El encanto y tradición de la Pascua Florida de antaño

Escrito por  REDACCIÒN CENTRAL/EL PAÌS EN Abr 16, 2017

Hasta el año 1970 del pasado siglo XX, la Semana Santa y la Pascua Florida tenían bien definidos los escenarios que por entonces eran señalados por la Iglesia Católica que era la religión oficial y reconocida por el Estado.   

Tarija se caracterizaba por ser una población muy católica al grado de que cuando llegó a Bolivia el Papa Juan Pablo II los niños y la sociedad tarijeña le gritaron al mundo católico; el estribillo: “El Papa polaco ahora es chapaco” y  su santidad en sus rememoraciones envió en muchas ocasiones mensajes de saludos y decía: “Les saluda el Papa chapaco y polaco”.
En la remembranza de más de cinco décadas, entre los años ’30 y los ’70 del siglo pasado, la fiesta de la llamada Semana Santa y Pascua Florida eran coyunturales pero se diferenciaban porque los rituales del Vía Crucis y los altares que se ornamentaban en las pocas iglesias de Tarija, estaban en su mayoría construidos por las cofradías que cada parroquia tenía como membresía, la festividad duraba toda la semana, de ahí también su nombre de Semana Santa.
Esa Tarija de antaño tenía como iglesia mayor a la actual Catedral y le seguían en importancia la iglesia de San Francisco y la de San Roque, por entonces existían además la capilla de Santa Rosa, de las monjitas de Santa Ana frente a la Catedral; la de la Loma de San Juan, que raras veces se abría, la del  hospital San Juan de Dios y como capillas privadas la del obispado, en la calle Gral. Trigo y la de la familia Navajas en lo que era ‘La Casa Dorada, ahora Casa de La Cultura.

La pascua florida
“La Pascua Florida”, así se la llamaba con justísima razón a la pascua de antaño, debido a que una verdadera profusión de flores alegraba todo el ambiente pascual.
En realidad los preparativos comenzaban desde el Viernes Santo en la tarde cuando llegaban los chapacos desde los diferentes cantones y villorrios, trayendo como demostración de su ferviente fe religiosa y como tradicional obligación, que se trasmitía de padres a hijos, hermosos “arcos” repletos de fragantes flores silvestres del campo.
Pero también había otras cultivadas con ese exclusivo propósito y cuidadas con esmero para cumplir esa sagrada promesa. Así iban llegando los simpáticos chapacos trayendo en burros, caballo o al hombro, los arcos cubiertos de rosas pascuas, amarillas en todas sus tonalidades, albahacas, paycus, unas hojas largas anchas de superficie brillante, aromas, panganas y cuanta flor silvestre u olorosa se encontraba en cerros y vegas.
De acuerdo, a Agustín Morales los chapacos iban llegando de todas las direcciones y como todavía no llegaba el momento preciso para comenzar a plantar sus arcos, los dejaban en casas desconocidas toda la noche del viernes y madrugada del sábado. Así se veía afluir chapacos trayendo la expresión de su fe. Éstos esperaban las primeras horas del Sábado de Gloria para ir buscando los lugares, donde le correspondería plantar sus ofrendas, sacando las piedras de la calzada con bullicioso golpeteo de barretas, azadones y cuchillos. Todo esto no cesaba todo el sábado y duraba hasta la madrugada del Domingo de Pascua.
Algunos, los de la región del Monte. Lourdes, Tomatas y parte norte, plantaban sus arcos comenzando desde la puerta de la iglesia de San Roque y seguían bajando por toda la calle Gral. Trigo; otros, los de La Banda, Tablada, Tolomosa, San Blas, San Luis y comarcas vecinas, los plantaban desde la puerta de La Matriz, en toda la calle La Madrid, alrededor de la plaza principal y llegaban hasta la calle Sucre.
El caso es que, según el escritor, ya entrada la  noche del sábado en toda la plaza y calles próximas se formaba una florida y fragante columna de los tradicionales “arcos”; había que pasar por ahí y extasiarse con la bella maravilla de flores y perfumes naturales, que formaban un panorama de verdadero encanto difícil de poder describir en toda su magnitud.
Todo este afán y los preparativos fueron exclusivamente para rendir pleitesía a Jesús, porque la alba del Domingo de Resurrección salía una solemne procesión de la iglesia Matriz, con acompañamiento de todo el pueblo y en especial de ese creyente campesinado que había traído  la ofrenda de su fe en forma de frescas flores, arrodillándose al paso del Santísimo y entregando el pensamiento y corazón.

La Feria
Claro que no todo era religiosidad, también el paganismo tenía su lugar y éste se presentaba en la “mentada” Feria de la Pascua, que tenía su colorido porque allí iba la mayoría de los chapacos, pues después de haber cumplido con Dios, también le daba regocijo al cuerpo.
Para eso traían a sus buenas mozas y éstas venían bien “estrenadas”. Los hombres asistían agarrados de sus rústicos violines para hacer zapatear a todos y las mujeres iban bien “enfloradas”, cubiertas con mantas de seda bordadas, ojotas de charol y flamantes sombreritos embarquillados.
La tradicional Feria se realizaba en la “Pampa la vieja”, donde se armaban carpas, colocando asientos y mesas y preparando los damosos “calientes”, “canelaos” y “dianas” de leche. A parte se instalaban mujeres con sus pailas para freír ricos pastelitos rellenos con jigote de queso, cebolla y ají amarillo. Así comenzaba la fiesta: “canelao” tras canelao con suficiente “fuerza” de aguardiente de uva negra, hasta que llegaba el entusiasmo y los violines rasgaban con la tonadita alegrona y repitente de su rigu-rigu-rin… rigu-rigu-rin o sea que se entendía como una melodía que decía: “Pa’la Pascua y Pa’la Cruz, viva Tarija”
“( …) y así vuelta y vuelta, dale que dale al zapateo levantando polvareda, con un taconeo rítmico y sostenido, se armaban las ruedas combinadas entre un mozo y una mocita agarrados de las manos; un frenético zapateo, cimbrear de cinturas, volar de polleras  y vuelta pa’la Pascua y pa’la Cruz”, describe Agustín Morales.
Agrega que cuando se llegaba al cansancio y ya el violín sonaba con carraspeo, todos se sentaban a invitarse recíprocamente los canelaos que efectivamente calentaban la cabeza y el espíritu; entonces comenzaba la entonación de canciones y el contrapunto, primero la copla del hombre y luego la respuesta de la linda mocita.
Sin duda para el observador en aquella fiesta en la que tenía predominante participación la gente del campo y se repetía en pueblos y campiñas, podía sacarse interesantes conclusiones, porque aparte de seguir costumbres y tradiciones, se podía apreciar toda la vena vernácula del chapaco, pues no sólo resultaban interesantes cuadros y escenas de cada conjunto espontáneo y fiestero, sino que se podía apreciar el interesante hablar, los modismos, las maneras de enamorar, los requiebros, los romances…
En fin podía encontrarse el más puro costumbrismo en todo su sentido y valor, lo mismo puede decirse de las tonadas y la música, que aunque a extraños les parezca monótona, tenía su significado y había que saberlo apreciar y sentir.  
En la actualidad algo de eso se conserva pero ya no con la fuerte participación del campesinado tarijeño en la ciudad.

Flores, reposterÍa y fe se mezclan en la pascua

La Pascua tomayapeña
En el pueblo de Tomayapo, la fiesta de la Pascua era  de mayores relieves porque además era aparejada con la aparición del llamado durazno “cuaresmero” o “cuaresmillo” en toda la región que alcanzaba hasta Paichu. Ese fruto era la última cosecha perteneciente a la época del verano.

Los arcos de flores
Los arcos de Pascua fueron siempre verdaderos artes florales, pero con el paso del tiempo y debido a que no hay cultivos de la flor, estos son hechos inclusive con flores de fantasía con papel,  contrarrestando con los que fueron hechos con flores naturales

La repostería
Las tablillas, ancucos, pepitas de leche, rosquetes y empanadas blanqueadas de lacayote eran el gusto de todos y caracterizaban a sus elaboradoras, que diferenciaban a una y otra experta. Los rosquetes de doña Petrona, los ancucos de doña Rosa, eran los más buscados