DANIEL

Escrito por  Janeth Mendieta León Ene 14, 2018

Daniel nació en Judá durante el reinado de Josías.
Capítulo 1. Siendo adolescente, Daniel fue llevado cautivo a Babilonia por Nabucodonosor, Rey de Babilonia, junto a otros judíos, los más nobles y prometedores, entre los que estaban tres de sus amigos: Ananías, Misael y Azarías. En reconocimiento a la inteligencia de estos jóvenes, fueron seleccionados para un entrenamiento en el colegio real, para trabajar al servicio del reino babilónico.

Capítulo 2. El rey tuvo un sueño, pero olvidándolo, llama a los más sabios para que le dijeran cuál fue el sueño y lo interpretaran, pero se negaron a hacerlo pues no conocían el sueño. Sólo Daniel pudo revelar este sueño e interpretarlo. El rey, agradecido, engrandeció a Daniel con honores y le hizo gobernador de toda la provincia de Babilonia. Daniel pidió que sus tres amigos participaran de esta provincia (2:48-49).
Capítulo 3. Nabucodonosor hizo una estatua de oro y mandó que todos la adorasen, pero los amigos de Daniel se negaron a practicar la idolatría; como castigo, el rey mandó que sean arrojados a un horno de fuego, sin embargo, los tres judíos caminan dentro del horno sin sufrir daño. El rey ve que con ellos hay otro hombre, “Y él dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses” (3:25).
Al ver que no sufrieron daño alguno, el rey promete proteger el derecho que ellos tienen de adorar a Dios, y emite un decreto público diciendo que nadie hable mal del Dios de Sadrac (Ananías), Mesac (Misael) y Abed-nego (Azarías), que son los nombres babilónicos de los amigos de Daniel.
Capítulo 4. Nabucodonosor tiene otro sueño que lo confunde y Daniel lo interpreta, y le dice que la advertencia viene del Altísimo para que enderece sus pasos por el camino recto, porque estaba lleno de orgullo por su auto-exaltación, o de lo contrario su reino sería cortado. El rey ignora la advertencia y es castigado por Dios con un pasajero trastorno mental (licantropía): imaginaba ser una bestia salvaje, pero el rey se humilla y adora al Altísimo y es restaurado: “Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia” (4:37).
Capítulo 5. Años después, el nuevo soberano Belsasar ofrece un banquete, en el que sirve licor en los vasos sagrados robados del templo de Jerusalén, y el rey muere esa noche, castigado por Dios (5:30). La ciudad fue ocupada por los medo-persas. Después de la muerte de Belsasar, Darío de Media toma el reino, siendo de la edad de 72 años (5:31).
Capítulo 6. Darío nombra autoridades y gobernadores incluyendo a Daniel como uno de los 3 ministros. Los oficiales, celosos, conspiran para matarlo, convenciendo al rey Darío que promulgue un edicto irrevocable para echar al foso de los leones a quienes durante 30 días hagan peticiones a algún dios u hombre que no sea al rey. Como Daniel estaba abiertamente consagrado a Dios, el rey se ve obligado a echarlo al foso de los leones: “Entonces el rey mandó, y trajeron a Daniel, y le echaron en el foso de los leones. Y el rey dijo a Daniel: El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre” (6:16). Al día siguiente, Darío, al ver que Daniel sobrevivió, arroja al foso a los acusadores.
Capítulos 7 al 12. Durante los 3 años del reinado de Belsasar, Daniel tuvo dos visiones apocalípticas; en la segunda (8:1-27), el ángel Gabriel le dice que la visión es para el final de los tiempos: “Y dijo: He aquí yo te enseñaré lo que ha de venir al fin de la ira; porque eso es para el tiempo del fin” (8:19), pero Daniel queda espantado y sin entender la visión (8:27).
En el año tercero de Ciro, rey de Persia, Daniel tiene su última visión, que termina con la seguridad que después de su muerte, Daniel resucitará para recibir su recompensa: “Y tú irás hasta el fin, y reposarás, y te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días” (12:13).

Daniel y sus amigos son un ejemplo de cómo vivir una vida consagrada a Dios en un mundo impío, fortaleciéndonos en oración sin perder la integridad.