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Los 162 “guerreros” que luchan contra el olvido familiar en Tarija

Escrito por  Oct 02, 2014

Con las manos temblorosas y la tristeza a flor de piel, 162 personas llenas de vivencias, de recuerdos y de historia, no se explican cómo llegaron a ese lugar. “Somos guerreros”, dice Raúl tras intentar escapar, mientras Miguel pide encarecidamente que no los olviden.

Se trata de los adultos mayores que habitan el “Hogar de Ancianos Santa Teresa de Jornet”. La gran mayoría proviene del campo y unos pocos de la ciudad. Sin embargo, muchos aún tienen la esperanza de salir y de volver a sus hogares para estar con su familia el tiempo que les resta.
Para Raúl, su libertad está truncada por una pared, mira hacia la calle a través de unos pequeños espacios y se emociona cada vez que se abre la puerta. Sus ojos negros, ya un tanto nublados, denotan tristeza y su blanca cabellera le recuerda el paso del tiempo, resumido en un agitado mal de párkinson y un lento caminar.
Sin embargo, cuando la madre superiora de este hogar, Florentina Delgado, anuncia que saldrá a la calle, Raúl se inquieta. En ese momento sostiene con nervios su deshilachado bolsón celeste en el que caben todas sus pertenencias y pide a todos que le abran el portón para ir donde su hijo que, según jura, “lo está esperando”.
Pasan los minutos y la negativa de las hermanas termina por frustrar su ánimo. Vuelve al patio, se sienta calladamente junto a los demás y continúa su espera pensando salir algún día. En media hora no ha distraído su mirada de la puerta principal.
Dice que no entiende el por qué de  estar encerrado si siempre fue, como él dice, “un guerrero de la tierra”, “un agricultor que ha mantenido a diez hijos”, afirma renegando de su situación, que no sabe cómo cambiar.
Entretanto, a lado de él y en medio de carcajadas, Luisa cuenta algunos recuerdos de  sus 12 hijas. Relata que ahora viven en Argentina, por lo que desde hace mucho tiempo no sabe nada de ellas. De repente cambia de tema y asegura que donde vivía había muchos mosquitos que le picaban demasiado. “Yo vivía en Erquis y cultivaba como hombre”, comenta orgullosa.
Vuelve al relato de sus hijas, dice que  éstas viajaban mucho y en sus palabras agrega que se volvieron “medio malandrinas”. Finalmente recuerda que una de ellas falleció por problemas en el corazón y ahí a Luisa se le acaba la risa, suelta una lágrima y luego de darnos la bendición, se aleja lentamente en su silla de ruedas.

El hogar de ancianos
Divido en cuatro pabellones__ separados hombres de mujeres __el “Hogar de Ancianos Santa Teresa de Jornet”  se yergue en la calle Santa Cruz y funciona desde 1993, vale decir hace 20 años. En él, diez monjas y quince trabajadores de apoyo cumplen la función de atender a los 162  ancianos.
El patio central, rodeado de rosas y hortensias, sirve de espacio para que los adultos mayores que ahí habitan tomen un poco de sol cada mañana, celebren algunas fechas especiales e inevitablemente recuerden a sus hijos en largas conversaciones.
Algunos caminan por todo el patio y otros sólo están sentados en sus sillas. Son muy pocos aquellos ancianos que se distraen en la sala con el televisor; tanto así que la misma madre responsable del pabellón de varones, Nieves Ojeda Huarayo, dice: “estas personas son de otra camada, no ven televisión”.

Sólo cuatro visitas al día
De acuerdo a datos de la madre superiora del asilo, Florentina Delgado, en el hogar están en su mayoría agricultores que han vivido una vida muy golpeada. “Algunos son traídos por su familia, a veces vienen solos y en otras ocasiones los trae la Policía porque se extraviaron. Muy pocas familias reclaman por ellos y los vienen a recoger”, revela Delgado, quien añade además que muchos de ellos sufrieron violencia familiar.
Pero más allá de las palabras, la tristeza se respira en el aire y una sencilla cifra la ratifica; pues recurriendo a un cálculo mental, la hermana Nieves Ojeda afirma que sólo cuatro ancianos de 162 reciben por día la visita de sus familiares. Para Ojeda esto quedará en la consciencia de sus familias ya que nada justifica su dejadez.

Las rutinas diarias
Carlos de 75 años se levanta de madrugada, se sienta en su cama, reza el padre nuestro y se prepara para comenzar la mañana. Antes y “para que le vaya bien” asiste a la misa de las siete que se celebra en la capilla del hogar. Luego, se dirige al comedor a tomar su desayuno y ahí encuentra a todos sus compañeros ya que “al desayuno nadie falta”, dice sonriente.
Pasado esto__ de 10 a 11 de la mañana __se dispone a disfrutar de la hora libre, misma que puede ser dedicada a tratase con la terapista o las enfermeras. “Los que pueden salen con sus familias a pasear”, dice Carlos y cuenta que al mediodía comparten todos el almuerzo. Empero, nuevamente se interrumpe y afirma que aquellos, “los más afortunados” tienen la suerte de almorzar una vez al mes con su familia.  
Pero más allá de las rutinas diarias, relata que algunas veces se realizan actividades para tener un día diferente dentro del hogar; sin embargo reconoce que las condiciones físicas de él y de sus compañeros son limitadas. “Entre las cosas que realizamos están los días deportivos, los cumpleaños y la peregrinación a Chaguaya”, afirma.
Sin embargo, para la hermana Ojeda hay algunos adultos mayores un tanto apáticos, ya que no quieren participar en varias actividades. Además resalta que entre ellos siempre hay una cierta rivalidad.

No quiso ser un problema
Miguel Ángel Encinas, el único que decidió darnos su nombre completo, tiene 76 años, su sonrisa refleja una persona carismática y aunque camina con bastón está muy lúcido de recuerdos. Indica así, que vino al hogar de ancianos por propia voluntad y añade que antes de venir trabajaba como locutor en una radio pero cuenta que con el pasar de los años se le complicaron las cosas.
Revela que todos sus hijos son profesionales y viven en Tarija.  “Me vine para no incomodar a nadie y aquí me tratan muy bien”, asegura pero aclara que tiene compañeros que no se acostumbran y extrañan la calidez de sus casas.
Para Miguel el haber venido voluntariamente al hogar no deja atrás el sentir que son olvidados por la sociedad, pues asegura que les gustaría que la gente pueda compartir con ellos al menos un día. “Sería lindo que se realicen más actividades recreativas, es sólo cuestión de coordinar con las hermanas”, explica con la esperanza de que algún grupo social siga el procedimiento.
Mientras Miguel concluye la entrevista, un anciano de más de 70 años se acurruca en un montículo del patio y se niega a ser convencido de que no lo haga. Son las siete de la mañana y a fuerza intenta continuar su sueño en ese lugar. Las cámaras no le importan y se mantiene inmóvil.  
Sin duda, forma parte de los 162 “guerreros” que luchan contra el olvido; de aquellos que siguen a la espera de un oído que escuche sus historias, de los que añoran un abrazo familiar o simplemente de los que están atentos a que se abra la puerta para ir al encuentro de un hijo que tal vez nunca localicen.

El estar en un asilo

 La madre Ojeda asegura que si se comparan a los adultos mayores que viven con su propia familia con los adultos mayores que viven en los asilos. Los que habitan en su comunidad son ancianos más sanos e independientes.
“En general los que viven en hogares de ancianos en su mayoría están muy enfermos o tienen algún grado de discapacidad”, explica y agrega que los adultos mayores en estos últimos meses llegan muy demacrados y mentalmente desgastados.  La gran mayoría sufre de demencia senil o alzheimer.
Ojeda asegura que el hogar de ancianos es la opción para una familia que tiene “un abuelito del cual no puede hacerse cargo”; empero lamenta que esto signifique dejarlo en el olvido.

Danitza Montaño T/ El País EN