Pedro Shimose y la Patria

Escrito por  Mar 17, 2013

Heberto Arduz Ruiz

Fue un ancianito muy humilde de esos que nunca uno sabe ni se atreve a calcular la edad, pero la supone en demasía, de apariencia extremadamente apacible y tierna, corto de tamaño, ojos hundidos y muy pequeños, de labios delgados, larga cabellera, barba espesa con claroscuros, vestía saco y portaba casi siempre en su cabeza un sombrero de ala corta.


Transitaba religiosamente y durante todos los días del año, salvo feriados o enfermedad, desde el Barrio La Pampa hasta el Mercado Central, llevando a cuestas un carrito de madera de esos precursores de los taxis en Tarija, cargado de ollas con comida además de otros utensilios, por calles de tierra primero y de adoquines colocados sobre arenas movedizas después. Fue la principal actividad con la que se ganaba la vida, a pesar de su longevidad y su frágil existencia.
Fue un ser extremadamente callado, parco e introvertido, nunca se lo oyó entablar conversación con persona alguna, excepción hecha seguramente de sus parientes o conocidos y en forma muy privada. Era tal su silencio, que inundaba el ambiente con la sordidez de su alma. No tenía actitudes confrontacionales o belicosas y, por el contrario, un halo de bondad y dulzura envolvían su rostro y su figura.
Cuando lo veíamos pasar, de inmediato nos representábamos la imagen de un enanito de los cuentos de hadas o de las mil y una noches, de algún Apóstol o Santo, de esos que se ven en los frescos de los techos o en las paredes de las naves laterales de cualquier iglesia, hasta en estampitas religiosas de esas que repartían luego de algún acto religioso y misas. Pero también admiramos la figura del hombre real, de carne y hueso, solitario, extremadamente humilde y encerrado en un mundo al que sólo él tenía acceso aunque vedado para el resto de los mortales y que pese a ciertas limitaciones nunca dejó de trabajar para ganarse el pan y subsistir a penas dignamente.
Formaba parte del paisaje ciudadano y de su cotidianidad, por lo menos para quienes por aquellos años fuimos niños y como también lo fue para nuestros padres y mayores que lo conocían y lo apreciaban por su eterna sonrisa y dulzura.
Su figura fue retratada por los más reconocidos fotógrafos de la ciudad, la que junto a las de otras personas, sirvió para engrosar galerías y salas de exposiciones que se efectuaron en distintas fechas cívicas y conmemorativas, sin dejar de mencionar que su foto también adorna algunos locales públicos y privados, donde forma parte ineludible de la galería de los recuerdos.
Este ancianito, hoy es parte de la historia de Tarija del siglo pasado, como lo fueron y salvando las diferencias del caso, muchos de sus insignes hijos. Del imaginario colectivo tarijeño, que de tanto en tanto mantiene vivido el recuerdo de un paisaje y de una ciudad en los que no pueden estar ausentes muchos de sus hijos y sitios como el viejo y aún sobreviviente puente San Martín, sus antiguas calles de tierra primero, luego de baldosas movedizas (adoquines) después; las primeras radios y sus novelas, la antigua universidad, el antiguo parque Navajas, el Castillo Azul, los ya desaparecidos cines Gran Rex, Avenida y el cine Edén, el Viejo Molino del barrio del mismo nombre, el bello y antiguo Parque Bolívar y sus grandes árboles y las antiguas casonas con tejas de techo, huertas y canchón trasero, etc. que evocan una época pletórica de romanticismo.
Este ancianito, un día, de pronto dejó de transitar nuestras calles...se sintió el vació; es posible que se haya incorporado a los libros de cuentos para niños o haya engrosado las filas de los santos en el espectro religioso de nuestros tiempos.