Consideraciones culturales

Escrito por  Heberto Arduz Ruiz Ene 28, 2018

Necesidad de difundir la obra
Para el escritor resulta perentorio expresar o transmitir su pensamiento, traducido en una obra cualquiera, corta o larga. Hubo alguna situación en que, apenas concluido el borrador, el autor apresuró la publicación ante el temor de que, de sobrevenir algún acontecimiento, tal vez jamás llegaría a difundirse. Y más allá del valor intrínseco del trabajo, alegra el ánimo verlo materializado, plasmado en unas líneas que el lector podrá juzgar. ¡Cómo hemos admirado, en nuestro fuero interno, a escritores de diverso tiempo y lugar, hermanándonos en las expresiones que cautivan la mente y el corazón!

Más comunicación hemos tenido con el autor de un libro, que con el común de la gente de nuestro entorno. Otro gesto y otra experiencia, iluminan el advenimiento del nuevo amanecer.
Un bastión cultural
Rainer María Rilke fue secretario del escultor Auguste Rodin, descubriendo el palacio Birón del siglo XVIII y que a inicios del siglo XX amenazaba con precipitarse, por falta de mantenimiento. Los ojos del poeta liberaron de la que habría sido la más lamentable decisión. Tras su restauración en diferentes salas del recinto hallaron refugio artistas de la talla de Isadora Duncan, bailarina, Henri Matisse, pintor, Jean Cocteau, cineasta, y al propio descubridor, Rilke.
Valor y alcance de la lectura
Un singular escritor llamado César Antonio Molina, quien hace algunos años desempeñara las funciones de Ministro de Cultura del reino de España, ha referido que al cruzar por los pasillos de su biblioteca ha caminado con una multitud de autores y sus personajes. Así manifiesta: “He vivido sus vidas a lo largo de muchos siglos y cuando toco las páginas que estoy leyendo percibo sus lágrimas o sus risas, sus olores, veo los colores del amanecer o el ocaso”. En el precioso artículo Dios es una biblioteca, publicado en el diario El país, de Madrid, rememora que Bachelard y Borges escribieron que el Paraíso debe ser una inmensa biblioteca y que Umberto Eco, sin vacilar, afirmó que si Dios existe es una biblioteca.
Lo importante es destacar que tan distinguido autor, Molina, (al César lo que es del César) concluye en que la lectura en pantalla no acabará con el libro impreso, aunque éste se convierta en objeto arqueológico, y que la lectura no dejará de crecer por cuanto es la más pura esencia de la libertad. ¡Bien dicho!
Por su parte, Ángeles Mastretta formula la pregunta: ¿Qué es hacer un libro, o para qué publicar una obra? Observadora zahorí, como es la mejicana, sentencia que los libros son objetos solitarios y sólo se cumplen si otros seres los abren. “Sólo existen si hay quien está dispuesto a perderse en ellos”. De otro modo, acotamos nosotros, si duermen apilados durante días y noches y nadie consulta sus páginas, abre su corazón ni su mente se los da por inexistentes, ¡jamás escritos!
Otro escritor español, Carlos Ruiz Zafón, nacido en Barcelona, por sus observaciones se emparenta con Ángeles, cuando en La sombra del viento sostiene: “Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas su espíritu crece y se hace fuerte”.
Dentro de esa misma línea, el médico chuquisaqueño que emigró hace muchos años a Estados Unidos y se consagró profesionalmente, Humberto Párraga Chirveches, en su condición de escritor con gracia en la frase apunta: “¿Y los libros? Usted se preguntará. Hoy sólo los toco. Los abro con fruición. Como si fueran cajas mágicas o simplemente mariposas ilusorias. Favorezco la nominación de ‘mariposas ilusorias’. (En los anaqueles, los libros cerrados son mariposas de alas plegadas. En nuestras manos los libros abiertos, son mariposas libres, que despliegan sus alas y vuelan hacia mundos lejanos…)”. Y más adelante en el libro El hombre de los ecos insiste: “Últimamente he perfeccionado la certidumbre de que los libros, en los anaqueles, son mariposas prisioneras. Libros que anhelan, tácitamente, que alguien venga a abrirlos. Libros que quieren desplegar sus alas y desparramar, en ámbitos libres, el contenido de los sueños de cada autor…”
A tiempo de cerrar este glosario de pensamientos en torno a la importancia del libro, es preciso traer a colación lo que sostuvo Mariano Picón Salas, eximio ensayista, al calificar a su tiempo de: “Es un mundo de cuerpos ocupados y de almas vacías”. A fin de que esta situación cambie, el principal antídoto es la lectura. Empieza hoy, mi amigo(a) lector(a), sin fáciles postergaciones que a nada conducen, a adquirir el hábito de la lectura. Bienvenidos todos.