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Atiliano Auza, musicólogo

Escrito por  Heberto Arduz Ruiz Dic 31, 2017

En mis ocasionales viajes a Tarija lo convoco al diálogo y hablamos de todo y de nada, del ambiente, del apego que tiene el forastero al pisar suelo tarijeño, del elevado número de migrantes, de la contracción económica que se percibe en la actualidad; matizando temas de personas y cosas, pero siempre con entusiasmo y respeto mutuo, además de sonrisas que surgen en la conversación.
Así evoca un pasaje de su vida, en torno al galardonado poeta de los niños. “La oportunidad en que conocí a Oscar Alfaro, cursaba el tercer año de la Escuela Nacional de Maestros en la ciudad de Sucre (1949). El poeta, joven de 21 a 24 años de edad más o menos, lucía una barba bien cuidada; aproximándose en el Parque Bolívar en compañía de Julio Ameller Ramallo y se paran reconociéndola a Rosa, mi esposa, por cuanto su madre Mercedes vda. de Ledezma era dueña de casa donde residía Alfaro. Tras un intercambio de palabras en tono de saludo se despiden ofreciéndonos su amistad. En La Paz Oscar se enamora de una cruceña, de la Academia de Chela Urquidi”.

Mi amistad con Atiliano se inició en ocasión de la presentación de uno de mis libros en la Casa de la Cultura, hace varios años; habiéndose acercado el profesor al finalizar el acto para felicitarme por mis palabras. Quedamos, desde entonces, como buenos amigos y en cada visita a la ciudad del Guadalquivir nos reunimos.
Bajo el signo de la humildad este caballero, por mil señas, nos da una inacabada lección de profunda entrega a la música, diosa a la que desde muy joven supo rendirle tributo cotidiano, sin desmayar un solo instante en su rito de admiración. Como profesor ha dejado cientos de alumnos dispersos en la geografía patria, que seguramente se acordarán de la afición musical que despertaba en cada clase y, sobre todo, en las conferencias y conciertos. Todo en él era entusiasmo, constancia y calidad interpretativa. Hermano de otro maestro a carta cabal e intérprete de piano, Antonio Auza Paravicini.
Al caballero se lo descubre en el trato constante, en la sonrisa franca y la mano abierta para el amigo que se acerca a buscar compañía, en una soleada mañana, o al caer de la tarde en nuestras vidas, ávidas de saberes que hermanan en los días aciagos y/o en las alegrías que pasan aprisa; dejando disperso su grato aroma que no se esfumará. Esa amistad nos honra por lo alto.
En un artículo de Presencia Literaria que conservamos, titulado La Unión de Escritores y Artistas de Tarija en su XIII Aniversario, Atiliano apuntaba: “La vida cultural –propiamente dicha- nacía de dos fuentes de sustancialidad: primero, en el campo de la educación, concretamente en el Magisterio Urbano, mediante conferencias, exposiciones pictóricas y demostraciones musicales, que por turno presentaban los establecimientos escolares del distrito. Y, las que provenían de círculos de la intelectualidad tarijeña, que no eran menos importantes con las llamadas reuniones socio-culturales, o reuniones hogareñas simplemente”.
La hoja de vida de este chuquisaqueño andante y tarijeño de adopción, afincado por voluntad propia en este bello solar chapaco, donde el alma se expande a plenitud y el contacto con la Naturaleza está a unos pasos, cruzando la avenida costanera y el mermado caudal del Guadalquivir. Nació en la ciudad de Sucre el 5 de octubre de 1928. Sus primeros contactos con el arte musical los tuvo a partir de los seis años de edad. Luego de graduarse de profesor de música en la prestigiosa Escuela Nacional de Maestros, complementó estudios en el Conservatorio Nacional de Música de La Paz. De 1955 a 1960 hizo una gira nacional dando conciertos de violín. Así empezó, a todo ritmo y a todo vapor su desempeño profesional, editó trabajos de creación musical, publicó nuevos textos didácticos y de historia musical tarijeña. Fue autor de la primera ópera boliviana denominada Incallajta. No es poco, por tanto, su aporte al campo musical en una amplia gama de actividades. Y, por supuesto, las distinciones y reconocimientos por tan ardua labor son numerosos.
La vasta obra de Atiliano Auza ha trascendido buena parte del siglo XX y algo de la presente centuria, prestigiando enormemente al quehacer musical en nuestro país. Misión cumplida, entrañable maestro y querido amigo.