Cruzada de Amor y Misericordia

Escrito por  Jul 09, 2010

“Felices los que escuchan Mi voz”

Grupo Internacional para la Paz

Si un cochero da azotes a su caballo y con gritos espolea a su bestia para alcanzar la cima, es de esperarse que el fiel animal, en medio de la fatiga, no vuelva atrás porque la voz y los azotes del dueño lo empujarán por la cuesta y llevarán al carro y al cochero por el camino fatigoso.

Pero si el caballo se muestra incapaz de salir adelante, el inteligente guía, no forzará demasiado a su bestia y hará por aminorar la fatiga, tomando un camino oblicuo por la cuesta. Se alargará un poco, pero finalmente, se llegará a lo alto.

Es lo que hago con las almas que quieren subir por el monte de Mi amor. Mientras es posible las guío de modo que suban por la vía directa; cuando el cansancio las vence disminuyo la fatiga con algún zigzag oblicuo al camino. Y las almas suben siempre si Me dan oídos. Pero, Yo no tengo un azote en la mano; Me basta la voz que tengo dulcísima y muy potente.

Felices los que escuchan Mi voz,  Mi estímulo. ¿Qué podrá hacer volver atrás al alma que escucha Mi voz?  Si Yo hablo, ¿quién podrá cubrir Mi tono? Soy de verdad un ruiseñor por la dulzura, se llamar y atraer con extrema delicadeza. ¡Cuántas finezas escucha en Mi voz el alma que Me oye!

Por eso estoy aquí para declararles que necesariamente debo hacer que me escuchen, por que son Míos y de manera Divina.

¿Qué pueden entender quienes aman desordenadamente las cosas; que entienden cuando les digo que debo ocuparme de ustedes, porque Me pertenecen en alma y cuerpo?

Conocen la propiedad en el sentido de utilidad, pero su Dios no ama para tener provecho o movido de pasión… Tendrían que ser puros, libres de todo su amor propio, de toda concupiscencia. Entonces podrían tener una idea de cómo los trato Yo. Y esto es lo que no entienden cuando Me ven clavado en la Cruz, no entienden que es el amor puro el que Me mueve, el amor que salva, el amor que nada teme por hacer felices a las criaturas a las cuales se prodigó a Sí mismo y por Sí mismo, las criaturas que fueron hechas para gozar de Mi misma felicidad; es decir, la felicidad que tiene por base el infinito, por confines la inmortalidad, por marco la infinita luz.

Ustedes que Me escuchan crean en Mi amor, pero crean que al manifestarles Mi Voluntad de tratarlos como cosas Mías, quiero que ustedes se dejen conducir por Mí con total confianza porque no sólo sé lo que hago, sino que lo que hago está dictado por Mi corazón de purísimo amante de los hombres a los cuales quiero otorgar tesoros enormes, con tal de que no Me desprecien, con tal de que no Me olviden.

Agita tú, alma que Me perteneces, la antorcha que te doy para alumbrar a tus hermanos.

No se ha de poner bajo el saco la lamparilla. La quiero en lo alto, para alumbrar la casa. Tú alumbra los alimentos que hago traer a Mis amados, ilumina los rostros de los que Me miran y habrás cumplido tu tarea, allá ellos si vuelcan la cara para mirar las tinieblas. Yo te guío, tú imítame, has lo mismo y Me agradarás… Te regalo Mis dolores, gracias por consolarme.

¿Quieren Mis amadas almas escuchar las palabras de Su Maestro? Abran bien los oídos y al mismo tiempo hagan como María a Mis pies. Tengo muchas Marías a Mis pies y si comenzaran a moverse,  Me causaría disgusto su movimiento, su afanarse por poco alimento, por cosas que no son de verdadero valor. Empero, ustedes, estimen la elección y escuchen la historia que les relato:

Había una vez, un hombre alto y fuerte, que iba por los pueblos y ciudades enseñando cosas nunca oídas. Aquel hombre era atractivo y todo el que lo oía quedaba asombrado. Daba consejos, hablaba de su Padre, llamaba hermanos a todos los que lo escuchaban; parecía que el tiempo pasado con El había sido siempre corto. De manera que las gentes volvían a El, ávidas de escucharlo, extasiadas con su manera afable.

Pero un día algunos hombres malos tuvieron envidia de El y juraron darle muerte. Eran los mezquinos que temían perder su prestigio, eran los falsos que temían Su Palabra que no conocía respetos humanos. Por eso lo hicieron apresar y crucificado entre dos ladrones, expiró, perdonando a sus verdugos…