EL MILAGRO

Escrito por  Jul 07, 2013

Nuestra Rosa María es un milagro viviente, prueba de la FE inquebrantable de su madre.

Para quienes tienen la fe sencilla y pura de nuestros campesinos no se trata de un milagro, es simplemente un hecho de la vida, común y corriente como cientos de hechos que suceden día a día y que por la naturaleza de quienes los reciben no son documentados, ni suficientemente conocidos; pero testimonios de algunos se pueden apreciar en el portal de la Iglesia que mencionamos en esta historia, donde múltiples placas de agradecimiento dan fe de ocurrencias similares o mayores aún, que la que vamos a relatar, pero que no son documentadas justamente por la fe natural con la que los protagonistas las reciben. Si hace poco no hubiese participado en el fin de esta historia, quizá ya la habría olvidado y no le habría dado la importancia necesaria como para tener motivo de transcribirla y llevarla a la consideración de quienes quieran darle alguna interpretación y/o la explicación más lógica que la medida de su fe y su inteligencia les permita:

Llevaba un año de haber retornado a Tarija convertido en profesional, con un gran bagaje de sueños juveniles, con muchas ansias de contribuir al mejoramiento de la vida en nuestro reducido medio y deseoso de emprender obras que promovieran de alguna forma el desarrollo y el progreso de Tarija. Con esos deseos a cuestas visité comunidades, estudié caminos, construí obras de toda índole, y en el azar de uno de esos recorridos conocí al personaje principal de ésta historia:
Don LEONARDO, radicado en Canaletas, a 50 Km de Tarija, un lugar al que accedí con motivo de construir unos muros de contención de plataforma para el recientemente creado Servicio Nacional de Caminos (SENAC); era un campesino nacido en alguna parte de nuestro Chaco, con un porte imponente, una sonora voz, un carácter mesurado y una mano para la guitarra como pocas he conocido; casado con doña María, una mujer que no podía ocultar su ascendencia con mezcla de sangre española, con ese ingenio típico en nuestra gente, una habilidad excepcional para la cocina criolla y un espíritu de trabajo extraordinario; muchas veces cuando visitaba el sitio de las obras, para hacer llegar la comida al personal, dejaba sus ollas y sin ningún empacho tomaba la pala y reemplazaba, en las faenas del vaciado al peón desplazado para comer: - “pa ' que no se enoje el Ingeniero”- solía decir. Las obras se desarrollaron durante los meses de Septiembre, Octubre y Noviembre y a pesar del anuncio primaveral que hacían los colibríes de la zona, sentíamos un frío verdaderamente polar, ya que un clima invernal arrastrado desde la Antártida por los vientos del Sur ingresaba rumbo a Tarija por el cañadón de Canaletas y en alguna ocasión tuvimos hasta 18 días continuos con una neblina pesada y fría, que me obligaba a portar en el bolsillo una pequeña petaca de vidrio con un mágico licor reanimante, feroz enemigo del crudo clima reinante. Este clima habría de ser un factor importante en la presente historia.
Nuestro campamento se ubicaba a unos 500 metros de la casa de nuestros amigos y las carpas habían sido instaladas debajo de un grupo de durazneros de su propiedad, que con su floración un poco tardía nos habían alegrado el ambiente. Dn. Leonardo como todo buen campesino tenía una relación íntima con la naturaleza y solía predecir con bastante exactitud las variaciones del clima, aptitud que aprovechamos para adecuar nuestros vaciados de hormigón, que por cierto eran casi continuos con objeto de avanzar rápido y terminar con las obras antes del inicio de la temporada de lluvias, ya que como las mismas se encontraban ubicadas en la margen derecha del río, nos preocupaba una eventual crecida. Siempre se había dirigido a mi persona con el mayor respeto y expresión de su aprecio era la designación con que me identificó: “Don Salo”, la que rápidamente fue adoptada por mi personal para llamarme con ese apócope por cualquier motivo; igualmente y en reciprocidad de mi parte lo llamaba “Don Leo”.
Finalizando Noviembre las obras alcanzaron su fin y se iniciaron las lluvias con bastante intensidad y frecuencia, aunque no había cedido del todo el clima invernal; la mayoría de nuestro personal retornó a la ciudad, quedando únicamente mi capataz y un mínimo necesario para rematar algunas terminaciones. Cumplidos los trabajos de detalle procedimos con la entrega de obras, ceremonia que por el carácter de la Institución se realizaba bajo condiciones especiales, por lo que mi retorno se demoró un poco más. A esta entrega y como es norma usual sucede el Periodo de Garantía, es decir transcurren 90 días durante los cuales se verifica la calidad de las obras; cumplido dicho periodo y a satisfacción del propietario se procede con la Recepción Definitiva. Con este motivo en el curso del mes de marzo del año siguiente, retorné al sitio de la construcción conjuntamente con los representantes respectivos, procediendo a la verificación de lo realizado y con la aceptación de las obras, se firmaron los documentos del caso con lo que los personeros encargados de la recepción, retornaron a la ciudad.
Cumplido el objetivo principal, y disponiendo de tiempo suficiente, decidí hacer una visita a Dn. Leo y Dña. María, para lo cual me dirigí hasta su casa. Arribado a la misma, me extrañó el hecho de que a pesar del alboroto levantado por los perros no se asomara nadie a la puerta como usualmente solía suceder, por lo que tuve que llegar hasta ella y golpear fuertemente pensando que no encontraría a nadie porque quizá se hallaban trabajando en su campo; grande fue mi sorpresa cuando me atendió un Dn. Leo totalmente diferente al que había conocido: avejentado por años adicionales que sólo puede añadir el sufrimiento, casi encogido, con cierto desaliño personal que nunca antes había tenido, un aspecto de vencido y con una voz apenas audible me invitó a pasar:
Pase, pase Dn. Salo bienvenido, Dios me lo manda pa ’ acompañarme; ayer se han ido al pueblo el Marcos y el Sebastián, así que me he quedado solo.
Sabedor de la fiel compañía de su esposa, inmediatamente pregunté:
Cómo es que se ha quedado solo! Dónde anda Dña. María? -
Llevándome poco menos que a rastras me hizo llegar a unos cincuenta metros de la casa y mostrándome un túmulo de tierra coronado por una prolija cruz de madera, me dijo:
Aquí!, aquí está ella!
Pero Dn. Leo, qué ha pasado, no puedo creer lo que me dice.
Venga Dn. Salo a la casa, que le voy a contar cómo ha sido mi desgracia.

PRIMER RELATO DE Dn. LEO:
“Cuando ustedes terminaron su trabajo y se fueron a Tarija, nosotros los extrañamos mucho, y por la mañana nos dábamos una vuelta por entre los durazneros como si fuéramos a encontrarlos; estando en esas se me ocurrió que podía irme a Tarija llevando algo de productos para vender y traer algunas cosas para la casa ya que nos faltaban víveres y otras cosas, además se acercaba la Navidad y el Sebastián se había ilusionado con una bicicleta. Preparé los seis burros cargué dos con algo de maíz, uno con pelones y los tres restantes con la mejores quirusillas que da la quebrada y es lo que más rápido se vende en esta época; así emprendí el viaje, como usted sabe con los burros es un día y medio, llegué a Tarija, vendí todo en un día y con una sombra en el corazón me apuré a regresar; por eso no lo fui a visitar a su casa, pensando que como se acerca la Navidad tendré que volver y dejé para entonces la visita.
El retorno lo hice más rápido que la ida, pero aún así y aunque el corazón me apuraba no pude llegar a tiempo, en la bajada de la cuesta, me dio alcance el Marquitos llorando y gritando : “mi mama se ha ido!” Yo pensé que quizá la María se hubiera ido pa’ la ciudad en mi busca por alguna razón, pero cuando llegué a la casa me contaron que el mismo día en que yo salí para Tarija, ella se fue río abajo para llegar hasta donde Dn. Ignacio “pa’ conseguir un poco de papa, cebolla y ver si tenía carne para preparar algo en la casa”; el día lluvioso y muy frío, hizo que regresara toda empapada y temblando, a pesar de que mis hijos prendieron fuego y trataron de calentar la pieza no lograron hacer que se recupere de la mojazón, en la noche dice que ardía en fiebre y que me llamaba a gritos “pa’ que la ayudara”, al día siguiente comenzó a apagarse lentamente, hasta que pasado el mediodía se murió ; mis pobres hijos no sabían qué hacer, así que uno de ellos se llegó a la casa de Dn. Ignacio para pedirle ayuda, vino con su mujer y su hijo, haciéndose cargo de la situación ; su mujer hizo que mis hijos se despidieran de su madre y rezaran por ella ; Dn. Ignacio y su hijo cavaron el sitio donde está enterrada envuelta en el poncho nuevo que me tejió. Como usted sabrá Dn. Salo la desesperación casi me vuelve loco, pero como yo le pedí ayuda a quien la María tenía tanta fe: la Virgencita de Chaguaya rogando que nos dé paz y apoyo; creo que fue Ella la que me hizo comprender que debía sobreponerme y ocuparme de mis changuitos; por eso usted me encuentra vivo, aunque debería decir medio vivo”.
Con el corazón encogido, rezamos ante la tumba, dejamos unas flores y en silencio retornamos a la casa; luego de charlar un poco con los niños, prometí volver a visitarlos en cuanto pudiera.
Somos hojas que el viento del destino arrastra en su caprichoso vaivén a sitios insospechados; mi área de acción profesional se ubicó lejos de Canaletas y no pude cumplir durante mucho tiempo la promesa hecha. Transcurrido algo más de un año se me dio la oportunidad de poder hacer una visita a aquel viejo amigo.
Llegado a su casa apenas me aproximé salió a recibirme con una de sus típicas sonrisas:
Bienvenido Dn. Salo, hace tiempo que lo esperaba, no hay que olvidarse de los amigos.
Si estoy aquí Dn. Leo es porque no hay olvido, el tiempo ya no alcanza para todas nuestras buenas intenciones.
Luego de las preguntas de rigor, se alegró mucho de que me hubiera casado y me dijo:
Pídale a la Virgen que le permita disfrutar muchos años de la compañía de su mujer, ya que la Mamita-Chaguaya es muy buena y veya usted como a mí me lo ha permitido.
Estas palabras me sorprendieron mucho y en ese momento no pude captar su sentido, lo primero que pensé fue que al no poder soportar la ausencia de Doña María se habría casado de nuevo. Con mucha delicadeza le pedí una explicación y nuevamente debo reproducir lo más fielmente posible el relato de Dn. Leo:

SEGUNDO RELATO DE Dn. LEO:
“Yo no podía creer que la María me había abandonado para siempre; todos los días iba a visitarla y le llevaba alguna flor; cuando no había flores, le ponía alguna cosa de su recuerdo, pero siempre algo, y sólo el ver los ojos tristes de mis hijos me obligaba a tratar de ser mejor cada día, ya que el recuerdo de que mi María no estaba a mi lado no me dejaba en ningún momento”.
“Llevando así una vida rutinaria, sin mayor atractivo casi por obligación de vivir, llegó el día de su cumpleaños y me acordé que uno de los deseos de la María era el de hacer una peregrinación a Chaguaya, cosa que no habíamos podido realizar; pero como nos encontrábamos próximos a la fiesta, les dije a mis hijos: Voy a cumplir con el peregrinaje al Santuario de la Virgen para pedirle que nos dé resignación, paz y nos ayude a sobrellevar la ausencia de la María, quien debe estar en su compañía; a ustedes les recomiendo que se porten con juicio, se hagan cargo de la casa, del campo y de los animales hasta que yo vuelva; le he pedido a Dn. Ignacio que se dé una vuelta por aquí para echar de menos y ayudarles cuando sea necesario, mi ausencia será por lo menos de cuatro días, ya que la ida va a ser por lo menos dos días y la vuelta será otros dos. Acordado todo, emprendí el viaje con mi viejo poncho al hombro, mi faca al cinto; mis ojotas charoleadas, tomé camino un día Viernes a fines de Agosto; hasta Tarija se me hizo demasiado pesado siempre pensando en la ausencia de mi compañera y que ese viaje debimos hacerlo juntos. Llegado a la ciudad, descansé en la casa de mi sobrino y al día siguiente aunque pensaba madrugar, no me dejaron salir hasta pasado el mediodía para unirme con la caravana de peregrinos. Como yo estaba acostumbrado en el ir y venir desde mi casa a la ciudad, a cualquier hora y conocer el camino aún en la oscuridad, no tuve la precaución de llevar una linterna como lo hacen todos los caminantes al Santuario. En la tarde y a la hora de salir los grupos mayores, inicié la marcha y tal como me dijera mi sobrino la salida fue desde la misma orilla del río Guadalquivir casi en columna continua, iba gente de toda laya: del campo y de la ciudad, chicos y grandes, ricos y pobres todos entreverados y unidos por la fe, hasta había un grupo formado por unos jóvenes cantores que llevaban una guitarra, así que me uní a ellos, nos pusimos en marcha con fe, entusiasmo y alegría; pero pronto se nos acabó la tarde y comenzó la noche oscura, nublada y fría. La columna peregrina comenzó a romperse, los grupos se distanciaban según la condición de cada uno, algunos se atrasaban por el cansancio, otros más baquianos se adelantaban. El grupo con el que yo estaba viajando decidió parar para descansar un poco, pero con la prisa que yo tenía, me fui adelantando solo y seguí un camino que más o menos mostraba trilla. Como el frío apretaba me puse el poncho, calculando que estaba cercana la medianoche y estimando que ya había hecho medio recorrido, continué caminando, pero en cierto momento me di cuenta de que un silencio profundo reinaba alrededor, cosa que no ocurría cuando seguía dentro del conjunto de peregrinos, esta circunstancia me obligó a reflexionar, me detuve a considerar la posibilidad de que me hubiera desviado de la ruta a Chaguaya; busque un lugar y me senté a medir las posibilidades, teniendo dos alternativas: una desandar parte del recorrido y otra seguir adelante hasta encontrar alguna referencia que me permitiera incorporarme de nuevo a la peregrinación retomando la ruta correcta hacia el Santuario; lo peor de todo, era que no tenía una linterna para tratar de ver un poco alrededor en busca de un punto que me permitiera orientarme hacia el camino correcto, o al menos para encontrar una casa donde pedir señas sobre el camino; sólo sabía que estaba al lado de una pequeña cumbre, que la oscuridad era completa, y que el perfume de los churquis floridos hacía grata la situación; en el fondo se escuchaba un ligero rumor de agua corriente, por lo que consideré que la proximidad del río era cierta y que mi desvío no sería muy grande; sin preocuparme mucho decidí volver atrás hasta encontrar el camino válido; cuando había tomado esa decisión sentí pasos de alguien que se acercaba al lugar, curiosamente el ambiente comenzó a clarear un poco como si se descubriera parcialmente la luna y distinguí la silueta de una mujer alta vestida con blusa y pollera blancas, cubierta con una manta oscura que parecía el cielo estrellado y que la resaltaba aún más en la oscuridad de la noche; antes de que pudiera hablar, se acercó y me dijo:
Seguro que te has apartado de los peregrinos y ahora no sabes cuál es el camino a Chaguaya.
Así es, a ver si puedes indicarme como seguir.
Sí, puedo, pero quiero saber cuál es el motivo que te lleva a visitar a la Virgen, ya que se nota que lo haces con fe y decisión.
“Ante esa pregunta le pedí que nos sentáramos y partiendo en dos un pan y un pedazo de queso, la invité a escuchar mis penas, que usted Don Salo conoce muy bien. Casi había terminado mi relato, cuando noté en su rostro una extraña sonrisa muy familiar y que en ese momento no interpreté bien, pero que me llenó de confianza y le dije:
Ahora que ya conoces mi motivo, por favor indícame cómo debo seguir.
Ves ese churqui? Cortá una rama florida.
Así lo hice con mi faca, y cuando retorné me dijo:
Para llegar donde la Virgen sólo debes seguir las indicaciones que te ha de hacer la rama y no la pierdas, ya que te va acompañar durante toda tu vida como lo habría hecho tu María”.
“En aquel momento la suave claridad desapareció y no pude ver ni encontrar a la mujer con quien había hablado por más de una hora. No comprendía cómo una rama de árbol podía darme indicaciones para hallar el camino de los peregrinos, pero en cuanto me levanté y comencé a caminar, tuve la explicación: cada una de las flores emitía una suave luz amarilla que iluminaba el camino mientras me encontraba en la dirección correcta, pero apenas me desviaba un poco de la senda se apagaban; así que tuve realmente un guía permanente que me llevó por un camino poco transitado hasta llegar a la puerta del Santuario; apenas había entrado a la Iglesia cuando ésta se llenó con la suave fragancia de la flor de churqui, inmediatamente sentí una paz interior que me permitía percibir la presencia de María a mi lado, como si me hubiera acompañado durante todo el viaje”.
“Luego de escuchar misa, hacerme “pisar” con la Virgen, dejar limosna y recibir la bendición, envolví cuidadosamente mi rama en el poncho, al que me lo eché al hombro para emprender la vuelta caminando rápido y directamente hasta Canaletas, sin parar en la ciudad, ya que estaba deseoso de llegar a mi casa y contar a mis hijos lo ocurrido, sintiendo una alegría inexplicable en el corazón. A ellos les pareció la cosa muy natural todo el suceso, trayéndoles gran alegría las flores ya que cada vez que yo o mis hijos echamos de menos a su madre, nos acercamos a la rama florida, mencionamos el nombre de María, o hacemos alguna referencia a ella e inmediatamente el ambiente se llena del suave perfume que cura los dolores del alma”.

Luego de escuchar éste relato no quedé muy convencido, ya que nos encontrábamos en pleno mes de Mayo y para esa época los churquis tienen “choloncas”, ya no tienen flores; así que le dije: ‘‘Dn. Leo, veamos su rama florida”, con mucho cuidado y cariño abrió una cajita de madera trabajada y tallada por sus manos y sacó de ella una rama de unos veinte centímetros de largo, en la que brillaban unos diez o doce capullos amarillos de flor de churqui de un tamaño mayor al corriente y con un aspecto como si recién hubiesen florecido; realmente causaba admiración la frescura y el aspecto general de la rama, con mayor razón porque no podía atribuirse el hecho de haber sido cortada recientemente, ya que en el cañadón de Canaletas casi no hay churquis y menos aún floridos en esa época. Mientras tenía la rama en mis manos, comenzamos a hablar de todo un poco y en un determinado momento hice mención a Dña. María, inmediatamente el ambiente se llenó con el aroma suave, tan agradable y peculiar de la flor de Churqui, que realmente impartía una sensación de paz extraordinaria que sólo podía existir en el Edén; esto me sorprendió mucho ya que hasta ese momento había aceptado parcialmente el relato de Dn. Leo, pero ahora no me quedaba ninguna duda de estar en presencia de algo excepcional; sin embargo para él y sus hijos con su forma sencilla de ver las cosas no parecía tener mayor trascendencia, consideraban natural todo lo que ocurría y era simplemente la compañía y presencia intangible de la madre. Inclusive estando allí sentados, llegó Sebastián, uno de los hijos quien al verme con la rama en mis manos dijo: “que bien, el Ingeniero ha venido a saludar a mi mamá” inmediatamente la habitación se llenó de nuevo con la fragancia mencionada. Ya anocheciendo retorné a la ciudad impresionado por los hechos.
Hasta aquí el relato de lo ocurrido hace más de treinta años. Ahora la historia se completa con lo insólito: como dije antes el destino que juega con nosotros, me llevó por otras esferas y mi vida tomó un rumbo diferente de manera que durante los muchos años siguientes estuve prácticamente alejado de toda posibilidad de ver a Dn. Leo y sus hijos; y los acontecimientos que acabo de relatar simplemente se adormecieron en la memoria y así habrían quedado, si no sucede una de esas raras casualidades con que nos sorprende la vida. Ocupando un alto cargo en una empresa del Estado, realizaba un recorrido que debería culminar en una reunión con un grupo campesino que se encontraba bajo la influencia de nuestro trabajo y la misma se llevó a cabo en la Escuela Rural del lugar; allí uno de los principales dirigentes se dirigió a mi persona con particular afecto y respeto, indicando que en su calidad de representante y Abogado de los campesinos estaba autorizado para sostener todas las negociaciones pertinentes con el suficiente poder de decisión otorgado por sus representados. Las negociaciones se iniciaron de inmediato y creo que nunca se resolvieron problemas tan delicados en forma más simple y llana como aquella vez, donde la buena voluntad de las partes permitió un acuerdo equitativo para ambos. Concluidos los entendimientos y elaborados los documentos del caso en el momento de poner los nombres para la firma del convenio, el Abogado me manifestó: “usted no me ha reconocido Dn. Salo, yo soy Sebastián, hijo de Dn. Leo de Canaletas y hace muchísimos años que tengo deseo de hablar con usted”. Inmediatamente volvieron a mi memoria los hechos que ya he relatado; concluidas las negociaciones nos reunimos en mi oficina y comenzaron las preguntas, primero sobre su padre, quien luego de una vida plena de paz y con una prosperidad inexplicable había fallecido el año anterior, siempre trabajando y obteniendo las mejores cosechas en su campo, el que nunca fue afectado por fenómenos naturales, los que muchas veces asolaban los campos vecinos, pero respetando el campo de ellos; aprovechando estas circunstancias, Dn. Leo había enviado a sus hijos a la Universidad llegando ambos a profesionalizarse: Sebastián ya lo dije Abogado y Marcos: Médico, ejerciendo éste en un área rural del Departamento de Chuquisaca, ambos en desarrollo de labor social, muy satisfechos con los resultados de su trabajo y particularmente con la vida que llevaban; casados con buenas mujeres, cada uno con dos hijos cursando los últimos años del nivel medio, con aspiraciones de llegar a ser buenos profesionales como sus padres.
Luego vino la pregunta de rigor: y...¿la rama de Churqui?

RELATO DE SEBASTIÁN :
“La rama de Churqui, se mantuvo viva y florida durante todos esos años y siempre ha derramado su perfume cuando mencionábamos a mamá repartiendo paz y resignación a todos los presentes, incluso a personas extrañas cuando los afectaba la adversidad, de esa manera su ausencia se nos hizo liviana ya que sabíamos que su perfume era la presencia viva de nuestra madre. Mi padre se ponía cada vez más viejo pero no aflojaba en el trabajo y nos mandó a estudiar habiéndose quedado prácticamente solo en la casa de Canaletas; él siempre decía que estaba bien acompañado por el perfume de su María, que le daba fuerza y valor, así que no nos preocupáramos por él”.
“Hace un año mi padre comenzó a declinar y nos dijo que pronto ya no estaría con nosotros, pero que había sido feliz y sentía cumplida su misión en la vida; sus hijos ya eran profesionales y trabajaban bien; muchas veces yo y mi esposa intentamos traerlo a vivir con nosotros en la ciudad, pero siempre fue en vano, salvo alguna ocasional visita que nos hizo, no quiso dejar su casa en Canaletas, porque decía: “a mi María no puedo dejarla abandonada”.
“En el mes de Marzo del año pasado me hizo llamar con urgencia, cuando llegué a la casa lo encontré desmejorado, razón por la cual hice venir a Marcos, quien llegó un viernes por la tarde y luego de revisar a papá me dijo: - no le encuentro nada fuera de lo que es corriente a su edad, creo que con un poco de reposo en unos días va a estar bien; así que, como he dejado mucho trabajo pendiente, mañana debo regresar al hospital”.
“Al día siguiente amanecimos con un sol radiante, fui a buscar a papá y lo encontré con una expresión de tranquilidad y paz poco común, pero cuando intenté despertarlo recién me di cuenta de que se había reunido con quien amó tanto. Hicimos todos los preparativos para enterrarlo junto a mamá. En cumplimiento de lo que él nos había pedido unos días antes: lo envolvimos en su poncho viajero y fuimos a buscar la ramita de Churqui para que lo “guiara” en el viaje sin retorno que iba a emprender; pero nos encontramos con que en la cajita había tan solo un poco de polvillo color café en el que se habían desintegrado rama y flores, la misma que el día anterior habíamos tenido en nuestras manos entre Marcos, papá y yo, habiendo aspirado varias veces el aroma de sus flores. De todos modos acordamos esparcir ese polvo en el poncho y lo enterramos con la asistencia de todos los que lo conocieron en la vecindad
“Marcos regresó a su trabajo, yo me quedé a disponer de los pocos bienes que dejó mi padre, y encomendé a Dn. Ignacio que me buscase un interesado en el campo para que se hiciera cargo de él; ello me llevó casi quince días; cuando fui a despedirme de mis padres, tuve una nueva sorpresa, entre las dos tumbas se había desarrollado un churqui que ya medía más o menos un metro y medio con un tronco de pie robusto, que no sé porque acción natural extraordinaria se había desarrollado tan rápidamente, pero que me obligó a pensar, que ninguna planta desarrolla más de un metro en quince días”.

CONCLUSIÓN
Estos son los hechos que he conocido y compartido en parte, simplemente los transcribo para que ustedes, también los conozcan y luego de analizarlos, fortalezcan su fe en Dios ya que lo relatado da testimonio suficiente de su poder y bondad, pero como dije antes, para esos humildes campesinos los hechos han sido simplemente comunes y corrientes y no tienen ningún carácter extraordinario como el que nosotros les podemos asignar; sin embargo, me he permitido evaluar todo lo ocurrido a la luz de la razón pura; pero también debo reconocer que yo tampoco soy poseedor de esa fe sencilla como la de los protagonistas, sino de una fe sólida, basada en la lógica científica, que el estudio de los números y el conocimiento de inmutables leyes físicas y naturales, y más la experiencia asimilada en la escuela de la vida, me han dado; es por ello, que luego de meditar mucho sobre estos sucesos, de estudiarlos con el criterio del análisis racional y de tratar de encontrarles una explicación mediante la aplicación de las leyes científicas que tengo en mi modesto conocimiento, con el objeto de llegar a una conclusión lógica que explique y/o justifique los fenómenos que emanaban de una simple rama de Churqui: tales como que ilumine el camino del peregrino para fijar su rumbo, luego se mantenga viva, fresca y florida por treinta y cinco años sin necesitar nada para ello, que participe de la presencia de las personas y a la simple convocatoria de una mujer que no existe desde ese mismo largo periodo de tiempo, derrame sobre los presentes su perfume de paz y amor y finalmente como culminación de los hechos, en un determinado momento del reloj de la vida, como si hubiese cumplido una específica misión, se desintegra y desaparece.
Este análisis me ha permitido llegar a las siguientes conclusiones:
Que todo lo acontecido, no se ajusta dentro de los cánones de ninguna ley física.
Que no coincide con ninguna reacción química conocida.
Que no existen procedimientos agronómicos para obtener similar resultado.
Que no tiene explicación científica, dentro del conocimiento de la ciencia actual.
Que no corresponde con ninguno de los fenómenos naturales comunes y corrientes de nuestra vida diaria.
Que no hay noticias de ocurrencia similar, registrada hasta la fecha.
Por lo analizado y expuesto en este relato, creo que todo lo que no he podido explicar en forma lógica, es el resultado de la simple decisión de la Voluntad Suprema que puede disponer a su libre arbitrio de todas las Leyes Universales y hacer concesiones extraordinarias, como una benévola respuesta a la demostración de una fe inquebrantable en el poder de Dios y como premio al amor ejemplar de una familia. Por lo que, desde mi punto de vista personal, justifico plenamente el título que originalmente he dado a este relato: EL MILAGRO.

TARIJA, Diciembre de 1999.

Salomón Casal
Ingeniero

N.B.- No me hagan preguntas sobre este tema, ya que todos los hechos ocurridos, han sido narrados conforme sucedieron.