“The Post: Los archivos del Pentágono”

Escrito por  Fernando Molina, periodista Mar 04, 2018

Las películas históricas no son para todo el mundo, pero para quienes gustan de ellas constituyen exquisitos regalos de entretenimiento, educación y reflexión. Bueno, al menos así ocurre con las mejores de ellas, como esta del director Steven Spielberg, que se ocupa de uno de los hitos de la historia del periodismo mundial:

la cobertura por parte de los dos diarios mayores de Estados Unidos, The New York Times y The Washington Post, de una importantísima filtración del Pentágono, gracias a la cual fue posible que el público conociera el ocultamiento de información y otros pecados de los dirigentes estadounidenses de ambos partidos en cuanto a la guerra de Vietnam.
Igual que en su estupenda “Lincoln”, Spielberg no teme adentrarse minuciosamente en los hechos y las discusiones, para molestia del público superficial, pero en beneficio de la película, que por esto es convincente y realmente interesante. La narración adopta la perspectiva del Post, que al principio estaba fuera de la jugada, ya que la primicia le pertenecía al Times, pero que finalmente se convirtió en la pieza clave y ejemplar, no solo para que se conociera la verdad, sino para establecer un valioso precedente en la lucha por la libertad de expresión dentro de las democracias modernas. Las necesidades de los gobiernos –en este caso el de Nixon–, aun si implican razones de seguridad nacional, no pueden determinar lo que se hace y dice en las salas de redacción de los periódicos. Este precepto fue el que, según la película, prevaleció en el asunto.
Recordarlo hoy tiene, por supuesto, un propósito muy claro. El filme es una de las “operaciones éticas” que realiza Spielberg, el máximo exponente artístico del liberalismo estadounidense, para influir sobre las discusiones contemporáneas, ahora que una administración parecida a la de Nixon dirige el país del norte y ahora que la batalla que ganaron el Post y el Times a comienzos de los 70 no solo se está librando de nuevo, sino que se está perdiendo, en parte por el carácter tremebundo de los actuales desafíos a la seguridad de las potencias occidentales, y en parte por la transformación del periodismo, que, como ya comenzó a ocurrir en la época que la película retrata, pasó, de ser una actividad tradicional de ciertas familias empresariales ilustradas, a ser un negocio corporativo multimillonario, orientado primordialmente a darle ganancias y bienestar a los accionistas.
Otro de los sesgos morales de Spielberg en este filme es el feminista: su retrato de Katherine Graham, la propietaria del Post, interpretada con excelencia por Meryl Streep, la muestra como una pionera involuntaria en el proceso de empoderamiento que ha llevado a las mujeres, de esperar una apacible realización como madres y amas de casa, a buscar, al menos muchas de ellas, convertirse en profesionales capaces de tomar graves decisiones tanto en el campo empresarial como en el político-periodístico. Para remarcar este propósito, Spielberg compone una escena muy visual, algo melodramática, en la que Graham baja las escalinatas de la Corte Suprema mientras en torno suyo decenas de mujeres jóvenes se vuelcan hacia ella admirativa y orgullosamente, como si se aprestaran a tomar la posta.
Estamos entonces ante un filme político, tanto por su propósito moralizante como por su retrato de las camarillas del poder, que es ácido cuando se refiere a Nixon y al mismo tiempo no deja de mencionar la participación de los periodistas en estas camarillas. Robert McNamara, secretario de Defensa de Nixon, era íntimo de Graham; mientras que el director del Post, el legendario Ben Bradlee, encarnado por el siempre solvente y atractivo Tom Hanks, tuvo una “relación especial” con “Camelot”, la corte del presidente John Kennedy.
Pese a ello, afirma la película, ambos escogieron bien cuando tuvieron que hacerlo, esto es, eligieron cumplir su trabajo, investigar y propagar la verdad. Es un buen cuento para creérselo hoy, cuando, acorralado por Internet, el periodismo funciona más que nada como mecanismo polarizado de propaganda o complemento del más rentable negocio del entretenimiento. Así es incluso en los Estados Unidos, otrora escenario de legendarios periodistas que enfrentaban a los poderosos con información bien corroborada, con investigaciones audaces pero verídicas, y no con rumores, enfoques maliciosos o partidismo editorial, recurso fácil y finalmente inofensivo, que hoy ha contaminado a todos y a todo.
Un país, además, que en el pasado contaba con grandes casas periodísticas, muy prestigiosas y muy escrupulosas respecto a la conservación de su prestigio, que en este momento son solamente una nave más dentro de enormes flotas comunicacionales conglomeradas bajo una sola bandera accionaria.
Por estas razones, un periodista como el que esto escribe no podrá menos que ver “The Post” absorto y con el corazón encogido por la nostalgia. Debemos convenir que antes de Internet el periodismo sí que valía la pena.