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Bolivia: La riqueza de las naciones

Escrito por  Jul 02, 2010

Antonio Peredo Leigue

Los ingresos por la venta de gas siguen creciendo porque nuestros clientes, Brasil y Argentina, requieren más cantidad. Entre enero y mayo de este 2010, el Tesoro General de la Nación ha recibido 1.072 millones de bolivianos.

En esa cifra no se incluye las regalías departamentales que son 11% para los departamentos en que se produce y el 2% para los restantes.

Por cierto, Bolivia está viviendo una etapa próspera que se expresa en cifras de la economía en general o, según el vocabulario de los expertos, en la macroeconomía. Las reservas fiscales siguen elevándose, los depósitos bancarios han sobrepasado largamente los 7 mil millones, la deuda externa ha bajado considerablemente aunque no puede decirse lo mismo de la deuda interna. Con todo, estamos en mejores condiciones que la mayor parte de los países de la región.

En su “Ensayo sobre la riqueza de las naciones”, Adam Smith apostaba a la iniciativa privada como fundamento del enriquecimiento de los países. Ese ha sido y sigue siendo el principio fundamental del liberalismo, traducido en términos de mercado. De hecho, es el principio que Francis Fukuyama glorificó en los años ’90 y que estalló como una pompa de jabón, aunque ruidosamente, apenas 15 años después. De modo que, la riqueza de las naciones, tiene medidas más complicadas que las que podían verse en aquel final del siglo dieciocho.

Porque la riqueza de Bolivia, pongamos por ejemplo, no depende de que el Estado acumule reservas monetarias, ni que los bancos ganen más. Depende, como lo sabe este gobierno, de que todos los bolivianos y todas las bolivianas tengan acceso a esa riqueza, en la medida de sus necesidades básicas, al menos. Este es un tema que no interesaba a los regímenes anteriores, pero que está inscrito en el lema “vivir bien” de este proceso. Todavía no se ven resultados sustanciales, aunque hay extraordinarios avances en salud, educación y bonificaciones que han mejorado el nivel de vida de todos.

Sin embargo, seguimos aferrados al Producto Interno Bruto, como si ese fuese el referente de nuestro bienestar. Ese factor sólo indica cuánto se obtuvo en el país en un año o en cualquier periodo de tiempo, por producción agrícola, industrias y servicios que van desde bancos hasta transporte. No indica la calidad de la producción ni mucho menos de los servicios. Tampoco establece cuánto beneficia al país y cuánto es ganancia de un sector de la población o, peor aún, de las empresas transnacionales. No dice nada sobre la distribución de la riqueza ni tampoco sobre la relación entre el ingreso básico de una familia y las necesidades básicas del núcleo familiar.

Estamos tan aferrados, viendo sólo el presente, que el informe de la banca privada, indica que, al 31 de mayo pasado, los depósitos en la banca alcanzaron a 7.372 millones de dólares. Y sabemos que mientras esa cifra, extraordinaria en los niveles a que nos acostumbraron los gobiernos anteriores, se maneje entre bancos y empresarios, empresarios y bancos, no aportará beneficio alguno al país. Porque ese dinero no se dispondrá para obras públicas ni  actividades productivas. Se usará para la especulación, la ganancia inmediata y, casi siempre, las importaciones que lógicamente exportan el PIB.

Es necesario, en realidad hasta urgente, que se establezca una normativa de inversión nacional, que resguarde la fuga de nuestros capitales. El plan de construcción de carreteras es un buen ejemplo de inversión; sólo que hay que cambiar los términos, propiciando la activa participación de los capitales nacionales. La construcción de una ferrovía, como parte del corredor bioceánico, debe aumentar la inversión nacional. Y llegamos al punto neurálgico: la soberanía alimentaria. Hemos disminuido la importación de trigo, pero estamos importando otros productos alimenticios que, por diferentes razones, escasean en el mercado. La medida de corto plazo, con la mirada puesta en el presente, es una carga pesada, pues nada se está construyendo. Hay que terminar con esa cadena que sigue manteniéndonos a merced del mercado.

“La riqueza de las naciones”, en los términos de Adam Smith, correspondía a la concepción de la Revolución Francesa. “El fin de la historia” en la imaginería de Francis Fukuyama, hacia los años ’90 del siglo pasado, fue la alegría por la muerte de la Unión Soviética y un cántico al aparente triunfo del neoliberalismo. Ambas épocas han sido superadas por el avance de los movimientos populares en Nuestra América y ahora se imponen las demandas y las expectativas de los pueblos.