Capital Social y Desarrollo

Escrito por  Ago 12, 2010

Carlos Cabero

Docente de la UMSS, candidato a Doctor en Economía

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Es por demás conocido que, cualquier proceso de transformación que emprende una sociedad, ineludiblemente debe centrar su acción en su estructura, es decir, en su base económica, o más concretamente, en sus procesos productivos.

Esta condición básica, que consiste en la creación y acumulación de capital físico, si bien se constituye en necesaria no parece ser suficiente para emprender los retos del desarrollo, objetivo inmanente a toda sociedad, dado que la consecución del mismo exigiría no sólo la existencia de este tipo de activos, sino también de otros como el capital humano y el capital social.

En este sentido, se considera que todas  las formas de capital pueden entenderse como activos de diversa clase, por lo que su importancia radicaría en la conjunción e interacción, permitiendo la generación de efectos sinérgicos, principalmente en los procesos productivos haciéndolos más eficaces y eficientes.

Aunque los orígenes de la categoría capital social se remontarían a la segunda década del siglo pasado, su “reaparición” en la literatura sociológica se la debemos a Bourdieu (1985), quien lo define como las “redes permanentes y la pertenencia a un grupo que aseguran a sus miembros un conjunto de recursos actuales o potenciales”.

Pero, la expresión, y el sentido, del capital social adquiere mayor trascendencia a partir de los trabajos de James Coleman (1988), y de Robert Putnam (1993, 1996). El primero define el capital social como “los aspectos de la estructura social que facilitan ciertas acciones comunes de los agentes dentro de la estructura”. Por su parte  Robert Putnam lo delimita como “los aspectos de las organizaciones sociales, tales como las redes, las normas y la confianza que permiten la acción y la cooperación para el beneficio mutuo (desarrollo y democracia)”.

A partir de estas definiciones, se considera el capital social como la acumulación de varios tipos de activos sociales, psicológicos, culturales, cognoscitivos, institucionales, etc., que aumentan la cantidad (o la probabilidad) de un comportamiento cooperativo mutuamente beneficioso para las personas que lo poseen y para la sociedad en general.

En tiempos de “cambio” como el que vivimos, orientado por el “vivir bien” (que en términos económicos es el bienestar) no se puede  obviar acciones orientadas a crear, en unos casos, y fortalecer en otros, activos relacionados con el clima de confianza social, el grado de asociacionismo, la conciencia cívica y los valores culturales entendidos en un sentido amplio.

Los valores ancestrales como la solidaridad y la reciprocidad, entre otros, propios de los pueblos originarios e indígenas, podrían constituirse en piedras fundamentales de la construcción de capital social.