Danzas que nacieron de la sangre y el dolor

Escrito por  Redacción central/El País eN Sep 30, 2017

Es vital, abrirse a las culturas para que la paz nos encierre en el amor. Todas ellas nacen de efectos y donaciones y se desarrollan en un mar de identidades. Cada ola necesita de la otra para formar un mar de sosiego”, esta afirmación no hace otra cosa que hablar de Bolivia donde cada pedacito representa tantas cosas.

Somos muchos, iguales y diferentes a la vez, nuestro país llamado en repetidas ocasiones, despectivamente, “pobre” o “subdesarrollado” tiene tanto que ofrecer. Su historia es difícil y ha dejado muchas heridas desde la conquista española hasta la modernidad. Sin embargo de este proceso han quedado expresiones culturales claras que se han convertido en un indudable patrimonio cultural.
La danza es una de ellas y juega un rol fundamental desde la conquista hasta la actualidad; en muchos casos manifiesta la opresión o la protesta ante una situación sangrienta o de dominio o una adoración a la Pachamama o a otros dioses.
Empero, en la mayoría de los casos, los pueblos han vestido su dolor y lo han bailado al son de su inigualable música tradicional. Muchas danzas tienen la subsistencia de una herencia anterior a la conquista española o una respuesta a la misma. La telaraña se teje cuando cada pueblo suelta los hilos culturales de su identidad y los lanza en medio de movimientos mágicos.
En el incanato la danza fue y aún lo es, una necesidad vital que permitía a los incas a través de la expresión corporal traspasar su propia corporeidad para así relacionarse íntimamente con lo sagrado.
Cuando llegó el español a América, por su carácter idolatra, no le extrañó la danza como elemento religioso, al contrario cuando la conquista estuvo ya realizada, la danza fue aceptada con modificaciones de fondo, el indígena introdujo elementos idolátricos en sus ceremonias e incluso aprovechó las fiestas católicas pero continuó desarrollando sus antiguos cultos. Empero la conquista dejó una profunda huella en sus expresiones.
Hoy en día, de acuerdo a los sociólogos, nuestros pueblos han encontrado en la danza el estímulo para continuar viviendo sus innumerables tristezas ya sea en las soledades altiplánicas o en las quebradas vallunas.
“No era raro cruzarse con un viajante indígena danzando, sea por motivo de matrimonio o entierro, para el indígena la danza es una necesidad vital, además de significarle una mística”, afirma el escritor e historiador, René Aguilera Fierro.
Y es que en cada rincón de Bolivia existe una muestra de sobrellevar lo vivido en la conquista. Los aymaras han creado la danza de los “Pakhochis”, para ridiculizar a los españoles, otra danza que se creó para ridiculizar a la figura hispana, y que se ha convertido con el tiempo en una de las más importantes del altiplano es el “sikuri”.
Otra expresión la observamos en la fiesta del Gran Poder de La Paz donde admiramos una danza que ridiculiza algo tan hispánico como la corrida de toros. Se trata de la danza “Waka Tokoris” y como éstas hay muchas otras.
La fiesta de la Virgen de
Guadalupe en Entre Ríos
En el departamento de Tarija también hay una muestra de este tipo de danzas. Una de ellas se aprecia en la tradicional fiesta de “la Virgen de Guadalupe” que se celebra el primer domingo de octubre de cada año en Entre Ríos, capital de la provincia O’Connor. Las cuñas y los matacos bailan por todo el pueblo al son de las quenillas y tambores.
La tradición recuerda que un 17 de mayo de 1735 fue muerto a flechazos el Jesuita Julián Lizarde dedicado a la evangelización de los chiriguanos. El hecho sucedió durante la procesión de la Virgen, se afirma que la Virgen quedó abandonada. Los cristianos viendo esto reaccionaron y salieron armados al encuentro de los chiriguanos, derrotándolos y recuperando la imagen que fue restaurada y llevada a la capilla de Camacho.
Los chiriguanos no aceptaban la religión católica que buscaban imponer los españoles. Sin embargo cuenta la historia que la imagen se les apareció en el Itica Guasu (río grande Pilcomayo) en circunstancias de enfrentamientos entre tribus. Desde entonces los avas de la región acuden al pueblo a rendir devoción, danzar y mitigar el daño inferido a Dios.
“Bailamos todos los años para recordar lo que lucharon nuestros abuelos, la fiesta se ha convertido en una alegría que rinde culto a nuestra virgen”, afirma Feliciano Jurado, un habitante del lugar, donde todos los devotos que rinden culto a la virgen se visten de cuñas, de matacos, de negras y de chiriguanos; los mismos recorren las calles bailando “la Mataqueada” y causando gran ruido con sus gritos de guerra. En el campo de Cahuarina, se desarrollan las guerrillas formándose dos bandos de chiriguanos y matacos.
“Pactado el combate entre los capitanes se traba una reñida lucha a latigazos hasta que uno de los contrincantes sale vencido. Uno de los bandos representa a los cristianos y el otro a los Chirguanos o ‘Tembetas’ como los llama el pueblo”, relata otra habitante de Entre Ríos, Lucia Ortega. Afirma que los latigazos propiciados son para recordar la rivalidad entre ambos grupos y otros manifiestan que lo hacen como promesa ante la virgen o para limpiar enojos pasados.
Para que la agresión no sea muy fuerte, cuenta Feliciano, que hay personas de rango mayor denominados “capitanes” quienes montan a caballo y regulan el combate. Concluido el encuentro los dos bandos encabezados por sus capitanes se concilian y de rodillas se acercan a los pies de la Virgen. Terminada la reverencia de las cuñas, chiriguanos, matacos y negras sanqueras; en procesión llevan la sagrada imagen a la iglesia “San Luis” donde los promesantes se despiden, de la virgen con lágrimas en los ojos.
La fiesta que congrega a unas 6.000 personas, es la expresión religiosa de mayor importancia en la provincia que expresa el paradigma de la conquista y que simboliza la supremacía de la cultura dominante occidental sobre la indígena. La Virgen, como agente salvador se convierte en un estandarte de los unos contra los otros y de esta manera Entre Ríos, un pueblo más de Bolivia muestra la huella que le ha dejado la sufrida conquista española.
“El pueblo con la danza y la música se ha expresado mejor que si hubiera gritado, ya que el grito con el tiempo se apaga, pero hoy todavía resuenan las melodías que nacieron de la sangre y el dolor”.

tres danzas que recuerdan el pasado

Los caporales
Caporales es una danza folklórica de Bolivia, presenta fuertes raíces africanas en su estilo, y es propia de la zona de Los Yungas, en el departamento de La Paz. El “Caporal”, que en muchos casos era mestizo o mulato, era el capataz de los esclavos negros traídos a la zona altiplánica durante la época de la Colonia

Los chiriguanos
La danza de las cuñas y chiriguanos en Entre Ríos se efectúa cada año para recordar lo que lucharon los antepasados contra la evangelización, la fiesta se ha convertido en una alegría que rinde culto a la Virgen

Suri Sikuris
Los Suri Sikuris aglutina a los más genuinos exponentes de la música pentatónica, simbolizan al cadencioso movimiento del avestruz o ñandú en celo y a los ejecutores de los “Sikus” (Instrumento nativo como zampona) se trata de una danza que bailaban los que se preparaban para salir a cazar ñandúes.