus labios el cuerno que llevaba colgado a su espalda y arrancó de él un son grave y prolongado. Se detuvo un momento y prosiguió después con notas estridentes y rápidas.
Los viajeros comenzaban a subir por el flanco de la montaña; el guía, con paso seguro y firme, marchaba indiferente, devorando sus granos de maíz. Cuando resonó la voz del cuerno, el indio se detuvo, miró espantado a los dos caballeros y se puso a correr por una senda en los cerros. Pocos instantes después, desaparecía a lo lejos.
Córdova, dirigiéndose a su compañero, exclamó:
—Álvarez, esos picaros nos quitan nuestro guía...
Álvarez detuvo su caballo y miró con inquietud en todas direcciones.
—El guía... ¿Y para qué lo necesitamos? Temo algo peor.
El cuerno seguía resonando, y en lo alto del cerro se destacaba la figura de Pedro Quispe.
Un conjuro parecía pasar por esos cerros; en los campos, entre las malezas, en las puertas de las chozas y en la cumbre de los montes lejanos, salían y desaparecían rápidamente figuras humanas. Se detenían un instante, dirigían sus miradas hacia la colina en la cual Pedro Quispe arrancaba incesantes notas a su cuerno, y se arrastraban después por los cerros, trepando con cuidado.
Álvarez y Córdoba seguían ascendiendo por la montaña; sus caballos jadeaban por el estrechísimo sendero y, los dos caballeros hondamente preocupados, se dejaban llevar en silencio.
De pronto una piedra enorme, bajando de la cima de las sierras, pasó cerca de ellos con un largo rugido; después otra... otra...
Álvarez lanzó su caballo a escape, obligándolo a flanquear la montaña. Córdova lo imitó inmediatamente, pero los peñascos los persiguieron. Parecía que se desmoronaba toda la sierra. Los caballos, lanzados como una tempestad, saltaban sobre las rocas y vacilaban en el espacio, a enorme altura.
Muy pronto las montañas se coronaron de indios. Los caballeros se lanzaron entonces hacia la estrecha quebrada que serpenteaba a sus pies, por la cual corría dulcemente un hilo de agua, delgado y cristalino.
Se llenaron los valles de extrañas armonías; el son áspero y desagradable de los cuernos brotaba de todas partes, y en el extremo del desfiladero sobre la claridad que radiaba entre las dos montañas, apareció de pronto un grupo de hombres.
En ese momento, una piedra enorme rodó contra el caballo de Álvarez; se le vio vacilar un instante y caer luego y rodar por la falda de la montaña, Córdova saltó a tierra y empezó a arrastrarse hacia el punto en que se veía el grupo polvoroso del caballo y del caballero.
Los indios comenzaban a bajar de las cumbres; uno a uno, avanzando con cuidado, deteniéndose a cada instante, con la mirada observadora en el fondo de la quebrada. Cuando llegaron a la orilla del arroyo, vieron a los dos viajeros.
Álvarez tendido en tierra, estaba inerte. A su lado, su compañero de pie, con los brazos cruzados, en la desesperación de la impotencia, seguía fijamente el descenso lento y temeroso de los indios.
Arriba esperaban reunidos los viejos y las mujeres el resultado de la caza del hombre. Las indias con sus cortas faldas redondas, de telas groseras, sus manos sobre el pecho, sus trenzas que caían sobre sus espaldas, sus pies desnudos, su aspecto sórdido, se agrupaban en un extremo, silenciosas, sus dedos hilando sin cesar.
Cuando llegaron los perseguidores, traían atados sobre los caballos a los viajeros. Avanzaron hasta el centro del grupo, y allí los arrojaron en tierra, como dos bultos. Las mujeres se aproximaron entonces y los miraron con curiosidad, sin dejar de hilar, hablando en voz baja.
Los indios deliberaron un momento. Después un grupo se precipitó hacia el pie de la montaña. Regresó llevando dos grandes cántaros y dos grandes postes. Y mientras unos excavaban la tierra para fijar los postes, los otros llenaban, con el licor de los cántaros, pequeños jarros de barro.
Y bebieron hasta que empezó el sol a caer sobre el horizonte, y no se oía sino el rumor de las conversaciones apagadas de las mujeres y el ruido del líquido que caía dentro de las vasijas.
Pedro y Tomás se apoderaron de los cuerpos de los caballeros y los ataron a los postes. Álvarez, que tenía roto el espinazo, lanzó un largo gemido. Los indios los desnudaron, arrojando lejos de sí una por una, todas sus prendas. Después empezó el tormento.
Moría la tarde. Los dos viajeros habían entregado, mucho tiempo hacía, su alma a Dios; y los indios, fatigados y ya indiferentes, seguían hiriendo los cuerpos.
Luego fue preciso jurar el silencio. Pedro Quispe trazó una cruz en el suelo y vinieron los hombres y las mujeres y besaron la cruz.
Después quitó de su cuello el rosario, que no abandonaba nunca, y los indios juraron sobre él, y escupió en la tierra, y los indios pasaron sobre la tierra húmeda.
Cuando los cuerpos ensangrentados desaparecieron y se borraron las últimas huellas de la escena que acababa de pasarse en las asperezas de la sierra, la inmensa noche caía sobre la soledad de las montañas.