Del libro: “El Cuento Boliviano 1900-1937” Selección y presentación por Armando Soriano Badani El velo de la purísima

Escrito por  Adela Zamudio (1854-1928) Dic 31, 2017

ADELA ZAMUDIO (1854-1928)

Educadora, poetisa y novelista boliviana. Escribió durante el primer tiempo de su carrera literaria con el seudónimo de “Soledad”.
Poetisa que fue coronada por el gobierno de la nación en Cochabamba el año 1926.
Augusto Guzmán, que ha escrito una biografía sobre la Zamudio, dice: “Como prosadora, es de una objetividad realista en los muchos relatos que ha dejado sobre asuntos del país. Es la madre del cuento boliviano. Junto a la nota sobriamente pintoresca, resalta por lo general el carácter de los personajes a los cuales estudia en relación con el ambiente...”
Su principal bibliografía es: Ensayos poéticos, Violeta o la princesa azul, íntima, Ráfagas, Cuentos breves, Novelas cortas.

Un jueves a principios de noviembre, la señora doña María de la Concepción, instalada en su blando reclinatorio, con su montón de libros piadosos por delante, rezaba deliciosamente sus devociones, como solía siempre hacerlo después de la misa mayor, cuando, notando que una de las velas del altar, ladeaba y con el pabilo doblado hacia abajo, ardía chorreando de un modo lastimoso y amenazaba incendiar un ramo de flores de trapo próximo, hizo seña a un sacristán que pasaba a la sazón por ahí y dejando a doña María con la palabra en la boca, se fue muy solícito a atender primero a la X que lo envió no sé a qué a la sacristía.
Es un hecho que los más pequeños incidentes son a veces causa de nuestras resoluciones más serias. La señora doña María bastante picada y se puso involuntariamente a reflexionar:
“—¡Los humos que se dan aquí las X! ¡Y qué poco les cuesta: una araña que obsequiaron hace años que no valdría veinte pesos! Es que ellas saben hacer bombo y darse importancia. Si yo obsequiara a la Purísima el velo y manto que tengo pensados, veríamos si los sacristanes me trataban así. Un manto como el que la señora N. regaló a la Virgen del Carmen, que tanta bulla metió, pero mucho más costoso. ¡Y la cara que pondrían las X ante semejante obsequio! ¡Qué alegría la de los canónigos y, qué expresiones de profundo agradecimiento las que me dirigirían! Acaso la escena tendría lugar en presencia de las X o de alguna otra de las compañeras de la Santa Asociación que contaría el caso y los elogios de que habría sido yo objeto. No se hablaría de otra cosa entre las gentes de piedad.
”—¡Un hermoso manto y velo a la Purísima, a la Virgen de su nombre! ¡Madre mía y señora y cómo no había de cumplirse una promesa hecha hacía tiempo!
Porque, en efecto, hacía cerca de un año que este proyecto le servía para conciliar agradablemente el sueño, recreándose en él.
Se acordó que tenía en su casa las medidas del manto y velo y un ahorro destinado a los primeros gastos, guardadito en un cajón de su cómoda. Luego pensó en que no faltaba más que un mes escaso para el día de la fiesta, tiempo apenas suficiente para llevar a cabo un bordado tan fino y tan hermoso como ella se lo había imaginado, y se alarmó de haber dejado transcurrir el tiempo sin poner manos a la obra. Pensar en estas cosas, rezar el bendito, alzar sus libros y su pañuelo, doblar su alfombra y salir del templo, todo fue uno.
¡Mi señora doña María de la Concepción! Todo el mundo la conoce, no hay para qué descubrirla. Es una de esas señoras profundamente convencidas y seguras de su propia salvación, al paso que no dan un comino por las demás.
Cuando yo me encuentro con una de ellas, me confundo, me anonado, quisiera que la tierra se abriese a mis pies y me tragase.
Yo creo que cuando ella llegue a las puertas del cielo, ha de haber allí gran conmoción, y si San Pedro, por algún accidente involuntario, tarda cinco minutos en abrírselas, tendrá que pedirle mil perdones con el sombrero en la mano.
¡Dónde han de ir tantas novenas, escapularios y jubileos!
Nunca descuida la ocasión de hablar al prójimo de las dificultades cada día mayores, del camino a la eterna Jerusalén, y de la necesidad de hacer méritos para la otra vida.
Por su parte, como todo el mundo sabe, despierta a las cinco de la mañana y reza hasta las seis mientras una de sus criadas le hace el chocolate. Cuando va a levantarse, nunca le falta la ropa blanca bien limpia y cosida con esmero, un manto decente, un hábito nuevecito y libro y alfombras de misa de todo su gusto. Se viste con calma, asistida por servidoras solícitas y pasa a servirse el chocolate con bizcocho o torta según se le antoja. Luego, como no todo ha de ser regalo, se va a la Catedral, donde después de una o dos misas, se queda dulcemente rezando sus devociones. En seguida pasa a ver a su hija con quien conversan largo rato si es que los chicos no majan y alborotan la casa: cuando éstos la aburren se va a visitar a alguna amiga. Felizmente sus nietos son muy sanitos: cuando alguno de ellos se enferma, cosa que sucede rara vez, va a verlo un rato y luego pasa a lamentarse, con alguna comadre, de las penas del matrimonio.
Eso sí; nunca deja de encomendar en sus oraciones a todos los suyos, sanos y enfermos, vivos y muertos y en especial a un hijo calavera que tiene ausente y por el cual ha llorado mucho, pero no hasta el extremo de matarse a fuerza de pena como otras madres.
Cuando vuelve a su casa, todo está limpio, arreglado y en su lugar, y pasa el resto del día poco más o menos del mismo modo que la mañana.
Las personas que conocían su proyecto de hacer bordar velo y manto para la Virgen, le habían indicado a varias; bordadoras, pero ella en ninguna confiaba más que en su ahijada Concha, hija de una antigua amiga ya difunta. Nadie ejecutaría aquel bordado con más primor que ésta, sin contar con que, como ahijada suya, lo haría por menos precio y del todo a su gusto, admitiendo indicaciones que quizá otra no admitiría. Por otra parte, dicho sea en honor de la verdad, quería favorecerla con este trabajo, pues sabía que se hallaba como siempre, en muy mala situación.
Fuese, pues, esa mañana a su casa, y sacando medidas y dinero y guiada por una de sus criadas se encaminó en persona, a casa de su ahijada que la criada conocía. Temía que, si se contentaba con hacer llamar a la bordadora, tardase ésta en acudir, y no quería perder un día más.
No estamos en París, pero, aún en nuestra pequeña ciudad, suele sucedemos que cuando algún negocio cualquiera nos lleva a uno de esos suburbios, especialmente si es al sud, que hemos visitado pocas veces y quizá nunca, nos parece que nos hallamos en otro pueblo, extraño al nuestro.
Calles y calles ya angostas ya anchas y otra vez angostas, más allá —veredas irregulares— casas y más casas casi todas de bajos alguna vez un altito recién pintado, patios solitarios, puertas cerradas, ya un perro que acosa al transeúnte, ya un montón de cerdos y de criaturas sucias que vagan confundidos sobre el fango de media calle. Chicherías a cada paso. A veces, junto a una chichería, una capillita cuya cruz sirve de estandarte a la crápula... Mujeres de aspecto repugnante, hombres ebrios que disputan y se provocan, y en medio de todo esto, alguna vez, una ventanita baja cuya limpia vidriera deja ver adentro una habitación amueblada y limpia... Cuando se va por esas calles, se comprende que nuestra “tierra inocente y hermosa”, no es, ni tan hermosa ni tan inocente como se dice, que quizá esos rincones apartados son el escondrijo de la miseria, de la deshonra... y de mil horrores más.
Poseída vagamente de estas ideas, doña María seguía a su sirvienta por una de estas calles; cada vez más dispuesta a manifestar a su ahijada su asombro y descontento de que se hubiese avenido a vivir en semejantes parajes que tampoco convenían al decoro y buen nombre de una niña decente.
—Qué diría la pobre Margarita si resucitase y hallase allí sus hijas —se decía.
A cada cuadra que caminaban preguntaba impaciente a la criada hasta dónde iban, pero la casa de la bordadora estaba todavía adelante, y seguían andando.
Por fin la criada se paró ante una puerta y la señora pudo ver hacia adentro del zaguán una casa vieja donde todo era desaseo, ruina y abandono. Lo que contribuyó principalmente de un modo pésimo a impresionarla, fue la mala catadura de un hombre que salía en aquel momento de la casa y que se encontró con ella en el zaguán.
La criada que conocía la puerta del cuarto de Concha llamó a ella varias veces. Por fin sonó la aldaba por dentro y la puerta se entreabrió. Doña María entró en la pieza a tiempo de que una niña desgreñada, que se había agazapado detrás de la puerta después de abrirla, huía al patio sin saludar.
El cuarto que tenía ventana a la calle, estaba dividido por una cortina hecha de dos sábanas unidas y sostenidas por un cordel amarrado a dos clavos. Cortina improvisada detrás de la cual se movía en silencio una persona. Doña María se sentó en un sofá viejo y esperó. Hacía bastante tiempo que no visitaba a su ahijada. Allí no se veía ya más que un sofá y el baúl sobre el cual había un montón de costuras dobladas. Todo estaba sucio y descuidado.
Concha se presentó por fin. Se comprendía que había tardado por cambiarse rápidamente la falda del vestido y cubrirse el talle con una manta: pero a pesar de su acostumbrado aire de compostura lento y reposado con que se presentó, su madrina la notó muy cambiada. Le pareció mucho más delgada y marchita y observó en ella una expresión de malestar que antes sabía ocultar mejor. Notó además en ella cierta violencia y falta de naturalidad que mostró al saludarla.
Sus manos, estropeadas por el cuchillo de cocina y quemadas hasta el punto de parecer sucias, no eran ya aquellas manos de hada, a los que había visto ejecutar tantos primores. Casi le pesó haberla buscado temiendo por su bordado.
La señora comenzó con reconvenciones como de costumbre con las hijas de una antigua amiga sobre las cuales creía tener cierto derecho. Se quejó de que María la chica, apenas abierta la puerta, había huido de ella, con la mayor malacrianza, casi sin saludarla.
Creyó que Concha, como siempre, iba a tratar de disculpar a su hermanita pero no fue así.
—Estaba descalza y sucia —dijo con una especie de franqueza ruda que rayaba en descaro— y por eso habrá huido. Además como hace tanto tiempo que no va a la escuela, se ha acostumbrado a no ver gente y se hace cada día más corta.
—¡No va ya a la escuela! qué malo está eso ¿y por qué no va?
—Porque no tiene calzado ni vestido con que salir a la calle.
La señora que quedó cortada. La asombraba oír semejantes confesiones en boca de Concha. De Concha que toda la vida había sabido disimular y ocultar sus penurias y que en otra ocasión se hubiera dejado abrumar a reconvenciones antes que confesarse vencida por la pobreza. Era indudable que su madrina la hallaba en uno de esos momentos en que, cediendo al fin al peso de una situación que no podemos sostener más, nos dejamos llevar de la amargura y el despecho.
—Estás muy flaca —dijo doña María—. Nunca te he visto más destruida, ¿has estado enferma? Te veo después de algún tiempo. Ya no te acuerdas de buscarme; tanto que he tenido yo que hacerlo. ¡Jesús que vives lejos!
Y en seguida se quejó de lo mucho que se había cansado y reprobó a la joven que viviese en aquellos sitios, siendo como era una joven sola y sin amparo.
Una contracción amarga, parecida a una sonrisa se dibujó en los labios de Concha, que contestó a un tiempo a la pregunta y a la observación.
—He estado y estoy muy enferma. Si no fuese la necesidad que me sostiene, obligándome a trabajar, hace tiempo que me hallaría tirada en un rincón. —Y luego: — ¡Ah! no necesito que Ud. me lo diga. Comprendo las ventajas de residir en el centro de la población. Si pudiese, viviría en la plaza; pero la que se halla en mi situación tiene que resignarse a todo, los alquileres están cada día más subidos y cada día gano yo menos. Si hoy vivo aquí, tal vez mañana tenga que ir más lejos.
Doña María se quedó esta vez más cortada. Se acordó de que hacía un año, con pretextos más o menos hábiles, se había negado a dar a su ahijada, en alquiler, una tienda con pasaje que ocupaba una planchadora en su casa. Parecióle que en las palabras de la joven había algo de reproche y sintiendo que la voz de su propia conciencia iba a acusarla, se apresuró a recordarse a sí misma interiormente, las razones que había tenido para aquella negativa. En efecto, alquilar habitaciones en la propia casa a una ahijada pobre, a la hija, o mejor dicho a las hijas de una antigua amiga que al morir se las había encomendado, era, en cierto modo contraer la obligación definitiva de echarse encima dos personas más de familia. Y luego, la responsabilidad. Por Concha no lo halla tan inconveniente; porque Concha era una mujer formal y además, sabía hacerlo todo, tenía grandes aptitudes de que se podía aprovechar, pero aquella chica que se introducía en su casa con toda la majadería propia de los niños pobres... Y la paz de su casa, y sus costumbres y su amor a la soledad y todo lo que tendría que sufrir de ellas por ser pobres, ella que no aguantaba ni a sus nietos, en fin, era un delirio, un absurdo. ¡Si no hubiese tratado más que de alquilarles la tienda! pero no, mejor era tenerlas lejos y socorrerlas en lo que pudiese, al mismo tiempo que sacaba provecho de la habilidad de su ahijada, siempre dispuesta a servirla, obligada por uno que otro favor que había recibido de ella en distintas ocasiones.
En seguida, creyendo alegrar a la joven, le contó el motivo de su visita.
No se alegró, y hasta manifestó de pronto que no podía hacerse cargo de la obra. Hacía un año que no bordaba. Solo recibía costura blanca.
—Pero en eso, ganas muy poco —observó la señora.
—¡Ah! ya lo sé, hasta hace pocos meses concluía una pieza al día, por la que me pagaban cuatro o seis reales, hoy la termino apenas en dos días.
—El bordado da mucho más.
—Pero el bordado me mata. Más dañoso que ninguno me es el trabajar en bastidor.
—Entonces, ¿no aceptas la obra? Lo siento. ¡Lo haces tan bien! Y llamando una compañera que trabajando bajo tu dirección, te ayudase en la parte más morosa y menos delicada de la obra, ¿no te harías cargo de ella?, —preguntó la señora, indicando en seguida que adelantaría algo del pago.
Concha pareció vacilar, pero su ánimo estaba visiblemente debilitado.
—No, no —dijo luego—, ¡sería inútil! Me comprometería en vano. Es inútil, ya no puedo —Y sus ojos brillaron rebosando lágrimas.
—¿Por qué no te dedicas a coser trajes? —preguntó su madrina con cariñoso interés. Eso, con menos trabajo da mucho más. Mira cuántas han cambiado, por ese medio, de situación.
—Ésa ha sido siempre mi idea —dijo la joven—, pero para eso es necesario una máquina. Hay costuras que sólo se pueden hacer con ella, y... la máquina vuela. ¿Qué podemos adelantar las que cosemos a mano? ¡Ah! si yo tuviese una, no perdería la esperanza. Así enferma como estoy, vería Ud. cómo en poco tiempo, cambiaba mi suerte.
Y a la sola idea se entusiasmaba.
—Cuánto tiempo he trabajado —continuó— sin más aspiración que ésa. Si la hubiese alcanzado me consideraría feliz —y exhaló un involuntario suspiro.
“—¿Cuánto cuesta una buena máquina de coser?” —se preguntó a sí misma interiormente la señora doña María; pero dándose cuenta inmediatamente del espíritu de esta insidiosa pregunta la rechazó como mal pensamiento.
—En dos ocasiones he perdido de golpe los ahorros que llegué a hacer, destinados a ese objeto —continuó Concha—. La primera, como Ud. sabe, cuando me falsearon el candado y me robaron todo lo que tenía en mi tiendita de la calle de San Francisco, y otra vez el año pasado, cuando la enfermedad de la chica, en que gasté todo lo que tenía.
—Sí, sí —afirmó la señora precipitadamente, tratando de desechar las ideas que la acosaban—. Te hace falta una máquina de coser. Así estarías mejor. Debes hacer lo posible por comprar una.
—¡Ya no es tiempo! —murmuró la joven con desaliento—. Lo menos que una de ellas cuesta son treinta o cuarenta pesos; ¿cómo ganarlos? ¡Estoy tan mal de salud! Ya no puedo, ya no espero nada y suspiró con profunda tristeza.
—¡Ah! —pensó entonces doña María sin poderse contener— precisamente la cantidad que traigo, lo suficiente... de sobra. Qué alegría, qué felicidad ir ahora mismo al comercio, buscar una, la mejor, pedir un mozo que cargue con ella, llegar, presentársela y decirle: Ahí tienes la máquina. Es tuya. Alégrate: trabaja. No más desmayo, no más desaliento.
Más la virtuosa señora echó de ver al momento en lo que estaba pensando. Sabía que el enemigo no se duerme y se puso en guardia. ¡Privar a la Virgen del obsequio que le tenía destinado! Faltar a una promesa. No, no —murmuró decididamente en su interior— primero la Virgen y después los pobres, y procurando recordar las palabras del señor Canónigo su confesor, el día en que le comunicó su proyecto del donativo. “Manía vieja de la herejía ha sido declararse contra las sagradas imágenes.” “Contribuir al esplendor del culto es sostener la religión.”
—Con que, ¿no te encargas de la obra? —preguntó a su ahijada.
Ésta vaciló otra vez y luego dijo que la aceptaba; que llamaría en su ayuda a una compañera.
—Lo hago sólo por pagar lo que debo por seis meses de alquiler de esta habitación —dijo.
En aquel momento se vio a la pequeña María cruzar rápidamente el patio cargada de un cantarito de agua que acababa de sacar del pozo.
—Y por aquélla —añadió Concha pensativa señalando a la niña— solo por ella. El día en que yo viese asegurado su porvenir; ¡con qué gusto renunciaría a la vida!
—No digas eso —murmuró su madrina conmovida tratando de consolarla. Concha estaba irreconocible— jamás le había visto tan abatida.
En seguida se ocuparon de la obra. Doña María presentó las medidas que había traído; Concha le mostró sus dibujos de los que la señora eligió el que le pareció mejor; y se hizo el presupuesto.
La señora quería que el bordado de seda del velo fuese mezclado de algunos hilos de oro, más a la joven k’ pareció que siendo la tela demasiado delicada, había peligro de que se estropeara y aun rasgara con el oro.
Por fin quedó todo ajustado y convenido. Le dejó un adelanto y se despidió de ella comprometiéndola a que viniese a su casa después de almorzar para que salieran juntas a hacer la compra del material para la obra.
Ya en la puerta, cuando se despedían, volvió a decirle que estaba muy destruida, que se cuidase y procurase recobrar su salud.
La joven habló otra vez de morir y de que solo su hermana la ligaba a la vida.
—¡Me preocupa tanto su porvenir! —dijo—, me horrorizo al pensar en todo lo que le espera...
—¿Es posible que hable así la que durante diez años ganó, con virtud inalterable, la subsistencia de una madre enferma? ¿Por qué afligirte así por ella? ¿No cuenta acaso con la herencia que tu madre y tú le dejan: con la más sólida, que es la de los buenos ejemplos?
—Hay otra más sólida —murmuró la joven sonriendo con amarga ironía
—Nada hay más sólido que la verdadera virtud —rectificó la señora con firmeza—. Que se parezca a ti: es lo mejor que podemos desearle.
—¡Oh, no! ¡Por nada! —exclamó Concha con viveza
—. Que no se parezca a mí. Que no le quepa la misma suerte; cualquiera menos ésa —y agregó lentamente y con amargura—: Este oficio de vestir imágenes es a veces muy cruel. —Parecía despechada.
Su madrina clavó en ella los ojos.
—Me extraña oírte hablar así —le dijo.
—¡Se cambia tanto! —respondió ella—. ¡La vida tiene, para algunos, tan terribles enseñanzas! Dichosa Ud. que no las sospecha siquiera.
Concha no apareció en todo el día.
Doña María había vuelto a su casa tristemente impresionada; pero las penas ajenas, que solían afligirla sinceramente, no pesaban por sobre ella hasta el punto de hacerla perder la paz, ni quitarle los gustos un tanto regalones de su vida habitual; y así fue que aquella noche, después de haber despachado su taza de chocolate, y haber fumado tranquilamente a sus anchas su acostumbrado cigarrillo, de haber rezado y encomendado a parientes y conocidos, se metió en la cama y se puso a pensar deliciosamente en las diversas circunstancias del regalo que iba a hacer, deteniéndose principalmente en el asombro y comentarios de sus compañeras de la Santa Asociación, cuando faltando algunos días para la fiesta, supiesen que ella se encargaba de vestir y adornar a la santa Imagen y viesen aparecer aquel maravilloso obsequio. Después preguntándose si las medidas estaban bien tomadas, recordó el día, en que aprovechando de un arreglo que se le hacía en el altar, hizo bajar la Imagen con dos sacristanes y las tomó ella misma, y de su estremecimiento de que uno de ellos a causa de la postura violenta en que se mantenía sobre el altar, perdió el equilibrio y estuvo a punto de venirse abajo con la imagen. No tardaron aquellos agradables pensamientos, en ser turbados por el recuerdo de Concha. Al salir de casa de ésta, en el patio había visto una vieja alta y flaca sumamente antipática. Por las señas, era la dueña de casa, una tal doña Carlota de quien le habían dado informes nada tranquilizadores. Le pesó no haber insistido con la joven, en que dejase esa casa.
Aquella noche tuvo un sueño tan extraño como confuso. Uno de esos sueños que no se pueden contar por enmarañados y vagos, pero que dejan una profunda impresión. Un sueño en que todas las ideas del día anterior se habían enredado y confundido. Concha triste, desalentada, enferma, el velo de la Purísima rasgado por el peso del oro —aquella vieja antipática asomando la cabeza para atisbar una calle oscura.
—Un hombre sospechoso esperando en una esquina, luego el templo —el sacristán que de un salto, ponía sus sucios y groseros zapatos sobre el altar despojado de sus manteles y alargaba los brazos para apoderarse de la Imagen, y por último la Purísima caída desastrosamente despedazada... ella angustiada, estremecida, acudiendo a levantarla y la Imagen que alzando la cabeza lánguida y dolorida, le decía tristemente del mismo modo que Concha: —Es tarde, ya no es tiempo.
Cuando doña María abrió los ojos era ya de día y oyó realmente esa voz lastimera con que estaba soñando: la de alguna que hablaba con sus criadas en el patio al otro lado de la puerta cerrada de su dormitorio.
Al saber que la que estaba ahí era la hermanita de su ahijada, se vistió inmediatamente poseída de un singular desasosiego causado por el sueño del que acababa de despertar, y salió a recibirla.
La chiquilla, para salir a la calle, se había amarrado a los pies, como pudo, un par de zapatos viejos y envuelto en una manta de su hermana.
Doña María rasgó el sobre, y descubriendo dentro de él el paquetito de billetes de banco que el día anterior había entregado a su ahijada, miró asombrada a la niña que respondiendo a su mirada murmuró muy despacio, con voz que se anudaba en su garganta:
—Se ha ido... esta mañana.
—¿Adonde?
La desdichada bajó la cabeza para responder.
—No sé —y prorrumpió en sollozos ocultando la cabeza bajo la manta.
Doña María la hizo entrar en la sala y llena de ansiedad, leyó la carta que decía así:
“Devuelvo a Ud. el adelanto que me hizo por el trabajo que ayer, en un momento de vacilación me decidí a aceptar. No pregunte Ud. a dónde voy; sé que Ud., como todas, me condenará severamente. Muy fácil es amar la virtud y practicarla cuando sin lucha, sin crueles y terribles pruebas, la virtud se reduce a cerrar los ojos a las miserias del mundo y acogerse en el cómodo y plácido recinto de la oración. Pero mi madre, mi santa madre que ha visto desde el cielo mis dolores íntimos de tantos años, será más indulgente conmigo.
”Yo que orgullosa de mí misma, creí, en medio de mis padecimientos que no podía llamarme verdaderamente desgraciada mientras pudiera levantar la frente, yo que durante toda mi vida practiqué la máxima de que se debe sacrificar todo, todo, a la dignidad, sucumbo al fin... no a la pasión, al cansancio, al desaliento, al escepticismo. No comprendo la bondad de un Dios que va aumentando de día en día el peso con que carga nuestros buenos propósitos sin cuidarse de ver hasta qué punto podrá soportarlos una débil criatura.
”Ud. que ha sido siempre mi amiga, no se acuerde más de mí. Todo está consumado y sería demasiado tarde; pero tenga Ud. compasión de mi pobre María. Se la entrego.
“Deseo, se lo ruego con todo mi corazón, que trate Ud. de colocarla como gratuita en la casa de huérfanas. Creo que no le será difícil el conseguirlo, contando, como cuenta Ud. con las influencias del señor Canónigo su confesor. Si esto no es posible, o si no accede Ud. a mi súplica, contésteme inmediatamente, y mande su contestación a doña Carlota, mi patrona, que se encargará de hacerla llegar a mi poder para que yo envíe inmediatamente por mi hermanita. No quisiera que esto sucediese, porque mi objeto como Ud. comprenderá, es alejarla de mi lado”...
La lectura de esta carta tan inesperada como terrible dejó a doña María anonadada.
Pensó en el aspecto y en las palabras de Concha el día anterior, en su sueño, en todo reunido, comprendió cuán cerca había estado de tender la mano a aquella desgraciada para apartarla del precipicio y aquella mujer, madre al fin, sintió en el corazón una puñalada tan aguda, que, cayendo en un asiento, después de un momento de estupor, comenzó a llorar con la mayor amargura.
—Sí, sí —exclamó luego abrazando a la niña y hablando con ella, entrarás en ese establecimiento, y si no te admiten como gratuita yo pagaré la pensión. Esto servirá para los dos primeros meses, y oprimió el paquete de billetes.
Esta señora tenía buen corazón; abrigaba ideas falsas respecto de la caridad, por eso erró.
Lectora mía, ¿quieres saber ahora lo que la Virgen María quiso decirle en sueños?
“Te hice un llamamiento, quiso decirle, y lo desoíste. Llegaste a tiempo para tender la mano y salvar del abismo a una desgraciada y le negaste tu ayuda y la dejaste caer. ¡Ah! ¡Qué importaba que una imagen mía, allá en la tierra vistiese un miserable trapo de más o menos, si el precio de ese trapo importaba la salvación de una criatura! No comprendiste que, si es meritorio ornar el templo material donde se adora a Dios, mil veces más lo es sostener en la virtud a un alma pura, templo mucho más precioso, consagrado a Dios en espíritu y verdad”...