Delincuencia legal e ilegal

Escrito por  Jul 01, 2010

Doña Rosa, en el mercado Campesino, cuenta que robaron de su puesto de condimentos en más de veinte ocasiones.

“Es increíble cómo se pasean los maleantes por el mercado, no tienen la menor vergüenza, pues ante la vista de toda la gente a cualquiera le sacan la billetera, o le jalan la cartera, nadie hace nada por temor a que puedan rallarles la cara, un poco ha disminuido con la presencia de los vigilantes de seguridad privada, pero casi nada, a mí, me robaron bolsas enteras de canela, de cominos, pero no hay a quien quejarse, pues nunca se encuentra culpables”, dice la vendedora.

Dos policías persiguen a tres mujeres que fueron acusadas de robar un celular a una señora de aproximadamente 45 años, y más rápido que pronto dan con ellas para dejarlas ir después que entregaron el celular robado. La víctima, quien siguió los pasos de las delincuentes, refiere que en otra orilla del mercado se reunieron policías y mujeres (las 3), para repartir ganancias.

Otro sistema de robo es el de los “pajpapacos” que juegan a la suerte, la blanca o la negra. “Haber, haber señora, señor, acérquese para probar la suerte, si usted adivina dónde está la bolita de colores debajo de estas tapitas se lleva cincuenta bolivianos, nada por aquí, nada por allá, destapo esta y no está, destapo la blanca, aquí si está, apueste”, dice el pajpaco dándose la vuelta, mientras tanto su compinche, que generalmente es una mujer, da vueltas las tapas y muestra donde está la bolita. Un incauto dice “yo apuesto”, y mientras saca los cincuenta bolivianos, rápidamente la mujer cambia las tapas. El inocente (que generalmente es un campesino), pierde el dinero que quizás fue ganado con mucho sudor.

En una esquina se encuentra un “adivino” con cartas de truco derramadas sobre un aguayo pequeño, con una bolsita de coca. El “achachila” asegura leer cualquier desventura, traición o problema sentimental, que puede identificar a los autores de robos y otras acciones contrarias a la suerte del que consulta. Magdalena se acerca para saber quién le robo el aro de matrimonio y si su marido le engaña realmente con su comadre carnavalera. Con gran solemnidad el brujo arroja las hojas de coca y después de barajar el mazo de truco, va descartando conforme se revelan las cartas. Después del oráculo, cobra su precio (15 bolivianos) y se avecina una gran pelea en la comunidad de Laderas, de donde es oriunda Magdalena, la misma que terminará seguramente en un divorcio y algunos golpes compartidos.

Esta es la figura de la delincuencia en el mercado Campesino, donde hay mucho más que observar en timadores, vendedores de toda laya, policías corruptos, magos, lanceros y escapistas. Pero este centro de abasto tiene otras connotaciones que son observadas cuidadosamente por quien tiene los ojos abiertos para ver.

Otro  mundo

Al ingresar al mercado, parecería que se ingresa a un mundo aparte, pues las oportunidades comerciales se multiplican en todos los ámbitos, congregando en ocasiones a familias enteras para que puedan apoyar a la economía del hogar, pero también da lugar al movimiento frío y calculado de la delincuencia, oportunidades para que los mendigos puedan encontrar un sustento diario, además de observar la miseria en su mayor expresión, en los dos sectores que tiene este centro de abasto, que se ha convertido en el principal de la capital tarijeña.

Miseria

Raquel es una niña de siete años que está recogiendo los productos que caen de los diferentes puestos de venta del mercado. Muy educada, pide permiso para alzar los tomates, papas o cebollas caídas y, en la mayoría de los casos, son productos dañados que fueron desechados por las vendedoras. “Vivo con mi abuelita y no tiene plata para nada, además que está enferma, vengo todos los días a recoger algo para cocinar, más bien que las señoras son muy buenas y me dejan recoger lo que ya no les sirve a ellas, pero a nosotros sí, para comer, hasta carne me regalan”, realidad económica de la miseria.

Mientras tanto, Manuelito recoge del contenedor de basura todas las frutas que están “más o menos buenas”, para comer. No quiere hablar cuando nos acercamos y huye, con los pies descalzos y los pantalones totalmente raídos, el cabello desordenado y sucio, y las manos brillosas por el dulce de los productos que estaba hurgando, pidiendo que no le peguemos, prometiendo que no removerá más el contenedor.

Casi a hurtadillas, una anciana encorvada, con los cabellos blancos y de escasas trenzas, las ropas raídas y sucias, las manos huesudas cubiertas por una capa de costras de suciedad, levanta productos caídos en el suelo y disimuladamente, cuando se da la ocasión, estira la mano para levantar uno que otro producto bueno de las mesas de las vendedoras o de los montones que hay en el suelo, de donde compran las señoras “bien”.

La miseria se ve a cada paso, en un Estado plurinacional que, a pesar de tener nueva Constitución, autonomías, asambleístas que ganan 13.900 bolivianos, continúa siendo pobre y contrariamente a lo que prometía este nuevo sistema de gobierno, el pueblo sigue comiendo basura, viviendo arrastrado por el suelo, vistiendo prendas americanas regaladas y sosteniendo nuevas oligarquías con su trabajo. El mercado Campesino muestra este tipo de vivencias.

El administrador del mercado Campesino en el sector perteneciente al Consejo Regional de Abastecimiento y Mercadeo Agropecuario (Crama), Manuel Nava, hace conocer que el movimiento en este principal centro de abasto empieza a las cinco de la mañana con la apertura de las puertas para el ingreso de los camiones que traen los productos directamente del campesino productor, a la zona de parqueo que está ubicada en la parte alta y norte de la zona, donde las revendedoras “ganan” los productos, para su venta del día, instancia a la que llegan desde los mercados de la capital, desde el Central hasta el más pequeño.

El mercado Campesino es un centro donde se mueve la economía por menudeo, pero también se vive otras formas de subsistencia con riesgos e imágenes que todavía son patentes en pleno siglo XXI: miseria, delincuencia, engaño, brujería y trampas. Tal como sucede en otros departamentos del país y en otras latitudes, en 36 naciones (de este Estado plurinacional) que no tienen gas, hidrocarburos, litio ni producción agrícola benéfica.