“En torno a los Chapacos” El saludo o encuentro en Tarija

Escrito por  Omar J. Garay Casal Dic 17, 2017

Sabemos todos, que se define al “saludo”, como un rito social que se materializa con gestos, miradas y palabras, mediante las que se expresan señales que denotan por lo general amistad, aunque a veces también hostilidad. Pudiendo variar el mismo, según la sociedad o cultura en que se practica, el tiempo e inclusive, la religión que se profesa.

El saludo en América, se practicó desde tiempos inmemoriales entre los nativos que la poblaron. Luego de la conquista española cambió o se modificó sustancialmente al asimilar la influencia extranjera en estas tierras. Confluyen y se combinan formas y rituales que devienen de las costumbres de antaño y del Reino de España; es decir las que corresponden a la época indigenista pre colonial con la del vasallaje o época feudal europea, a las que se suman las costumbres virreinales españolas y de los ritos católicos.
En Tarija el saludo fue toda una institución, que se practicó desde siempre en todas sus clases sociales. Fue y es esencialmente oral y su fórmula se reduce por lo general a un deseo verbal de bienestar al otro y se acompañaba por lo menos hasta mediados del siglo pasado, con el lenguaje corporal, consistente según determinadas circunstancias en una pequeña venia o leve movimiento de la cabeza, que se hacía de arriba hacia abajo o del tronco de atrás hacia adelante. Distinto a la inclinación del cuerpo entero que hacía el vasallo al señor; el aldeano al Rey e inclusive diferente al acto de ponerse de rodillas que ha debido imperar a principios de la colonia entre indios y conquistadores.
Otra forma de acompañar el saludo verbal, fue con un gesto muy notorio consistente en sacarse el sombrero o lo que se tenía puesto en la cabeza, práctica muy extendida cuando se ingresa a las iglesias. En el mundo secular, este gesto se limitaba al ademán de sacarse el sombrero, al contestar el saludo a un destinatario no tan importante o porque se trataba de alguien perteneciente a un nivel social más bajo. Mientras que el clásico saludo de estrecharse las manos o darse un abrazo era y lo sigue siendo de gentes de las ciudades a las que une un lazo de amistad o familiaridad.
Algunos paisanos de más edad, recuerdan que hasta no hace muchos años el saludo entre dos “incluía a toda la familia” y en respuesta se agradecía el gesto. Ej: “Buenos días, buenas tardes o buenas noches tenga doña Genoveva y toda su jamilia”, recibiendo como respuesta un cortés “Todos bien, le agradezco su cariño Don Anastasio”.
El beso en la mejilla es más moderno y atendiendo nuestra cultura machista, con seguridad no ha imperado entre los primeros habitantes y ni pensar del beso entre hombres, propios de otras culturas.
El saludo en Tarija siempre fue un acto de cortesía, de buena educación, un signo de convivencia y de familiaridad o fraternidad entre conocidos y aún con desconocidos; en definitiva una forma de encuentro entre los miembros del mismo conglomerado social. Aunque otras veces se producían encuentros-desencuentros cuando se enfrentaban sin remedio uno o más enemigos, dando lugar a que entre ellos lo que intercambiaran no fueran precisamente saludos sino una sarta de insultos, maldiciones, miradas de odio, de rencor guardado, gestos inamistosos y en algunos casos acciones corporales destinadas a lastimar o eliminar al otro, como veremos después.
Antes, si alguien no saludaba en Tarija, pasaba por malcriado o ignorante. Hoy es socialmente menos obligatorio y muy común no hacerlo. Inclusive la clásica fórmula de los buenos días, buenas tardes o buenas noches ha quedado reducida a un muy descortés “buenas”, sin saber si lo que se está deseando verdaderamente al otro es una “buena jornada” o simplemente un “buenas peras o levas”, sonando más a falta de respeto que a un acto de cortesía.
En los días que corren, muchas personas han simplicado el saludo a una sola palabra o expresión: ¡hola!
Cuando en la capital del departamento de Tarija y en los pueblos capitales de provincias, no existía el servicio telefónico, la gente se ingenió una forma de saludo a la distancia. Consistía en enviarlo vía terceras personas que habitualmente eran la “imilla” o el “llocalla” que tenían la condición de criados, empleados en labores del hogar o de mandaderos en las casas.
De modo que cuando el jefe de familia o la esposa deseaban saludar a un pariente cercano, vecino, conocido, compadre, comadre, ahijado o a cualquier otro cristiano, y no podían hacerlo personalmente, despachaban al criado o criada que lo haga. Para lo que los instruían previamente, de manera ceremoniosa y memorística, Ej: “Irás donde la comadre Cata y le dirás buen diya señora Catalina, vengo de parte de su comadre Ruperta, quien pregunta cómo ha amanecido y le manda saludos a usted y a toda la familia, deseándole que pase una buena jornada. De paso le invita para que venga junto a su esposo e hijos a festejar su cumpleaños esta tarde en su casa….has entendido bien imilla o llocalla?” Y una vez que él o la mandante se aseguraban que el mensajero había memorizado el recado, recién lo despachaban. Ocurría con frecuencia que él o la destinataria devolvía el saludo con el mismo formalismo y persona que le llevó la salutación inicial.
Asimismo, si consideramos que casi todos los habitantes de la ciudad y el campo profesaban la religión Católica, Apostólica y Romana; el saludo de buenos días, buenas tardes o buenas noches llevaba adherida la expresión o deseo que “Dios, la Virgen, el niño Jesús o cualquier otra Santo” alumbre, ilumine o colme de bendiciones al destinatario.
Cuando no se nombraba a Dios, Jesús o Cristo, la Virgen o un santo en particular, se anteponía al saludo las palabras genéricas “Santos o Santas” que incluía a todos, de modo que se solía escuchar cotidianamente algo así como “buenas y santas tenga Don Cleto”, a lo que el aludido respondía con otro “Santas sean don José”; significando que sean “Santas las mañanas, tardes o noches” según las circunstancias de tiempo que se habían aludido y siempre como respuesta a la persona que había saludado primero. Esta forma de saludo fue muy común en la Provincia O’Connor y también en otras provincias del departamento.

El saludo en el campo: Imperaba en el saludo campesino un respeto excesivo, mucho más entre los integrantes de una misma familia. Antiguamente no se usteaban entre padres, hijos y entre hermanos, teniendo siempre la obligación de saludar primero los hijos a los padres o el hermano menor respecto al hermano mayor; entre los que era impensado el voz o el tú. Ej: “Güen diya tenga con Dios tata” o “Güen diya tenga oste mama” a lo que se contestaba con un coloquial “Güen diya hijo o hija, como ha amaneciu osté”. O “Güen diya hermano o hermana”.
Se recuerda que entre los matrimonios más antiguos de campesinos, persistía idéntico respeto, no produciéndose ni por asomo el voceo entre marido y mujer. Era por tanto normal que se “ustearan” entre esposos, costumbre que ha desaparecido prácticamente en nuestros tiempos.
Entre hijastros o criados con relación a los padres adoptivos o padrinos, el no respeto era un sacrilegio, no pudiendo los primeros bajo ningún concepto dejar de “ustear” a los segundos; costumbre que se conserva hoy en muchos lugares del campo y en la ciudad.
El saludo entre personas de una misma localidad o comunidad de igual rango social, es decir entre pares, exigía una rigurosa solemnidad y cortesía. En el ámbito rural antiguamente no existían marcadas diferencias sociales, como mínimas fueron las diferencias económicas que los separaban, considerándose todos iguales; salvando claro algunas excepciones como uno que otro hacendado, la autoridad política del lugar y los ancianos o personas mayores a los que todos profesaban absoluto respeto.
En el campo, cuando dos personas adultas se encontraban nunca se trataban de vos o tú, por más conocidos que fueren, siempre se usteaban. Ej: “Güenos diyas don Venancio cómo esta osté” obteniendo como respuesta un “Bien nomás con el javor de Dios don Pascual y osté”; “Mus tupamos don Pancrasio, que lo trayen por estos lares”. Obteniendo como respuesta un simple “Bien don Antenor, vengo trayendo unas chivitas para la venta, como anda osté”
Siendo muy extendido entre las gentes del campo el uso de sombrero, al saludo se acompañaba con el lenguaje gestual, que consistía en quitarse el sombrero o lo que se llevaba encima de la cabeza y una pequeña inclinación ya del cuerpo o de la cabeza.
Igual y mayor sumisión y respeto observaba el campesino joven con relación a uno adulto, sea este hombre o mujer. En este caso la obligación de saludar partía siempre del más joven.
La religiosidad del habitante de la ciudad capital de Tarija, siempre ha sido reconocida; ni qué se diga de los campesinos, quienes eran y siguen siendo creyentes leales de las leyes de Dios y de la iglesia. Por lo que su saludo, incluía a toda la divinidad, agregando a sus buenos deseos los de la Virgen, Dios, los ángeles y los santos.
Hay distintas variantes en cada saludo Ej: “Güen diya le dé Dios”, “Dios lo acompañe don Julían”; “Güenas noches tenga Don Cresencio que el Altísimo guarde su hogar”; “Vaya con Nuestro Señor don Pancrasio”; “Dios y la Virgen los bendigan doña Ceferina”; “Jesús, José y la Virgen lo iluminen doncito”; “Qué el niño Dios lo libre de males”, “Qué la devinidad lo proteja ”; “Qué la virgen lo ampare don Catalino”; “Qué la providencia lo resguarde señor cura”, “Güenas tenga doña Eudosia, que la mamita de Chaguaya le conceda todos sus deseos”, “Hola palomita, que la devinida te conserve churita”, etc.
El campesino tarijeño sigue siendo tan respetuoso como antes, esto lo puede evidenciar cualquier persona que visite la campiña en la que admirará la sencillez y la humildad del Chapaco, así como su educación. Saludan a todo aquel que se cruce en su camino y con mayor razón si se trata de un extranjero, enseñándonos lecciones de elemental cortesía y convivencia que ya no se practican en la ciudad.
Los campesinos jóvenes, influenciados cada vez más por la gran urbe, son algo renuentes al saludo, sin embargo mantienen un nivel de respeto mayor a los adolescentes de la ciudad.

El saludo entre gentes del campo y la ciudad. El encuentro entre gentes del área rural y urbana era excesivamente respetuoso, coloquial y expresaba siempre una posición de clase. El del peldaño de abajo siempre estaba en la obligación de saludar primero al que ocupaba una posición de clase más alta. Se entendía así y así lo mandaba la costumbre heredada desde la colonia por un lado, pero también, obedeciendo a un excesivo respeto que se inculcó desde la enseñanza oficial durante la república.
De allí que el saludo del Chapaco se expresaba más o menos así: “Buenos diyas Señor”, “güenas tardes caballero” o “güenas noches dostor” independiente quien haya sido la persona con la que se encontró, a la que identificaba inmediatamente como gente de ciudad o forastero, ya por su forma de vestir, hablar o su apariencia física.
Pudiendo variar el saludo en contadas situaciones por ejemplo cuando el receptor era muy conocido o más o menos conocido del campesino, casos en los que después de un tiempo prolongado y atendiendo la mayor o menor condescendencia y confianza que le dispensaba el hombre de ciudad, se podía escuchar amablemente saludar con un “buenos días, buenas tardes o buenas noches don Mario o don Pablo”.
En ocasiones bastaba que la persona de la ciudad apareciera con saco y corbata para que el ingenuo campesino lo confundiera con un abogado o letrado, al que saludaba amablemente denominándolo “dostor” o “licenciado” lo que halagaba sobremanera al impostor; así este último no haya cursado ni el primer año de la escuela primaria y no supiera escribir o leer ni su nombre. El que a su vez ante tamaña deferencia contestaba con un despectivo y forzado “hola llocalla o imilla”, un “hola ché” o respondiendo con un apenas audible “hola”, dependiendo del humor que cargaba este personaje, a la hora del saludo.
Estas voces Señor, Caballero o Dostor (abarcaba este título al médico como al abogado y leguleyo) fueron internalizadas en la mente campesina por la “educación formal”, y como hemos visto se utilizaban por el campesino en su interrelación con gentes de la ciudad, a las que consideraban medianamente o muy importantes.

El saludo entre la servidumbre y los patrones: En este tipo de saludo la obligación de saludar la tenían las empleadas o encargados de los trabajos domésticos, que provenían de familias campesinas. Si se trataba del dueño de casa o jefe del hogar, se dirigían al mismo con el clásico “Buenos diyas Caballero”, a la esposa con el “Buenos diyas señora” y a los hijos con un “buenos diyas señorito o señorita”.
Forma de saludo que se inculcaba a la “mocha” al momento de la entrega a tierna edad por sus padres, a una familia pudiente y acomodada de la ciudad, la que supuestamente la protegía - bajo contraprestación de trabajos caseros y otros no pactados- hasta su mayoría de edad; momento en que podía emanciparse regresando al seno materno o quedarse definitivamente como “sirvienta doméstica a perpetuidad”. Lo que dependía del reclamo que hacían las familias de la mocha o el muchacho, el grado de madurez de los nuevos mayores de edad o del grado de dependencia económica, sicológica o social respecto a la familia protectora.
Hay que agregar que como signo distintivo, la “mocha” llevaba siempre rapada su cabeza, a lo que le obligaba la familia protectora, por temor a las enfermedades o al contagio de piojos o liendres en el seno de la misma.
El saludo de la servidumbre, fue una formalidad u obligación permanente, que se cumplía religiosamente todos los días.

El saludo entre peones y arrenderos, con los dueños de las haciendas: El intercambio de saludos entre el peón y el patrón no se diferenciaba demasiado de los anteriores. El que estaba en obligación de saludar inicialmente era el peón, ejemplo: “Güen diya le dé Dios Patrón”, a lo que este último contestaba con un simple “Buen día Pedro”, Buen día Santos” o un simple “Buen día ché…pasá, sentate, que se te ofrece”.
De la misma forma cuando se encontraba el cuidador de la hacienda con el o los descendientes del patrón, la obligación de saludar partía del arrendero, por más que fuera una persona mayor con relación al hijito del patrón. “Güen diya niño, señorito o señorita cómo está osté? A lo que estos contestaban con un simple “Hola Venancio, Pancracio, Sinforoso o lo que fuere”, lo que era retribuido casi siempre con un cordial “Pasen, sientensen” por parte del campesino y su familia.
El encuentro entre los hijos del campesino y los hijos del patrón, no rompía las reglas, estaban obligados a saludar primero los hijos del campesino a los del dueño de la casa de la hacienda, aunque en ausencia de los patrones, los niños de unos y otros, terminaban tuteándose y poniendo fin a las diferencias sociales, cuando compartían los juegos propios de la edad.

El saludo entre el hombre del campo y la autoridad espiritual del lugar: De este saludo ni qué hablar. Trátese del Obispo la autoridad religiosa de rango mayor en el Departamento, del cura párroco, del sacristán o del monaguillo, a no dudar en épocas pasadas eran las autoridades que merecían el mayor de los respetos por parte de los siervos de Dios provenientes del campo. La gran mayoría de chapacos, hasta mediados del siglo XX, eran ante todo “Católicos, Apostólicos y Romanos”; luego de lo cual aparecen y se reproducen como hongos en todos los rincones del agro, diferentes creencias e iglesias como la Evangélica, Cristiana, Adventista, Testigos de Jehová y Mormones, rompiendo con el monopolio religioso que hasta entonces detentaba de manera absoluta la Iglesia católica.
Mientras aquello no ocurrió, los curas eran para el Chapaco algo así como el Mesías en la tierra, merecían el mayor de los respetos y eran acreedores de su más absoluta sumisión. Esta se expresaba entre otras formas mediante el saludo que efectuaba en ocasiones que el sacerdote visitaba alguna región o el Chapaco llegaba a la iglesia del pueblo. Se quitaba el sombrero, gorra o lo que llevara puesto, se arrodillaba, se persignaba y, por supuesto inclinación de por medio, le hacía presente sus mejores deseos y buenos augurios, así como las ofrendas para el santo y también para el propio cura.
Ofrendas que antiguamente consistían en objetos valiosos, animales y alimentos de toda clase, de manera tal que el curita nunca sufría hambre ni quedaba abandonado a sólo la mano de Dios.
Lo denominaba “Pagrecito”, “Papacito” o “Tata cura” y por tanto el saludo al representante de la iglesia, ocupaba un lugar preferencial entre los deberes que estaba obligado a cumplir como buen hijo de Dios.
Ej: “Buenos diyas pagrecito, hey veniu pa que me dé su bendeción”, “Güen diya tenga con Dios Pagre”, “Que Dios y la Magre Mariya lo colmen de salú pagrecito”, “Buenas tardes tata cura, tenga presente estas ojrenditas”, “Que la providencia lo guarde”. “Guenas noches señor cura hey veniu a confesar mis pecaus”, “Pagrecito, le traiu un chivito y unas gallinitas pa que me lo rece unas misitas”, etc.
¡Ay! si el pobre campesino confesaba algunos pecadillos, se hacía acreedor a la penitencia impuesta de esas que mandaban rezar una buena cantidad de padrenuestros o avemarías y/o depositar dinero que en calidad de limosna dejaba para la parroquia; con lo que se propiciaba el perdón y la salvación del alma, que es lo que en definitiva interesaba al humilde pecador.
En los primeros años de la evangelización e inclusive en tiempos republicanos, los campesinos u originarios que llegaban a los templos o iglesias, estaban obligados a hacerlo sin sombreros o lo que traían puesto en sus cabezas y también sin aquello que traían en los pies, o sea descalzos; sin sus quiñas, abarcas u ojotas con los que cubrían sus miembros inferiores. Obligaciones, de la que se encontraban eximidos los españoles y criollos.

El saludo a las autoridades político administrativas del lugar: Los vocablos Usía, Vuestra Merced o Señoría servían para aludir a una persona de alto rango o autoridad colonial, a saber el Capitán y Justicia Mayor, Gobernador, Intendente, Regidor, Escribano, Procurador General, Síndicos, etc. quienes representaban a la autoridad del rey durante la Conquista u otras que representaban al Estado durante la República, trátese de Diputados, Senadores, Prefecto, Magistrado, Juez Concejal o Edil, etc.
Consecuentemente, el saludo entre impares no podía escapar a esta realidad, de modo que el campesino hasta casi comienzos del siglo antepasado, estaba obligado a saludar a la autoridad anteponiendo las formalidades ya descritas: “Muy buenos días tenga Usía”, “A Vuestra Merced le depare un hermoso día”, o “Su Señoría tenga muy buenas noches”.
Las personas que detentaban los cargos de más alto rango en la Colonia fueron de origen español, después durante la República los criollos son quienes los heredaron en lo político, judicial o administrativo, los que eran vedados a los habitantes originarios hasta casi entrado el siglo XXI.
El vocablo “Don” fue otra forma de trato respetuoso con la que el campesino o Chapaco anteponía a los nombres propios masculinos, lo usaba en sustitución de los nombres cuando los desconocía o se olvidaba de estos últimos y/o, en sustitución de títulos académicos, honoríficos, o de cualquier otra índole; cuando los profesionales escaseaban y los honorables sobraban porque la honorabilidad se compraba. Se lo usaba ante todo en el saludo, expresado de la siguiente manera: “Buenos días don” o “Buenas tardes don”.
Y se recurría también al don para entablar conversación o para interrogar sobre algo que se desconocía: Ej: “Don, comprame choclitos” o ¿Don… puande queda la municepalidá?
Esta forma de trato más usual en el campo que en la ciudad, fue también costumbre en otros lugares como la Argentina, se tiene como caso emblemático el del cantante fallecido Roberto Sánchez más conocido como Sandro de América, quien prefería que lo llamasen “Don Sáchez”, como lo hacían en vida con su padre “Don Vicente Sánchez”.
Si en el pasado esta forma de trato estaba reservada a personas de elevado rango social, con el tiempo degeneró tal apelativo, al extremo de ser hoy mal visto o es considerado una falta de respeto, lo que está influyendo en el desuso del vocablo e inclusive en su posible desaparición.
“Doña” en su expresión femenina, es igualmente una forma de trato muy extendida, que se anteponía a los nombres propios de las mujeres o cuando se olvidaba o desconocía estos.
En esta misma línea, aunque su uso es cada vez menor, el apelativo “Ña”, no es otra cosa que la simplificación de la Palabra Doña. Ej: “Ña, vendami josjoros pa prender juego”.
Atendiendo a una de las características más sobresalientes de nuestra forma de hablar tampoco podía faltar el uso de los diminutivos en estos casos. El “Doncito” que se origina de Don. Ej. ¿Puande queda la recoba doncito? Y el “Doñita” que viene de Doña. Ej: “Comprami peras doñita”.
Si de diminutivos se trata no podemos dejar de mencionar la palabra Patroncito - propia del vocabulario del campesino,arrendero o peón- para dirigirse a su Amo o Dueño quien legalmente era el propietario de la tierra que casi nunca trabajaba.
Asimismo, en las escuelas rurales, el saludo era el primer acto o primera manifestación de los niños al ingresar al aula, de allí que se solía escuchar dirigirse al profesor con el consabido “Güenos diyas o buenas tardes señor projesor” que retumbaba en el ambiente, lo que era respondido con un amable “Buenos días o buenas tardes alumnos” por parte del maestro de escuela.
Hoy entre los jóvenes de la ciudad y el campo prima el voseo (vos, che) y en esta perspectiva se le ha quitado solemnidad y formalidad al saludo. Y los únicos modos gestuales con los que se acompaña este rito en las ciudades, son el beso en la mejilla cuando los que se saludan son parientes y un abrazo o simplemente un apretón de manos entre conocidos o amigos. Cuando no lo son, basta y sobra con el saludo verbal.
Últimamente el saludo tiende a desaparecer, está sufriendo transformaciones y con frecuencia se circunscribe a sectores o colectivos menos ampulosos, como son los círculos de amigos, logias, agrupaciones de profesionales, militantes políticos, etc. los que cumplen formas propias. Junto a esta formalidad, van desapareciendo la cortesía y amabilidad tan propias de las gentes de antaño.

El desencuentro:
Sostuvimos que los encuentros cuando no eran deseados ni bienvenidos se convertían en desencuentros y, en consecuencia, los saludos se transformaban en amenazas y maldiciones. En lugar de intercambiar parabienes entre dos personas enemistadas, cualquiera haya sido el motivo, se repartían toda clase de insultos, blasfemias o quencherías hasta que se perdían de vista el uno del otro, si antes no se trenzaban a golpes o se desafiaban a duelo y finalmente se enfrentaban sin importar si alguno o los dos dejaban la vida en el ruedo.
En los enfrentamientos personales, una vez producido el desafío, se solía responder por parte de uno de los contrincantes “Si querís peleya, bajati que el suelo es parejo”. Significando con ello que se arrime el retador al lugar donde se encontraba el retado para proceder en igualdad de condiciones y sin ninguna ventaja de por medio.
Se suele aún escuchar entre campesinos al momento de enfrentar un reto, la expresión conocida: “deja de cacariar como las gallinas…en la cancha se ven los gallos” equivalente al argentinismo “en la cancha se ven los pingos”.
En Tarija en ocasiones –sucedía más a menudo en otros lugares- cuando en el pasado se creían ofendidos el honor o la dignidad, no faltaban quienes estaban dispuestos a enfrentarse mediante el “duelo”. Costumbre –según algunos historiadores- heredada de los españoles, que a su vez la introdujeron por obra de los cartagineses. En las ciudades, el duelo se efectuaba bajo ciertas reglas, que las partes se comprometían a cumplir y que tenían que ver con algunas cuestiones previas al enfrentamiento: el nombramiento en común de un padrino o juez, en cuya presencia se escogía el tipo de arma que se iba a utilizar -por lo regular pistola o revolver y ocasionalmente armas blancas como sables o facas-, acordar la hora, día y lugar donde se produciría y, otras, relativas al momento mismo del duelo: la forma en que tenían que ubicarse los contendientes , por lo general de espaldas uno del otro, el número de pasos que debían recorrer antes de voltearse y desenfundar sus armas, así como prohibiciones expresas que desnaturalizaran el acto.
En el área rural los Chapacos solucionaban sus enconos y, aún hoy lo hacen, a puro golpe de puño, retándose y enfrentándose en el acto. No se sometían a las regulaciones exigidas en la ciudad ni usaban armas de fuego, pero tampoco estaba vedado el uso de armas blancas, en cuyo caso lo hacían a punta de facón o cuchillo.
En el preámbulo de las peleas, que por lo general tenían lugar en alguna fiesta o reunión social, la sensación del mal augurio o presagio inundaba el ambiente. En la medida que aumentaba el consumo alcohólico entre los presentes, reflotaban antiguos odios y diferencias o algún Chapaco celoso o fullero invitaba a otro al ruedo, donde arreciaban las miradas, se intercambiaban insultos, mientras el resto de los paisanos formaban un círculo. Después, como en una danza en la que se mueven los contendientes entre floreos y tanteos, se repartían patadas y golpes de puño hasta que el metal resplandecía, apenas momentos antes que alguien cayera herido o fulminado para siempre.
En el enfrentamiento verbal se descargaban asimismo todas las iras, odios y abominaciones, dando paso a exclamaciones y expresiones muy propias del lenguaje popular en las que la referencia al infierno, el diablo, satanás o lucifer aderezaban estas expresiones: “Diantre, mus topamos con el diablo”, “Mandinga bajó del injierno”, “Que te recoja lo más pronto Satanás”, “Que el demonio te lleve pal injierno”, “Que el diablu te arrastre a las tinieblas”, “Ojala te pudrais en el injierno”, “Diande sia apareciu este demonio”, “Hijo diuna por mandingas”, “Hijo del demonio”, etc.
En otras oportunidades Dios o el deseo de alguna enfermedad o mal, caracterizaban estas expresiones: “Dios me libre de este indio”, “Dios quiera que tu mal acabe con vos”, “Hijuna grandísima con quien mus encontramos”, “Ojala te pudrais y te coma los ojos el sacre”, “Hijo mal pariu”, “Ojala te pille la rubíola”; “Que te parta la cabeza en dos cuando caiga el primer rayo”, “Te carcoma la viruela hijo diuna”, “Que te mate la tuberculosis”, “Que la disenteriya te seque las tripas”, “Que la diarria te seque la panza”, “Ojala te coma el tigre”, “Se te revienti el estomagu”, “Que se te rompa el buche”, “Hijo i zorra“, “La gran puta que te parió”, etc.
En los anales de la justicia, existen hechos recreados por juristas de reconocido prestigio en los que se relata una forma muy particular de proferirse insultos entre campesinos. Cuando alguno de estos mantenía enemistad con otro lugareño, se procuraba de un burro o asno (podía ser cualquier animal) al que lo paseaba enfrente a la casa del adversario maltratándolo y golpeándolo sin compasión ni tregua alguna, a tiempo de lanzar una sarta de insultos a voz en cuello; asegurándose que llegaran a oídos del enemigo, ya que la artillería estaba dirigida a él antes que al animal. Cuando la víctima escuchaba y hacía carne propia de estos agravios u ofensas, no paraba hasta demandar ante los tribunales de justicia, al ofensor e injuriante, por malos tratos u ofensas a su dignidad y orgullo que creía mancillados.
Interrogado el agraviado por el juez, basaba su pretensión en el hecho de que el demandado transitaba voraceando sin descanso frente a su casa, pidiendo en definitiva justicia y cesaran por orden judicial estos ataques, además de algún resarcimiento civil o retractación pública que restableciera su dignidad u honor.
¡Ay! cuando estos desencuentros, se producían entre mujeres enemistadas una de otra, la historia es un tanto más ponzoñosa y visceral que entre los hombres. Estas rencillas surgían porque una de ellas le afanó o quitó el enamorado, novio o el marido a la otra y, si no fue así, por lo menos lo deseó, coqueteó o intentó hacerlo. No eran frecuentes pero cuando sucedían eran feroces. Equivalían a ver enfrentados a gladiadores y leones en el circo romano. El odio incubado por la traición y los celos es capaz de convertir la mansa gatita, en una feroz tigresa.
Se intercambiaban insultos, patadas, puñetes, arañazos, estirones de cabellos o trenzas, mordiscos y si portaban o tenían un objeto en la mano no dudaban en zamparle a la humanidad de la rival, apuntando en lo posible a la cabeza y, mejor aún, si el objeto lanzado como misil daba de lleno en la boca, los ojos o la nariz. Lo importante era causar el mayor daño posible a la contrincante, además de dejarle estampada en la cara o la frente una marca o cicatriz, que la identificara públicamente como la puta, perra o zorra avezada que la despojó u osó despojarla del marido, novio o enamorado.
Fue clásico también el corte de cabello que hacía la esposa o novia ofendida a la roba maridos o novios, con ayuda de otras damas que se solidarizaban con la “agraviada”, para lo que utilizaban una tijera o un cuchillo con lo que efectuaban un corte desigual y disparejo del cabello de la intrusa, obligándola a acudir donde un peluquero para raparse la totalidad de la cabeza. Lo que a su vez la forzaba a permanecer oculta durante un buen tiempo para evitar las miradas indiscretas de la gente, hasta que creciera nuevamente el cabello. De manera que no quedara duda quien era la avezada dama, que a partir de aquel hecho quedaba definitivamente marcada con el sello que la identificaba como “puta” ante el común de la gente. Lo que tampoco dejó de suceder entre familias de abolengo.
Otro recurso muy usado por las esposas o novias mancilladas que no gustaban de la exposición pública, fue hacer circular en voz baja y en forma de rumor, entre los asistentes al acto social, la calidad de ladrona, puta, gran puta o de hija “diuna” la traidora de su enemiga; a la par de desprestigiar el honor y la dignidad de la roba maridos o novios lo que generaba adhesiones por lástima, en particular de mujeres casadas y con hijos; que no dudaban en catalogar como inmoral y pecadora a la trasgresora y, de compararla con una gallina, a la que cualquier gallarete la sube y le hecha su polvorete. Prácticas que no han desaparecido totalmente y aún son posibles de presenciar en el campo y la ciudad.
En los casos de abuso del marido contra la mujer o viceversa, si era público, y algún incauto salía en defensa del o la damnificada; las víctimas terminaban defendiendo al marido o esposa abusadora en desmedro del defensor, a quién insultaban o terminaban golpeándolo por metiche, cumpliéndose como nunca aquella vieja expresión chapaca: “el comediu, siempre sale con el culu rompiu”.

Tarija, 2017