Ciudadanos no menos ilustres en Tarija

Escrito por  Mar 17, 2013

Atatau Muelas

Era un personaje ya de edad, con retardo mental, de ocupación Changueador y como tal merodeaba permanentemente por el mercado central, edificación conocida también como “La Recova”. De estatura baja, piel curtida por el sol, físicamente delgado, llevaba puesto pegada a su testa una boina negra aunque descolorida por el tiempo, al estilo vasco, vestía un saco viejo y desaliñado y cruzando todo el tórax, asomaba un grueso y fuerte lazo de cuero trenzado, similar al que portaban los clásicos aparapitas paceños ó a los que se usan en las haciendas ganaderas del Chaco.

Aunque sus principales distintivos fueron una constante y visible hinchazón en su quijada, que ocultaba y sujetaba permanentemente con un pedazo de tela amarrada por encima de su cabeza, como signo del “mal de muelas” que le aquejaba y; una lengua bola que asomaba continuamente por entre sus escasos y gastados dientes y, unos hinchados y empapados labios, por abundante saliva que se escurría y chorreaba constantemente.
Como la mayoría de los trabajadores por cuenta propia en estos lugares de mercadeo de productos, masticaba diariamente coca y libaba alcohol barato y de alto contenido etílico (alcohol de quemar), que por aquellas épocas se expendía en latas que eran fabricadas por la industria azucarera local. Permaneciendo por tanto beodo casi todo el tiempo, lo que le otorgaba una fuerza sobre humana para soportar todo tipo de carga sobre su cansada y estropeada espalda y un coraje a toda prueba para enfrentar a los que lo martirizaban.
Por lo general soportaba sobre sus espaldas canastas de pan de todo tamaño y peso, enormes cajas de madera que contenían infinidad de frutas, hortalizas, verduras y todo aquello que comercian las vendedoras de abarrotes en los mercados; bolsas de todo tamaño y peso de artículos que los vecinos adquirían en la Recova y debían transportar hasta sus casas; así como enormes piezas o trozos de carne vacuna o de cerdo, cuando no se trataba de un animal entero, que se faenaban en el matadero municipal y algunos otros clandestinos y posteriormente transportados al mercado central, único por entonces en toda la ciudad.
Tal sería el dolor que llevaba a cuestas, que la repetición del sobrenombre con el que lo rebautizaron los niños y jóvenes, importaba un verdadero calvario y suplicio que lo impulsaban a reaccionar violentamente, lanzando al provocador, piedras o cualquier objeto que tenía a mano o encontraba, aunque usualmente utilizaba una honda de tata o lanzadera de piedras, con la que se defendía de los insultos o agravios recibidos.
Era común encontrarlo pululando por cualquiera de las otras las calles de la ciudad, en actitud de apronte y de persecución a los muchachos que se animaban a insultarlo. Cuentan una vez que en inmediaciones de la avenida Víctor Paz Estensoro y en proximidades del Puente San Martín llegó a atrapar a un muchacho que instantes antes lo había insultado, al que amarró a un frondoso árbol y comenzó a flagelarlo a latigazos, ocasionando que intervengan algunos vecinos para salvarlo.
Variadas fueron las fórmulas o latiguillos que repetían los niños y jóvenes que lo insultaban y lo impulsaban a reaccionar casi violentamente: “Muelas ladrón de velas de San Francisco” o restregarle en la cara el ya consabido “Atatau muelas” o simplemente “Muelas”.

Fuentes: Tradición oral (colaboración especial del Doctor Angel Zeballos Batallanos)