UN OLVIDADO ESCRITOR CHUQUISAQUEÑO

Escrito por  Abr 14, 2013

Heberto Arduz Ruiz

En ocasión de un viaje a la Capital, llegó a nuestras manos el libro Poemas, Cuentos y Epigramas, cuya cubierta recoge lo más selecto de la variopinta producción de Ovidio Céspedes Toro  (l910-l990), muchos años atrás muy conocido en los medios literarios de la ciudad y, hoy, ignorado por las nuevas generaciones. Bien puede ser clasificado como un intelectual de amplia trayectoria en las lides de la cultura y entretenido personaje de la bohemia chuquisaqueña.

Admirador de la buena literatura, cultivó dos géneros ya olvidados: el epigrama y el soneto, además del cuento, siempre vigente; matizándolos en su textura con la picardía propia del sucrense que todo lo observa y juzga a su manera, bajo una rigidez crítica que busca la perfección.

El poeta reflexivo se asoma en “La vida” con un acento cargado de filosofía: “Todos los seres nacen con un sino / estos y aquellos, con diversa suerte; / mas todos tienen un igual destino / que los confunde sin piedad: la muerte”. Y al concluir el soneto asegura que “Al sopesar mi vida estoy perplejo; / parece que me dormí, siendo niñito, / y hoy me despierto, como veis, ya viejo”.

Otro soneto de contenido plástico es el titulado “Las golondrinas”, que se destaca junto a “Las campanas de San Francisco”, “El indio” y “La democracia”. Mención especial merecen los sonetos dedicados a los ciudadanos Oscar Frerking Salas, Antonio Landívar y Fernando Ortiz Sanz, que son instantáneas bien logradas de estos personajes a los que tuvimos la suerte de conocer.

En ocasión de un certamen poético nacional en la ciudad de Cochabamba, al que concurriera lo más selecto de la intelectualidad chuquisaqueña del momento, integrada por Julio Ameller Ramallo, Eliodoro Ayllón Terán, Walter Arduz Caballero y Rafael García Rosquellas, el poeta Ovidio Céspedes Toro recibió un galardón especial dedicado a quien más  agradó al público en un recital en la Casa de la Cultura.

Resulta que a iniciativa del distinguido bardo Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933), honra de nuestra nacionalidad, desde muchos años atrás se acordó otorgar “un premio para aquel que mejor improvise algo poético en ese momento”, distinción que en 1969 recayó en don Ovidio; quien empezó su soneto del siguiente modo: “Tratas de compararme con Zorrilla / y querer que haga un verso en este instante, / se halla de mi persona tan distante, / como princesa fuese aquesta imilla…”

Al concluir, ante el aplauso general de los presentes, improvisó dos sonetos más con sencillez y buen humor; consagrándose por la precisa factura y economía de palabras en sonetos magistralmente logrados.

Por otra parte, con su notable dominio en el manejo idiomático, redactó simpáticos epigramas, entendidos éstos como composiciones poéticas breves, por lo común festivas o satíricas, tal como define el Diccionario de la Lengua. Veamos algunos ejemplos:

El agua del Inisterio
a la que tanto se elogia,
para nadie es un misterio
que no es sólo demagogia.
Si aprovecha la nación,
en debido suministro,
diez gotas en inyección,
sobran a cualquier ministro.
= =  =
Que exista igualdad en los estados
es quimera, esperanza, ilusión bella.
Ni en el fulgor fugaz de una estrella
no podrán ser los hombres igualados.
Porque nacen los unos con estrella
y son los más que nacen estrellados.
= = =
¡Oye! Ese arpegio que a lo lejos suena,
es la voz triste de un armonio,
al que acompaña melodiosa quena.
Esa alegría, que es, a veces, pena,
combinadas, resultan maravilla:
sabor de farra y sazón de imilla.
¡Habrá bochinche! Si la chicha es buena
y muertos, si es ckochala o de Padilla.

Con esos rasgos tan peculiares en él, compuso algunos bailecitos y cuecas en música y letra, que son muy difundidos no sólo en Chuquisaca sino en el país entero. Al bailecito Sucre con música del gran maestro Simeón Roncal, don Ovidio le puso letra: “Cuatro nombres muy gloriosos tiene nuestra Capital, / son La Plata, Charcas, Sucre, / Chuquisaca la inmortal”.
En “Los bronces hablan” describe una pesadilla en la cual observa el despertar de los leones en bronce que adornan la plaza 25 de mayo, dándose las fieras al instinto atávico de matar a los transeúntes de este paseo capitalino, hasta que el Mariscal de Ayacucho desciende de su pétreo pedestal para infligir duro castigo a las bestias. Luego el renombrado prócer nativo, Bernardo Monteagudo, que se encuentra apostado frente al actual edificio de la Gobernación, no hace otra cosa que imprecar al Mariscal por haber asumido defensa de “esas malas gentes, trotacalles, infidentes”, en remembranza del disparo que recibiera en el brazo derecho aquel 18 de abril de 1828. Y al finalizar este brillante cuento en rima, o rima contada con las reglas de la versificación castellana, el autor a los lectores aclara: “Todo lo que has leído / en cuerpo y alma he sentido; / pero, mis ojos no vieron / ni mis oído oyeron, / perdón, pues, por si he mentido”.

Aparte de este cuento, “El oro de San Pedro” es un relato muy interesante, en torno a un hecho protagonizado en la iglesia catedral de la ciudad de Sucre, que concluye con un rimado epílogo, al estilo de este singular bardo. “El gallo estaquillador” es otro valioso trabajo.

En la vida de don Ovidio su verdadera pasión fue versificar, ya mediante la forma del soneto, ya de risueños epigramas; aunque, justo decirlo, en sus relatos y cuentos encontró un complemento importante, que si no eran en rima al estilo del teatro clásico español, los escritos en prosa llevan un epílogo rimado.

Del libro RASTROJO DE LECTURAS que saldrá próximamente.