Reducir la extrema pobreza

Oct 21, 2015

Bolivia se encuentra entre los 72 de 129 países del mundo que redujeron la extrema pobreza y que son supervisados por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), aseguró el representante acreditado por esa entidad mundial ante el gobierno boliviano, Crispim Moreira, durante la conmemoración del Día Mundial de la Alimentación que se celebró el lunes en la Cancillería del Estado.

Según datos del gobierno boliviano, el país redujo en 20.5 puntos la extrema pobreza, de 38.3% en 2005 a 17.8% en 2014. No obstante que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ponderó el éxito de las políticas gubernamentales de alcance social que posibilitaron esa importante reducción, precisó que los porcentajes de pobreza extrema de Bolivia aún son superiores al 11.7% de promedio regional de los países de América Latina.
Es que a pesar de los avances en la lucha contra la extrema pobreza, en Bolivia aún persisten altas desigualdades entre la ciudad y el campo, ya que los niveles más altos de pobreza se encuentran en el área rural, donde el 38.8% de la población es extremadamente pobre, mientras que en el área urbana es sustancialmente menor: 9.2% de la población se encuentra en esa situación.
“Como comunidad global, hemos logrado un auténtico progreso en la lucha contra el hambre y la pobreza en las últimas décadas, la mayoría de los países supervisados por la FAO, 72 de los 129, incluso Bolivia, han alcanzado la meta y el Objetivo de Desarrollo del Milenio”, señaló Moreira.
Aunque los resultados todavía no son suficientes, porque a nivel mundial 793 millones de personas seguirán padeciendo hambre crónica en 2016 y casi 1.000 millones permanecerán atrapados en la pobreza extrema, cerca de 150 millones de personas lograron salir de la indigencia en países en desarrollo –como Bolivia– gracias a políticas de Estado de amplio alcance social.
Es decir, el número de personas que sufren hambre en el mundo sigue siendo inaceptablemente elevado. El hambre es la manifestación más extrema de la pobreza y la privación humana, pero lo paradójico es que en un mundo caracterizado por la abundancia, el hambre no sólo es una vergüenza moral, sino que es una violación del más fundamental de los derechos humanos: el derecho a una alimentación suficiente.
La Cumbre Mundial sobre la Alimentación (CMA) de 1996 hizo un llamamiento para que se redujera a la mitad el número de las personas hambrientas y fijó a 2015 como el plazo para alcanzar esa meta, la que fue adoptada en el año 2000 por los Objetivos de Desarrollo del Milenio, compromiso asumido por 188 Estados miembros de las Naciones Unidas.
Además de impulsar la erradicación de la pobreza extrema y el hambre, los objetivos del milenio buscan lograr la enseñanza primaria universal, promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer, reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud materna, combatir el VIH/Sida, el paludismo y otras enfermedades; así como garantizar la sostenibilidad del manejo del medio ambiente y fomentar una asociación mundial para el desarrollo.
Y mientras esas metas sociales parecen inalcanzables para los habitantes de muchos países pobres del mundo, las naciones ricas consumen entre 50% y 90% de los recursos de la Tierra y generan las dos terceras partes de las emisiones de dióxido de carbono, principal contaminador de la atmósfera, así lo revela un estudio del Programa 21 de la  Organización de las Naciones Unidas  (ONU).
Por lo demás, si la fortuna del hombre más rico de Estados Unidos, Bill Gates, calculado en 84 mil millones de dólares, se distribuyera entre 15 millones de personas pobres de su país, cada una recibiría 1.736 dólares; y si la fortuna del hombre más rico de México, Carlos Slim, estimada en 73 mil millones de dólares se repartiría entre los 52 millones de mexicanos pobres, cada uno recibiría 1.121 dólares, según datos del periódico mexicano El Financiero.
En ese contexto, la lucha contra la extrema pobreza debería ser un compromiso moral de todo ser humano, y la primera tarea de los gobiernos sin importar su orientación política ni religiosa, porque es una responsabilidad por la dignidad y la solidaridad humana.