No se equivoque, señor Ministro

Mar 22, 2018

La nacionalización de los hidrocarburos sigue siendo hoy, doce años después, la mejor decisión que ha tomado el Gobierno de Evo Morales en los casi doce años de Gobierno. La apuesta por las plantas separadoras ha sido la decisión más estratégica del Estado y la apuesta por la petroquímica la más valiente del Gobierno. Siempre hemos estado aquí. Basta con leer un par de editoriales de la hemeroteca para darse cuenta. El plan se trazó mucho antes de que el Ministro Luis Alberto Sánchez hubiera puesto bajo sus pies a todo el aparato hidrocarburífero del país. Para entonces, el hoy también presidente del Directorio de YPFB en una decisión sin precedentes, debía ser Fiscal de Campo o Supervisor.

En su meteórico ascenso, Sánchez ha salido victorioso de cada una de las pugnas de poder que ha debido librar y es que siempre ha sabido estar más cerca de quien tomaba las decisiones. Si algo ha favorecido este ascenso ha sido su capacidad de entusiasmarse ante cualquier idea y no cuestionar nada. En ese paradigma, Sánchez ha ido calificando a todo aquel que osa referirse al manejo del sector estratégico de los hidrocarburos del país como buenos o como malos en función de su conveniencia.
Aplaudir la nacionalización es de buenos, pero considerar que los contratos de operación firmados cuatro meses después desnaturalizaron el decreto y devolvieron el poder a los de siempre es de malos. También preguntar por los oscuros costos recuperables de los anexos y por los que han desfilado decenas de millones de dólares no contemplados en las auditorías. Peor los que hacen cálculos y atribuyen tanto a la Ley de Hidrocarburos, previa a la nacionalización, como a la coyuntura internacional de precios los magníficos ingresos de los que el país ha disfrutado en la última década.
Aplaudir las plantas Separadoras de Líquidos es de buenos, pero recordar el tortuoso camino que han tenido que recorrer para ser puestas en operación, con más de un lustro de retraso es de malos. También recordar que la planta de Gran Chaco costaba 450 millones de dólares y se acabaron pagando casi 700. Peor recordar que se debía financiar con recursos de Enarsa y no elevar volúmenes de exportación hasta que no se tuviera concluida. Mucho peor hacer cuentas con las decenas de millones de dólares que se han perdido enviando los licuables de forma gratuita a la Argentina. Malvados aquellos que recuerdan que la Planta Separadora no fue construida para vender GLP al minúsculo mercado de Paraguay y que eso no es sinónimo de orgullo sino de fracaso como la idea de venderlo por ducto a la Argentina. Ni que decir de aquellos que recuerdan que se debería pagar regalías a Tarija por los licuables enviados desde 2007 a 2014 a Brasil correspondientes a la sexta parte liberada para su uso en Río Grande y que el vecino país si pagó en su momento.
Aplaudir la planta de urea, que es tangible, es de buenos. Aplaudir la de propileno de Yacuiba, que apenas pasa de ser un concepto es de superbuenos. Aplaudir la de etileno, que no pasa de ser una promesa electoral lanzada en un mitin en Puerto Suárez de archibuenos. Pero recordar que los meses pasan y la licitación no se repone es de malos. Peor advertir que YPFB la ha dejado sin presupuesto para este 2018, peor si se recuerda que, con suerte, estará construida para 2025 pese a que el plan de desarrollo nacional enfocado en esa fecha cuente con sus ingresos. Peor recordar que se contrataron estudios a Tecnimont, que se pagaron, y que ahora el Ministro dice que son insuficientes y que se están haciendo estudios complementarios pese a que ninguna licitación de Yacimientos así lo indique…
Las catalogaciones pueden llegar a extremos para quienes hurgan por fuera del propio plan de industrialización y señalan inconsistencias como lo de incentivar la exploración con recursos departamentales en lugar de obligar a las amigas petroleras a tomar riesgos concretos; para quienes se preguntan porque YPFB sigue sin asumir su rol central en la cadena y se hace arruinar una compra de taladros que le iban a ayudar en ese sentido; para aquellos que se preguntan cuál debe ser el tamaño de la desesperación como para levantar el veto de explorar en áreas protegidas, por cierto ya exploradas, y peor, empezar a juguetear con la posibilidad de implementar el fracking en un país con un Gobierno que dice declararse protector de la Madre Tierra.
No se equivoque, señor Ministro. Bolivia debe ser soberana en el manejo de sus hidrocarburos, ambiciosa y sin temor a nadie. Rechazar las injerencias y asumir su propio destino en sus manos. Ahí nos vamos a encontrar siempre. Lo que no se puede es pretender esconder las inconsistencias detrás de la Renta Petrolera, que nada tiene que ver.

Archivo Nacional

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