“Ya es hora de que los genuinos liberales desenmascaren al impostor”

Escrito por  ALEJANDRO ZEGADA/EL PAÍS eN Mar 12, 2018

Para Luis Oro Tapia, politólogo y docente en la Escuela de Ciencia Política de la Universidad Central de Chile, el neoliberalismo “es la negación del liberalismo. O, quizá, sería más prudente decir que el neoliberalismo es, simplemente, el liberalismo desvirtuado y masificado”.

En un reciente análisis publicado en La Razón Histórica, una revista hispanoamericana de Historia de las Ideas, el experto chileno reflexiona sobre “el neoliberalismo como horizonte cultural”, y advierte que éste es “mucho más” que un tipo de racionalidad económica.
“Es una concepción del mundo y del ser humano. Es una cierta manera de vivir la vida. Es, en definitiva, una forma cultural, entendida la cultura como un sistema cardinal de ideas, creencias y convicciones. Es, en efecto, una idea de la vida, una creencia en el valor de ciertas cosas”.
Así, el neoliberalismo, como toda fórmula cultural exitosa, opera en la vida cotidiana de manera inconsciente y eficaz. “Tiene, además, un formidable espíritu de sistema, en cuanto se basta a sí mismo y constantemente refuerza sus premisas. Los sujetos que él engendra, incluso los rabiosamente disidentes, son parte del sistema”, agrega Oro.

Liberalismo y neoliberalismo
El británico John Stuart Mill (1806-1873), considerado el pensador más influyente en la historia del liberalismo, en su tratado Sobre la Libertad (1859) decía que el liberalismo no es para bárbaros ni para pueblos infantilizados, y que sólo es aplicable a aquellos individuos que hayan alcanzado la madurez de sus facultades.
Oro Tapia concuerda con esta afirmación, pues considera que para que alguien pueda calificarse liberal, en sentido estricto, tiene que cumplir con dos condiciones (exigencias) mínimas: el autoconocimiento de sí mismo y la autocontención o dominio de sí mismo.
“La práctica del liberalismo requiere de hombres sumamente educados, criteriosos, autodisciplinados, cultivados, civilizados, en definitiva, prudentes”.
Entendido de esta manera, el liberalismo es un producto del refinamiento cultural. “Cuando el liberalismo fue confiscado por los mercaderes, cuando se lo apropiaron los bárbaros, cuando devino en un credo de masas, se transmutó en su opuesto, a saber: en neoliberalismo”, observa el académico chileno.

Neoliberalismo como barbarie
“Uno de los ejemplos emblemáticos del neoliberalismo económico, social y cultural es, para mí, el troglodita motorizado. Ese sujeto que, en torno a la media noche, se desplaza a alta velocidad en su motocicleta con un tubo de escape libre (peor aún, con un tronador o bramador) y que al hacerlo activa las alarmas de los automóviles y despierta al vecindario, cuando éste se dispone a entrar en sueño profundo”.
El ejemplo citado por Oro es aplicable a distintos tipos de comportamiento individual y social que se ven en las sociedades globalizadas, incluso en lugares antes considerados como recónditos o aislados.
Para el politólogo, este tipo de personas no son liberales, sino neoliberales, culturalmente hablando. Respecto al motociclista de su ejemplo, se refiere a él como “un bárbaro sobre ruedas”.
Y es un ejemplo emblemático porque el “él carece de autocontención. No tiene ningún respeto por el prójimo. Es la encarnación de la imprudencia absoluta. En él rebosa de manera ostentosa la prepotencia del yo (en la acepción más tosca de tal pronombre personal), el egoísmo desenfrenado y el individualismo desbocado”.
Por otra parte, suele decirse que el liberalismo es “antipolítico”. En parte es así, dice Oro Tapia, pero sólo en parte.
No es antipolítico porque niegue a los otros, “sino porque reniega de la rudeza de las relaciones de poder. Por eso, entre otras cosas, es pacifista. No obstante, a la vez, es profundamente político, si se entiende la palabra política como sinónimo de diálogo, deliberación y negociación, sin coerción”.
Pero además, el liberalismo —ya sea como ideal de vida, como ideal cultural o como una variante del humanismo— supone seres humanos “virtuosos o que, por lo menos, puedan empeñarse en alcanzar la virtud”.
Al respecto, Nicolás Maquiavelo, en su texto titulado El Príncipe (del año 1513), decía que la condición humana no consiente tanta perfección. Por esa razón, el experto chileno considera que el liberalismo “difícilmente puede adquirir dimensiones masivas”.

Contra la libertad de pensamiento
Según Oro Tapia, el neoliberalismo dispone de una abundante variedad de medios “para bloquear los procesos reflexivos, para inhibir el cuestionamiento radical, para evitar que el pensamiento aflore y así, finalmente, impedir que la lechuza emprenda su vuelo”.
Esto es así porque en la era neoliberal se requieren individuos que sean productivos, no personas reflexivas y menos aún contemplativas. “Así, el excéntrico -ese tipo humano que nada, heroicamente, en contra de la corriente y que tanto ensalzó John Stuart Mill- no tiene cabida en el mundo neoliberal”.
El experto considera que la farmacología psiquiátrica y la industria del entretenimiento son los medios principales que usa el sistema para evitar los estados de ánimo que predisponen a la reflexión, ya que ambas tienen una finalidad común: eludir el sufrimiento psíquico.
“Se olvida que el sufrimiento contribuye al conocimiento de sí mismo y que además, a veces tiene la virtud de hacernos tomar conciencia de la alienación”, advierte Oro.
Asimismo, ambas industrias “suelen contribuir al languidecimiento de la vida afectiva y a su correspondiente lenguaje. La consecuencia obvia de ello es el tedium vitae (aburrimiento de la vida), la indigencia existencial o el vacío espiritual”.
Y es que, como nota Oro, “los que sufren mucho, los que piensan demasiado, en definitiva, los sensibles”, suelen ser personas disfuncionales y poco productivas para el sistema imperante.

La “autoayuda” también
Si los individuos se resisten a la farmacología y a los placeres de la industria del entretenimiento, el neoliberalismo tiene un tercer recurso para normalizarlos y tornarlos en individuos productivos: “la inoculación de una buena dosis de orientalismo occidentalizado”.
El experto chileno considera que “uno de los hechos más fascinante de la cultura neoliberal es la apropiación de doctrinas orientales con fines meramente instrumentales, vale decir, materialistas y funcionales”.
Y que de hecho, las espiritualidades orientales “devienen en algo así como en bienes de consumo que son cada vez más masivos en la era neoliberal. Ellas son utilizadas para satisfacer propósitos occidentales”. Concretamente, para potenciar el rendimiento individual e incrementar la productividad.
Así, por ejemplo, es cada vez más común que algunas empresas (públicas y privadas) realicen talleres de yoga o de motivación a ciertas horas y días de la semana para potenciar el rendimiento laboral de los funcionarios.

Neoliberalismo: burocrático y totalitario
El discurso neoliberal pregona estar en contra de la planificación y la burocracia, y en general se ha llegado a creer en ese discurso. Sin embargo, Oro Tapia afirma que en realidad no es así.
“En la era de la gestión y del imperio del pensar calculante, cualquier iniciativa debe estar rigurosamente configurada. Tiene que ajustarse a objetivos tácticos y estratégicos que deben ejecutarse y conseguirse en plazos claramente predeterminados. Todas las variables deben estar bajo control y subsumidas en un formato estándar para alcanzar la meta prefijada. Apartarse del camino es, literalmente, una aberración”.
Tal racionalidad, según Oro, no sólo proviene del mundo empresarial, también proviene del mundo militar. En la actualidad, dicha racionalidad funciona en casi todas las empresas, desde las de mercadeo, pasando por las fabriles y las extractivas, e incluso ya se está aplicando en las universidades.
El experto chileno considera que esto último es “insólito”, porque “independientemente del modelo de universidad con el cual se simpatice, ellas tienen ciertas notas distintivas que les son comunes: el ser un espacio de cultivo de la dubitación, de la reflexión y de la creatividad. En ellas, asimismo, las relaciones de poder están ausentes, porque lo que en ellas existe es la autoridad. Además, las universidades genuinas tienen bastante autonomía respecto de los poderes del mundo”, como por ejemplo, el poder del mercado.
De esta manera, en los establecimientos neoliberales no solo es imposible ser un artista o un intelectual genuino por las razones apuntadas, sino que también porque para serlo se requiere de tiempo y de libertad. “Dicho en una sola palabra: se requiere de ocio, en el sentido prístino de la palabra. Él es, recordémoslo, indisociable de la genuina vida intelectual”.
Por otro lado, como toda civilización compleja, la neoliberal no está exenta de burocracias, que al igual que todas, es impersonal. Pero con la particularidad de que ésta es “intangible e invisible”. Por ejemplo, la de los reclamos de usuarios de empresas de telecomunicación y otros servicios considerados modernos.
Con todo lo apuntado, Oro Tapia afirma que “el neoliberalismo quiere estandarizarlo todo y controlarlo todo. En tal sentido, es totalitario. Es subrepticiamente hostil a la libertad. En consecuencia, el neoliberalismo no tiene casi nada de liberal. Ya es hora de que los genuinos liberales desenmascaren al impostor”.

Una izquierda neoliberal

“¿Por qué los partidos –y los políticos- que vociferan en contra del capitalismo, paradójicamente, participan de su espíritu?”, se pregunta el académico.
Aunque no quiere nombrar a los “dirigentes antisistema que disfrutan de las exquisiteces del capitalismo (pasajes aéreos en primera clase, hoteles vip y restaurantes exclusivos) y que ostentan bienes de lujo, cuya posesión nada tiene que ver con el natural deseo de llevar una vida confortable”, son fácilmente identificables en varios países de la región actualmente.
Lo mismo acerca de los políticos que “condenan al capitalismo, pero que tienen contubernios con él”. Sin embargo, en las noticias aparecen contradicciones al respecto con mucha regularidad.
“¿Incoherencia, inconciencia o hipocresía? Difícil saberlo. La dificultad para discernir de qué se trata radica en el hecho de que cuando los críticos del sistema son sorprendidos gozando de esos supuestos placeres ilícitos (esos deleites que ellos condenan públicamente) ni siquiera se ruborizan”, sentencia Oro Tapia.