Borges y la magia de sus creaciones

Escrito por  Heberto Arduz Ruiz Feb 25, 2018

En El hacedor, Jorge Luis Borges relata que rogaba a Dios y a su ángel de la guarda que no soñara con espejos “velados”, por cuanto abrigaba el temor de que empezaran a divergir de la realidad, unas veces, y otras a ver desfigurado su rostro. A lo largo de toda su existencia, tuvo aprehensión a los espejos en fobia particularmente curiosa, aunque no tanto debido a su ceguera y al proceso previo.

Bajo el subtítulo de Argumentum Ornithologicum, con maestría refiere que al cerrar los ojos ve una bandada de pájaros y que la visión dura un segundo o tal vez menos y no sabe cuántos pájaros ve. Y se pregunta si su número era definido o indefinido. Asegura que el problema involucra el de la existencia de Dios. “Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta”. Y supone que vio menos de diez y más de uno. Llega a la conclusión de que ese número es inconcebible y “ergo, Dios existe”.
Una poesía profunda salpica el agua de La lluvia, que ciega los cristales, alegra las uvas negras de una parra en un patio que ya no existe; pero que la mojada tarde le trae la voz deseada de su progenitor que vuelve y no ha muerto. Una expresión lograda ¡siempre! la del eminente escritor.
En Ajedrez escribe que “Dios mueve al jugador; y éste, la pieza/ ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza/ de polvo y tiempo y sueño y agonías?” No cabe duda, es el juego de la existencia, el ajedrez del destino.
Así en toda la extensión del libro disemina pensamientos y expresiones singulares:
Cuando en Ginebra o Zurich, la fortuna
quiso que yo también fuera poeta, me
impuso, como todos, la secreta obligación
de definir la luna.

Heráclito inconstante, que es el mismo y es
otro, como el río interminable.

La poesía vuelve como la aurora y el ocaso.

En el epílogo de la obra publicada en 1960, que reúne trabajos cortos de índole intimista, Borges califica que de cuantos libros ha dado a la imprenta ninguno es tan personal como El hacedor, “porque abunda en reflejos y en interpolaciones”.
A este eterno candidato al Premio Nobel de Literatura no le fue concedido este galardón, por X o Z motivos difíciles de establecer y fáciles de suponer, a partir de su posición política antiperonista; época en la que, en ofensa directa a la inteligencia de un pueblo, fue designado inspector de pollos y conejos en un mercado popular. Jorge Luis un ser único, cultísimo, como no hubo otro en su tiempo y genial en la creación literaria. La fatiga de su época y las dubitaciones del comité del premio no le asignaron la distinción, es cierto. Con los altibajos de otros nominados, unos de aquí y otros de allá, mediando posiciones extremas, antagónicas, Borges alcanzó la gloria por sí mismo y sin escaleras al cielo cultural; él que humildemente buscaba la muerte como quien busca el sueño. Por si solo fue el constructor de una obra perdurable.
Su vuelo solitario de grandeza espiritual ronda y abarca el espacio de todas las épocas, estampando una impronta de genialidad y profundo sentido poético. Según Arturo Marcelo Pascual, estudioso de su obra, Borges se consideraba ante todo un lector, luego un poeta y, por último, un escritor en prosa.
Antes de cumplir cincuenta años piensa que la muerte ya, incesante, lo desgasta. El 14 de junio de 1986, a sus 87 años murió a consecuencia de un cáncer incurable de hígado. Poco antes, el 24 de abril contrajo matrimonio con María Kodama, compañera que tenía 45 años menos, mitad argentina y mitad japonesa, acerca de quien el escritor resumiría su opinión: sus cualidades son la inteligencia, la intuición y el don de la literatura; características incuestionables, a nuestro juicio, de su propia personalidad.

Jorge Luis Borges