CIUDADANOS NO MENOS ILUSTRES EN TARIJA

Escrito por  Abr 14, 2013

Omar J. Garay Casal
(ULTIMA PARTE)

EL GRINGO FRAZADA
(Un extranjero llegado de no sé dónde)

Estos seres excepcionales, provocan  dos consecuencias:
la  curiosidad y el miedo que infunden o reflejan,
ya por su apariencia física, ya por su conducta díscola
o senil o por su extravagancia. Por lo general llaman
la atención de todos, pero específicamente de los más pequeños,
quienes además de  observarlos con recelo y excesivo miedo,
en ocasiones se animan a insultarlos y molestarlos enrostrándoles
a  gritos sus apodos o sobrenombres, lo que los irrita
fácilmente, haciéndoles entrar en la provocación que se pretende.

Contrariamente a otros personajes ya descritos, éste fue un individuo muy parecido, de contextura grande, robusta, de aproximadamente 1.85 metros de estatura o más. Su apariencia era la de un extranjero llegado a Tarija uno no sabe cuándo ni cómo. Se veía más colorado que blanco, con barba tupida y pelirroja; ojos claros y mirada perdida; portaba en sus dedos anillos de todo tipo, los más de hojalata, con los que sostenía casi siempre una lata vacía que le servía de receptáculo, para la comida que se agenciaba mendigando diariamente por las calles, tomar agua o para guardar  algún dinero o moneda que alguien por caridad le alcanzaba, además de sostener entre sus labios  un infaltable “pucho” encendido (sobra de cigarro unas veces de fábrica y de marca como los “Sucrenses” o “Chesterfield” y otras, criollos, como los “Atacaus” que se armaban a mano, de chala y trascendían a anís y aguardiente, un destilado casi siempre de uva negra).
Los que lo recuerdan, manifiestan que nunca o casi nunca pedía ayuda directamente, aparecía sigilosamente y se plantaba firme y frontalmente en las puertas de las casas privadas o en las puertas de los negocios extendiendo su mano en dirección del dueño o encargado, en una actitud que a muchos parecía arrogante, pero no violenta, esperando silenciosamente que el interpelado desbordara en un torrente de caridad, algo que por lo común sucedía pocas veces.
Infaltablemente llevaba como signo distintivo que dio origen a su mote o sobrenombre: una vieja frazada atada a su cuello, que caía sobre su espalda y le servía de abrigo en el crudo invierno o cuando la noche lo sorprendía; además de una bolsa de tela sucia y remendada en la otra mano, que contenía algunos harapos y otras pertenencias como un tesoro enjaulado.
No se le conocía o por lo menos los críos que éramos entonces allá por la década de los sesenta-setenta, ningún nombre y menos apellidos, nacionalidad, edad, profesión u ocupación. Nunca lo oímos proferir palabra o vocablo alguno, aunque otros afirman que con la única persona con la que se atrevía a conversar en idioma francés, fue con don Eduardo Granchand, un próspero y conocido comerciante de aquellos tiempos en Tarija. Lo cierto  es que los niños de entonces, no sabíamos si era mudo o parlanchín, cuerdo o loco, polizonte o trotamundos. Lo conocíamos todos como “gringo” bien pudo haber sido checoslovaco, alemán, francés, austríaco, ruso o quién sabe de dónde.
Cuentan que una vez salvó a una dama de ser atropellada, paradójicamente cuando trataba de esquivarlo por su aspecto nada presentable, lo que la obligó a bajar a la calzada sin haberse percatado de la presencia de un automóvil que se aproximaba a sus espaldas. Imprevistamente el Gringo Frazada, la levantó por los aires y con ademanes y palabras poco entendibles le recrimino por su descuido y su imprudencia. En retribución, se hizo acreedor a una limosna que religiosamente y durante mucho tiempo depositó en sus manos la agradecida dama.    
Mucho se especulaba con que pudo haber escapado de la segunda guerra mundial, por lo que cargaba con el estigma de desertor; tampoco faltó quién imaginó que hubiera sido parte de la Gestapo o SS alemana, de esos que torturaron y exterminaron judíos y que escapó y se mimetizó en nuestras calles y entre sus gentes. Pero la verdad nunca se supo, hasta que finalmente la implacable y temible parca se lo llevó.     

Fuentes: Tradición Oral. (Colaboración especial de la Sra. Rosa Pacheco de Bladés y del Sr. Freddy Jarsún Casal)

LA PAPA FRITA
(Comerciante callejera)
Como la mayoría de las mujeres del pueblo, la “papa frita” era extremadamente humilde y pobre, vivía del comercio de papas fritas por eso su sobrenombre. Se la reconocía y ubicaba inmediatamente porque ofrecía su producto gritando a voz en cuello en cualquier calle, parque o plaza pública.
Rememoran algunos paisanos que cuando se inauguró nuestro primer coliseo deportivo, más conocido como “Patio Prefectural” (construido en la parte o patio trasero de la Prefectura del Departamento ahora Gobernación), llegó una afamada cantante extranjera la que junto a otros nacionales debían ofrecer un recital de música folklórica. Poco antes de comenzar a cantar la artista invitada, pidió respetuosamente al público que guardara silencio para poder apreciar su arte y su canto. Luego que poco a poco cesaran los murmullos, no volara ni una mosca y, cuando el silencio fue lo único que invadió el ambiente y todos esperaban que se iniciara el espectáculo, se escuchó un tremendo grito, que hizo retumbar el coliseo ¡Paaapas Fritaaas! …provenía de  nuestro personaje quién ofrecía  su producto, ocasionando  que el público estallara en una ruidosa carcajada; cerrando el episodio la folklorista invitada quién mencionó “he ahí una mujer del pueblo”. Esa famosa cantante fue Mercedes Sosa.

 

TODOS SANTOS O RICO MAMBITO
(Un verdadero artista callejero y popular)
Son aquellos que intentan mostrar habilidades innatas
(musicales, de baile, dibujo o pintura) ocultas en un cerebro
con un coeficiente de inteligencia por sobre de lo normal;
que nosotros seres supuestamente normales, inteligentes e
Instruidos no tenemos la capacidad de descubrir sometiéndolos
a innumerables burlas, sornas e ironías a las que estamos
acostumbrados;  pero que en el fondo no hacen otra cosas que  
poner al descubierto nuestra ignorancia acerca las capacidades
excepcionales de estos hombres y mujeres infinitamente incomprendidos.


Era un hombrecito menudo y enjuto; muy humilde por cierto, sufría de desviación en los ojos, para mejor entendimiento era bizco, era más petizo que alto, cubría su cabeza con un sombrero viejo, andrajoso, puntiagudo y despintado, aquellos conocidos o denominados como sombreros “japas”; vestía un traje remendado y desaliñado; en ocasiones llevaba ojotas y en otras botines viejos de diferentes colores, llenos de agujeros que dejaban al descubierto algunos dedos de sus pies; un pantalón corto de bayeta que le llegaba a media canilla y por unos centavos que le ofrecía el público, se ponía a bailar y entonar cualquier canción en forma apenas rítmica, audible y muchas veces ininteligible.
Cantaba o bailaba sin que se lo pidiesen y percibía pese a sus limitaciones físicas y mentales que distraía y brindaba un momento de esparcimiento al común de la gente. Se puede afirmar que llevaba impregnada la música en su alma o espíritu, aunque tampoco faltaron algunos niños o jóvenes que hacían burla de su arte callejero.
De allí se explica de donde provenía uno de los sobrenombres con el que se le conocía: “rico mambito”; porque si bien no se entendía qué tipo o estilo de baile  practicaba o el canto que entonaba, a alguien  se le ocurrió que se parecía al mambo y desde entonces quedó definitivamente así identificado.
El otro sobrenombre “Todos Santos”, le fue impuesto porque aparecía en todas las fiestas de los santos que existían en Tarija o porque cantaba y bailaba al son de la música de cada una de estas fiestas que se veneraban según el calendario religioso. Aparecía en las fiestas que celebran todos los barrios de la capital y tampoco podía faltar en las fiestas que se celebraban en todas la provincias tarijeñas; estaba en Guadalupe en Entre Ríos, en la fiesta de La Cruz en Palos Blancos, en la fiesta de la Pascua Florida en San Lorenzo como en Chaguaya o en las fiestas de la Purísima Concepción o Todos Santos en Padcaya, en la fiesta de Santiago en Bermejo así como  en cualquier otro lugar donde  los carnavales le sorprendían.
Increíblemente pese a sus problemas físicos y mentales era un ser omnipresente, es decir que parecía estar en todo tiempo y lugar en el que se festejaba algo en el departamento y entonces  uno se preguntaba ¿qué magia o malabarismos hacía este extraño y especial ser para estar en todos los puntos geográficos imaginables, en momentos en que no sólo era difícil transitar distancias tan largas que separan una comunidad de otra y cuando las comunicaciones y los medios de transporte eran escasos y caros, sino también, considerando sus propias limitaciones físicas y económicas?
Es bueno saber que nuestra música varía o se diferencia según sea el santo que se festeja o recuerda, pudiéndose apreciar diferentes tonalidades, ritmos y compases que se interpretan con distintos instrumentos musicales como el violín, quena, quenilla, caja, caña o erke. Inclusive se pueden apreciar diferentes acordes provenientes de un mismo instrumento musical. Así es la música que se entona en Tarija.
Y nuestro personaje aparentemente podía entonar y bailar en todos los ritmos, compases y tonalidades. Podía competir con el más exiguo bailador o cantador y no se amilanaba. Era un trotamundos derrochando su arte, hasta que definitivamente se radicó en la ciudad Capital, transcurriendo su vejez en el viejo asilo de ancianos, donde finalmente la dama de la guadaña lo visitó.  

Fuentes Tradición oral.

LA LOCA MARIA
(Una loquita extranjera)
Era una dama que sufría de esquizofrenia, en otras palabras se la consideraba loquita. Sobre su origen no se tienen datos, aunque se supone era Argentina  por el tono de su voz y su forma de hablar. Vivió por mucho tiempo en el Barrio El Carmen más exactamente en  una de las esquinas de la piscina prefectural, espacio territorial que creía de su total y absoluta propiedad y que abarcaba o comprendía una buena parte de la vereda y la calle, donde con cartones y otros objetos improvisaba lo que consideraba su domicilio particular.  
Allí dormía, supuestamente cocinaba y pasaba sus horas hablando a solas, aunque sostienen quienes la conocían que lo que verdaderamente depositaba en las ollas eran algunas hojas de arboles, tallos o raíces secas. Consecuentemente sobrevivía de la ayuda y conmiseración de los vecinos, los que le alcanzaban alimentos y medios indispensables para su subsistencia.
Si alguien osaba violar lo que consideraba “su propiedad”, o transitaba por descuido frente a ésta, era objeto de toda clase de insultos y vituperios e incluso de ataques para lo que se proveía de diversos objetos,  los que lanzaba contra el incauto o desprevenido que había invadido sin saberlo su territorio, al que solo faltaba le colocara alambres electrificados o muros de cemento como lo hacen otros menos cuerdos que doña María, en otros lugares del mundo.
Por fortuna la conducta de “La loca María” no fue siempre la misma, mostrándose pacífica, amable y charlatana con quienes se animaban a entablar conversación y le demostraban consideración y respeto. Inmediatamente recreaba aspectos desconocidos de su pasado, así como sobre sus actividades y proyectos inmediatos.  Hasta hizo amistad y se encariñó con algunos niños de la vecindad.
Tampoco faltaron los parroquianos que se iniciaron o la usaron sexualmente, hasta que las autoridades decidieron trasladarla a la ciudad  de Sucre, pasando sus últimos años en el Manicomio Pacheco de aquella ciudad.  

Fuentes: Tradición oral. (Colaboración especial de la Sra. Rosa Pacheco de Bladés)

 

 DOÑA MERCEDES
(Experta en rezos y responsos)
Oraba en las puertas del Mercado Central (ahora se reza en las puertas de los cementerios), experta en rezos o responsos, o sea en peticiones y oraciones para almas de personas fallecidas. Si las virtudes del que pasó a mejor vida superaban sus pecados, en las oraciones pedía por el descanso eterno del alma pura y buena; pero cuando los pecados habían sido mayores que las virtudes y el muertito en vez de rumbear para el cielo, estaba condenado a dar con sus huesos en las profundidades del infierno, los responsos de doña Mercedes clamaban por la salvación del alma en pena, descarriada y condenada.
Aunque sus habilidades y destrezas no acababan allí,  oraba  también por los seres vivos, haciendo peticiones de salud para que los enfermos sanaran y también en favor de personas sanas, para que no se enfermaran. ­
Estas manifestaciones que por lo general exigen recogimiento y silencio, se incumplían ex profesamente por los responseros y muy particularmente por Doña Mercedes, la que profería  sus rezos a voz en cuello, permitiéndose otorgar a su voz un tinte o dejo extranjero, a veces españolísimo, con lo que ganaba prestigio y clientes, ya que para los chapacos lo extranjero siempre ha sido mejor que lo nacional; los electrodomésticos, los comestibles, la ropa, los juguetes, los pretendientes de sus hijas y hasta los curas eran mejor vistos si eran forasteros.    
Este oficio del que no se conoce exactamente cuándo o por qué se origino, pero se supone que fue después del descubrimiento de América, exigía a quienes lo practicaban, tener algo de oratoria y si carecían de ella, por lo menos disfrazarla con el uso de palabras rebuscadas;  a lo que había que sumar buena dicción, gesticulación, poseer un amplio arsenal de rezos y oraciones, gran conocimiento sobre festividades religiosas y el uso de simbolismos religiosos como cruces o el santo rosario. Así se agregaba a la ­imagen de extranjero que se pretendía mostrar, una imagen sagrada o religiosa, que además de infundir respeto debía ante todo generar miedo, con lo que se acrecentaba en el imaginario chapaco la figura de estos responseros.        
Los clientes que más solicitaban estos responsos en Tarija, fueron los campesinos y en menor proporción los pobladores de la ciudad, los que cancelaban estos servicios cuasi religiosos en moneda legal y de curso corriente.
Siendo tan católicas y cristianas nuestras gentes, llama la atención que para estos fines apartaran a la curia romana y la sustituyeran por gente perteneciente al pueblo, un simple civil, un pecador cualquiera, un paisano de carne y hueso como cualquier otro mortal; al que no dudaban ni un instante en encomendar o encargar su alma y las de sus familiares o allegados.
Para concluir, es de justicia reconocer, que éste no es un fenómeno propio y único de los tarijeños, hubo y hay responseros en muchos otros lugares, inclusive se pueden escuchar durante el día de almas, rezos en idiomas aimara y quechua en el norte del  país.

Fuentes: Tradición oral.