(400 Años “Evangelizando La Paz” desde Tarija) Cartas a los amigos

Escrito por  Mar 31, 2013

(Tercera Parte)

Referencia: Lectura del documento de las donaciones (4 de mayo 1606) en el “Salón Rojo” de la Prefectura. El Prefecto, Dr. Mario Cossío insistió en la solidaridad entre “indios, frailes y carais” (indígenas, frailes y blancos) para una Patria sin divisiones. La noche fue  fiesta de cantos y luces.

Queridos amigos,

Es difícil hacer una relación de dos días de fiesta, no tanto por las previsibles confusiones (que afortunadamente no se dieron), sino por la intensidad de los gestos, de las acciones y de las palabras. Me resulta imprescindible someterme al lenguaje de la crónica.

El 17 llegaron los franciscanos de Cochabamba, Oruro, La Paz; del Chaco sólo Mons. Leonardo Bernacchi y P. Jorge Vargas. El P. Provincial con su cuerpo de Definidores llegó en la tarde por un retraso del vuelo. A las 6 de la tarde estábamos en el edificio de la Prefectura. Lancé una mirada a los nombres de los invitados. Todos estaban presentes y me preocupé por el espacio bastante reducido del “salón rojo”. Vi que estaban ingresando Mons. Leonardo Bernacchi, Obispo del Vicariato de Cuevo-Camiri, Mons. Bernardino Rivera, Obispo emérito de Potosí, Mons. Antonio Reimann, Obispo del Vicariato de Ñuflo de Chávez, el P. Provincial, Fray Martín Sappl, y los frailes a quienes no había visto antes. Ingresaron todos vestidos con el hábito franciscano, pintando de marrón la parte derecha del auditorio. Estaban presentes también los hermanos legos de la Provincia Franciscana de Bolivia, que eligieron las fiestas centenarias de Tarija para su reunión anual. Añadieron una nota simpática a los cuatrocientos años, que asocié con la figura de Fray Francisco del Pilar quien, como hermano lego (enfermero, ecónomo y agricultor) fue el primer fundador de casi todas las misiones (reducciones) del Chaco. Con la llegada del Prefecto quedaron llenas las sillas de la testera. Es una persona muy amable y llena de recuerdos franciscanos.
El acto comenzó con la lectura teatralizada del documento (4 de mayo 1606), que da cuenta de la participación económica de las familias de Tarija para la construcción del convento. La presentaron cinco estudiantes de la Universidad Católica. Inmediatamente pasaron a leer algunos pasajes de la vida del primer Guardián de Tarija. Se trata de un noble que fue caballero pero no persona de bien, que olvidó hasta sus obligaciones de paternidad. Se hizo fraile a los 40 años y en su ordenación sacerdotal en Cusco reconoció entre los ordenandos a uno de sus hijos que era fraile agustino. Su presencia en Tarija fue una bendición. Se decía que tenía poderes milagrosos para alejar desastres agrícolas, como hacer que las nubes descargaran el granizo sobre los cerros pelados de Tarija y no sobre los sembradíos de maíz.
Los jóvenes vestían ropas de la región de Tarija. A mí me tocó comentar el documento. Insistí sobre el tipo de productos agrícolas que se ofrecían y su destino: alimentos para jornaleros y albañiles, instrumentos de trabajo y ornamentos para la iglesia. Resultó una imagen de sociedad agrícola, basada en la solidaridad de sus miembros, que fue la premisa del desarrollo posterior en el que se insertó la acción franciscana dando la posibilidad de afirmar que sin Tarija no se puede entender la manera de ser franciscanos en estas zonas y el convento para la ciudad y zonas de toda la región, sobre todo para la evangelización de los pueblos originarios del Chaco. Nuevamente una explosión de aplausos. Luego habló el Prefecto que remarcó cómo las solidaridades iniciales condujeron a una patria grande (aplausos). Por último, el P. Provincial expresó sentimientos de agradecimiento por la actitud de la Prefectura. Posteriormente se pasó al descubrimiento de una placa que está expuesta en la entrada del edificio con la siguiente inscripción: “Donde estuvieron los franciscanos de Tarija, allí está Bolivia”. La frase fue acuñada en los tratados de paz entre Bolivia y Paraguay que dieron por concluida la Guerra del Chaco (1932–1935).
No hubo ningún intervalo de tiempo ni de espacio entre esto y las notas de la escuela de música. Comenzaron las “cañas”, instrumento típico de la región, acompañadas por violines. La plaza principal de la ciudad se incorporó a todo el conjunto de la Prefectura y se animó con antorchas que despuntaban sobre el lado oeste. Era una línea que dibujaban las llamas de las antorchas y que alternaban con los claroscuros de la presencia de otras tantas bandas de música. La lógica era que desfilaban los establecimientos escolares acompañados por sus respectivos músicos. Conforme las autoridades y los religiosos iban avanzando en formación, las antorchas se iban trasladando hacia  el este. Hasta ese momento no puedo decir de dónde iba apareciendo la gente. El hecho simpático era que los aplausos surgían del centro de la plaza siguiendo el ritmo que iban imponiendo las bandas. Yo me movía con la señora Nancy Aparicio de Handam, responsable de la Dirección de Turismo y Cultura de la Prefectura, una persona exquisita y de espiritualidad franciscana. Junto a ella, la señora Carmen Poma de Centeno, delegada de educación católica, y también la señora Cira Flores, responsable de la Oficina de Cultura del Municipio. En la intersección de las calles La Madrid y Sucre la visibilidad era completa. El punto de partida era la plazuela de la Catedral; desde allí se movía hacia la plaza una continua procesión de antorchas formando una especie de herradura. En ese momento, los primeros ya estaban llegando a la cuadra que da a la calle Ingavi, proseguía y se detenía frente a la puerta central del convento, donde se había levantado el palco para las autoridades.
Los estudiantes marchaban al compás de la música de sus respectivas bandas. Un micrófono anunciaba los nombres de cada colegio que se acercaba y desaparecía para dar espacio a los demás. El presentador era alguien que conocía su oficio; intercalaba datos históricos relacionados con la historia de los franciscanos de Tarija. Era un universo mental que unía la diversidad de los territorios con la ciudad, lo antiguo con lo moderno y, sobre todo, una unidad entre los jóvenes y su patria. Un circuito psicológico conectaba la simbología religiosa interior que envolvía en una atmósfera cósmica toda la manzana donde está ubicado el convento. Ese efecto era el producto de la sucesión de melodías, de teatralizaciones ejecutadas por algunos colegios frente al palco y de las ovaciones de los presentes que llenaban el área de la plazuela circunscrita por la fachada conventual, el palacio de justicia y el ex colegio Antoniano.
Eran las 20:30 cuando la situación, sin intervalo de tiempo, se transformó en un verdadero cielo. Estallidos y un torrente de colores se dibujaba en la oscuridad. Los fuegos artificiales fueron una sorpresa para todos volviéndonos un poco niños. Los cuatrocientos años se transformaron en un juego de orígenes por la fuerza de los colores que rescatan dimensiones ancestrales y que nos vinculan a la historia del universo entero. Me avisan a través del teléfono celular que el señor Prefecto nos visitará más tarde. Corre la voz y, por un factor gregario, sin darnos cuenta, nosotros los frailes nos encontramos en el refectorio. Las mesas centrales estaban llenas de cosas para comer. Todos estábamos atentos a las guitarras de Adolfo Rodríguez y Manuel Gómez. Luego también el señor Prefecto tocó y cantó (muy bien) con el mismo instrumento. El P. Eugenio Natalini intercaló algunas canciones clásicas italianas. Las melodías unieron a los sentimientos de medio mundo. Afectuosos saludos.

Tarija, 17 de mayo de 2006.

Fray Lorenzo Calzavarini ofm