Hoy, día de la poesía teleSUR

Hoy, día de la poesía

Escrito por  Franco Sampietro Mar 20, 2018

Hoy 21 de marzo se festeja el Día de la Poesía; homenaje surgido en 1.999 por propuesta de las Naciones Unidas. Los interesados en la materia, gracias a la iniciativa de Casa Creart, tienen la ocasión de festejarlo en Tarija, desde las 19 horas, en la denominada Casa del Escritor (Avenida Potosí frente a la plaza Yugoslavia) para una sesión abierta de lectura a cualquier interesado: autores, declamadores, público entusiasta o simples curiosos.

La cuestión que se viene de inmediato a la cabeza es evidente: ¿qué sentido puede tener la poesía en un mundo utilitarista, manejado por el dinero, gobernado por mediocres sin la menor cultura y sensibilidad mucho menos?, ¿cuál es el papel del poeta en un contexto semejante, o al menos su misterio? Pues es muy simple: ser el custodio de lo que hay de más humano, contar con la posibilidad de hacer progresar la suerte de los espíritus presos en la miseria de cada día. Hay siquiera una razón para que exista la poesía: tiene que haber un vehículo que sirva para expresar la realidad sin tapujos (“la poesía es la máxima fidelidad a la realidad”, según el dictamen del gran Roberto Juarroz) y para expandir la conciencia. O como dice el refrán popular: “No sólo de pan vive el hombre”.

 En efecto: esa es la causa, por ejemplo, de que ya no se le cante más a los árboles (otra poesía más urgente la sobrepasa) y es también la consecuencia de que las ciudades -como Tarija- hayan perdido parte de su sopor provinciano: fueron los poetas quienes les limaron su chatura. Porque al hablar de poesía nos referimos a algo más allá o más acá de los textos: se trata de un modo de estar en el mundo y convivir con los seres y las cosas. Porque un poeta es básicamente alguien que se siente guardián de un saber elemental y una energía primordial y que cuando muera tendrá otro poeta que lo reemplace, a fin de que la conciencia vaya perfeccionándose, el ser humano se haga más humano y la vida más cabal.

 En ese compromiso (que también es un juego) la época exige que el poeta se vuelva tan auténtico como un poema (“a un poeta jorobado le resulta imposible crear un poema recto”: Gregory Corso). También, le ha de caber la conciencia de que tiene que medirse con un mundo cambiante y con una cambiante conciencia común; la mutación es múltiple y las resultancias caóticas, pero él es el primero al que le toca percibir el cambio y hacer sonar la trompeta.

 En ese afán es que inventa un mundo. Ha de imaginarlo y pulirlo y comprender que aquello que había escrito se parece a una llave para abrir una puerta, y cuando la abre, descubre que falta el aposento que su verdad esperaba. Entonces, también inventa un lenguaje. Surgen, así, las tres caras de la criatura: no hay objeto novedoso sin estilo, no hay estilo sin novedad, no hay unidad sin un hombre que lo trascienda. De ahí, entonces, el sentido de la frase desmesurada de Nicanor Parra: “como los fenicios, pretendo formarme mi propio alfabeto”.

Y es que una actitud disidente señala el paso del hombre hacia el centro de acción de la poesía. Aquél que no se adapta a la jaula que le proponen se coloca frente a la sociedad aceptada y manejada por los conformistas. La maquinaria social al servicio de una organización deshumanizada reduce los individuos a números, cerrando los caminos posibles. La poesía, abre puertas y ventanas tanto hacia fuera como hacia adentro: hacia el hombre de carne y hueso.

 Por supuesto, su espíritu cuestionador, su índole subversiva no se reduce a un acto negativo puro: juntamente a su acción provocadora afirma su fe en un mundo mejor que responda a la íntima realidad concreta. Sostiene una posición de recuperación de los antiguos mitos que brindan salidas al desamparo, y en esa pasión común coinciden los poetas con los fundadores de religiones: es la causa de que “El sermón de la montaña” y “Así hablaba Zaratustra” se reúnan en la idéntica defensa de la vida.

 Todo esto se debe a que la zona donde trabaja la poesía es la más interesante de todas las posibles: allí donde duerme la experiencia milenaria de la especie, donde sueña el sentido del hombre, donde se forman los deseos más profundos y las fuerzas impulsoras de la dinámica vital. Allí se establece el vínculo con el mundo a través de la única vía libre que lleva al universo todo. Es la zona donde se gesta el milagro, donde nace la excepción.

 Y es que es ya un lugar común decirlo: toda revolución auténtica tiene un sentido poético.